16 Mayo, 2008...7:07 am

DE LA CECA A LA MEKKA (*)

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Pedro Garc�a CazorlaPedro García Cazorla/Identidad Andaluza

“Sin la irradiación del Sol, que cae sobre las partículas de polvo suspendidas en el aire, éstas no podrían aparecer visible, y sin las partículas de polvo, los propios rayos solares no se distinguirían del aire.”

 

Se repetía esta parábola, que le enseñará su maestro, aquella mañana de Enero de 1936, ese día habían dado comienzo las excavaciones, en el tercer recinto de la Alcazaba almeriense, la zona palatina. Alonso Torres de Masar, arquitecto, arqueólogo y arabista de vocación, ya había dirigido los trabajos de la reconstrucción de la Alhambra.

 

Acerca de este libro perdido, las leyendas y algunos estudios, habían creado un círculo impenetrable de misterios. Para los eruditos era la cumbre más elevada del pensamiento gnóstico, para otros ofrecía a través de claves simbólicas los caminos de la perfección espiritual, todos coincidían en algo; bastaba tocar sus páginas, para sentir como si se abrieran las puertas del paraíso.

Después de muchos años de investigación y otros de desaliento, había encontrado un rastro que seguir. Allí, bajo sus pies, podría hallarse la biblioteca de El Visir, que gobernaba la Alcazaba al momento del asedio y toma por los genoveses. No era una locura  y parecía hasta probable, que este gobernante que incautó el libro a uno de los seguidores de Ibn Masarra, intentara protegerlo y por ello lo ocultó.

 

A su lado, José Ferrón, de mote el Arrasan, uno de los tres trabajadores que pudo contratar, también soñaba con un tesoro pero de los de monedas de oro en abundancia, cofre con joyas, que le quitará la miseria y el hambre para toda la vida a los suyos. Vivía en una cueva de las muchas que había en la ladera de la Alcazaba y desde que era un niño había oído historias de fortunas enterradas, de túneles que recorrían toda la Almedina.

 

Después de seis meses largos, sólo habían aparecido el lienzo de una muralla, algunos restos de cerámica y parte de los sillares del palacio. Nada de lo que cada uno de ellos esperaba. Atardecía, cuando el Arrasan dio un grito, creía que se lo tragaba la tierra, vino a parar a una galería con forma de bóveda, oscura y más bien estrecha. El jefe y los dos compañeros los miraban desde arriba, les dijo que se encontraba bien.

 

Con una escalera bajaron, llevaban antorchas y pudieron ayudarle a salir. El arquitecto mando a buscar a la Guardia Civil, había que dar parte. Cuando llegó el sargento, se pusieron de acuerdo en esperar a que amaneciera, había tanta expectación que nadie quiso regresar aquella noche a su casa.

En pocas horas, se amontonaba ante sus ojos un autentico botín de guerra, varios cofres repletos de monedas de oro y plata, un ajuar completo con vasos y platos de una talla hermosa y cuidada. El Gobernador ordenó que se depositaran en el Banco de España.

 

El libro no se encontraba entre los hallazgos, una decepción callada y por motivos distintos, se dibujaba en el rostro de aquellos dos hombres. Aquella misma mañana llegó la noticia, la Guerra Civil había comenzado, la excavación se suspendía, regresó apresurado a su casa.

 

Pasados unos días, regreso a la Alcazaba, tenía que recuperar sus herramientas, se amago para coger el pico y vio que un pedazo de color verde herrumbroso, el mismo que toma el cobre con el paso de los años, emergía a la superficie. Se puso nervioso, pero desenterró aquello como le habían enseñado, entre sus manos tenía un arca muy pequeña, dentro recubierto de cuero un libro, menudo tesoro para un analfabeto. Pero nada más tocarlo se sintió alegre, como bendecido. ¿ Qué tendría aquel libro ? quizás fuera la obra de un mago, nunca se había sentido tan bien.

 

* Dicho que viene a significar algo así como de lo material a lo espiritual.

 

1 comentario

  • Yo creo que todos los andaluces/as tenemos el recuerdo de las historias de “moros” en nuestra infancia. Yo recuerdo las historias que me contaba mi abuelo sobre tesoros de moros y otras fantasias.
    En el fondo de nuestro ser, sigue estando presente, aunque de forma sutil, el recuerdo y la admiración por una civilizacion que sentimos muy nuestra, a pesar de que la historia que nos contaron nos ha convencido de que aquellos moros nada tienen que ver con nosotros.


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