17 Mayo, 2008...7:04 am

DE LOS VALLES MORISCOS

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José Emilio Iniesta González.

 

He despertado a medianoche creyendo revivir la horrible tragedia que arruinó mi vida y la de mis gentes hace ya varios años. En sueños oía el ladrido de los mastines y las voces sin piedad de quienes nos los azuzaban, persiguiéndonos… Lo que yo escuchaba, en realidad, era el viento del sur, áspero y ardiente como el corazón del desierto, de donde viene. El siroco asaltó nuestra aldea poco antes de la oración del anochecer, para huracanarse en azucaques y calles, batir contra postigos y persianas, arrancar tejas y ulular en las chimeneas… Sólo era el viento; pero aún comprendiendo lo infundado de mi temor, el corazón ha seguido latiéndome con violencia hasta dolerme.

 

Me he levantado con sigilo del lecho, sin hacer ruido, para no despertar a mi esposo (él se burla de estos sobresaltos míos y los atribuye a “nervios de miedosa mujer”; bien se ve que su vida ha sido en todo distinta de la mía, que no ha sufrido la persecución, ni el horror de sentirse cazado como alimaña, ni el destierro, ni…). Avanzo en la oscuridad y me encamino a tientas hacia la habitación donde descansa mi hijo. Noto esta noche algo denso y maligno en las sombras, algo que no podría explicar bien; acaso sean presencias invisibles de genios, de espíritus malignos que el siroco trajo del desierto… Pero atravesando la oscuridad llego por fin a la habitación de mi hijo Ahmad, que duerme plácidamente, según puedo ver con alivio. A la escasa luz que entra por la ventana, distingo su cabecita, adornada de rizos oscuros. Nadie me ha robado a Ahmad, ¡Dios sea glorificado!, y mi angustia no tenía fundamento, sin embargo siempre temo que “ellos” me lo quiten, que “ellos” lo encuentren, guiados por esos malditos mastines, perros de la muerte surgidos de la peor de las pesadillas… ¡o del mismo infierno!

 

¿Qué sueños tendrá ahora mi hijo? A sus seis años, sin preocupaciones ni temores, acaso recorra un dulcísimo, apacible país de juguetes y risas; un país donde las fieras son mansas y nadie muere jamás…

 

También soñaba yo así a su edad. Totalmente feliz. ¡Todo lo feliz que se puede ser en este mundo!

 

Ayer mismo mi hijo me preguntó por mi tierra de origen. “Dime, mamá, cuéntame cómo era el valle donde naciste”. Trate de descubrir, con palabras sencillas que él pudiera entender, el verdor de esas huertas fragantes, la cadencia del agua, el esplendor de granados y limoneros. Pero mi memoria ha resbalado de un recuerdo a otro, y he acabado sumida en la tristeza y la angustia.

 

No llores, mamá… Mira, cuando crezca, seré capitán de un ejercito de creyentes, todos valentísimos e invencibles. Entonces conquistaremos esa tierra por la que lloras, echaremos a los infieles y podrás volver allá… ¡Y todos seremos felices en tu valle!

 

¡Ser felices otra vez en mi valle! Como antes. Veranos de días ardientes en que respirábamos fuego, pero cuyas apacibles noches propiciaban tertulias sin fin a las puertas de las casas, y juegos, y canciones, y danzas… Otoños de niebla y lluvia; dentro del hogar, el olor de las hogazas crujientes; afuera, el aroma de la tierra húmeda, bendecida por el agua que Dios regalaba a sus criaturas. Inviernos fríos, de cielos purísimos y noches asombrosamente cuajadas de estrellas. Y Primaveras que nadie podría cantar sino con las lenguas de los ángeles.

 

Fue una Primavera, precisamente, cuando empecé a observar a mi alrededor signos de preocupación, caras largas, cuchicheos entre las personas mayores, quienes no querían que sus hijos conocieran el motivo de tanta pesadumbre. Yo tenía casi trece años en aquel entonces. Al fin me enteré por las otras muchachas de la aldea. ¡Habían comenzado a desterrar a los moriscos en varios reinos!

 

A nosotros no nos expulsarán –me tranquilizó mi padre-. Si, ya lo sé… pero eran moriscos de Granada y Valencia, moriscos malos, siempre dispuestos a la pelea, la algarada o la sublevación. Nosotros somos distintos –creo que repitió esta última frase tres o cuatro veces, como queriendo convencerse de ello-. Su Majestad sabe que somos leales súbditos. Además… todos estamos bautizados.

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De modo que, pasado el momento inicial de congoja y estupor, seguimos llevando la misma vida que antes, con la diferencia de que ahora vivíamos cada día, cada momento, cada segundo, con una plenitud y una intensidad avariciosas: éramos como el asmático, que se traga el aire a bocanadas cuando siente que le va a venir un nuevo ataque. Nunca fueron más ruidosas ni prolongadas nuestras fiestas (aunque una espina triste nos lastimara el corazón); nunca resonaron tanto nuestras risas como entonces, no importa que el alma llorara, ni jamás nos aferramos con tanta terquedad a la tierra, nuestra tierra. A veces nos llegaban noticias de otros lugares, y siempre eran noticias malas: los moriscos de ese o aquel reino habían sido expulsados también. En momentos como ésos era preferible no pensar, convencernos de que todo estaba bien y jamás veríamos quebrada la felicidad que gozábamos.

 

Yo acababa de cumplir los dieciséis años, y atrás habían quedado mis juegos de niña. Como las otras muchachas de mi edad, estaba conociendo una sensación nueva, extraña, agridulce: el amor. El se llamaba Hernando… aunque en su casa aún le seguían llamando Abdul. Años antes había sido un mocoso impertinente que nos tiraba pellas de barro a mis amigas y a mí; pero con el paso del tiempo, su corazón y su mente habían cambiado a la par que su cuerpo. Y así un buen día, para mi asombro, vi cómo me dedicaba una amplia sonrisa… que yo contesté con un gesto de burla. Pero después me saludaba cordialmente, y una mañana hasta me ayudó a acarrear una pesada cántara de leche camino de casa. Pronto supe que necesitaba su compañía, pues verlo a mi lado me llenaba de un gozo inexplicable… como inexplicable era mi tristeza cuando me separaba de él. Y nos apetecía cada vez más pasear solos junto al río, entre la aceña nueva y las almajaras, cogidos de la mano. Recuerdo también, como si hubiera ocurrido ayer mismo, aquel día que se atrevió a darme un beso… Le respondí con un sonoro bofetón y le demostré toda la cólera del mundo por su atrevimiento, ¡aunque nunca antes me había sentido tan alagada ni tan feliz!

 

Pero nuestras vidas quedaron rotas cuando nos anunciaron la horrible noticia: también a nosotros se nos echaba de nuestra tierra, también a nosotros nos arrojarían a Africa en el plazo de pocas semanas. Y un grito inacabable brotó de nuestras gargantas, un alarido que hizo retemblar las entrañas de los últimos valles moriscos. ¿Por qué a nosotros, Señor, por qué a nosotros? ¿De qué les había servido a nuestros padres recibir el Bautismo? ¿Cómo podía el rey Felipe pagar con tanta ingratitud nuestra mansedumbre y laboriosidad, nuestra fidelidad, nuestra conducta intachable y pacífica? Mi padre lloraba como un niño, sin consuelo, igual que los otros hombres de la aldea; las mujeres escandalizaban con chillidos de plañidera; y en cuanto a Hernando… lo recuerdo con el rostro desencajado, la mirada extraviada, atónito, sin poder creerse aquella injusticia.

 

Ya sabes que mañana, al amanecer, nos sacarán del pueblo para conducirnos como borregos a Alicante o Cartagena, desde donde nos embarcarán para el norte de Africa. Nuestros padres no hacen más que gemir y lamentarse, pero están resignados al destierro. Yo no. Esta es mi tierra, mi aldea, mi casa, y por lo tanto no voy a tolerar que nadie me remueva de aquí. Yo me quedo. Desafiaré las órdenes del rey, trataré de burlar a la Inquisición, pero me quedaré. –Hernando tenía fuego en sus ojos y hablaba con una fuerza y un valor como yo no había conocido antes en ningún otro hombre- ¿Vendrás conmigo? Acompáñame. Huiremos esta misma noche a la sierra, no hay tiempo que perder; nadie nos encontrará si nos escondemos en las cuevas del monte Almeces. Abunda por allá el agua, y no nos faltará la comida, pues yo sé cazar y tú conoces muchas raíces y plantas comestibles. Y pasado un tiempo, bajaremos a este y otro valle, mudando nuestros nombres y nuestra identidad: seremos un matrimonio joven de “cristianos viejos” venidos de Castilla a estas tierras, abandonadas… ¿Aceptas? ¡Por favor, dime que sí! Te esperaré a media noche junto al pozo del Zoco Zeguer.

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Apretaba tanto mis manos que me hacía daño. Yo estaba tan fascinada por sus palabras que, sin pensarlo más, le dije que sí. Una loca aventura, sin duda. Un descabellado plan, por más que, según comentaba en voz baja, lo mismo que proponía Hernando habían hecho ya muchos moriscos de Granada, Valencia o Aragón, a veces con éxito.

 

Huimos aquella noche. La sierra estaba llena de soldados, arranchados en sus laderas, pero Hernándo se jactaba de conocer palmo a palmo aquellos montes, y creía poder burlar a esos sicarios con facilidad. Un anillo de hogueras, encendidas a poco más de trescientos pasos unas de otras, rodeaban la aldea. Pasamos entre dos fogatas, con el mayor sigilo del mundo. No nos oyeron ni vieron los hombres, pero sí nos sintieron los animales. Un caballo piafó y unos canes ladraron, sobresaltándonos y alertando a los centinelas.

 

¡Corre!  ¡Nos han descubierto!

 

Cogidos de la mano, atravesando una maleza cada vez más espesa, sin saber ni dónde poníamos los pies, desgarrándosenos los vestidos y la carne con las púas de los cardos, salvamos la vaguada para poder ganar así la ladera y proseguir (¡corre! ¡más aprisa!) hasta el corazón de la serranía. En pos nuestra venían hombres de armas y perros, perros de presa, grandes y fuertes mastines avezados en la caza del jabalí o el lobo, que en los últimos tiempos habían sido adiestrados para la cacería del hombre, del morisco.

 

Despedazar la carne humana. Saltar a la garganta. Romper a dentelladas la nuez de un hombre, una mujer, un niño…

 

En el cielo lucía una luna grande, casi llena… algo con lo que no habíamos contado y que nos perjudicaba. Llegamos agotados ante una pequeña pared rocosa que nos cerraba el paso. Hernando me ayudó a trepar por ella, pero resbalé, y ambos caímos y rodamos por el suelo cuando ya los mastines se acercaban.

 

¡Ponte detrás de mí! ¡Yo te defenderé! ¡Ten confianza! –dijo esgrimiendo un cuchillo largo y agudo-.

 

Llegaron dos bestias entre ladridos atronadores. Sus colmillos blancos y malignos eran casi lo único que veíamos de ellas. Acometieron a Hernando, mordiéndole en las piernas, mientras él se defendía a cuchilladas. Trató de degollarlos, pero la hoja resbalaba en las carlancas, por lo que dirigió sus golpes a los flancos, malhiriendo a uno de ellos, según los lastimeros gañidos que oímos. Pero el segundo mastín lo derribó. Recuerdo demasiado bien el vértigo de aquellos instantes, la confusión, la angustia, y cómo entre gritos traté de apartar a la fiera, recibiendo dentelladas suyas en brazos y manos… Al fin, Hernando hirió también al segundo mastín, que reculó unos pasos rugiendo rencorosamente, al tiempo que llegaban los soldados, entre voces y blasfemias, iluminando aquel lugar del monte con sus antorchas.

 

 Mataron a Hernando a lanzadas. Me salpicó su sangre, como aún hoy me siguen salpicando los recuerdos de aquella pesadilla de la que me es imposible despertar. Mi cuerpo vive en una aldea próxima a Orán desde hace años; mi alma todavía sigue allí, en la sierra, reviviendo la infame escena de aquella noche. Dejaron a Hernando en la montaña para que lo devoraran las fieras: a mí me condujeron medio desnuda al pueblo, entre golpes y risotadas.

 

El viento sigue aullando. Mi hijo duerme, ajeno a los horrores de este mundo, soñando con un país idílico donde los hombres viven sin odios ni rencores, no existe la muerte, y el dolor fue abolido hace tiempo por un bondadosísimo Emir. Acaso tú razón, hijo mío, y tu mundo sea el de verdad; y el mío, el que yo conocí aquella desgraciada noche… sólo una mala pesadilla. De la que algún día me despertarás  con un beso.

 

 

1 comentario

  • Me ha extrañado ver este relato de José Emilio en esta página, por lo que me pregunto si lo ha colgado él o se lo han colgado.


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