Marcos González Sedano/Identidad Andaluza
Camino de la oficina de Correos para mandarle a mi amiga Lola el libro de Josefina Aldecoa “Historia de una maestra” me he tropezado con un operario de Derribos El Pavo al que suelo ver cuando visito alguna de sus obras. Llevaba en un carrillo de mano una caja grande de cartón, desecho de la rehabilitación de una zapatería, y dentro de ella unas cincuenta cajas de zapatos. “Bonita mañana”, íbamos comentando mientras nos acercábamos a la Plaza del Salvador (por cierto, buen trabajo de rehabilitación el que se ha hecho en la iglesia) donde estaba el contenedor en el que él estaba tirando la basura. Nada. Del contenedor no se veía nada. Un enjambre de cuerpos lo ocultaban. Gentes de todas las clases sociales, pero donde predominaban los Lacoste, Adolfo Domínguez y Massimo Dutti, escudriñaban las cajas que ya anteriormente Jesús había tirado. Nunca me había creído la teoría de mi amigo Javier que se basa en que los pantalones por encima de los tobillos no son una moda sino el resultado de falta de peso en los bolsillos. Las hipotecas nos han dejado tiesos. Reconozco en esta carta públicamente que Javier llevaba razón. Así, sorprendido y viendo cómo la caja que llevaba Jesús era descuartizada por las señoras y señores recicladores, continué mi camino.
A la altura del Archivo de Indias decidí sentarme. Las pilas se me habían agotado. “La ONU urge a parar la crisis de alimentos que sufren los países pobres”. La noticia no estaba en la portada del diario que había comprado, sino en un lugar semimarginal de las páginas de la sección de Internacional. En un mundo globalizado, la rapiña de las multinacionales no se ejerce sólo sobre los que más poder de consumo tienen. A los que les quedaba la escudilla de arroz diaria para subsistir se la ponen a precio de langosta. En las bolsas internacionales, las acciones de las empresas de la alimentación que controlan buena parte de la producción mundial de alimentos se han disparado. Se acabó el ladrillo. Ahora vienen las “papas Visa”.



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