11 Mayo, 2008...7:03 am
EL TRIANGULO ANDALUSÍ
Antonio Pulido Pastor
En er fondo de un aljibe me encontré,
La tristesa que matara al rey Boadil,
Y a la sombra de un armendro la dejé,
Por los montes de Guajar-Faragüit.
Por ver si cuando er tiempo de la mié,
La luz der pensamiento diera fló,
Y er pueblo recobrara su coló,
Verde y blanco origen berebé.
Ay niño der campo, ehpiguitah tiennah, echara corré
Desihle a la tierra, quer pobre la ehpera al amanesé,
Al amanesée, lamanesée, la tierra al amanesé.
Al amanesée, lamanesée, la tierra al amanesé.
(Carlos Cano. Coplas Granadinas)
Con la reciente restauración del alminar existente en la localidad de Corumbela, del término municipal de Sayalonga (Málaga), se perfila así el que he dado en llamar “Triángulo andalusí”, compuesto por los municipios de Salares, Archez y Sayalonga, cuyos vértices imaginarios estarán representados por los respectivos alminares existentes en cada uno de ellos. Estas agujas verticales, conocidamente representativas del arte mudéjar, tienen una antigüedad muy anterior a la época en que empezara a emplearse este apelativo para los antiguos andaluces de confesión islámica, forzadamente convertidos al catolicismo tras la conquista del reino de Granada. Aunque la austeridad de su construcción y decoración indican influencia almohade, los expertos la sitúan en la época del reinado nazarí, a partir del s. XIII. Así pues, se corresponden con época que fue de pleno apogeo andalusí, si no ya en lo político, en que la conquista por los reinos de Castilla y Aragón ahogó al-Andalus en el marco de las montañas béticas, si en lo artístico siendo aquella época tal vez la más luminosa y espectacular de la arquitectura ibérica hasta día de hoy.
Pese a que algunos autores alegan la escasez de pocos vestigios dejados por los antiguos habitantes musulmanes en las formas populares o en las tradiciones constructivas del conjunto de España, la “sharquía” malagueña (Alcaucín, Canillas de Aceituno, Sedella, Comares, Daimalos, Benamocarra, Cómpeta, Frigiliana, Arenas, Archez, Salares, Iznate, Sayalonga, Arenas, Periana, Alfarnate, Alfarnatejo) al igual que la Serranía de Ronda (Igualeja, Pujerra, Genalguacil, Cartajima, Algatocín, Alpandeire, Benalauria, Parauta, Casarabonela, Alozaina, Arriate, Grazalema, El Gastor, Zahara, Benaojan, Benaocaz, Montejaque, Benadalid, Tolox, Yunquera) y otros enclaves en las montañas béticas (Zuheros, Almedinilla, Carcabuey, Luque, Zagrilla, Priego, Rute, Iznájar, en la provincia de Córdoba; Algarinejo, Montefrío, Lanjarón, Bubión, Alquife, La Calahorra, Órgiva, Almuñécar, Bérchules, Válor, Guajar-Faragüit, Guajar alto, Albuñuelas, Capileira, Pampaneira, Monachil, Cádiar, Albuñol, Laroles, Galera, Aldeire, Ferreira, Güeneja, Trevelez, en Granada, Alcaudete, Alcalá la Real, Cazorla, Segura, Iznatoraf en Jaén, Laujar, Fiñana, Gádor, Bayarcal, Andarax, Ohanes, en la provincia de Almeria), mantiene abundancia en representaciones arquitectónicas humildes, procedentes de épocas anteriores a la conquista castellana o al menos anteriores a la persecución y expulsión de la cultura musulmana sobre suelo peninsular.
El término “mudéjar”, aunque de anterior aportación al vocabulario castellano, ha sustituido hoy día al más popular “morisco”, por el que se denominaron posteriormente los antiguos habitantes de al–Andalus de confesión islámica (los allegados a la religión judaica se les llamó “marranos”), a medida que iba horripilando este término tanto por su semejanza al “moro” o habitante de berbería (el norte de África), signo de desconfianza e inestabilidad, por las incursiones de piratería y su proximidad étnico-religiosa al temible “turco” del oriente que llegara a asolar en el s. XV el antiguo imperio de Bizancio (las cenizas del imperio Romano), como por su irreducible condición cultural durante decenios tras la conquista y posterior violación de los derechos reconocidos en las Capitulaciones del Reino de Garnata llegando a desembocar en la Rebelión de 1568. Resulta curioso como tras el sangriento aplastamiento de esta, no se produce el edicto de expulsión hasta el año 1610. Sus consecuencias, que a priori se suponen en la total exclusión de suelo español, no pasó del destierro fuera de Andalucía pero si acentuó la persecución cultural (entendida en un sentido amplio que incluye la religión) hasta la conversión forzosa de la mayoría de los antiguos islámicos. “ Y es muy posible que a raíz de la expulsión quedara vedado de un modo más o menos tácito el hablar de familias moriscas; que esto se considerara una imprudencia de mal gusto” (CARO BAROJA). La oligarquía musulmana, que, como en todas las sociedades viene a ser la minoría social adinerada, bien se apegó al calor de los nuevos conquistadores, manteniendo su privilegiada situación económica o bien marchó con sus posesiones en la medida de lo posible a tierras del norte africano, donde la proximidad cultural era mucho mayor y siempre esperanzados en una vuelta posterior no muy lejana. Las aspectos más importantes de esta persecución social (que no racial) fue sin duda la ocupación y posesión de la tierra, (en aquel tiempo la principal fuente económica) materializada y constatable hoy día en los libros de repartimientos de numerosos pueblos. Sus antiguos propietarios fueron desplazados u obligados al servilismo bajo los nuevos posesores.
A ello se le acogió políticamente bajo un favorable barniz religioso, en el que además de garantizar numerosas posesiones al patrimonio eclesiástico, se aseguraba una pérdida de identidad que facilitase la uniformidad y docilidad de la población, tanto ocupante como ocupada (más bien desplazada).
Hoy día, pasados ya más de veinticinco años de una supuesta libertad religiosa, tras casi medio millar de imposición católica, parece adecuado profundizar de manera seria en la pasada Historia de esta tierra para ir dejando a un lado los prejuicios estereotipados que nos hablan de una conquista armada por parte de infieles sarracenos venidos de Oriente, con raza y cultura distintas, que sirve para justificar la conquista de los territorios andalusíes por parte de los reinos del Norte, consiguiendo desterrarlos por completo del solar ibérico para restaurar el antiguo sistema político hispano-visigodo al amparo de la religión católica. Cabe por tanto, recuperar la dignidad del nominativo “andalusí”, al menos para aquellos elementos que en su dia lo fueron, y ciertamente igual, para aquellas conciencias que sientan el orgullo de compartir el suelo que bajo el mejor sol de Europa fue capaz de irradiar riqueza y cultura al resto del mundo civilizado.
“Los moriscos, pese a su voluntad de conservar sus signos de identidad social, se sentían tan españoles como <<los otros>>, lo que era tan legítimo como cierto; lo que no comprendían era que aquellos <<otros>> creyeran que el ser español entrañaba el ser cristiano viejo y no mostrar otras señas de identidad que las ya tradicionales de los Reinos Cristianos, lo que también era cierto, pero no legítimo en su exclusividad…
…Lo que condujo a la segregación social, menosprecio, provocación, destierro interior, persecución y expulsión final de los moriscos fue el tenaz mantenimiento de sus signos de identidad, que llevaron a que fuesen considerados vicios lo que eran auténticas virtudes…
La difícil existencia de los moriscos, las indagaciones inquisitoriales, el desprecio, el odio, la guerra y los motines, los destierros interiores y la amenaza permanente, hicieron que los propios moriscos recibieran la orden de expulsión como un respiro. Dolidos, resignados, expoliados al ser malvendidos sus bienes, asaltados en el camino y ya embarcados, a veces mal recibidos donde fueron a refugiarse, muchos de sus descendientes afincados en el norte de África, sobre todo los tunecinos, guardaron sus recuerdos, incluso el lugar de su morada española y las llaves de sus casas, hasta nuestros días. Así terminaron las últimas gentes de al-Andalus islámico.”
(M. Cruz Hernández, “El Islam de Al-Andalus, Historia y estructura de su realidad social”)
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