9 Diciembre, 2007...10:02 am

UNA PERIODISTA VIAJA CON ‘HIJAB’ Y EL ‘KORAN’

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Musulmana con veloUn vuelo entre EE.UU. y Europa, en la piel de una mujer musulmana

Por: Katrin Bennhold/Herald Tribune

Cuando llegué al aeropuerto internacional de Dulles, en Washington D.C., con dos valijas y un pasaje a París, me sentí satisfecha de parecerme a una mujer musulmana, aunque no lo fuera. Tenía puesta la típica vestimenta conocida como ‘hijab’ ,que sólo dejaba al descubierto mi rostro y usaba una pollera hasta los tobillos. Además, un ejemplar del Corán sobresalía de mi bolso de mano.

 

La idea de ponerme en la piel de una mujer musulmana en un vuelo transatlántico me vino después de entrevistar a decenas de jóvenes musulmanes en Chicago acerca de sus experiencias posteriores al 11 de septiembre de 2001. De regreso a Washington, procedente de Chicago, cuando en el puesto de control abrí la valija para buscar el pasaporte, el ejemplar del Corán saltó a la vista. El empleado de United Airlines se puso incómodo.

 

Mi equipaje y yo fuimos revisados y, al llegar a Washington, otro bolso que había despachado tenía adentro una nota de seguridad por la que se me informaba que también había sido registrado.

 

Muchas de las personas que había entrevistado en Chicago se refirieron a lo que ocurre en los aeropuertos. ‘Los musulmanes que viajan en avión son como los negros que manejan automóviles a altas horas de la noche. Son culpables hasta que se demuestre su inocencia’, advirtió un joven.

 

Fotos de mártir

 

Llegué al Dulles de Washington sin saber lo que me esperaba. El joven que revisaba los pasaportes parecía de Medio Oriente. Le expliqué que tenía un pasaje emitido en forma electrónica. ‘¿No tiene una copia impresa?’, me preguntó. Negué con la cabeza. Miró mi bolso de mano y me preguntó: ‘¿Puede jurar sobre el Corán que abordará el vuelo de las 17?’ Le aseguré que sí, y me autorizó a pasar y me saludó con una amplia sonrisa. ‘Esto no está tan mal’, pensé.

 

Minutos después, cambié de parecer. cuando un amigo extrajo una cámara para sacarme una fotografía, un hombre se volvió hacia su esposa y le dijo, en alemán: ‘Ahora se está sacando las fotos de mártir’. No sabía que yo soy alemana. Cuando me di vuelta para mirarlos y le hice a mi amigo una pregunta en alemán, su incomodidad fue notoria. Su comentario fue una broma, pero
reflejó en forma elocuente cómo el islam y el terrorismo están ahora entrelazados en la conciencia colectiva.

 

En la fila del control de seguridad me sentí un tanto cohibida. Traté de leer los pensamientos de la gente: cierta antipatía, me pareció, principalmente de parte de la gente mayor, y mucha curiosidad,
particularmente de las mujeres jóvenes. Crucé la mirada con una mujer que usaba un pañuelo en la cabeza y por cuyo aspecto pensé que era de la India.

Me sonrió asintiendo con la cabeza. ‘Nos pasa lo mismo’, pareció decirme con una mirada compasiva.

 

Una guardia de seguridad se aproximó a la fila para pedirle a la gente que se deshiciera de las bebidas. Cuando llegó hasta mí, me dijo: ‘Doy por hecho que usted no está bebiendo; es Ramadán, ¿no es así? ¿Algún otro líquido?’. Dije que no, impresionada por su conocimiento sobre el ayuno musulmán.

 

Un hombre de la fila se puso a conversar conmigo. ‘¿Es usted turca?’, me preguntó, señalando mi pasaporte alemán. ‘No, alemana’, le respondí. ‘¿Acaso medio turca?’, repuso. Le costaba catalogarme. ‘Es curioso’, reflexionó otro hombre, de raza negra, después de que le conté sobre el episodio con el matrimonio alemán. ‘La gente está contenta ahora -añadió-, cuando un negro
se le sienta al lado en un avión. ¿Por qué? Porque no es árabe.’

 

Frente a la máquina de rayos X, coloqué mi bolso de mano, los zapatos y el abrigo sobre la cinta y pasé el detector de metales. Esperé que me apartaran para registrarme, pero no fue así. Me coloqué el abrigo y los zapatos, y cuando me retiraba oí una voz resuelta: ‘Señora, por favor, por aquí.
Debemos registrarla.’ ‘¿Por qué a mí?’, pregunté. ‘Es al azar, señora’, fue la respuesta del empleado de seguridad mientras me indicaba una media docena de personas que debían realizar el mismo trámite: mayores, jóvenes, blancos, negros, latinos. Yo era la única ‘musulmana’.

 

Cuando subí al avión, unos pasajeros me dieron paso en forma servicial, otros se ofrecieron para colocar mi bolso en el compartimiento de arriba. Por suerte, me acordé de que no tenía que pedir cerdo para comer. Me hundí en el asiento con el Corán sobre las rodillas. Una joven británica, a mi
derecha, que leía una revista de chismes, evitó mirarme a los ojos. El brasileño que estaba a mi izquierda se disculpaba cada vez que su brazo o su rodilla me rozaban.

 

Aterrizamos en París. En las ventanillas de control de pasaportes, una de las filas dejó de avanzar cuando un hombre de aspecto árabe mostró su pasaporte; pasaron 10 minutos antes de que lo dejaran pasar. A mí sólo me demoró un minuto.

 

Tomé un taxi hasta mi casa. En el aeropuerto de Dulles, casi todos los taxistas parecían ser paquistaníes o musulmanes de la India. En este caso, el taxista era un francés de origen argelino. ‘Algún día -se esperanzó- nadie diferenciará entre musulmanes, cristianos o judíos, si Alá así lo
quiere.’

 

3 comentarios

  • mira eso pasa en muchos paises pero es muy injusto esto porque yo misma soy musulmana. quieren que las mujeres no yeben el velo para que los hombres se aprobechen y miren el cuerpo de las mujeres eso es lo que quieren por eso dios prohibe vestirnos de esa manerea el nos quiere

  • Es muy triste que la gente te categorice por el físico, por el mero hecho de llevar un velo y ropa modesta. Desgraciadamente, hay gente ignorante que en vez de informarse sobre las otras culturas y religiones, lo único que hacen es pensar que su cultura es la mejor y que si no hacemos lo mismo que ellos, seremos inferiores a ellos. Soy musulmana, tengo 20 años y llevo toda la vida en España. Me puse el velo hace 5 meses y desde entonces mi vida cambió por completo: la gente me mira con miradas extrañas, se piensan que soy una inculta, analfabeta y que estoy sometida a los hombres y reprimida. Lo cierto es que tengo una vida como cualquier otra persona, estudio en la universiadad y las personas que me conocen de toda la vida saben que lo que piensa de mí la gente ignorante no es verdad.

    Éste es un mensaje para todas aquéllas personas que miran a las mujeres con velo con cara de lástima, asco e ignorancia. Hay que aprender a ser un poco respetuosos con los demás y ser abiertos a otras culturas y religiones.

    A reflexionar

  • Hola. Soy y vivo en Argentina. Por lástima en éste país no no es muy conocida la cultura árabe. La sociedad argentina de hoy es el producto de la fusión cultural entre distintos grupos étnicos a partir de la gran inmigración de principios de siglo XX. Entre ellos encontramos los occidentales, los semitas (más judíos que árabes), etc…. Éstas se encuentran tan mezcladas que no se pueden distinguir unas de las otras. Las minorías étnicas se asimilaron a la mayoría, que son los occidentales, aunque muchos grupos conservan sus tradiciones como muchos judíos Askenazí y muchos romaníes (mal llamados gitanos). La cultura árabe que conocemos es la que el imperio yanqui nos muestra: una realidad distorsionada y manipulada. Los medios de comunicación, absolutamente monopolizados, llevan el sello del poder estadounidense, inculcando en las mentes el desprecio hacia todo lo relacionado con lo árabe. Esta cultura tiene solo un espacio en la televisión.

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