Gennaro CAROTENUTO/Traducido por Gorka Larrabeiti
La segunda cuestión es, en efecto, esa carta de Francesco Rutelli en la que sostiene que el Partito Democratico es inconciliable definitivamente con el Partido Socialista Europeo. Rutelli, con un pasado lejano radical y ambientalista, es hoy el dirigente más dogmáticamente católico del centro-izquierda italiano. No es que el PSE sea el Comintern, pero Italia, de hacer caso a Rutelli y sus seguidores, corre el peligro de encontrarse en el absurdo de un sistema bipartidista compuesto por dos entidades que se remiten al PPE, la casa de los grandes partidos europeos del centroderecha, o bien a la hipótesis aún más extravagante de un Partido Democrático aparcado en un limbo sin precedentes en Europa.
En vez de retirarse a la vida privada tras la ruinosa, desastrosa, personalísima derrota en las elecciones romanas que han entregado la capital a Gianni Alemanno (un político de procedencia neofascista), Francesco Rutelli desempeña un papel cada vez más central en la vida del PD. Antes que nada se ha sentado en una de las dos poltronas más importantes que han quedado para la oposición, la del control de los servicios secretos. Para después pasar a conducir a su partido o hacia una escisión perniciosa y traumática, o lo que es más probable, definitivamente hacia el centro político compitiendo y no en contraposición con el Pueblo de la Libertad (PDL) de Silvio Berlusconi. Compitiendo (por el poder) pero sin contraposición, de modo que para ese 30/35% de italianos que se empeña en considerarse de izquierda hoy más que nunca se le puede aplicar la máxima del director de cine Nanni Moretti: “Con esta clase dirigente no ganaremos jamás”.
El tercer asunto es la enmienda que considera a las prostitutas peligrosas “para la moralidad pública”, y por consiguiente, al cliente víctima inocente de aquellas. De San Agustín en adelante, ha sido la mujer quien ha arrastrado al pecado al hombre. Son, pues, las prostitutas (¿menores de edad incluidas?) quienes atentan contra la moralidad de los clientes y no éstos quienes las corrompen. El tema merecería mayor consideración, pero si hay algo cierto es que debido a la furia de expulsar de la que alardean los mediocres que nos gobiernan (y que coinciden con los millones de mediocres que van de putas y luego votan al PDL o la Lega Nord), todo vale con tal de atacar, expulsar o encarcelar a los más débiles. Por ello, resultan confortantes las palabras de un viejo democristiano del PDL, el anterior ministro del Interior, Beppe Pisanu: “Es aberrante atribuir unilateralmente a las prostitutas de calle el presunto delito contra la seguridad y la moralidad públicas, absolviendo a priori a sus clientes”.
Gorka Larrabeiti es miembro de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala



Escribe un comentario