Francisco Campos López/Er Llano Atribuyen a Goebbels, ministro de propaganda del régimen nazi y padre ideológico del actual sistema occidental de control y manipulación de masas, la afirmación de que “una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad”. Y España, desde su concepción hasta la actualidad, es un preclaro ejemplo del sostenimiento de una “verdad”, de una “realidad” artificial, amparándose en la aplicación de dicho principio. De igual forma que las conocidas matrioskas, esas tradicionales muñecas rusas huecas que en su interior contienen otras, España no es más que una sucesión de mentiras envueltas en más mentiras. Nació de la falsedad y solo mediante ella y la represión puede subsistir. La más reciente de esas falacias es la que afirma la existencia de un antagonismo entre por un lado modernos progresistas constitucionalistas, federalistas, internacionalistas, etc… y, por otro, obsoletos y retrógrados nacionalistas “periféricos”. Partamos de una definición obvia; nacionalista es todo aquel que cree en la existencia de una nación, sea esta cual sea, defiende su pervivencia, sea cual sea las razones que le impulsen, y se considera parte de la misma, sean cuales fuesen sus motivaciones. Son indiferentes los porqués, sean estos de tipo ideológico o “práctico”. Tan nacionalista es, por tanto, el que lucha por Andalucía como por España. Y tan nacionalista son los objetivos de quienes declaran como fin la liberación de Andalucía como los de aquellos otros que, aún envueltos en otras camufladoras banderas, aseguran de hecho mediante sus actuaciones la supervivencia de España. Por tanto no hay en el Estado enfrentamientos entre nacionalistas y no nacionalistas, sino solo entre diversos nacionalistas y nacionalismos. Entre los movimientos de los distintos pueblos y naciones de la península y aquellos otros que, configurada de una forma u otra, defienden la existencia de una Nación llamada España. Es indiferente que se persiga una España centralizada o federal, monárquica o republicana, liberal o socialista; que se haga por convicciones o por motivaciones “tácticas”, lo determinante es que se hace. Y se es lo que hace, no lo que se dice. Defender a España es ser un nacionalista español. Una vez clarificada la definición, es imprescindible subrayar que no hay un solo tipo de nacionalismo, y la indiferenciación entre los mismos a conllevado una confusión entre parte de la izquierda que subsiste aún hoy. Existe un nacionalismo de carácter burgués: opresor, artificial, reaccionario e imperialista; y otro de carácter popular: liberador, natural, progresista y solidario. A esto se refería Blas Infante cuando afirmaba que su nacionalismo no era nacionalista. A que era de raíz popular y no burguesa. A que no era patriotero, de superioridades raciales ni ejércitos victoriosos. El nacionalismo burgués surge de la necesidad de estos de asegurarse el dominio sobre los territorios, y los pueblos que los habitaban, que arrebataron a la aristocracia para su explotación. Mientras a los antiguos príncipes y reyes les bastaba argüir el derecho “natural” para gobernar a los distintos pueblos que les asistía por razón de sangre y designación divina, o por simple derecho de conquista, la burguesía no podía ampararse en razones semejantes y recurrieron a inventar patrias artificiales que abarcaban los límites territoriales arrebatados a los aristócratas. Así, mientras a la antigua aristocracia le bastaba reprimir las ansias de libertad de los pueblos dominados, la burguesía necesitaba negar la propia existencia de los mismos y dotar a las nuevas “naciones” de “pueblos” igualmente artificiosos que sustentaran las mismas. Es así como nacen las “modernas” naciones europeas como Francia, Gran Bretaña o España. El nacionalismo popular es atemporal y responde al orden natural de las cosas. El hombre es un ser social. Si fuese un animal más diríamos que es de los que se caracterizan por vivir y convivir en manada. A lo largo de la historia, los seres humanos se han agrupado en colectividades que por múltiples razones han configurado las distintas naciones o pueblos. Y de la misma forma, y por la misma razones, que los hombres poseen derechos y libertades inalienables individuales, las colectividades de los mismos, sus sociedades o pueblos los poseen igualmente y por extensión. De igual manera que todo hombre detenta el derecho de ser libre y el deber de luchar por su libertad, de autodeterminarse y autogobernarse; sus sociedades, los distintos pueblos o naciones que lo conforman, también los detenta. Seria tan absurdo calificar de reaccionario o insolidario a un hombre que exigiese su libertad y sus derechos, como lo es el designar y etiquetar con dichos adjetivos a un pueblo que reivindique su libertad o derechos colectivos, o a un movimiento político popular que los defienda y reivindique. Aquella izquierda que ha sabido diferenciar entre ambos nacionalismos, ha combatido el burgués y amparado el popular. Normalmente ha estado constituida por aquellos sectores más enraizados en sus pueblos y sus clases populares, habiéndolos conocido en profundidad e interpretando, por tanto, mejor y más correctamente sus ansias y necesidades. Y ello ha sido así porque han surgido y formaban parte del propio pueblo. Otra parte, sin embargo, no ha sabido distinguir y, o bien ha considerado todo nacionalismo negativo, aislándose de las clases populares y autoincapacitándose para ser vanguardia de las mismas, o bien ha defendido como populares y progresistas los nacionalismos burgueses, transformándose por ello en herramientas de las burguesías imperialistas en contra de los pueblos oprimidos y sus capas populares. Pero hay una tipología aún mas errada y mantenedora de tendencias que en un individuo serían calificables de esquizoides. Se trata de aquella y aquellos capaces de comprender y defender la libertad de cualquier pueblo menos del suyo propio. Y de esa categoría estamos sobrados en nuestra tierra. Son esos capaces de manifestarse por la libertad del pueblo saharaui, del palestino, o de cualquier otro; pero que, simultáneamente, no solo no mueve un dedo por la libertad de su propio pueblo sino que menosprecia a quienes lo proclaman. ¿Qué pensaríais de quienes negasen la autodeterminación del Sahara y propugnasen a lo sumo una autonomía más o menos amplia dentro del Estado marroquí?… Que son unos traidores a la causa del pueblo saharaui, ¿no?… Pues hay grupos aquí que defienden la misma política para Andalucía con respecto a España. ¿Y de aquellos otros que mantuviesen que los palestinos deberían olvidarse de su lucha de liberación nacional y centrarse en reivindicaciones de carácter social o laboral aliándose para ello, además, con la izquierda sionista?… Que no solamente son unos traidores a la causa del pueblo palestino sino que sirven a los intereses de Israel, ¿no?… Pues los hay aquí que defienden esa misma política para el pueblo andaluz y propugnan la unión con la izquierda españolista. Son los mismos que aplauden a rabiar a ciertas personalidades, a “lideres revolucionarios internacionalistas” que gritan sin cesar: “¡¡Patria o muerte…venceremos!!”. ¿Que opinarían y dirían de quien desde posiciones nacionalistas de izquierda gritase con respecto a Andalucía lo mismo?… De todo menos palabras agradables. Si lo dice otro si, pero si es andaluz no. Formamos parte de un pueblo, el más antiguo de Europa, que viene arrastrando más de quinientos años de opresión. Andalucía ha padecido el mayor genocidio contra un pueblo que ha conocido la Historia. Tal ha sido el grado alcanzado por el mismo que por ignorar ignoramos hasta quienes somos y quienes hemos sido, llegándonos a identificar con el conquistador. España es el resultado de la transformación del nacionalismo castellano en imperialismo. España se forma por un lado por la unión de las coronas aragonesa y castellana y, por otro, por las conquistas respectivas a sangre y fuego de Valencia y Andalucía. Cuando las tropas castellanas entran en el valle del Guadalquivir y las sierras que lo circundan les arrebatan sus tierras a los campesinos y sus líderes se las apropian, obligando a sus antiguos dueños a continuar trabajándolas en beneficio del nuevo Señor. Así nacen los “señoritos” y los jornaleros sin tierra. Nos roban también nuestras industrias y minas, barcos y casas. Pero no se conforman con esto, también quieren robarnos nuestra alma. Inician una etapa de represión para arrancarnos nuestra cultura, nuestra tradición y hasta nuestra conciencia de nosotros mismos. Nos quitan nuestros nombres y nos ponen los suyos, nos quitan nuestra lengua y nos imponen la suya. O aceptábamos convertirnos en copias de ellos o no nos quedaba mas camino que el de la muerte o el del exilio… Así surge la que hoy creemos que es nuestra cultura popular…no es la nuestra, es en gran parte la que ellos nos impusieron. Ningún pueblo resistió tanto. Durante centenares de años luchamos por nuestra libertad. Ningún otro pueblo ha sufrido tanto. Ninguno está, como consecuencia, tan alienado. Este y no otro es el origen y el porque de nuestros males. Es la consecuencia de la invasión, colonización y represión que sufrió nuestra tierra y que perdura hasta nuestros días. Y solo analizando nuestras circunstancias desde la perspectiva colonial y de país ocupado podremos acertar en los diagnósticos y alternativas. Solo comprenderemos nuestra problemática cultural, social, económica, política, e incluso psicológica, si la visualizamos desde esta óptica. Somos una colonia y como tal somos tratados. Somos el tercer mundo de España. Y cuando un pueblo está ocupado y colonizado la política primigenia que se plantea es la de unidad nacional y la lucha prioritaria la de liberación. Se es consciente de que cualquier otra problemática esta subordinada a la consecución de dichos objetivos. A lo largo del pasado siglo, allí donde ha habido un país ocupado y colonizado, la política de las izquierdas locales ha pasado por propugnar la unidad de todos ,sin incluir lógicamente a colonizadores o sus colaboradores, en torno a la común meta de liberación nacional. Las luchas sociales eran, en esas circunstancias, ante todo herramientas que contribuyeran al prioritario fin liberador. Eran solo medios, pues eran conscientes de que los objetivos sociales solo eran realmente alcanzables en el marco de una nación y un pueblo libres. De igual manera y por las mismas causas, ser nacionalistas y priorizar el nacionalismo en la izquierda andaluza no es una locura o tan siquiera una opción más, tampoco se puede ser nacionalista por razones de “oportunidad”, sino que es la única base sólida y una necesidad insustituible. Nunca tendrá resolución la problemática de las clases populares en general y de la trabajadora en particular mientras Andalucía no sea libre. ¿Os imagináis a un esclavo luchando por mejoras sociales o de condiciones de trabajo en lugar de por romper las cadenas?… ¿Y que pensaríais de quienes propugnasen dicha “táctica”?… ¿A quienes están sirviendo, consciente o inconscientemente, a los intereses de los esclavos o a los de sus amos? El franquismo fue la necesidad de encauzar a los pueblos peninsulares. En los años treinta éramos los más concienciados tanto como pueblos como socialmente. En ningún otro lugar los pueblos estaban tomando tal grado de conciencia de si mismos y las clases populares estaban tan concienciadas socialmente. De hay que el 18 de Julio no se limitase a un golpe de estado y el régimen fascista perdurase durante casi cuarenta años. Se imponía la necesidad de destruir esa generación y amamantar a otra carente de sus atributos, diametralmente opuesta de la anterior. Completamente adocenada y desideologizada. Ganada para la causa del capital y de la España una y grande. Y en gran parte se logró. Tal ha sido el éxito que hoy gran parte de la izquierda actual le hace el juego al capital y sirve a los intereses del nacionalismo español. Hasta allí donde mejor se resistió, como fue en Euskadi y Cataluña, cuajo la idea de España… Ellos no se consideran España, claro, pero creen que España es una realidad conformada por el resto de la península. Y si tal grado de confusión se ha producido en dichos lugares, imaginaros en el resto, y sobre todo en Andalucía, esta tierra que por perder llego a perder incluso su nombre, siendo durante mucho tiempo denominada “Castilla Novísima” y catalogada significativamente por la Iglesia hasta hace poco como “tierra de misión”. Sí, si en algún lugar ha triunfado plenamente el plan previsto ha sido aquí, hasta en aquellos destinados a cambiar la situación. Pero sólo la represión ha mantenido artificialmente viva a España. Cualquier resquicio de libertad ha conllevado un despertar de los pueblos ibéricos y el surgimiento de sus propias izquierdas transformadoras. Y son estas las que, por estar ancladas en la realidad, están llamadas a perdurar y alcanzar sus objetivos. Las españolistas tendrán el mismo destino que el artificioso marco social que defienden; su marginalidad y desaparición superadas por la historia y el impulso de los distintos pueblos. Su hipócrita y falso antinacionalismo, envuelto en la bandera bicolor o tricolor de la Nación Española, esta destinado a representar el mismo papel que el de la socialdemocracia europea durante la I Guerra mundial. El de ser fieles siervos de los intereses imperialistas del nacionalismo burgués. Andalucía necesita su propia izquierda transformadora que impulse el renacimiento de la conciencia popular, la unidad de todos los nacionalistas y sea vanguardia de la lucha de liberación nacional. Esta es una tarea histórica e ineludible para cualquier andaluz de conciencia y con conciencia social. Pero para que se conforme y consolide necesita actuar de manera autónoma con respecto a cualquier movimiento que no sea de estricta obediencia andaluza. Nunca podrá surgir ni fortalecerse bajo el amparo o junto con la izquierda españolista. Porque la izquierda españolista es la guardiana de los intereses de la burguesía opresora. Su papel es el de “cambiar algunas cosas para que nada cambie”. En aquellos otros pueblos peninsulares poseedores de sus propias izquierdas, estas han surgido de manera independiente de la izquierda españolista. No existen gracias a ella sino a pesar de ella. Y allí donde crece la izquierda nacionalista, la españolista se bate en retirada. Se convierte en minoritaria, solo seguida por aquellos sectores mas desclasados o ajenos al propio pueblo junto al que conviven pero del que no forman parte y son fácilmente manipulables por intereses ajenos al mismo. La izquierda española no es el amigo al que unirse, sino el enemigo al que desenmascarar y combatir. Es esa falsa izquierda al servicio del sistema, capataz de sus intereses, controladora y adormecedora del pueblo andaluz. Por pocos que seamos solos, menos seremos con ellos, porque no seremos nada, ni izquierda ni andaluces. Ellos están ahí para impedir que nosotros seamos no para ayudarnos a ser. Recordad el nombre del partido de la izquierda nacionalista irlandesa: Sinn Fein, “Nosotros solos”. Pues eso lo resume todo; nosotros solos… una izquierda solo andaluza, formada solo por andaluces y al servicio solo del pueblo andaluz. Ese es el reto y en asumirlo estará el principio de la “larga marcha” que conducirá a la liberación de nuestro pueblo. Y si no somos capaces de verlo otros lo harán, es inevitable. Andalucía volverá a ser libre. Nuestra inconsecuencia solo supondrá un breve retraso en nuestro destino: volver a ser lo que fuimos. Levantémonos y pidamos tierra y libertad, nuestra tierra y nuestra libertad.
12 Diciembre, 2007...6:36 pm
IZQUIERDA Y NACIONALISMO EN ANDALUCIA
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