Juan Luis Valenzuela*/El Plural
Cuando una organización política pierde unas elecciones con un humillante resultado, se comienza analizando sus errores, cambiando los líderes y adoptando nuevas estrategias, tanto de gestión interna como de comunicación y acción hacia la sociedad
Pero en el caso de que el resultado sea una hecatombe política, un derrumbe en votos con aplastamiento electoral y una desaparición del mapa parlamentario e institucional, la solución en términos eufemísticos, la denominan “travesía del desierto”.
Le pasó a la UCD y por mucho que intentó salir de ella y recuperar presencia política con los restos que quedaban, no pudo y acabó disolviéndose. Sus cuadros se fueron unos al PSOE, otros a AP y otros desaparecieron de la vida política.
El caos surge cuando vienen los primeros pagos de la campaña y no solo no hay liquidez, sino perspectivas de tenerla algún día. No hay dinero, solo deudas. Y eso hace más mella aun en quienes podrían liderar el nuevo proyecto.Como en la “travesía del desierto” de Moisés, ante la dureza del trayecto –para los valientes que se atrevan a emprenderla- muchos empezarán a infundir rumores y a murmurar contra sus líderes, aduciendo que era mejor estar bajo el yugo egipcio que padecer las penurias de la travesía.
La diferencia de lo que se dice en las Sagradas Escrituras es que Moisés realizó innumerables milagros para aplacar el cruel viaje. Para alimentarlos, Dios hacía llover maná del cielo. Para beber, Moisés golpeó con su báculo una roca, para extraer agua.Me parece a mí, pensando en quienes estoy pensando, que milagros y maná poco van a recibir.
Y ni mucho menos habrá un mar que se les abra o una Tierra Prometida que les espere.










