Yusuf Luay’Abdullah Al-Andalusí
Reconocerse como musulmán o musulmana en el Estado Español, y aun más si cabe en Andalucía, no es el resultado, por lo general, de una decisión caprichosa ni tan siquiera simplemente de una profunda y transformadora meditación. A ello se opone el desmedido peso de la historia que nos toca, historia que desde los tiempos de la Inquisición ha inculcado en las conciencias de los andaluces y andaluzas, el odio y el rechazo a todo lo árabe o moro, odios y recelos que esconden todo tipo de tópicos y falsedades que poca gente se replantea, pues la máquina de crear verdades -que son los medios interesados de comunicación- repiten a diario hasta la saciedad su pretendida verdad, haciendo cierto el dicho de que una mentira repetida en boca de todos se transforma en una gran verdad.
Entonces, ¿cual es el motivo de tan profunda y radical decisión? Aquí, en esta tierra de Andalucía, los y las que hemos declarado abiertamente nuestra adhesión al Islam, lo hemos hecho, no solo por el rechazo a todo lo que representa y nos ha inculcado la actual cultura judeo-cristiana: pesan muchos y diferentes motivos, razones que nos diferencian del resto de los llegados al Islam desde Occidente.
Con nosotros aflora la semilla dormida de un pasado islámico que ha configurado desde nuestra más recóndita esencia, un modo y una manera de ser que se reconocía en la admiración que nos provocan aquellas iglesias que eran antiguas mezquitas, aquellos palacios o fortalezas del ‘moro invasor’, en la sensibilidad y la belleza expresada en los arabescos de los azulejos con los que adornamos cada habitación.
Para los andaluces y andaluzas que hemos recuperado nuestro Islam, este acto no representa una conversión a otro rito o creencia; no somos conversos, sino que hemos despertado al Islam despojándonos de la capucha con la que la Iglesia católica y sus verdugos nos volvieron ciegos y desvalidos frente a nuestra realidad más auténtica y que ha configurado desde siempre nuestro ser en la fitra de Allah.
Crecer y expresarse con el Islam en Andalucía no es un devenir que a priori se presente fácil y sin tensiones, al igual que para el resto de la Umma, la Nación del Islam. Pero en esta tierra de ‘María Santísima’ el Islam no es un hecho que cause indiferencia. Uno puede declararse evangelista, testigo de Jehová o mormón, u optar por algo más exótico y practicar budismo, yoga o zen, o consagrarse al esoterismo y a los ovnis …, y solo atisbar en los demás la indiferencia o el sentimiento de pena ante la oveja perdida por su falta de personalidad o nula voluntad propias. Pero ¡ojo!, si es el Islam lo que declaras abiertamente ya no es indiferencia lo que se aprecia en los demás, pasas a formar parte de todo aquello que odian, eres un aliado del enemigo ancestral y por ello mismo te convierten en cómplice de todas las inmundicias y barbaries que, como basura sobre el mundo islámico, no paran de arrojar. A los otros, a los débiles de carácter, los toleran; a nosotros y todo aquello que representamos ( y se da la paradoja de que se nos considera buena gente, a pesar del Islam) nos rechazan abiertamente, siendo objetos de todo tipo de chascarrillos e insultos mal disimulados, incapacitándose a sí mismos para abordar desde la lógica natural de las cosas otras posibilidades, apoltronándose en sus cómodos estereotipos y parapetándose tras una coraza de tópicos y prejuicios desde los que nos disparan dardos envenenados de desprecio y odios viejos, para defender su fragilidad.
Ser musulmán -y aun más ser musulmana- en Andalucía es todo un reto, una difícil elección, un esfuerzo y lucha que nos mantienen en una constante tensión. Pero, pensando rectamente, esto mismo es lo que nos adorna y nos hace más valiosos, transformándonos en seres únicos y singulares en medio de la sociedad, aun a pesar de nuestras torpezas, errores o desconocimientos en la expresión de nuestro Islam. No respondemos a un capricho o a una indecisión, somos lo que Allah ha determinado que fuéramos incluso antes de nuestra gestación, y somos un fruto incipiente, la vida que renace tras siglos de yerma esterilidad, somos andalusíes, y sobre todo somos Al-Andalus. No tenemos que apelar ni rescatar ningún pasado glorioso, basta con que vivamos, porque somos herederos y presencia renovada de Al-Andalus, un Al-Andalus que no se reinventa, y que no improvisamos, porque crecemos sobre raíces que nos alimentan con la mejor de las savias: la sabiduría del Rasûl Muhammad (s.a.s.), el mejor de los ejemplos, el Corán puesto en pie, no igualándosele nadie en la historia de la humanidad. Es la savia de la que bebieron nuestros antepasados y todos los musulmanes, musulmanas y grandes sabios del Islam. Con la presencia firme del Rasûl Muhammad (s.a.s.) en nuestros corazones y en nuestros actos, nunca nos desviaremos de la senda de los justos y andaremos junto a las gentes de la derecha por el camino recto, haciendo de nuestro Islam un Islam serio y riguroso, fértil y acogedor, creador de civilización. Si no es así, nuestro Islam será un Islam veleta, a gusto del momento y del consumidor, un Islam mezcla de frustraciones y apegos a ídolos frívolos.











