9 Mayo, 2008...7:16 am

EL INQUISIDOR CAIDO

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Ali Manzano/identidad Andaluza

Hay sucesos que se quedan marcados a fuego en la memoria de una persona, sobre todo, cuando se es un niño que empieza a enfrentarse con la vida de forma inocente y confiada.

 

Han pasado muchos años, más de treinta, pero aún recuerdo como si fuera ayer el sentimiento de rabia, de odio, de impotencia y de rebeldía que me produjeron la represión, la marginación y la burla de un profesor de lengua española en el Instituto Nicolás Salmerón de Almería cuando apenas contaba los catorce años de edad.

 

Por imperativos familiares, a los catorce años llegué a Almería, procedente de Puente-Genil, mi pueblo de nacimiento, un pueblo de la campiña cordobesa, a mitad de camino entre Córdoba y Sevilla. A pesar de la procedencia almeriense de mi familia –Sierra de los Filabres y Alpujarra- yo me crié como el más castizo de los Pontanos, como uno más de los niños de jugábamos en los Pinos o en la Matallana, a aquellos juegos infantiles de los años 70, en la calle, donde se adquieren las primeras experiencias vitales…y algo más que marca nuestra vida futura: el habla, el acento, la peculiar forma de expresar la cultura que tiene cada pueblo.

 

Entre risas, carreras y juegos, salí de Puente-Genil un fatídico año de 1972 con el característico seseo y el habla de un pueblo tan querido como añorado.

 

Mi adaptación a Almería fue rápida. La peculiaridad de mi acento y habla –seseo- diferente de la de mis nuevos amigos –ceceo- centró sobre mí la curiosidad y las miradas de mis compañeros y profesores, lo que me concedió una popularidad que no venia mal para un recién llegado.

 

Pero no a todo el mundo le caí en gracia. Mi popularidad y la diferencia de acento respecto a mis compañeros, también llamaron la atención de un perverso profesor de lengua española que vertió sobre mí todo el desprecio que sentía hacia sus alumnos y hacia la tierra donde había sido destinado por el Ministerio.

 

Félix Merino se llamaba aquel profesor de lengua española, madrileño, alto, delgado, siempre de mal humor, con cara de inquisidor en tierra de herejes, dispuesto siempre a sacar la espada del desprecio hacia los nuevos conversos. Su cruzada personal consistía en borrar de aquellos niños almerienses todo atisbo de habla, acento o deje andaluz y sustituirlo por una perfecta pronunciación y un acento castellano como Dios manda, para hacernos unos españoles de provecho. Nada de Federico García Lorca, ni de Machado, ni de Juan Ramón Jiménez…Delibes, Delibes y Delibes.

 

Con mi presencia en su clase, se le presentó la oportunidad de escenificar un correctivo colectivo en mi persona y en la de mi compañero Antonio, recién llegado también de Peñarroya –Córdoba- y con el mismo “problema” que yo. Ante la imposibilidad de reprimir a toda una clase por su acento y habla, escogió a los dos alumnos que se diferenciaban del resto en alguna característica: Seseo, como acción ejemplarizante para los que no hablaban bien el español –toda la clase-.

 

Durante todo el curso se sucedieron innumerables escenas de humillación, vejación, insultos…en definitiva, represión . Nuestra posición física en la clase era en el fondo, separados de los demás compañeros, como castigo continuo hasta que aprendiéramos a hablar “castellano”. Cuando había lectura en clase siempre nos daba a leer párrafos de Miguel Delibes que hablaban de caza –con z-, a sabiendas de que no podíamos pronunciar ese maldito fonema, para a continuación obsequiarnos con una batería de comentarios jocosos y de insultos varios entre los que se repetía el de analfabetos. Las notas para mi amigo Antonio y para mí siempre eran las mismas: un 0, “por no hablar el castellano”, independientemente de lo bien o mal que hiciéramos el examen. Ni copiando conseguíamos superar el 0.

 

Después de todo un curso soportando la humillación, la situación se iba haciendo cada vez más insoportable. El odio hacia este profesor había sacado de nosotros la fuerza del que no tiene nada que perder porque nada tiene, porque ya no había castigo peor que la humillación constante y continua que habíamos padecido durante casi todo un curso.

 

Así, un día, al finalizar la clase de Lengua española, me dice Antonio:

 

-¿A que no tienes cojones a hacerle al Felix uuuuuu –haciendo un gesto circular con su dedo índice- después de que yo le dé un morrillazo?

 

A lo que yo le contesté: ¡Vamos!.

 

Dicho y hecho; al sonar el timbre que daba por finalizada la clase, el profesor se levanta, dirigiéndose hacia la puerta de salida con todos los alumnos detrás de el; Antonio y yo, corremos hacia la puerta, empujando y adelantando a todo el que se ponía por delante hasta llegar al “Felix”, y sin pensarlo, mi querido e irresponsable compañero –tan irresponsable como yo- saca su fornido brazo e inserta en el cogote del “Felix” su prometido morrillazo, dando con el “Felix” de bruces en el suelo.

 

La escena que sigue es la del pánico general y huida del campo de batalla de todos mis compañeros, quedándonos Antonio y yo de pie ante el Goliat caído, sin pensar en las consecuencias y con una sonrisa en la cara, que sin lugar a dudas expresaba la satisfacción del que se libera de la humillación padecida durante todo el año escolar, recuperando la dignidad y el orgullo mancillado por la injusticia y la represión de un “inquisidor”de la enseñanza.

 

Esta anecdota, que quedó en eso, una anecdota y en quince dias de expulsión del Instituto, nos hacia reir en los encuentros con los compañeros de aquel año escolar cuando coincidíamos en algún lugar años después de haber terminado el instituto. Pero para mí nunca fue una simple anecdota, pues durante muchos años que pregunté el porqué de la actitud de este profesor, del odio que mostraba por nuestra habla andaluza y por nuestra tierra, así como su afán por imponernos unas formas culturales y fonéticas diferentes de las aprendidas en nuestra infancia.

 

Años más tarde, cayeron en mis manos unos escritos de un personaje que me cautivó, Abderrahman Medina. Su visión de la historia andaluza me hizo cuestionarme todo lo aprendido durante mi formación académica, llevándome a deborar lecturas sobre historia andaluza: Ignacio Olague, Americo Castro, Bernard Vincent, Antonio Dominguez, Federico Corrientes, Juan Vernet y otros muchos…y sobre todos un excepcional espíritu andaluz cuya intuición superó a todos los nombrados con anterioridad: Blas Infante.

 

Con cada nueva lectura volvía a mi cabeza aquel suceso del instituto, siendo adolescente, aunque ahora sí entendía el porqué de aquello, los motivos por los que los andaluces hablábamos de forma diferente y el interés de aquellos profesores por corregirnos y asimilarnos a las formas fonéticas y gramáticales castellanas. Aquel suceso me ayudó a comprender la historia de la represión castellana en Andalucía al sufrir en mis propias carnes la represión -una pequeña parte- que sufrieron los andaluces tras la conquista cristiana y más concretamente, aquellos moriscos que se opusieron a la asimilación.

 

Yo, al igual que Blas Infante, me considero heredero del pueblo morisco, de su rebeldía y de su inconformismo, expresado hoy en dia en la lucha contra la asimilación cultural, contra los dogmas hitóricos que los vencedores de las cruzadas contra Al-Andalus nos han insertado en la memoria colectiva como justificación de un genocidio, que en el aspecto cultural se sigue produciendo dia a dia, y por dotar al pueblo andaluz de una poderosa arma de liberación: la memoria, la recuperación de una cultura y una historia que en palabras de Blas Infante: “después de haber discurrido en un misterioso o inapercibido devenir, como un río que desaparece tragado por una ruina, no obstante, sigue fluyendo la corriente, por un cauce subterraneo para volver a surgir,cuando los accidentes orogénicos (asimilismo) lo permitan, nuevo reverbero del sol, en cauce, otra vez de luz”.

 

 

2 Comments

  • Qué mala persona.
    Ahora soy profesor, y doy mis clases en andaluz, como debe ser, con mi acento sevillano, lo cual me ha traído ciertos problemillas.
    Algún día los andaluces podremos escribir como hablamos, algún día, no pierdo la esperanza.

  • Esos casos de represion del habla andaluza en los colegios ha sido algo normal, por lo menos cuando yo estudiaba. Quizás no tan extremos como el caso que cuenta ali manzano, pero si de rectificaciones constantes, de incidir en “hablar bien”, de identificar el habla andaluza con incultura, etc.
    Segun nos cuenta VALS la cosa está cambiando algo, lo que me congratula enormemente. Un buen ‘puñao’ de profesores como VALS, conscientes e implicados en la cultura andaluza harian falta en nuestra tierra para que las cosas puediran comenzar a cambiar.

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