14 Mayo, 2008...7:03 am

LOS ÁRABES NO INVADIERON JAMÁS ESPAÑA -Capítulo 10-

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La revolución Islámica en Occidente/Ignacio Olague

 

PRIMER TIEMPO DE LA CRISIS REVOLUCIONARIA HISPANA

 

Existencia de una relación entre la evolución de las ideas-fuerza y las modificaciones de los diversos cuadros naturales en una región, sometida a los efectos de una pulsación climática.

 

La idea religiosa y la revolución: El ejemplo almorávide en Mauritania: el marro geográfico, las ideas-fuerza y los testimonios históricos.

 

En Oriente se ha realizado la revolución en dos tiempos:

 

Primera época: Trastornos económicos y sociales producidos por la crisis climática. Guerras entre los bizantinos y los persas. Guerras civiles.

 

Segunda época: Transgresiones y migraciones de las poblaciones. Aparición de una nueva civilización.

 

El cuadro geográfico de la Península Ibérica y la pulsación climática. El hambre causada por la sequía a fines del siglo VII y en el VIII.

 

Testimonios históricos de la pulsación: Primera, segunda y tercera crisis.

 

La caída del Estado teocrático. Existe una competición entre el poder local de las regiones naturales y el poder central que se esfuerza en implantar una política común. Con la abjuración de Recaredo se esfuerza la minoría trinitaria en crear un Estado teocrático similar al modelo de Bizancio. Fracas9 de esta política. Con el destronamiento de Vamba coincide la aparición de las primeras manifestaciones del hambre producida por la pulsación.

 

Los acontecimientos precursores de la guerra civil. El reinado de Egica. Las dos tradiciones: la trinitaria y la unitaria. Diversidad de las crónicas acerca del papel desempeñado por Vitiza. Ha favorecido su política al partido unitario.

 

La guerra civil. Surge con la muerte de Vitiza. Proclaman los godos trinitarios rey de España a Roderico. Su acción en Andalucía en contra de los partidarios del unitarismo. El papel del arzobispo de Sevilla, don Opas. La batalla de Guadalete.

 

Comentarios: El contexto histórico de los acontecimientos. La Tingitana es una provincia de la España visigoda. Lis tropas rifeñas del conde de Ceuta. El gobernador de la provincia, nombrado por Vitiza, que pertenece al partido unitario acude en auxilio de sus correligionarios. El verdadero papel desempeñado por Muza ibn Nosalr. No posee la batalla de Guadalete, de haber tenido lugar, ningún valor estratégico.

 

Hemos alcanzado el punto culminante de nuestra exposición. Nos es ahora posible establecer una relación entre la idea-fuerza expansionándose y el marco natural de algunas regiones que han sufrido simultáneamente una crisis económica, social y política, producida por la modificación de sus paisajes. Pues en razón de circunstancias históricas, probablemente fortuitas, ocurría que la evolución de las ideas religiosas daba una mayor energía a las tesis favorables al unitarismo en los mismos lugares que empezaban a padecer los efectos de la pulsación con todas sus consecuencias. Esta convergencia entre un fenómeno natural y la máxima intensidad lograda por la evolución de las ideas acerca de la divinidad, se ha presentado en la parte oriental de la cuenca mediterránea en los primeros años del siglo VII. En la parte occidental y en particular en la Península Ibérica se manifestó la relación un siglo más tarde.

 

Como lo hemos descrito en el capítulo quinto, a causa de la pulsación producida por una disminución progresiva de las depresiones atmosféricas, cada vez más escasas, una menor cantidad de agua regaba las regiones que pertenecen a un círculo de latitud al sur del Estrecho de Gibraltar. En relación con las distancias parecía que una oleada de sequía llegada del este asolaba progresivamente las tierras situadas al oeste, trayendo consigo unas doctrinas religiosas y unos principios culturales, en una palabra: la revolución. No hay que dejarse engañar por las apariencias. La falsa interpretación de un movimiento aparente realizado por los juegos de la naturaleza no debe inducirnos a error. Sabemos que la competición entre las ideas monoteístas, trinitarias y unitarias, existía desde los siglos III y IV. El empeño espiritual era muy anterior a la crisis climática; pero el trastorno económico experimentado por la sociedad en función de la pulsación seguía el ritmo de su intensidad a medida que hacía notar sus efectos de modo oscilante, pero progresivo, del este hacia el oeste. En otros términos, no era la revolución la que en intensa cabalgada, ya clásica, se había propagado hacia Poniente. Se producía el fenómeno natural en cada región por las mismas causas y al alcanzar un punto crítico, provocaba una crisis económica y social similar en todas partes. Como las poblaciones de estos países diferentes conocían la misma evolución de ideas religiosas, idénticas reacciones se manifestaban, mas con un desfase de tiempo considerable, debido a que los rigores de la pulsación disminuían a medida que los lugares en donde se presentaban se hallaban más al oeste, más cerca del Atlántico.

 

Los conocimientos adquiridos por la meteorología en este siglo han perfectamente explicado los motivos que mantienen en estrecha correlación los marcos geográficos en su actual posición y dependencia. Un año frío y lluvioso en las regiones nórdicas de nuestro hemisferio coincide con fenómenos climáticos concordantes en las regiones mediterráneas y hasta en las zonas xerofíticas situadas más al sur. Asimismo, una oleada de sequía en estas regiones puede producir buen tiempo y suavidad de la temperatura en el Septentrión. Es verdad que existen en estas variaciones circunstancias particulares que pueden amenguar sus efectos. Las formaciones verticales, la imposición de la orografía, los frentes fríos o calurosos de las altas capas atmosféricas y otras causas más, intervienen para dar a una localidad caracteres propios. Pero los fenómenos de la naturaleza deben siempre enfocarse en términos generales. Una vez reconocidas sus grandes líneas, entiende el naturalista su verdadero alcance y procura normas que interesan al historiador. Serán inducidas constantes que darán luz suficiente para la correcta interpretación de los acontecimientos.

 

Cuando en un momento determinado del pasado se manifiestan los efectos de la pulsación en una región de nuestro hemisferio, se acentuará la presión climática con mayor o menor intensidad según la latitud de los lugares afectados. Será entonces posible establecer un círculo de latitud con aquellos en que las perturbaciones hayan sido más grandes; es decir, de acuerdo con la modificación del paisaje. Podrá ser esto favorable o perjudicial para el incremento de las actividades humanas. Mas, para las necesidades de este estudio sólo interesan las regiones en que el paisaje se ha envilecido.

 

Si de acuerdo con las tesis de Hungtinton, completadas con otras aportaciones, tomamos como punto de referencia para los siglos VII y VIII el círculo de latitud correspondiente al grado 35, esto es, un poco más al sur del Estrecho de Gibraltar, deduciremos ciertas conclusiones que serán importantes para los fines de esta investigación. Los cuadros naturales que se encuentran en las regiones extremas al sur o al norte de esta línea poco habrán padecido las consecuencias de la pulsación, mientras que los situados en su cercanía habrán sido perjudicados. Así, por ejemplo, no causaba daños la crisis en las comarcas del norte de Europa. Muy al contrario, un alivio progresivo de la temperatura las ha favorecido, como ha sido el caso en Irlanda y en Islandia por estas fechas.

 

En el polo opuesto, en nada mejoraban las zonas ya desérticas del Sahara, aquellas sobre todo pertenecientes a su parte oriental petrificadas por la acción del clima acentuándose. Era capaz el geógrafo de apreciar la degradación de la facies; el nómada que las atravesaba nada advertía. Los efectos del clima ya conocidos y previstos de antemano para emprender sus viajes no modificaban a corto plazo los incidentes de su vida de trashumancia. Los niveles freáticos de los oasis disminuían, pero como los pozos son poco frecuentes en el desierto y sus niveles muchas veces alimentados por aguas fósiles, no presionaba de modo inmediato la crisis a las poblaciones por definición escasas y repartidas en inmensas extensiones.

 

No ocurría lo mismo en las regiones situadas en el eje o en la proximidad del círculo de latitud mencionado. Según los lugares dos fenómenos podían producirse: En aquellos que poseían un paisaje verdoso, parecido al de la actual Europa meridional, varios años secos sucedían a otros lluviosos. Provocaban entonces las malas cosechas una crisis económica más o menos larga, pues no era suficientemente potente la pulsación en estos lugares para modificar el paisaje. Un equilibrio acababa finalmente por establecerse. El malestar era determinante por un cierto tiempo, podía provocar o no incidentes políticos; los cuales dependían de la coyuntura de una situación local. En el peor de los casos aparecía una inestabilidad que apuntaba el historiador. Por el contrario, en las regiones en donde se realizaba una modificación del paisaje, se convertía la transformación del marco natural en una verdadera catástrofe para las poblaciones. Si se hallaban bastante cercanas a comarcas menos castigadas, allí se dirigían los agricultores arruinados. Si, por otra parte, degradaba la acción climática la facies subárida de un lugar en esteparia, para salvar sus rebaños invadían los ganaderos las tierras cultivadas de los agricultores. Si no encontraba pastos el nómada en su estepa emprendía una algara arrasándolo todo como una nube de langosta. Si transformaba definitivamente la naturaleza la estepa en desierto, abandonaba el hombre los parajes en donde habían vivido sus antepasados.

 

En la ¿poca objeto de nuestro estudio, el marco natural de Arabia estaba ya asentado en la facies desértica desde por lo menos el fin del segundo milenio. Atestigua la Biblia que poseía la región del Sinaí una facies subárida y esteparia cuando en el principio del primer milenio buscaron en ella refugio los hebreos perseguidos por los carros egipcios. Por consiguiente debían de encontrarse en un proceso más acentuado las regiones situadas al sur de este accidente tectónico. Es legítimo pensar que la pulsación del siglo VII de nuestra era no produciría ningún trastorno a las poblaciones arábigas, vivieran en el desierto o en los oasis. Es difícil averiguar si favoreció la pulsación al Profeta en el reclutamiento de nómadas para hostigar y apoderarse de las ciudades de Medina y de la Meca. Parece indudable que los árabes constituían una masa ínfima de gentes desparramadas en un territorio inmenso y que se trataba por otra parte de acontecimientos de alcance local. Un cuadro natural tan pobre y exiguo no podía poner en movimiento estas invasiones militares con carácter universal que nos ha descrito la historia clásica de modo harto simplista.

 

Las regiones próximas al Mediterráneo y aquellas que componen el Creciente Fértil padecieron al contrario una crisis agudísima que explica los acontecimientos que relatan los textos. En su mayor parte pertenecían al Imperio Bizantino, eran sus provincias asiáticas. Sacudidas por terribles convulsiones, conservaron sus riquezas pues el paisaje en poco se modificó. Se transformaron así en un crisol en donde se fundirían los elementos que compondrían la futura civilización árabe. Pero las zonas áridas y las subáridas que se encontraban en proximidad o al interior del continente fueron completamente perturbadas por la pulsación. Enfocadas en conjunto, fueron sacudidas estas regiones diversas por una terrible agitación, envenenada por las pasiones religiosas, que conmovió todo el siglo VII: guerras interminables entre bizantinos y persas, sublevaciones de las poblaciones autóctonas, incursiones de los nómadas, disturbios populares en los barrios de las grandes ciudades, etc. En la tormenta perdió el Imperio Bizantino el control de sus provincias africanas y gran parte de las asiáticas.

 

Provocó la pulsación grandes movimientos demográficos. Grupos de nómadas que transitaban por las regiones subáridas o esteparias, emprendieron la marcha hacia el oeste, éxodo que había empezado siglos antes, pero que se reanudaba de nuevo; mas a tan lenta velocidad que las tribus hilalianas que abandonaron el sur de Arabia en el siglo X, sólo alcanzaron el Magreb en el siglo XIV(256). De acuerdo con nuestros actuales conocimientos, se trata del único tránsito de población árabe hacia el oeste que conocemos con una documentación precisa. No tuvo lugar en el siglo VII o en el VIII. Las primeras vanguardias aparecieron en el sur de Berbería en el XI. Ninguna preocupación política ha dirigido estas emigraciones. Marçais que ignoraba la existencia de la pulsación y por consiguiente las verdaderas causas del fenómeno escribe sobre el particular: Generalmente no manifiestan los árabes ningún deseo de vivir aventuras. El mayor error Consistiría en considerar a los nómadas como vagabundos o exploradores. No gustan los nómadas de marchas inútiles. Su movilidad está estrictamente regida por las condiciones de su existencia. (Los lugares de pasto y los pozos de agua(257)) Demuestran estos movimientos demográficos del este hacia el oeste el azote de la pulsación; y su lentitud, la necesidad de sustentar a los rebaños. Pero esta acción de envergadura local, limitada a las zonas esteparias de África del Norte y por otra parte mínima en cuanto a la masa de población, no ha desempeñado ningún papel en el desarrollo de los acontecimientos históricos.

 

No ocurría lo mismo con la transformación producida por el violento trastrueque de las ciases sociales pertenecientes a las zonas agrícolas, ricas e intensamente pobladas. Alcanzó la agitación tales extremos que el carácter político y hasta religioso de estos acontecimientos fue desbordado por las mutaciones sociales. Se trataba de una verdadera revolución. Cristalizó la civilización árabe. Intervinieron en esta creación varios fermentos. Uno de los más importantes se destaca: la doctrina del unitarismo predicada por Mahoma, la que propagada después de su muerte por sus discípulos se impuso poco a poco a las sectas diversas existentes en las partes cultas de aquellas regiones. Por esto logró imponerse a los trastornos sociales la enseñanza del Profeta como la idea que domina la turbamulta de las acciones menores. Pues en su simplicidad había conseguido eliminar las sectas cuyos dogmas eran, si no a veces extravagantes, demasiado complicados para el común de los mortales, como el monofisismo. Por causas similares y por parecidas circunstancias se ha manifestado este incentivo en las regiones meridionales del Mediterráneo en donde la propagación de los mismos principios religiosos se combinaba de tal suerte con los efectos de la crisis que había sido muy difícil para los historiadores distinguir ambos elementos en el producto final. Hemos llamado a este complejo: la Revolución Islámica.

 

Por consiguiente, lo que nos parece decisivo en aquellos acontecimientos no es la predicación de Mahoma entre sus compatriotas politeístas, acción que reviste desde nuestra actual perspectiva un mero interés local. Lo único que importa es la idea. Igual que un germen en un caldo apropiado, ha sido lanzada por el Profeta en un momento preciso de la evolución histórica adecuado para acogerla. Era su doctrina de la unicidad de pura esencia bíblica. Era familiar a muchos. Se propagaba en una inmensa región en donde estaban los espíritus dispuestos a recibirla en razón de una larga tradición anterior, pero encontraba un aliento extraordinario para su propagación en el drama material de la crisis climática que había trastornado las clases sociales. Como ocurre siempre en toda revolución la minoría culta y acomodada de las generaciones anteriores, aferradas a un estilo de vida ya superado, sacrificadas en las guerras civiles, habían sido substituidas por nuevas gentes imbuidas de otras ideas.

 

Se realizaba la revolución en el marco urbano de las ciudades, en las que a pesar de las calamidades se había logrado mantener la esencia de la enorme riqueza intelectual acumulada desde los tiempos de la Escuela de Alejandría. Esto explica el carácter universal que pronto adquirió el impulso dado. Dependían de su actuación el porvenir de la humanidad y en particular el de las civilizaciones europeas. En otros términos, la aparición de nuevas clases sociales, el afianzamiento con la redacción del Corán de una nueva religión, la ascensión del árabe hacia las cimas propias de un idioma literario, la forja de nuevos principios, todo esto ha sido la obra de revolucionarios ciudadanos que no se han arriesgado en aventuras lejanas. La expansión del Islam y de la civilización árabe ha sido el fruto de la idea-fuerza. No han sido impuestos por el filo de la cimitarra, esgrimida por nómadas, beduinos y otros hijos del desierto. Salvo acaso una estricta minoría que en un principio pudo haber desempeñado el papel de fuerza de choque, jamás han podido evadirse de él y lo más probable jamás lo han intentado(258).

 

Poseía tal envergadura la revolución islámica que se había reducido al mínimo su carácter político. Que un condotiero, un profeta o un mimus habendi cualquiera, se hubiera hecho dueño de una ciudad, de una comarca o de una región, no condicionaba consecuencia de mayor envergadura. Se trataba de un sencillo episodio. De aquí la extrañeza de los historiadores modernos que observaban que jamás había existido un Estado árabe. A esto se debieron las grandes dificultades que tuvieron que vencer para lograr seguir los acontecimientos. Por el contrario, la transformación de la sociedad se manifiesta con suma claridad. Todo es nuevo: la religión, el lenguaje, los principios intelectuales… Las sociedades que vivían en el Creciente Fértil estaban a tal punto conmocionadas que en la plasticidad resultante de tal congoja pudo el genio creador surgir a la superficie social, mezclando con dosis sabiamente medidas la herencia considerable recibida de los antepasados con el impulso de la imaginación. En el curso de un centenar de años —lo que desde el punto de la evolución histórica debe interpretarse como una auténtica mutación— se asentaba una nueva civilización sobre bases potentes. Un hiatus importante separaba entonces lo pasado del presente. Ponía en acción la revolución islámica tales recursos de energía que desbordaba el marco restringido de una nación o de una región para adquirir un sentido universal que interesaba directamente a la historia del hombre en la tierra.

 

Para el historiador se presenta, sin embargo, una dificultad. ¿Cómo podía una tal revolución florecer empleando tan sólo como arma de choque la doctrina monoteísta del unitarismo? ¿En virtud de qué principios han sido las masas enardecidas hasta el punto de haber derruido las anteriores estructuras de su nación y sociedad? ¿Qué ariete poseían, por ejemplo, para quebrantar la potencia del Imperio Romano Bizantino, su feroz dogmatismo respaldado por la fuerza? No posee la enseñanza de Mahoma ningún carácter sedicioso. La guerra en contra del infiel es un acto estrictamente religioso, en la mente del Profeta una lucha dirigida en contra de los politeístas del Hedjaz. Por esto, pueblos importantes han sido convertidos al Islam sin que padecieran ninguna transformación social o económica. Al contrario, parecería como si protegiera el Islam la estructura social existente. Adquiere el historiador esta convicción desde las primeras horas de su predicación. Se percibe un similar espíritu conservador en la mayoría de las grandes religiones del pasado. Jamás han provocado el cristianismo o el budismo una arción que requiriese la violencia. Siendo ante todo espiritualistas, menospreciaban los bienes de la tierra, dando a César lo que le pertenecía, para consagrarse a las perspectivas de otro mundo en donde se penetra con el permiso de la muerte.

 

Insoluble era el problema hasta nuestros días. Ha podido el fenómeno histórico ser entendido cuando se ha podido medir de modo objetivo la importancia del impacto causado en la sociedad por la pulsación climática. Por consiguiente, no es la predicación de Mahoma, ni la de sus discípulos, las que desbarataron la estructura política precedente, sino la acción de los trastornos atmosféricos. La habían trastornado en época muy anterior a las revelaciones del Profeta.

 

Existe aún otra dificultad que es preciso resolver como si fuera un corolario de la proposición precedente. Visto el carácter conservador de las religiones, ¿cómo una revolución de la envergadura que ha alcanzado el Islam ha podido emprenderse con el único auxilio de una idea metafísica? ¿No existe una contradicción entre estos términos? ¿Puede una revolución ser religiosa? Ha habido guerras civiles religiosas, como las del XVI en Occidente que han opuesto a católicos y protestantes. Se han proyectado y realizado invasiones en países lejanos para satisfacer —esto se nos asegura— un sentimiento religioso, como las expediciones de los cruzados a Palestina. Ninguna relación tienen estas acciones con una revolución que ante todo es una transformación de la sociedad llevada a cabo con violencia. ¿Qué lazo unía la revolución islámica con la doctrina monoteísta del unitarismo que por esencia ignora todo proceso de subversión…?

 

Han explicado en nuestros días las ciencias el mecanismo de los principales fenómenos de la física terrestre. Los ha utilizado la técnica para satisfacer las necesidades primordiales de la humanidad. Nos ha proporcionado grandes medios materiales, pero también ha permitido a un mayor número gozar de una independencia intelectual y espiritual que eran antaño el privilegio de unas cuantas mentes esclarecidas. Explican así estas circunstancias por qué la gran mayoría de nuestros contemporáneos, impresionados por el enorme progreso actual, están demasiado dispuestos a subestimar el papel que el determinismo geográfico ha desempeñado en el pasado. En general, el hombre de la ciudad y naturalmente los sabios poseen hoy día un conocimiento rudimentario de la naturaleza y escasa experiencia de sus manifestaciones. Jamás o escasas veces han padecido el erudito, el historiador, el filósofo sus rigores: una tormenta de nieve en la montaña, una tronada en un macizo calcáreo en donde no existen refugios, las rompientes del Océano desencadenado o el torbellino de un tifón tropical. Protegidos por las comodidades de la vida moderna, no han sentido en lo más hondo de la carne la congoja del corazón que se contrae ante la impotencia del individuo para hacer frente a los elementos desatados. Pero este terror que han experimentado el alpinista, el navegante o el explorador no era en otros tiempos pasajero, como ocurre en nuestros días. Constante a lo largo de las horas, era un imperativo en la vida de las sociedades que nos han precedido desde el paleolítico hasta la era atómica.

 

Para superar el terror producido por el determinismo geográfico ha buscado el hombre en la religión una defensa psicológica. En las épocas primitivas poseían los más elementales fenómenos de la naturaleza un carácter sobrenatural. Eran el tributo impuesto por la voluntad divina. Como el hecho era incomprensible, pero determinante en la vida del individuo, quedaba obsesionado por los actos o el pensamiento de los seres superiores que podían recompensar o castigar su comportamiento, que él mismo juzgaba de modo favorable o desfavorable. La historia de la humanidad desde el descubrimiento del fuego hasta el del átomo ha sido la del esfuerzo constante realizado por mentes esclarecidas para superar este complejo; pues las necesidades materiales le acuciaban a un esfuerzo constante y progresivo para desentrañar los misterios de la naturaleza, comprender el determinismo geográfico y dominarlo. Por otra parte, no se debe olvidar que ha sido uno de los agentes más importantes de la evolución de las especies. A medida que la inteligencia humana lograba reducir de modo progresivo su alcance, limitaba también las relaciones que ligaban las religiones antropomorfas a los fenómenos de la física terrestre. Aligerado de estas contingencias terrestres, podía el hombre aspirar a alcanzar una mayor espiritualidad.

 

Si es así, para entender y describir un trozo cualquiera de la vida en los tiempos pasados, debe el historiador no solamente reconstituir en cada época y en cada sociedad estudiada el marco geográfico que entonces la encuadraba, sino también analizar las relaciones que unían el determinismo natural con las concepciones religiosas existentes.

 

Cualquier crisis geofísica o social, un terremoto, el hambre, la sedición, la guerra, sobre todo si imponía la esclavitud para el vencido, siempre han reanimado el sentimiento religioso de las masas. A veces, la llamarada era circunstancial, como se ha observado en los tiempos presentes en Occidente, entre las dos guerras mundiales; pero en las antiguas sociedades se transformaba la calamidad pública en una acción siempre dominada por el pensamiento del más allá. Los trastornos agrícolas, producidos por la sequía que asolaba una parte de las regiones mediterráneas y cuyas consecuencias económicas y sociales se prolongaban en un cierto número de años, forzosamente ejercían una presión sobre la angustia religiosa de los individuos. Era determinante esta desazón en las sociedades cuyo cuadro geográfico padecía una profunda transformación; lo que exigía una readaptación de la vida cotidiana. Terrible era la crisis para las poblaciones que vivían en las zonas áridas y subáridas, situadas en las orillas del Creciente Fértil cuya extensión era mayor antaño que ahora. Se dirigieron hacia otros pastos los nómadas de la estepa, pero los agricultores fueron arruinados sin esperanza de recuperación. Aquellos que poseían secanos no los podían cultivar. No había agua que corriese por las acequias. Los pozos se secaban. Los niveles freáticos descendían en el subsuelo. Tuvieron que buscar otros medios de existencia los labradores. Emigraron hacia lugares regados por una mayor pluviosidad. En su desgracia fueron seducidos por la predicación mahometana. Como para sobrevivir se dirigieron hacia las grandes ciudades que sufrían ellas también de gran efervescencia, formaron un nuevo «proletariado interior», según expresión de Toynbee, que intervino en los acontecimientos políticos. Contribuyeron de este modo y de manera activa a la propagación del monoteísmo unitario.

 

No se trata de un alarde de imaginación. Debe intervenir el razonamiento con tanto rigor en una demostración de la vida social histórica como en un teorema matemático. Desde la óptica de una confirmación positiva, sólo nos puede dar la antigüedad por deducción la prueba de la relación existente entre el cuadro geográfico y la religión, por la sencilla razón de que nuestra documentación sobre las civilizaciones antiguas es demasiado escasa. En la época de la predicación de Mahoma parece destacar el lazo causal con mayor precisión, sin que nadie haya reunido los elementos requeridos, salvo error, para establecer una conexión fundada de una parte sobre los textos, de otra sobre datos geográficos. Mas ocurre una circunstancia importante: Existe el ejemplo de acontecimientos similares a los que estamos estudiando, ocurridos tres siglos más tarde en la parte occidental del Sahara. Se trata del movimiento almorávide que empezó hacia la mitad del siglo XI. Se conservan los textos requeridos para establecer la conexión buscada.

 

El marco geográfico

 

Mauritania, la parte del Sahara occidental situada al sur del Atlas entre este altísimo macizo de montañas y los ríos Níger y Senegal, gozaba en la Edad Media de una mayor humedad que en los días actuales. Se aprecia un contraste poderoso entre el clima y el paisaje que existían en aquellos lugares y la situación presente. El Río de Oro, por ejemplo, que constituye una parte de la zona costera y que disfruta por la vecindad del Océano de una mayor influencia marítima que las regiones del interior, sufre a pesar de ello las consecuencias adversas de la facies desértica. Los pozos son muy escasos de tal suerte que su población es casi inexistente: 15.000 habitantes poco más o menos para 285.000 kilómetros cuadrados, o sea un territorio que dobla con creces el de Inglaterra. No era así en tiempos de los almorávides. Para convencerse de ello basta con leer a los geógrafos antiguos: El Bekri (siglo XI) y El Idrisi (siglo XII) y los historiadores: Ibn El Atir (siglo XII) e Ibn Kaldún (siglo XIV).

 

Por de pronto una observación se impone: Llamaban los antiguos autores «desierto» a una región no por sus caracteres adversos, sino por su ausencia de población. No afinaban las facies; mas no se designa hoy día con esta palabra territorios con caracteres áridos o subáridos o esteparios que poseen en ciertas partes del año pastos suficientes para alimentar rebaños de camellos, de cabras o de ovejas. La tierra que recorren los nómadas es la estepa subárida y xerofítica, no el desierto que puede el hombre atravesar, pero en donde no encuentra los medios para poder subsistir. En la época de El Bekri, habitaban en el Sahara varias tribus. La más importante era la de los Beni Lantunas «que viven como nómadas y recorren el desierto. La región por donde transitan se extiende en largo y en ancha hasta una distancia de dos meses de marcha y separa el país de los negros del de los blatzcos»259. A pesar de ello, es probable que en las regiones centrales del Sahara, en el Tanezruft, estuviese ya el desierto en formación, sino del todo establecido. Según parece, en muchos lugares los niveles freáticos no se habían hundido demasiado en el subsuelo: se encontraba agua cavando en la arena. Según este geógrafo del que extractamos estos datos, se puede atravesar el Sahara central siguiendo la antigua ruta romana recorrida antaño por los carros; es decir, de Tadameka a Gadamés, de Es-Suk cercano de Gao sobre la curva del Níger hasta la antigua Cidamus en el sur tunecino, caminando cuarenta días y realizando esta operación cada tres días260. Debía de ser empleado frecuentemente este recurso, pues nuestro geógrafo cordobés apunta varias veces su utilidad en sus descripciones de ruta. Sólo tenía que cavar dos o tres codos el viajero para salir de apuros.

 

Por otra parte, la extensión de las zonas fértiles, cultivadas o dedicadas al pastoreo, era mucho mayor que en los días actuales; por lo menos en el sur argelino y tunecino. «Nul Lanta, escribe El Idrisi, se encuentra a tres jornadas de marcha del mar tenebroso (el Océano) y a quince jornadas de Sid jilmasa. (Ciudad importante, hoy día desaparecida que era entonces la capital del Tafilalet.) Poseen los habitantes de Nul Lanta muchas vacas y ovejas y por consiguiente leche y mantequilla en abundancia»261. En vista de su proximidad al mar, su latitud y la abundancia de las nieves del Alto Atlas, conservaba aún esta región el paisaje de praderas que hemos descrito en el capitulo quinto, dominando la casi totalidad de las regiones saharianas al fin del último milenio. El Sus, que constituye una región intermedia entre el Alto Atlas, al norte, y el Anti-Adas al sur, por el hecho de su situación geográfica y la proximidad de las altas cimas, producía según este mismo autor tal cantidad de caña que exportaba azúcar «a todo el universo»262. Ocurre lo mismo en las regiones situadas en el 300 más al interior, sobre el meridiano de Coulomb Béchar. Señala El Bekri que a cien kilómetros más al sur, «al Occidente de Igli, gran ciudad situada en una llanura corre un río importante que se dirige del mediodía hacia el norte (¿Uad Guir o Saura?) y que atraviesa una continuidad de jardines. Se encuentran en grandes cantidades frutos y los productos necesarios. En esta región la caña de azúcar se convierte en el producto más importante. Con un cuarto de dinar se puede comprar una tan gran cantidad que un hombre a duras penas puede levantarla. Se fabrica mucho azúcar cuya medida se vende a dos meticales y aún menos»263. Ocurría lo mismo en la región de Tamedelet que se encuentra a seis jornadas de Igli, hacia el sur. «Toda esta comarca, nos asegura el mismo autor, está cubierta de jardines. El río (probablemente el Saura) da vueltas a un gran número de molinos. El territorio de Tamedelet es notable por la fertilidad del suelo y el esplendor de la vegetación»264. En una palabra, se han convertido estos lugares prósperos en estepas, en la antesala del desierto. Gracias a su proximidad del Atlas ha mantenido el Sus algo de sus antiguas riquezas, pero las llanuras se han degradado al punto de que la erosión eoliana ha convertido su mayor parte en ergs y en hamadas.

 

La idea fuerza

 

Se conserva la documentación requerida para reconstituir el origen del movimiento almorávide. Nació en las regiones antiguamente áridas y subáridas de Mauritania, hoy día desérticas. Entonces mantenían holgadamente a las tribus de los Beni Lantunas. Los testimonios de Ibn El Atir y de El Bekri son contemporáneos de estos acontecimientos. Redactó este último su obra de geografía en 1067, cuando los almorávides no habían aún invadido Marruecos265. Han sido confirmadas sus noticias por Ibn Kaldún.

 

Volviendo de la peregrinación de la Meca, en el año de 1046, uno de los jefes de la tribu de los Beni Lantunas, Yahia ibn lbrahim, se hizo cargo que sus compatriotas, si en verdad no eran idólatras, tampoco eran verdaderos musulmanes, por lo menos tal como debían de serlo según los «integristas». Consiguió convencer a un partidario del derecho malequita, Abd Alá ibn Yasín, oriundo de Sidjilmasa, de seguirle por las estepas del sur a fin de convertirles. En poco tiempo, a pesar de fracasos importantes, de intrigas múltiples, de reticencias y burlas por parte de las tribus y hasta de combates, adquirió tal prestigio que llegó a ser el maestro espiritual de todos los nómadas saharianos. Tomaron el apodo de almorávides, que quiere decir los adheridos a la fe. En realidad les transformó en las fuerzas de choque del «integrismo» musulmán occidental. Entonces, se pregunta uno cómo este jefe religioso ha logrado en tan poco tiempo enrolar bajo su bandera a tan importante población, diseminada por tan vasto territorio, de tal suerte que fueron capaces sus jefes militares posteriores de conquistar Marruecos, Argelia y una parte de la Península Ibérica. En verdad, fueron efímeras estas conquistas y pueden explicarse por motivos de orden político que ahora no podemos exponer. Basta saber que estos nómadas almorávides se habían convertido en condotieros religiosos que sus partidarios, «integristas» de las naciones vecinas, llamaban en su auxilio para que les prestara ayuda con el fin de luchar contra el enemigo común, el musulmán «liberal», el incrédulo y el cristiano. Mas, lo que ahora nos interesa es comprender el mecanismo en virtud del cual una predicación emprendida por un jefe religioso ha podido convertirse en una acción militar en razón de una crisis climática.

 

De todos los grupos humanos determinados por el marco geográfico, es el nómada el más individualista. Si es así, ¿cómo pudo realizar el milagro Ibn Yasín, que sucedió a Ibrahim, de forjar en una sola unidad estas personalidades rudas y diversas, desparramadas por inmensas soledades? No basta la sola predicación con la magia del verbo y el poder de atracción de los conceptos; tanto más que en aquella época la idea para propagarse requería un cierto tiempo, quedando supeditada a las comunicaciones. Sólo se explica el milagro por la acción de una causa superior que superaba ¡y en qué medida! las virtudes de la palabra. Era la pulsación, la crisis climática, erguida como un fantasma del Apocalipsis, la que domaba todas las voluntades. En otras palabras, no podía la estepa quemada por el sol dar de comer al mismo número de personas que anteriormente. Disminuía el pasto para los rebaños. El equilibrio entre la producción y el consumo estaba roto. La emigración era el único recurso que a todos podía salvar. En otras circunstancias, cuando el abandono de los lugares ancestrales no había podido realizarse de modo natural, el equilibrio entre el marco geográfico y la demografía se restablecía, sea con medidas draconianas ordenadas para restringir la procreación, como más tarde ocurrirá en los oasis, sea con guerras intertribales que eliminaban los elementos menos fuertes. La presencia de los dos amigos en la estepa para predicar su reforma, coincidía con una crisis social cuya solución era decisiva para la supervivencia común. Llegaban en el momento más oportuno, pues en realidad predicaban la guerra santa contra las gentes del norte, los habitantes de Sidjilmasa, de Taraudant, de Igli y otros, que para estos «integristas» vivían en la impiedad, pero que tenían con qué beber y comer. Esto fue el comienzo de una ambición que pronto llegaría a ser desmesurada.

 

En otros términos, favorecía la predicación de estos profetas los intereses de todos los nómadas de la estepa. Encauzaba la emigración el exceso de población que no podía vivir en los lugares ancestrales. Resolvía una situación difícil, lo que exigía los mayores sacrificios. Tanto es así que el alistamiento se hizo a una velocidad asombrosa, dadas las dimensiones de los lugares. Por otra parte, la adhesión a la secta en un principio ofrecía escasos incentivos: Para borrar sus pecados anteriores, idolatría, superstición, incredulidad, etc., recibía el neófito nada menos que cien latigazos (El Bekri). Una vez admitido la disciplina era terrible. La menor infracción se castigaba con la flagelación. Para someterse a disciplina tan feroz, tenían que estar impulsados estos millares de nómadas por razones gravísimas: La sequía quemaba los escasos pastos de la estepa. El hambre y la miseria acechaban por doquier, pero transformaban a nuestros dos compadres en profetas enviados por el cielo para salvarles. Pues no sólo les daban garantías de gozar de los placeres paradisíacos en la otra vida; les procuraban en la presente el beber y el comer. En el pasado la guerra, santa o diabólica, era rentable para el vencedor. No tenían nuestros predicadores escrúpulo para enloquecer a estos desgraciados con promesas fantásticas: Si moría en el combate el soldado almorávide, asegurado tenía los gozos edénicos; si se salvaba, ahí estaban las riquezas extraordinarias de países lejanos, como España, en donde podían hacerse ricos y disfrutar en esta tierra de los deleites del Paraíso.

 

Así estaba lanzada la idea como por formidable catapulta. En tiempos normales, existen aventureros que por razón de su genio particular abandonan su familia y la vida sedentaria para desfogarse por los caminos y vivir las mil y una aventuras que depara la casualidad. Son la excepción. Le disgusta a la masa cambiar sus costumbres, abandonar sus riquezas por modestas que sean, mas presentes y palpables contra un porvenir incierto. El éxodo de estos nómadas huyendo de la estepa y abandonando sus pobres rebaños nos enseña, si no lo supiéramos, la calamidad en que se encontraban. Mas ahora, la relación existente entre la modificación del paisaje y el impulso de la idea-fuerza, puede demostrarse con textos contemporáneos de estos acontecimientos.

 

Testimonios históricos

 

No puede discutirse el empeoramiento de la crisis climática del siglo XI. Poseemos testimonios numerosos del proceso de aridez acentuándose en el Sahara. En esta época empezáronse a construir las primeras fogaras de los oasis. No sólo destruye la sequía la vegetación, la erosión eólica sepulta ríos y ciudades. Nos lo asegura El Idrisi266. Por otra parte, si bien nos comunica el geógrafo los primeros hechos de la secta, el historiador Jbn el Atir (1160-1233) ha conocido a sus últimos partidarios. Con los textos de estos autores contemporáneos de la epopeya almorávide podemos reconstruir las grandes líneas de los acontecimientos.

 

En sus Anales del Magreb y de España describe Ibn el Atir los hechos siguientes: «El 27 de febrero de 1058, después de una sequía que asoló estas regiones (las estepas de Mauritania), Ibn Yasín envió a los más míseros (de los nómadas de la tribu de los Beni Lantunas) al Sus para cobrar el sekat (el impuesto ritual). Novecientos hombres así se adelantaron basta Sidjilmasa, hicieron una cosecha de algún precio y luego regresaron donde los suyos. Entonces, les pareció el desierto demasiado pequeño y desearon para propagar la palabra de la verdad pasar a España y combatir a los infieles. Penetraron en Sus El Akza, pero se unieron sus habitantes para resistirles de modo tan eficaz que tuvieron que huir los almorávides, mientras que el hombre de ley, Abd Alá ibn Yasín, quedaba muerto. Abu.Bekr (su sucesor en el mando) juntó un nuevo ejército de mil hombres a caballo, pero se encontró enfrente de doce mil jinetes de los Zenatas. Les rogó que les dejaran pasar para poder ir a España a combatir a los enemigos del Islam»267. A esta pretensión se opusieron los Zenatas. Hubo un combate que acabó con la victoria de los nómadas. Diezmados los sedentarios acabaron sometiéndose. La relación de los hechos no aparece muy clara. Los almoravides se volvieron hacia el este y conquistaron la ciudad de Sidjilmasa, en donde según Ibn Kaldún se apoderaron de cincuenta mil camellos268.

 

En este escrito destacan algunos hechos que confirman el contexto establecido.

 

1.º Existe una sequía que alcanza caracteres graves, pues ha tenido lugar en invierno, época de las lluvias.

 

2.º De acuerdo con la ley de Breasted Ibn Yasín envía a los más desgraciados de sus discípulos al Sus para cobrar el importe de un impuesto; lo que parece más bien una limosna lograda por la fuerza. Como empeora por lo visto la situación climática, les parece el desierto pequeño para sus ambiciones. Predica entonces el profeta a los nómadas las ventajas de la guerra santa, mas no para llevarla hacia las tierras vecinas de los negros, míseros e idólatras, sino a las ricas de Marruecos y de Andalucía.

 

3.º Prepara Yasín el éxodo de sus discípulos. Empieza la conquista militar que conducirán más tarde jefes enérgicos y vigorosos.

 

En una palabra, para satisfacer sus ambiciones religiosas y su pasión de mando había aprovechado Ibn Yasín las circunstancias sociales recién aparecidas en estas regiones. Si no hubiese obligado la sequía a los más pobres a buscar fortuna para satisfacer sus necesidades las más inmediatas, es muy probable que en lugar de morir en un combate hubiera acabado sus días en compañía de su amigo Ibrahim en el morabito que habían construido a orillas del Senegal al principio de su predicación.

 

Tiene para nuestras tesis el episodio almorávide una gran importancia, porque permite comprender los acontecimientos ocurridos cuatro siglos antes en el Próximo Oriente. Es similar el cuadro geográfico, iguales las repercusiones de la crisis climática, idénticas las depresiones económicas y sociales. Con pretextos religiosos parecidas algaras se realizan como una reacción en cadena en los limites de las facies. La transformación del medio y el contexto histórico son semejantes. En una palabra, la causa que ponía en movimiento la idea-fuerza en los dos casos en relación con el desplazamiento de las poblaciones era la misma. Sólo era diferente la hora de la historia. Yasín era un reaccionario desprovisto de recursos intelectuales, el juguete de circunstancias que acaso él mismo no había comprendido. Al contrario, era Mahoma un hombre que por el esfuerzo de su inteligencia había restablecido y dado otra vida al puro monoteísmo. Con su palabra intervenía en la génesis de una nueva civilización. Con su dogmatismo insensato contribuyeron Yasín y los suyos a petrificar estos mismos principios. Si Marruecos no supo resistir al impacto de los mauritanos, logró la cultura arábigo-andaluza mantenerse aún por dos siglos en España, a pesar de la reacción almohade que sucedió a la almorávide. Estaba fatalmente condenada por el destino269.

 

Podemos establecer ahora las directrices que han canalizado la revolución islámica en Oriente. Distinguiremos a lo largo de esta crisis, cuya duración puede estimarse en casi un siglo, dos tiempos perfectamente determinados que se hallan en estrecha relación con la evolución de los marcos naturales, los fértiles y los áridos, trastornados y a veces completamente asolados por la pulsación climática.

 

Primer tiempo (600-632)270

 

Produce la crisis atmosférica un desorden general en la economía del Próximo Oriente. Así se explica por qué la guerra entre bizantinos y persas se hace crónica. Considerables son los destrozos causados por la acción de la naturaleza y por las hostilidades. Se prolongan los disturbios producidos por años sucesivos de hambre. Quedan arruinadas las clases dirigentes, ricas y conservadoras. Decrece el poder de Bizancio. Alcanza el desastre tal magnitud que la civilización helenística, que había alcanzado en Siria y sobre todo en Egipto una tradición milenaria, desaparece para siempre de estos lugares. Sólo quedará de ello un recuerdo lejano en la perspectiva histórica. En las regiones áridas y subáridas del Creciente Fértil se envilece el paisaje y se deteriora transformándose en la facies inferior. Se deseca la estepa. Enloquecidos, multiplican los nómadas sus incursiones por las tierras de los sedentarios, en donde las cosechas quemadas por el sol pueden dar de comer a sus rebaños de ovejas, de cabras y de camellos. Mucho mis al sur, en los desiertos y en los oasis, ajeno a estas desgracias, iluminado, predica Mahoma la doctrina del monoteísmo unitario.

 

Segundo tiempo (632.693)271

 

Condiciona la ley de Breasted una serie de acontecimientos que poseen un carácter local, pero que repercuten los unos sobre los Otros como una reacción en cadena. Componen así un complejo con rasgos similares. Cual una oleada impulsada por la tempestad se propaga por las regiones que padecen la crisis climática: lo que induce a los historiadores a interpretar estos acontecimientos como si fueran el fruto de una concepción militar concebida y realizada por una personalidad, un príncipe, un emir cualquiera, cuando en realidad se trataba de un movimiento mimético originado por unas mismas causas naturales. Abandonan las estepas un cierto número de nómadas que emigran hacia el norte. Esperan allí encontrar alimentos para. sus rebaños. Por ellos son empujados hacia las tierras áridas los cultivadores de las tierras subáridas, por tradición semisedentarios. De repente se ven los labradores, arruinados por la sequía, invadidos por la llegada tumultuosa de estos vecinos molestos; pierden con sus depredaciones lo poco que les quedaba. Se dirige este gentío hambriento hacia las tierras regadas que generalmente se encuentran en las cercanías de ciudades importantes. Se multiplican los tumultos, las riñas; verdaderos combates entre gentes pertenecientes a tribus diferentes tienen lugar. Destaca en este embrollo un hecho cierto: Una masa importante de aldeanos que vivían en tierras de secano lograron fundirse con las turbas urbanas alborotadas por el hambre para formar un nuevo proletariado. Esto se deduce de la aparición del árabe popular en los núcleos ciudadanos cultos en donde por ser rural gozaba de escaso prestigio. En esta transferencia sufrió el idioma un proceso de decantación sobre el cual se incrustaron fórmulas sabias.

 

Jefes de las tribus emigradas, personalidades con fuerte ascendencia que destacan de la masa aprovechan el desorden para apoderarse del poder, en manos hasta entonces del Imperio Bizantino tambaleante. Se esfuerzan en poner orden en la anarquía. Al lograrlo adquieren estos pocos afortunados un prestigio que irradia al exterior. Pronto les favorecen los movimientos oscilatorios de la pulsación. En algunas regiones sosiegan los estómagos mejores cosechas; se encalman los espíritus y sus energías. Pues esta gigantesca subversión no se ha realizado en algunos años. Estos diversos movimientos migratorios, la fusión de los labriegos desarraigados con los ciudadanos, ha requerido el curso de casi un siglo. Así se explica cómo desde un punto de vista religioso —desde la. muerte de Mahoma en 632 hasta la redacción del Corán hecha por mandato de Otmán en 653— hayan pasado tantos años; pues la fijación del texto fue obra de intelectuales que vivían en las ciudades. Así se comprende la inexistencia de un Estado árabe y la corta vida de esos califas asesinados, cuyo poder por otra parte debía de ser escaso.

 

Si se adapta más o menos esta concepción a la realidad, no debe de concebirse la historia de Oriente Medio en el siglo VII como si fuera un Imperio Arábigo, sino como un hervidero revolucionario, cuyos límites en el espacio eran muy imprecisos, en donde la guerra civil, el crimen, la división del poder y la anarquía eran las características dominantes. Nos enseña la historia situaciones parecidas. El ejemplo más singular pudiera ser el estado turbulento del Imperio Chino desde la revolución de Sun Yat Sen hasta la hegemonía comunista.

 

Se encuentran en los documentos de la época los testimonios o los recuerdos de esta gigantesca subversión. No hemos hecho investigaciones en los textos orientales, porque nos apartaríamos de los límites de nuestros propósitos. Nos contentaremos con exponer la opinión de un escritor latino anónimo que vivía en Andalucía a fines del siglo IX o a principios del X. Ha escrito varias obras históricas que no han llegado hasta nosotros y una crónica célebre que durante mucho tiempo ha sido atribuida a un fantástico e inexistente obispo: Isidoro Pacense. (Ver apéndice II.) Demuestra su lectura que conocía textos griegos y árabes que son desconocidos de los especialistas. Así describe los acontecimientos del siglo VII ocurridos en Oriente:

 

105. Huius temporis, in era

 

sexcentesima quinquagestma tertia,

 

Anno imperii eius quarto Slavi Graeciam occtípant,

 

Sarracern tyrannisant

 

Et, in era sexcentesima quinquagesima sexta,

 

Amno imperii Eraclii septimo, Syriam,

 

Arabiam et Mesopotamiam

 

Furtim magis quam virtute

 

Mammet eorum ducabore rebellia adhortante,

 

Sibi vindicant.

 

Atque non tam publicis irruptionibus,

 

Quantum clanculis incutsationibus,

 

Perseverando, vicinas provincias vastant,

 

Sicque modo, arte

 

Fraudeque, non virtute,

 

Cunctas adiacentes

 

Imperii civitates

 

Stimulant

 

Et post modum, ingum e cervice excutientes,

 

Aperte rebellant.

 

«En su tiempo, transcurriendo la era 653, en el cuarto año de su reino, ocupan Grecia los eslavos y tiranizan los sarracenos; y en el curso de la era 656> durante el año séptimo del reinado de Heraclio, excitados a la rebelión por su jefe Mahoma, se apoderan de Siria, de Arabia y de Mesopotamia, más bien por la astucia que por el valor. Asolan las provincias vecinas, realizando correrías no tanto a la luz del día como incursiones clandestinas; de tal suerte que conmueven ¡odas las ciudades limítrofes pertenecientes al Imperio, más bien por treta y fraude que por el poder. Más tarde, sacudiendo el yugo se rebelan abiertamente»(272).

 

Así se desacopla el mecanismo que ha puesto en movimiento y luego dirigido la revolución islámica. Dos ideas-fuerza se precisan en este magma destructor y a la vez regenerador. Traen a las ciudades los aldeanos del sur con sus costumbres ancestrales las nuevas ideas religiosas que se están propagando en sus lugares y a las que se han adherido. Por otra parte, por su número imponen su idioma rural, tosco y primitivo. Se familiarizan los ciudadanos con su tradición oral que pertenece al fondo común. Surge una simbiosis con la herencia cultural que ha dejado el helenismo en todas partes en regresión. Un idioma y una literatura adquieren en los centros urbanos formas nuevas.

 

A lo largo de las incursiones emprendidas por los nómadas árabes, los emigrantes de las tierras intermedias que son la mayoría del proletariado interior, en su desamparo físico e intelectual han quedado subyugados por la personalidad y la predicación de los profetas que dirigen a los hijos del desierto. Son los discípulos de Mahoma. Arrebata la simplicidad de la doctrina a los espíritus perturbados y desorientados. En su desplazamiento a las ciudades gozan los neófitos y los propagandistas de un ideal tangible que destaca en el ambiente religioso ya desmayado. Pues las ideas teológicas de las clases dirigentes por demás complicadas, como el monofisismo o el nestorianismo, están en regresión. Se expansiona tanto más fácilmente el monoteísmo musulmán cuanto que coincide con lo que domina en el inconsciente colectivo el sincretismo arriano. Se realiza así en todo el final del siglo una fusión de elementos dispares: El hablar rural se transforma en un idioma escrito. El ambiente unitario, judaico y arriano, queda expresado por el Corán. Para comienzos del siglo VIII lengua escrita y religión se funden en un todo con otros nuevos conceptos: la civilización árabe.

 

En razón de la lejanía de los lugares en que se forjaban las nuevas ideas y del desfase en el espacio y en el tiempo de la pulsación, se llevó a cabo la revolución islámica en la Península Ibérica palmo a palmo. Los dos momentos que han permitido la gestación de la civilización árabe se hallan separados por mayor número de años que en Oriente. En un principio, 1a crisis climática con sus consecuencias económicas, sociales y políticas, se ha manifestado desde el fin del siglo VII, pero como alcanza menores dimensiones, menores también fueron sus efectos. Por otra parte, el segundo tiempo del fenómeno histórico que identificamos con la cultura arábigo-andaluza, requirió muchos más años para cuajar. Ocurrió lo mismo en el Irán. No se trataba solamente de la distancia. Cierto. Ifriqiya, el Magreb y España habían seguido una evolución más o menos parecida a la que se había desarrollado en las antiguas provincias de Bizancio. Mas, desde un punto de vista cultural tenían que asimilar estos pueblos una enseñanza que les era extraña, puesto que la lengua y la literatura árabe no pertenecían al fondo común heredado de los antepasados, como ocurría en Siria o en Mesopotamia.

 

El completo florecimiento de la genuina cultura árabe alcanzó en estos lugares su mayor intensidad en el siglo IX. Por la calidad e importancia de las nuevas concepciones fueron poco a poco los hispanos acostumbrándose a un idioma extranjero por la misma fuerza de su expansión; pues a sus puertos mediterráneos llegaban predicadores y mercantes, libros que trataban de religión, de literatura, de ciencia. Era por consiguiente el proceso lentísimo, dado el estado de las comunicaciones en la época. Pero la idea-fuerza arábiga encontraba ante ella el vacío y lo rellenaba con mayor facilidad, pues llegaba en un momento oportunismo en la evolución de las ideas religiosas e intelectuales. Si la civilización árabe no hubiera logrado ya un prestigio que a todos los peninsulares anonadaba, la idea llegada de Oriente no hubiera estimulado como una levadura la masa preparada para recibirla. Por esto, una nueva creación, propia y original, requería tiempo. La cultura arábigo-andaluza alcanzó las altas cumbres del genio en el siglo XI, cuando los principios generadores estaban ya amenguando en el Creciente Fértil.

 

Por consiguiente, para apreciar y comprender el mecanismo de la expansión de la idea-fuerza arábiga por la península, se requiere ante todo conocer el marco geográfico existente en el siglo VIII y el sentido de su evolución climática, pues de este hecho depende la crisis económica, social y política, que fue la clave de los acontecimientos posteriores.

 

Es España una de las regiones más montañosas de Europa. Poseen los dos tercios de su superficie una altitud superior a los quinientos metros. Sobrepasa el tercio los mil. La orografía ha dividido el país en un encasillado de regiones naturales, que han adquirido a lo largo de los siglos una personalidad precisa y característica. Son responsables los sistemas montañosos de estos compartimientos, casi extraños los unos a los otros en las épocas en que las comunicaciones eran lentas y difíciles. Por otra parte, ha desempeñado su orientación un papel decisivo en la repartición de la pluviosidad y por lo tanto sobre la facies, por esta razón diferente según los lugares.

 

Ha enseñado la observación que un macizo montañoso, si es importante y se halla situado en el paso de los ciclones, los detiene o los aminora como si fuera un biombo o una mampara. Condiciona esta ley el paisaje en las dos vertientes. Estanca las nubes en los valles o     en las alturas, a menos que la orientación del sistema orográfico no favorezca el deslizamiento de la depresión a lo largo de la cadena. En estos dos casos la vertiente expuesta poseerá un paisaje húmedo y verdoso, mientras que la opuesta quedará seca. Podrá recibir el viento del Océano, no recibirá la lluvia correspondiente. Se puede apreciar el primer ejemplo de esta ley geográfica en la península indostánica en donde el monzón riega abundantemente el valle del Ganges, pero se estabiliza al pie del Himalaya que no puede franquear; de tal suerte que las altas planicies tibetanas no experimentan sus efectos. Pertenecen al segundo caso los Montes Cantábricos y los Pirineos que limitan al norte la Península Ibérica. Si el frente nuboso proveniente del Atlántico que invade Eurasia se sitúa en el mar de la Mancha o más arriba, o sea entre los dos cabos finisterres, el francés y el gallego, no penetrará en la península la rama meridional. Cubrirá con sus nubes la zona noroeste y resbalará por la vertiente norte de los montes cantábricos y pineraicos, en dirección del Mediterráneo. Anda quedará la vertiente sur. Por esta razón se extraña el viajero que atraviesa los Pirineos de la diversidad de ambos paisajes. Cuando la parte francesa es verdosa en modo extremo, amarilla es la española. Poseen facies esteparia algunas zonas del valle del Ebro; pues recibe Aragón las lluvias del suroeste.

 

En otros términos, para que la Península Ibérica quede regada en su casi totalidad tiene que penetrar el frente de depresiones siguiendo la dirección suroeste-nordeste; lo que en nuestros días ocurre mas o menos veces en el invierno, mientras que en los tiempos antiguos se manifestaba una constancia en todas las estaciones del año. En cualquiera de ambos casos siguen las nubes el eje de los sistemas orográficos que se extienden por la península de acuerdo con esta dirección. Cuando se oponen al frente nuboso como la Sierra Morena, su escasa altitud no constituye un obstáculo infranqueable. Existe una excepción que, sin embargo, no modifica esta general perspectiva: la del litoral mediterráneo, el cual está respaldado por un sistema montañoso un-portante que se prolonga desde el Pirineo hasta el Estrecho de Gibraltar. Desde el cabo de la Nao hacia el sur, lo defiende de los vientos del noroeste, sobre todo en la Andalucía oriental en donde alcanza Sierra Nevada las mayores alturas de la península. Por estas circunstancias, ha sido siempre suave el clima de estos lugares, aún en la más remota antigüedad, como nos lo atestigua su abundante iconografía neolítica.

 

¿Cuál era la situación del cuadro natural de la península en la época romana? Existen los testimonios requeridos para afirmar que la facies de los compartimientos orográficos que componen los reinos históricos de España no eran en aquel tiempo tan diferenciados como en nuestros días. En función con un régimen más lluvioso que el actual, sobre todo más constante en la temporada veraniega, unificaba la meseta con sus regiones colindantes una misma vegetación, salvo el litoral mediterráneo. El valle del Ebro, en sus aguas abajo de Zaragoza, empezaba a notar los primeros efectos de la pulsación, oscilando desde el Bajo Imperio en adelante hacia la aridez; conservando sus partes mediterráneas un duma parecido al actual. La riqueza agrícola debía de ser mayor que la existente desde entonces hasta el siglo XX, en el que los embalses, los nuevos cultivos y la técnica moderna han transformado muchos lugares. Como existía una mayor pluviosidad en la meseta interior, las alturas que dominan las llanuras marítimas estaban más nevadas que en nuestros días. Esto permitía la existencia de una pequeña red de regadíos diminutos que aún se conservan en ciertos valles. Por otra parte no estaba la tierra tan esquilmada por los cultivos. Poseía una mayor acumulación de riquezas orgánicas. La fertilidad natural de estas regiones era pues muy grande; lo que explica la densidad de su población. En la época romana el valle del Ebro, es decir la Tarraconense, era de las más ricas y pobladas provincias del Imperio(273). Desde entonces se ha envilecido constantemente esta situación hasta el siglo XX. En el XVII, era el valle del Ebro una de las regiones más desheredadas de la península.

 

Hacia el siglo VII, empieza a corroer la Península Ibérica la pulsación que transforma el Sahara central en desierto. No debió de experimentar el litoral mediterráneo modificaciones importantes, pero se agravaría la situación en el valle del Ebro en donde una sequía prolongada acentuaba la aridez. En otras regiones en donde la agricultura y la ganadería habían sido prósperas y merecido los elogios de los geógrafos y de los naturalistas romanos, las malas cosechas llegaron a ser cada vez más frecuentes. Oscilaría el fenómeno según los lugares y los años. Sin embargo, pronto alcanzó una envergadura importante y produjo el hambre las reacciones de las poblaciones. Los ecos débiles de estas desgracias han llegado hasta nosotros. Si no tuviéramos otros testimonios, el conocimiento de la existencia de una crisis climática cuyos efectos alcanzaban al hemisferio entero, y la certeza de una gravísima conmoción política ocurrida a lo largo del siglo VIII, eran suficientes para que se pudiera establecer entre el fenómeno natural y el hecho histórico una relación causal.

 

Como lo apreciaremos más adelante, se puede espigar en los pocos textos que se conservan de aquellos tiempos, la tradición de una época de disturbios producidos por el hambre y por la guerra, situación que empieza a esbozarse desde el final del siglo VII, es decir antes de la pretendida invasión arábiga. Los escasos historiadores que se han ocupado de estos acontecimientos los han involucrado y metido en un mismo saco, sin darse cuenta de que estas dos calamidades, la guerra y el hambre, correspondían a dos fenómenos diferentes, no en cuanto a su causa, sino en razón de sus resultados. Era el hambre colectiva la que era responsable de la agitación política con sus consecuencias guerreras y no lo contrario. En estos tiempos no existían bloqueos como en nuestros días. Se podía rendir por hambre a una fortaleza, a una ciudad; no se podía emplear la misma táctica para vencer a una nación. La devastación producida por las hostilidades era casi nula en cuanto a la agricultura; no poseían las armas de antaño acción sino restringida sobre los bienes materiales. Sólo el incendio causaba grandes estragos. Las calamidades de la guerra eran capaces de arruinar una ciudad próspera, no podían perjudicar a un conjunto de regiones naturales, como las de la Península Ibérica. Si general era el desastre, era menester concebir que las causas del mismo poseían similar alcance. Como era por aquel entonces la guerra muy limitada en su acción, tan importante perturbación solamente podía concebirse como consecuencia de un fenómeno natural de iguales dimensiones. Era la pulsación la responsable del hambre colectiva que ha asolado durante muchos años el norte de África, la mayor parte de la Península Ibérica y el sur de Francia. Con su estulticia y su maldad era antaño incapaz el hombre por sí solo de extender la devastación a tan gran escala.

 

Por otra parte, había devastado el hambre estas mismas regiones en épocas anteriores al siglo VIII, en el curso de los cuales la competición entre los trinitarios y los unitarios no había adquirido los caracteres de una guerra civil. Entre otros han señalado los historiadores textos de Procopio y de Coripio que describen el hambre que desgarró estas regiones en el siglo VI Mas sabemos por nuestros estudios geográficos anteriores que las primeras manifestaciones de la sequía se habían entonces presentado. Como en estos años las zalagardas y las hostilidades entre bizantinos y beréberes eran constantes, parecería que estos encuentros tenían por causa la ley de Breasted. Poseemos textos que señalan la existencia de una hambre importante en el reinado de Ervigio, en un momento en que la rivalidad entre trinitarios y unitarios no se había envenenado al punto de obligarles a tomar las armas los unos en contra de los otros. No era pues la guerra la responsable de esta situación, ya que no hacen referencia los textos a la existencia de hostilidades. Era el clima el responsable de las malas cosechas y de las enfermedades. La elevación de la temperatura, aquí como en Roma, favorecía la aparición y extensión del paludismo. Se puede pues concluir que la pulsación ha hecho su aparición, para nosotros tangible dadas nuestras escasas informaciones, a finales del siglo VII, hacia 680.

 

Como lo apreciaremos más adelante, ha producido también la pulsación, con ayuda de otras circunstancias, la debilidad de la clase política dominante que sostenía el partido teocrático cristiano; lo que ha hecho posible el estallido revolucionario a la muerte de Vitiza. Si hay que creer a los escasos textos que conservamos, diezmaba entonces el hambre a la mitad de la población de la península. Esto ha sido le causa de un intenso trastorno económico que desencadenó la exasperación de las pasiones religiosas. Se puede pues concluir:

 

l.º Con los estudios emprendidos desde finales del siglo pasado sobre la evolución del clima en los tiempos remotos, es posible situar en el curso de los siglos VII y VIII una pulsación importante orientada hacia la sequía, de la que existen testimonios físicos, biológicos e históricos que conciernen a grandes extensiones de nuestro hemisferio, en América, en Europa y en África. Empieza a adquirir en esta época el Sahara central la facies desértica que hoy en día le caracteriza

 

2.º No deben interpretarse las noticias que nos dan las crónicas acerca de estos años de hambre y de enfermedades como fenómenos normales debidos a la variabilidad de la atmósfera; la que compone una alternancia de buenas y de malas cosechas. Con el estilo telegráfico que las caracteriza refieren tan sólo las crónicas los acontecimientos que tuvieron un alcance nacional. En los tiempos antiguos en que el transporte de mercaderías por vía terrestre era lento e insuficiente, varios años mediocres o francamente malos traían a un lugar el hambre y la miseria. No implicaba el fenómeno meteorológico la llegada de la sequía y de la aridez del suelo. Podía ser motivado por otras circunstancias atmosféricas, a veces opuestas como el exceso de lluvias. La crisis producida era un acontecimiento normal, conocido de los historiadores. Antiguamente era el hambre una calamidad como lo puede ser hoy la enfermedad. Por esta razón los autores que han reconocido la importancia de estas noticias, eran incapaces de deducir sus consecuencias mayores. No sabían distinguir lo cotidiano de los acontecimientos extraordinarios. No sucede ahora lo mismo, porque hemos expuesto las pruebas científicas suficientes para saber que la Península Ibérica, dada su latitud, estaba fatalmente sometida a los efectos de la pulsación. En razón de las dimensiones del fenómeno su población tenía que sentir inmediatamente su impacto. Por tal motivo, los datos que nos aportan los cronistas, beréberes o andaluces, no deben menospreciarse y sus conclusiones interpretarse como si fueran hipérboles o imaginaciones parecidas a las que aminoran la autoridad de sus escritos. Estas parcas noticias encuadradas en el contexto geofísico son suficientes para confirmar la importancia de la tragedia.

 

3.º Por determinación de las circunstancias históricas intervenía la crisis climática en el momento preciso en que la evolución divergente de las ideas religiosas había alcanzado un punto crítico, habiéndose los dos partidos atrincherado en sus posiciones ideológicas. Bastaba una chispa para provocar una explosión. Determinaron la guerra civil los problemas que suscitaron la sucesión de Vitiza. Fueron favorecidos los unitarios por acontecimientos ocurridos en otras regiones mediterráneas, en donde se expandían la predicación del Islam y la civilización árabe.

 

En la península la suerte de las armas, debido probablemente al apoyo popular, les fue favorable. Este ha sido el primer tiempo de la revolución islámica. Duraron muchos años los desórdenes, pues las malas cosechas fueron numerosas y los efectos de la pulsación no ayudaban al restablecimiento de un nuevo equilibrio político.

 

Por otra parte, se habían desatado las pasiones con la guerra ci-prolongó así la crisis revolucionaria por sesenta años. Poco a poco, logró imponerse el genio de un guerrero a los caudillos locales, los cuales se habían hecho con el poder en las regiones naturales. Mas, con el curso de los años se atenuaron las oscilaciones climáticas. La constitución de una unidad política permitió el almacenaje de reservas y renovar la circulación económica. Volvió la prosperidad. Lentamente, aleccionadas por el ejemplo exterior, las poblaciones adheridas al sincretismo arriano sintieron la atracción producida en los espíritus por la civilización árabe. Fueron las clases intelectuales las primeras entusiasmadas. En el curso de los siglos IX y X, se acentuaría el proceso de arabización con tal independencia que el genio de la raza pudo florecer con toda libertad. Maduros estaban los frutos de la revolución islámica.

 

Testimonios históricos

 

De acuerdo con los textos que se conservan, tres crisis climáticas agudas han asolado la península: a finales del siglo VII, a principios y a mitad del siglo VIII.

 

Primera crisis

 

Se presenta en el reinado de Ervigio (680-686). Dos crónicas se refieren a ella: la Latina anónima y la del Moro Rasis. Como son andaluces sus autores o han vivido largo tiempo en Andalucía reflejan una tradición que en sus días se mantenía en la España del Sur. Así se expresa la del Moro:

 

a)  Luego los godos eligieron a Etanto (Ervigio) rey y apenas coronado empezo España a ir de mal en peor, a tal punto que Dios la destrozó tanto por el hambre como por las epidemias. Tomaron todos la decisión de abandonar sus bienes y de convertir toda la tierra en desierto(274).

 

Durante la era de DCCCX VIII, Ervigio es coronado rey de los godos. Reinó siete años, en el curso de los cuales un hambre importante ha despoblado España: cuyus in tempore James valida Hispaniarn depopulatur (Crónica latina anónima).

 

Segunda crisis

 

Según los testimonios que conservamos, parece que se presentó en dos tiempos en el curso de los cuales los acontecimientos han sido muy graves. Tuvo lugar una crisis en los primeros años del VIII, la otra a la muerte de Vitiza que coincide con el comienzo de la guerra civil.

 

Existe en la Crónica latina anónima un párrafo oscuro que ha suscitado comentarios por parte de Dozy y de otros autores(275). A principios del siglo VIII, nos advierte, en la era 839, es asociado Vitiza a su padre en el gobierno de la nación. Mas, no pudiendo sufrir la ruina de la calamidad (ni el texto, ni el contexto nos dicen de lo que se trata) salieron del lugar de la residencia de ¡a corte (es de suponer Toledo) y vagabundearon por el país. Luego, fallecido su padre de muerte natural, conserva el reino su esplendor durante los años mencionados (es decir los del reinado personal de Vitiza) y toda España entregada a una alegría excesiva se divierte de modo extraordinario.

 

Debe atribuirse la oscuridad del texto a la falta de algunos versos que explicarían la naturaleza de esta calamidad que obligaba al padre y al hijo a abandonar la corte. Los comentaristas no han sabido descubrir en los acontecimiento de la época los motivos de este andar vagabundo por la nación. Suponemos, por nuestra parte, que se trataría de una calamidad relacionada con la pulsación, sea el hambre o la epidemia. Se trasladarían los reyes a lugares en donde abundasen los alimentos o en donde la mortandad fuera escasa; causas ambas del trasiego de poblaciones. Volveremos más adelante sobre el tema, pues estos desplazamientos han tenido gran importancia en la génesis del mito de la invasión.

 

Correcta nos parece pues nuestra interpretación del texto, pues en la segunda parte de la frase se nos advierte que las causas de la calamidad han por lo visto desaparecido y ha vuelto la normalidad. También comparte esta opinión el Moro Rasis, cuyo texto citamos en un párrafo próximo. Así pues, según la tradición andaluza había sido la crisis de corta duración; compaginaba con los movimientos oscilatorios de la. pulsación.

 

Tenemos, sin embargo, que insistir: pues debe darse cuenta el lector del alcance que representan los términos empleados, la realidad de los hechos mencionados. En los lugares a donde era imposible hacer llegar alimentos de otras partes, es decir en la gran mayoría de los casos, el vocablo hambre estampado en el papel significa sencillamente la muerte de miles o de millones de personas. Basta con observar lo que ocurre en nuestros días en ciertas regiones atrasadas o que por circunstancias especiales se encuentran en situaciones parecidas a las que ahora estudiarnos. En 1920, 1930 y 1940, tiempos de guerras y de malas cosechas, ha matado el hambre en China a unos treinta millones de personas en un solo año(276). Constante es el fenómeno en la historia, sobre todo en las naciones que no supieron construir o conservar la notable organización de silos que había edificado el genio de los romanos. Nos permite este salto a los días actuales alcanzar en toda su veracidad las dimensiones de la tragedia que nos revela en parcas palabras el autor de Ajbar Macbmua. A la muerte de Vitiza los efectos de la pulsación se presentan de nuevo con terca insistencia. El hambre, escribe, ha sido tan grande que ¡a mitad de ¡a población ha perecido. No se trata de hipérbole. El laconismo del cronista contrasta en este caso con las habladurías en que se pierde cuando trata de asuntos que interesan a los beréberes. Induce a pensar que ha recogido la tradición de un hecho que por su magnitud había quedado impreso en la memoria colectiva.

 

Tercera crisis (750)

 

De acuerdo con las oscilaciones de la naturaleza propias de la pulsación, desaparecen los efectos de las crisis anteriores y mejora la situación.

 

Hacia 738, en la era de 772, el año 116 de los árabes, duodécima de Hisham, Abd el Malik, descendiente de noble familia, es envido a España. Después de guerras tan frecuentes y grandes, de incalculables contratiempos, encontró la nación rica y tan próspera que se podría decir que era como una granada en punto de madurez (Crónica latina anónima) - Mas, hacia la mitad del siglo de nuevo se recrudece la crisis, según testimonio que nos da el autor de la crónica berebere Albar Macbmua. Insiste sobre todo en el desplazamiento de las poblaciones que ha sido producido por el hambre, pero, lo que mis nos interesa, nos da noticias importantes acerca de las relaciones que se establecen entre los hechos guerreros y las ideas religiosas, la suerte de los combates y la penuria de los alimentos.

 

Después de asegurarnos que los años 749 y 750 habían conocido el hambre, fueron buenas las cosechas en el siguiente. Favoreció esta situación a los cristianos del norte. Fueron vencidos los musulmanes y echados de Galicia, escribe y entonces todos aquellos que tenían dudas acerca de la religión volvieron al cristianismo. Como en los tiempos de los reyes godos, según las circunstancias, cambiaban los hispanos de credo; lo que demuestra que las diferencias entre ambas creencias, la de los vencedores y la de los vencidos, no era muy grande(277).

 

Mis lejos, nos dice que los años 753 y 754 fueron malos. Insiste nuestro berebere: Reapareció el hambre y los cristianos echaron a los musulmanes de Astorga y de otras ciudades. Se atrincheraron éstos tras los desfiladeros de la otra cordillera, hacia Coria y Medina(278). Esto constituye una gran rectificación del frente, pues Astorga se encuentra en el reino de León y Coria en Extremadura, tras el Sistema Central. En cuanto a Medina no sabemos a qué ciudad se refiere el autor, pues Medina de Rioseco y Medina del Campo se hallan en Castilla la Vieja. Sea lo que fuere, reconocerá el lector que no coincide este texto con la historia clásica que nos asegura que tras la batalla de Guadalete se habían hecho los árabes los dueños de la península entera; salvo Asturias y el País Vasco. Tanto más que estos pretendidos árabes, musulmanes en el texto, según sus desconsuelos estomacales se hacían cristianos o mahometanos(279).

 

La caída del estado teocrático

 

El encasillado de la Península Ibérica en compartimientos estancos de acuerdo con los medios de comunicación existentes en cada época, condicionaba el comportamiento social y político de las poblaciones. Como en todas las regiones montañosas explica la orografía el individualismo ibérico y la personalidad acusada de las regiones naturales del país, las cuales en el curso de la historia han adquirido caracteres particulares y han conseguido convertirse en reinos históricos. No favorecía esta situación una acción política común. Sólo la idea-fuerza, de vez en cuando, si lograba condensar una energía considerable, fundía a sus habitantes en un mismo espíritu. Sin embargo, la aparición de una concepción superior no podía ser una constante en el paso de los siglos. Así se explica que en ciertas épocas la entereza de las poblaciones se haya gastado en empresas locales y en otras derrochado sus fuerzas en guerras civiles regionales, mientras que en otros momentos el ideal colectivo unía a todos en un solo movimiento. Ha sido determinada la historia de España por este principio desde el neolítico hasta los tiempos actuales.

 

Con la tutela romana —habiéndose mejorado notablemente las comunicaciones—, los pueblos que vivían al sur de los Pirineos sin la comprensión de la unidad geográfica de su territorio, empezaron a intuir que los cuadros naturales que constituían su patria chica, encajaban los unos en los Otros para formar una entidad de mayores dimensiones: la Península Ibérica. Se deduce una lección de esta observación. Para desempeñar un papel en los acontecimientos políticos, tenía la idea que gozar de fuerza tal que fuera capaz de dominar el determinismo geográfico. Este ha sido entre otros el gran favor que hizo la civilización romana al país. Para conseguirse tal resultado tuvo la acción de Roma, respaldada por las legiones, que ejercitarse en numerosos años. Tres siglos de luchas, a veces feroces, fueron necesarias para que las poblaciones amoldadas a sus cuadros naturales se fundieran en un todo: la Hispania de los antiguos.

 

Desde entonces, a pesar de la diversidad de sus regiones naturales, desde un punto de vista cultural ha compuesto la Península Ibérica un bloque compacto. El recuerdo del papel desempeñado por las minorías selectas del Imperio y la prosperidad en aquel tiempo alcanzada han constituido un fermento poderoso que siempre ha conmovido a los intelectuales y a los hombres cultos de la nación, desde el siglo IV al Renacimiento. Sin embargo, entre estos dos conceptos que se caracterizan por su contextura laica —una confederación mediterránea dirigida por Roma y un principio nacional— ninguna otra idea ha logrado fundir en un todo los comportamientos peninsulares en cerca de diez siglos. Acaso el espíritu religioso, como ocurrió en el resto de Occidente, hubiera podido unir las mentes y las energías. Mas la rivalidad que dividió a los monoteístas impidió la expansión exagerada de uno de los dos partidos. Tan sólo fue en el siglo XVI cuando el cristianismo renovado logró con la Contrarreforma imponerse a la gran mayoría de la población. Por esto, ha revestido la Edad Media hispánica un carácter particular, único en Occidente. Se convirtió la península en un crisol en donde los elementos más dispares se han fundido en un material original cuya presencia sería decisiva en el desarrollo y evolución de los tiempos modernos.

 

Para luchar en contra de la herejía dominante en Oriente, las autoridades religiosas que habían adoptado la concepción trinitaria de la divinidad, establecieron una alianza con el poder temporal. Fue la obra de los sucesores de Constantino. Si hacemos caso omiso de Occidente que estaba sumido en la anarquía y en la ignorancia, osciló la competición religiosa entre trinitarios y unitarios al azar de los acontecimientos políticos y personales. Pues no hay que olvidar la propia actuación de Constantino a lo largo de su vida. Convocó el Concilio de Nicea y favoreció en las discusiones a sus amigos los obispos romanos en contra de los orientales, partidarios de Arrio. Mas lo hizo —y aquí el gran error en que se suele incurrir— no por convicción teológica, sino por conveniencia propia; pues se consideraba del catolicismo el pontífice supremo, del mismo modo que lo era del paganismo.

 

Por esto, cuando intentaron los obispos romanos rebelarse en contra de su hegemonía les persiguió, para acabar recibiendo el bautismo en el lecho de muerte de manos de Eusebio de Nicomedia ¡que era un obispo arriano!

 

Sea lo que fuere, después de Constantino vino Juliano… En realidad, la simbiosis entre los poderes temporales y espirituales no logró constituirse de manera efectiva hasta 521, en que Justiniano hecho cónsul tomó medidas enérgicas para restablecer la ortodoxia en su gran imperio. Su programa político fue imitado por Occidente. Los más celosos de sus discípulos fueron Recaredo y Carlomagno. En otras palabras, en la competición que dividía a los monoteístas, se esforzaron los trinitarios hispanos en organizar un Estado teocrático, cuyo modelo como en las demás normas de ¡a vida, lo era el Imperio Bizantino.

 

Asentado en España el cristianismo trinitario y romano en la cabeza del reino, entrelazaron sus poderes los obispos y los reyes godos de tal suerte que era previsible el resultado: No podían vivir los unos sin los otros. Si los primeros peligraban, amenazados estaban los segundos. Ha sido descrito el Estado teocrático por Isidoro de Sevilla en los términos siguientes:

 

A veces los príncipes de este siglo ejercen su soberanía en la Iglesia, porque defienden con su poder supremo y fortifican la disciplina eclesiástica. Pero no serían necesarios estos poderes a la Iglesia, si no fuera por la utilidad que de ello saca, cuando no logra sus fines el sacerdote con su predicación, pues entonces los impone el príncipe con el terror de su autoridad(280).

 

¿Y si estaba en babia el príncipe? Peor aún. ¿Si se pasaba al bando contrario? Entonces amenazaba Isidoro al príncipe con los tormentos del infierno, sin darse cuenta de que por mucho que le tostaran los demonios quedaba en esta tierra la Iglesia desamparada, a la merced de cualquier contingencia. Como tantos en la historia, antigua y contemporánea, era Isidoro de Sevilla un gran intelectual, pero un pésimo político.

 

Para que tuviera en el tiempo viabilidad un Estado teocrático y no fuera la flor de un día o una caricatura, era menester que en su gran mayoría la masa del pueblo estuviera unida en una misma fe. La convicción en las gentes tenía que ser verdadera y no inventada en el papel. Pues en este caso las actuaciones de la colusión político-religiosa tenían que agitarse en el vacío, engañando a ambas potestades. Bastaba entonces cualquier incidente para dar al traste con el tinglado.

 

Así ocurrió en España por aquellos tiempos. Se dictaminó en el papel, en las actas del III Concilio de Toledo, que los españoles y los godos, todos se habían convertido al trinitarismo romano, dejando de ser arrianos. Por este acto insensato nacía el Estado teocrático hispano con una tara congénita. Su viabilidad se volvía dudosa y se encargó la realidad de demostrarlo cada día. De esta suerte, a medida que transcurría el tiempo, la colusión entre los dos poderes se convertía en juegos malabares; por inestabilidad del poder público de una parte, por la desastrosa actuación de los obispos de otra.

 

Hacia el siglo VII iba la situación de mal en peor. Ante la rapacidad y abusos de los obispos, Chindasvinto y Recesvinto se esforzaron por mitigar la situación «tratando de privar a los romanos de prácticamente todo su poder político, ejecutivo y religioso». Para ello emprendieron grandes reformas legislativas que según Thompson, de quien son las palabras anteriores subrayadas, «son uno de los más oscuros misterios de la España visigoda»(281).

 

Si nuestra interpretación es correcta iban los tiros dirigidos en contra de los obispos. De aquí sus recriminaciones en el XI Concilio toledano acusando sin nombrarlo a Recesvinto de la ruina de la Iglesia por no haberles reunido en dieciocho años. Escarmentados sin duda con lo ocurrido con estos dos príncipes trataron los prelados de intervenir de modo mucho más activo, si no lo habían hecho anteriormente, en la elección del rey, de tal suerte que se convirtiera en un juguete entre sus manos. Sea lo que fuere, se nombró en 672, muerto Recesvinto, a un anciano de quien se suponía que no tendría energías para oponerse a los deseos episcopales. En la asamblea de los nobles de palacio y de los obispos, en que tenían éstos mayoría, rehusó Vamba el cargo por razón de su edad avanzada. Pero debía de ser la situación política apremiante o la tramoya urdida de tal suerte (¿acaso no existía un candidato de recambio?), que los ruegos se volvieron amenazas. Nos cuenta Julián en su crónica que uno de los duces amenazó a Vamba con matarlo, si no aceptaba el cargo. El designio, si existió, quedó frustrado. Vamba demostró poseer unas energías descomunales y entre otras cosas ¡o escándalo! descapirotó a los del báculo de muchos de sus privilegios, financieros por lo demás; lo que más dolía. En vista de ello se tramó una conspiración y se destituyó al rey de modo harto pintoresco, pero acto, desde nuestra actual perspectiva, que apuntaba sencillamente al principio del fin.

 

Era Vamba un anciano bondadoso y algo filósofo. A pesar de la simplicidad de sus costumbres se hizo respetar y según la tradición recogida por las crónicas posteriores fue amado del pueblo. Existía entonces en la corte un hombre ambicioso, Ervigio, que supo captar su confianza. Un domingo, el 14 de octubre de 630, fecha de la que nos informan las actas del XII Concilio toledano, se sintió indispuesto el monarca. Con probabilidad,, según lo que se nos ha contado y lo que se desprende de estos mismos textos y del proceso de los acontecimientos, había tomado un refresco… que una mano cómplice había emponzoñado con un somnífero. Cuando yacía en la inconsciencia, le hizo Ervigio cortar la cabellera y revestir con hábitos monacales, como era costumbre hacer con los moribundos. De este modo, al despertar se encontró nuestro hombre en la imposibilidad de seguir reinando.

 

Exigían las costumbres visigodas que el rey fuera de raza germana. lo que se demostraba con la ostentación de una larga melena; y, por otra parte, existía un canon, el XVII, promulgado por el VI Concilio toledano, según el cual nadie podía ser elegido rey si anteriormente babia sido «tonsurado bajo el hábito religioso». La aparición de Vamba ante varios testigos, tonsurado y revestido con el sayo monacal, era suficiente para descalificarle. No podía seguir reinando. Había salido la añagaza a las mil maravillas.

 

De acuerdo con su temperamento aceptó Vamba con resignación la ofensa que le había infligido Ervigio y abandonó el trono a su rival. Se retiró al monasterio de San Vicente de Pampliego, cerca de Burgos. Pero, el 22 de este mismo mes de octubre —lo que demuestra que la conspiración había sido muy bien preparada—, es proclamado rey Ervigio por la junta de los grandes y de los obispos. Para confirmar su autoridad, que estimaba de hecho o por conciencia precaria, reúne el nuevo monarca dos concilios en Toledo, los XII y XIII, en 681 y en 683. Mas ocurrió, sin protesta alguna, que en lugar de reparar la injusticia y de condenar al traidor y usurpador, votaron -a su favor los príncipes de la Iglesia, presididos por Julián, llevado más tarde a los altares, es de suponer que por actos más meritorios. No sólo no dieron la razón al anciano monarca ofendido, sino que amenazaron de anatema a todo aquel que se atreviera a levantar la voz en contra de Ervigio, atentara contra su persona o se esforzara en hacerle algún mal. Resulta manifiesta la colusión. Unánimes lo han creído los historiadores y la tradición(282). Deslizados por la pendiente, no hay modo de parar. Alcanza el cinismo de estos señores lo inaudito, cuando en este mismo XII Concilio toledano acuerdan las normas que se deben de practicar «con los que reciben la penitencia estando sin sentido»(283). El prestigio de los prelados quedó aún mucho más desairado cuando, dos años después, en el XIII Concilio toledano, planteó su caso Gaudencio, obispo de Valera de Arriba, en Levante. Había caído gravemente enfermo y había recibido la penitencia, como era costumbre. La salud recobrada, venia a preguntar a sus colegas si podía seguir desempeñando su cargo episcopal. El largo tiempo que dedicaron al asunto los prelados demuestra lo embarazoso de la pregunta. Determinaron (Canon X) que la penitencia no priva el hombre de sus deberes divinos y por consiguiente podía seguir el preguntón con sus ovejas. El gobierno de la nación era obligación profana.

 

Mas era Ervigio un hombre celoso. Como al héroe de Calderón le era insoportable pensar que su mujer Liuvigotona pudiera a su muerte compartir el lecho con otro hombre, fuera con relaciones extraconyugales o maritalmente. Condenaron pues los obispos y excomulgaron con el canon V del XIII Concilio de Toledo en este mundo, y «entregaron al diablo a abrasarse con los fuegos sulfurosos a todo aquel, rey u otro cristiano, que muerto el Rey se atreviera a casarse con su viuda o a unirse con ella adúlteramente».

 

Se prestaban los obispos a los caprichos más extravagantes de Ervigio, pero a cambio obtuvieron «una política de grandes concesiones, quizá de sometimiento total a la nobleza y a los obispos. Parece como si hubiera tenido que pagar un alto precio por ser reconocido rey; el precio fue exigido basta el final» (Thompson). La minoría cristiana que tenía el poder hacia lo que le venía en gana, mas a costa de su descrédito que aumentaba más y más en la nación. Ocurrió entonces lo que nadie esperaba: Se acordaba el pueblo de las bondades del buen rey Vamba, destituido por los obispos, y de la prosperidad que existía en los tiempos de su reinado. Pues desde entonces se había abatido la desgracia sobre la nación. Empezaban a sentirse los primeros efectos de la pulsación. Las malas cosechas eran generales, el hambre y las epidemias asolaron a gran parte de la península. Según el Moro Rasis, tuvieron las gentes que abandonar sus hogares en busca de alimento. «El rey Vamba, sigue, fue muy buen rey y muy derechero; et ante, ni después, nunca España fue tan sosegada con rey ni con príncipe que oviese, porquell nunca quiso mal a ninguno fin otro siglo fizo ninguno, nin ovo tan soberbio borne ni tam poderoso en España en todo su tiempo que toco ni más se trabajase de facer mal a ninguno; mas antes vivieron en paz ansi los unos corno los Otros en vicio el abundamiento.» No podía ser mayor el contraste con lo que ocurría en los días del usurpador. Ante las condiciones angustiosas que dominaban, el recuerdo del rey destituido estaba en todas las mentes. Como un fantasma vagaba por los campos quemados por el sol. Tan grande fue el impacto en las masas que la nostalgia del rey amado finalmente pasó embellecida a la leyenda (284). En realidad, escasas noticias tenemos de estos tiempos(285); mas dos hechos parecen indiscutibles. Son determinantes de los acontecimientos posteriores: Las primeras manifestaciones de la sequía, el descrédito vertical de los obispos.

 

Ante el cataclismo que asolaba a la península, ¿cuáles podían ser las reacciones de las poblaciones? Según el Moro Rasis ha durado el hambre los siete años del reinado de Ervigio. Vamba retirado en su monasterio murió poco más o menos en los mismos días que el usurpador. Fallece Ervigio en 687, su víctima según los autores en este año o en el precedente. No es pues aventurado suponer que en razón del sentimiento religioso de la época y de la superstición entonces imperante, vieran las gentes en las desgracias producidas por la sequía la manifiesta señal de la cólera divina. La infamia infligida al buen rey