“Los senderos de la nostalgia” reivindica con una arrebatadora belleza ética y estética el reconocimiento jurídico y sentimental a los descendientes de moriscos.
Antonio Manuel/Webislam
Al Andalus es un componente de lo vivido en la Península ibérica. El de mayor duración. Y uno de los que más huellas físicas y sensoriales mantiene todavía vigentes en nuestras almas y ciudades. Es imposible negarlo. Y sin embargo se ha ocultado sistemáticamente hasta conseguir ocultar lo evidente. Pero a veces se abren fisuras en los muros que permiten ver y comprender. El art. 22.1 del Código civil es una de ellas. Nuestro derecho reduce a dos años el plazo de residencia legal para acceder a la nacionalidad española a los naturales de origen de países con una indeleble vinculación histórica y cultural con España: iberoamericanos, guineanos, andorranos, filipinos y portugueses. Sorprenden dos ausencias y una presencia. Nada dice de los saharauis. Ni siquiera de los hijos del protectorado marroquí. Y añade: sefardíes. Ahí está la bendita fisura para la completa reconciliación con nuestro pasado histórico. Cierto que una verdad a medias es una doble mentira. Pero la media verdad del art. 22.1 CC nos permite aplicar la identidad de razón para exigir la igualdad de derechos. Si se reconoce el innegable e importantísimo componente judío en la historia de la Península ibérica, habrá que hacerlo también con el musulmán.
“Los senderos de la nostalgia” lo reivindica con una arrebatadora belleza ética y estética. Nos muestra un fragmento vivo de la memoria andalusí. Y nos enseña que la interculturalidad, por imperfecta que fuera, forma parte de nuestras señas de identidad históricas. Aquí y allí. A ambos lados de la calle de agua.
Aunque el documental se centra en la presencia morisca en el norte de Marruecos, todavía persisten descendientes de andalusíes expulsados en otros países del Mediterráneo (Túnez, Egipto, Libia, Grecia, Turquía, Italia…), América y el África central. Les pondré un ejemplo.
Ismael Diadié es negro. Negro como una ceguera. Nació y vive en Tombuctú. En el corazón de Mali. En África. Allí custodia una de las bibliotecas de manuscritos andalusíes más importante del mundo. Habla songhai y francés. Viste con una pieza blanca del cuello a los calcañares. Es musulmán. Y se siente andalusí porque se sabe hijo de aquel componente intercultural de nuestra historia.
A Ismael Diadié lo llaman Kati en el país de los negros. Paradójicamente, kati quiere decir blanco, descendiente de godos. Así es y puede probarlo. Su antepasado Alí Ben Ziyab fue expulsado de Toledo en el S. XIII. Le obligaron a abandonar su tierra y su familia acusado de protagonizar una revuelta contra los nuevos señores cristianos. Cruzó el estrecho y el desierto cargado de manuscritos y nostalgia. En mitad de ninguna parte, compró un Corán con el oro que llevaba y utilizó sus márgenes como diario del destierro. Desde entonces hasta hoy, todos sus descendientes han utilizado los márgenes de los manuscritos como una especie de registro civil y novela biográfica. Terminó su viaje en Tombuctú. Allí se emparentó con la élite gobernante. A su hijo Mahmud Kati se le considera el primer historiador del África negra. El amigo íntimo de su hijo, el también andalusí León El Africano, fue el geógrafo por excelencia del continente salvaje. Con la obra de ambos arranca la época de máximo esplendor cultural de Tombuctú en la que coincidieron más andalusíes. Todavía se cantan en sus mezquitas los poemas de Al Fazzazi, también llamado “il qurtubi” (el córdobés), quizá uno de los poetas más importantes de la historia medieval africana y un completo desconocido en su ciudad natal. Toda la arquitectura de la Curva del Níger está influenciada por el granadino Ed Saheli. La estética de Gaudí bebe de sus fuentes hasta rayar el plagio. Y podría continuar así hasta el hartazgo.
Todos estos andalusíes pertenecen a la lista de proscritos y olvidados por la memoria cautiva de España. Nadie los conoce y nadie reconoce a sus descendientes. “Los senderos de la nostalgia” les ha quitado el velo que los hacía invisibles. En un gesto de reconciliación con nuestro pasado, el art. 22.1 del Código civil permite adquirir la nacionalidad española de manera preferente a los nacionales de origen de países vinculados históricamente con España. Y gracias a un Decreto franquista de 1949, también a los sefardíes. La misma dictadura que negó el pan y la sal al Estado de Israel, la misma derecha que apoyó entonces a Palestina y que hoy critica desquiciada al gobierno socialista, concedió este justo privilegio a los hijos de judíos expulsados. Pero no hizo lo propio con los descendientes de moriscos, a los que asiste la misma razón y el mismo derecho, porque ello supondría desmentir los mitos fundacionales del Estado español: la limpieza de sangre y el catolicismo. Por eso Ismael Diadié, un negro musulmán descendiente de toledanos, que se siente y se sabe andalusí, que vive en Tombuctú para proteger de las polillas y de las guerras a una de las colecciones manuscritas de Al Andalus más importante del mundo, paseando por Córdoba me dijo: “una palabra, una revolución”. Con sólo añadir “andalusíes” al artículo 22.1 CC llevaríamos a cabo un gesto de justicia histórica, símbolo de alianza de civilizaciones, y paradigma de un modelo de convivencia intercultural, hoy más necesario que nunca. Y yo le contesté: “cuenta conmigo”.
Ver documental “Los senderos de la nostalgia“










