Juan Vernet
A Alfonso X se debe en gran parte la conservación y transmisión a Occidente de los descubrimientos realizados en al-Andalus en los siglos XI y XII. A él se debe la formación del corpus de los Libros del saber de astronomía, el haber recogido elementos matemáticos que procedían de Yabin b. Aflah (Ausejo) y que por algún conducto alcanzaron hasta Regiomontamo e introdujeron una trigonometría de alto nivel en el mundo cristiano. Impulsó la colaboración de mozárabes y judíos y procuró copiar, corrigiéndolos si era necesario, los manuscritos científicos árabes que las conquistas propias y de su padre, Fernando III, habían hecho caer en su poder. Tenemos escasas muestras del modo cómo trabajaron sus amanuenses pero, en síntesis, se adivina que el manuscrito original y a veces incompleto era copiado por un judío, Rabí Zag, por ejemplo, que procuraba completarlo, corregirlo y, en determinados casos, traducirlo al castellano (traducción a dos manos). Otras veces se intentó pasar de esta lengua al latín realizando la versión castellano-latina un clérigo (traducción a cuatro manos). El Rey, al tratarse de temas complicados, haría revisar esta traducción por un experto (corrector, enmendador) y él mismo intervendría cuando lo creyera conveniente bien con un prólogo bien corrigiendo el estilo. En la vida del Rey Sabio hay dos momentos en los que se muestra especialmente interesado por la ciencia: los años iniciales y finales de su reinado.
Simultáneamente los intelectuales de Granada emigraban a Africa Menor u Oriente y tenemos motivos suficientes para creer que no cortaron los lazos científicos con los amigos que quedaban en Occidente. Esto se inserta plenamente en el movimiento de intercambio científico internacional: sabemos que las obras de Averroes fueron Conocidas en El Cairo por Maimónides; cómo la obra de los matemáticos andaluces del siglo XI, Avempace entre ellos, fue transmitida por Ibn Aqnin discípulo de Maimónides, por el Próximo Oriente y tenemos noticias de cómo el médico, historiador y visir persa Rasid al-Din(644 / 1247 – 718 / l318) da instrucciones a uno de sus agentes de cómo debe recompensarse a sus corresponsales científicos de Occidente. De los diez que cita, seis residían en al-Andalus y cuatro en Trípoli, Túnez y Cairauán. Y, por su parte, las crónicas y los diccionarios biográficos nos dan noticias de sabios andaluces que trabajaron al servicio de los mogoles, como fue el caso del matemático y astrónomo Yahya b. abi Sukr (fI. 680/ 1281).
Además, se da una curiosa casualidad: en unos mismos años dos soberanos, uno de Oriente, el mogol Hulagu, y otro de Occidente, Alfonso X el Sabio, están empeñados en redactar unas nuevas tablas astronómicas. El primero en Maraga y el segundo en Toledo y Sevilla. Todo lo cual lleva a pensar si existió algún tipo de relación entre ellos. Y, efectivamente, la Historia política nos informa de que una hija bastarda de Alfonso X se casó con Móngka Temür (1267-1280), jan de la Horda de Oro, que ocupaba el Sur de Rusia y era musulmán y, además, que entre el 659 / 1261 y el 670 / 1271 intercambió embajadas con el sultán de Egipto, Baybars al-Bunduqdari (Alvandexaver) y con los ismacilíes o asesinos (664 / 1265) después de que Hulagu hubiera destruido su fortaleza de Alamut. El poder político de éstos quedó reducido a unos cuantos castillos vecinos al Mediterráneo (pequeña Armenia; Antioquía), pero sus científicos fueron bien acogidos por los mogoles, antes y después de la toma de Bagdad (656 / 1258). El nuevo señor del Próximo Oriente instaló en su capital, Maraga, en las vecindades del lago Urmia, al sur de Tabriz, en su nueva sede, a los científicos. Los residuos políticos de los asesinos se avinieron muy poco tiempo con los reinos cruzados y pronto pasaron a considerarse vasallos de los mamelucos de Egipto.
Por otra parte, desde la embajada del 659 / 1261 Alfonso X sabía que en esas regiones había un gran astrónomo a quien quiso contratar y, aunque ignoramos el resultado de su gestión, sí podemos intuir que aquél era Nasir al-Din Tusi (597 / 1201-672 / 1274), quien, por mandato de Hulagu, construyó en Maraga (1259-1272) unas nuevas Tablas astronómicas, las iljaníes. Y es casualidad que las Tablas alfonsíes se redactaran entre 1263 y 1272 y que en las mismas fechas se realizaran observaciones en Pekín; más casualidad aún es que los tres centros de observación se encuentren de hecho sobre el mismo paralelo de 40° Norte.
Por otra parte sabemos que uno de los redactores de las Tablas alfonsíes, Ishaq b. al Sid, realizó observaciones de eclipses entre 1263 y 1266, o sea, en la época en que Alfonso X ya conoce la existencia de un gran astrónomo oriental y, probablemente, a través de los prisioneros tártaros que le ha regalado Baybars, que éste está levantando unas nuevas Tablas astronómicas. ¿Cabe, con estos datos, pensar en una posible coordinación de observaciones entre Maraga y Toledo— Sevilla? A mayor abundamiento recordemos que en Maraga, y bajo la dirección de Nasir al-DinTusi, trabajaron toda una serie de astrónomos de nacionalidades muy distintas de los cuales, por ahora, sólo nos interesan dos: el ya citado Yabyá b. abi Sukr, granadino del cual no conocemos las fechas de nacimiento ni de muerte, pero sí algunos hitos cronológicos de su vida: que trabajó en Siria y en Maraga que aquí colaboró con los restantes astrónomos que preparaban las Tablas iljaníes y que realizó observaciones propias ( por mandato de Alfonso X?) en los años 1265-1266 y que tuvo relaciones con el célebre Abu-l-Faray (Bar Hebreus). Es de suponer que también las tuvo con su contemporáneo Abü-l-Hasan Ali al-Marrakusi (fi. c. 666 / 1262), autor del Yami al mabadi wa-l-gayat, que contiene un catálogo de la posición de las estrellas para el año 622 / 1225 y las coordenadas geográficas de 135 lugares. Esta obra, que fue rápidamente conocida en China, debió serlo también en Granada y ¿por qué no?, por los astrónomos de Alfonso X el Sabio, muchos de los cuales, nos consta, conocían perfectamente el árabe.Hemos dicho que Ishaq b. al-Sid observó algunos eclipses en los años 1263, 1265 y 1266. Por tanto podemos intentar averiguar si uno de los mismos, cuando menos, fue observable a la vez en Toledo y Maraga. Y esta posibilidad se ofrece para los de Luna del 24 de diciembre de 1265 y del 13 de diciembre de 1266. El de mayor duración y más favorable parece ser el primero.
Con estas premisas puede pensarse en el por qué de la embajada de Alfonso X a los ismailíes del 664/ 1265 (13 de octubre de 1265—1 de octubre de 1266). Si se trataba de preparar la observación simultánea del eclipse de Luna, la llegada a tiempo de los mensajeros a Maraga era dudosa, ya que cualquier incidencia en el camino podía resultar fatal. Pero este detalle es relativamente indiferente pues les bastaba con llegar, recoger los datos obtenidos en Persia y volver con ellos a Toledo para compararlos con los de ésta. Si hubo acuerdo para observar éste y otros eclipses a la vez por los astrónomos de Pekín, Maraga y Toledo es cosa que no nos interesa ahora, pero cabe sospechar que así fue y más, cuando en el reciente Congreso de Delhi (noviembre de 1985) se ha dado a conocer que algunos parámetros de las Tablas alfonsíes (Samsó, Kennedy) se encuentran en un manuscrito de Ho-chou del siglo XIV que se encuentra en la moderna provincia de Kansu. En el mismo sentido apunta la gran cantidad de Tablas astronómicas árabes medievales en que toman a la ciudad de Toledo como origen de longitudes, situando a Pekín a 124° Este, en vez de los 120° de la realidad. En este orden de distancias un error de 4° es muy pequeño y hace pensar en que el cálculo del mismo se realizó mediante observaciones astronómicas de eclipses. Igualmente las longitudes de las ciudades persas que figuran en los mapas de Mustawfi (m. 750 / 1349) y Hafiz-i Abru(m. 833 / 1430) son, prácticamente, exactas (cf. pág. 145).Tiende a confirmar lo que exponemos la similitud de los aparatos de observación utilizados en esas tres localidades. Que yo sepa el primero en llamar la atención sobre ello fue Willy Hartner (1948) en su artículo The astronomical instruments of Cha-ma-lu-ting, their identification, and their relations to the instruments of the observa tory of Maragha que hay que leer en la reedición de sus artículos recopilados en un volumen titulado Oriens-Occidens (Hildesheim, 1968) ya que aquí (págs. 215—226) apostilla algunas de las observaciones hechas por Needham en su Science and civilisation in China 3 (1959).Cha-ma-lu-ting es el nombre árabe Yamal al Din. La información sobre el mismo procede fundamentalmente de fuentes chinas por las cuales sabemos que en 1267 se había inventado ya un nuevo calendario para Kubilai Jan, que se ha perdido, pero podría haber sido un desarrollo del calendario persa de Umar Jayyam o yala1i. Introdujo en China siete instrumentos persas, entre ellos una esfera armilar construida para la latitud de 36°, posiblemente para ser usada en el colegio de Ping-yang, Shansi, situado a 36° 6’ Norte. Si esos instrumentos fueron importados de Persia o bien construidos a base de los dibujos mostrados a Kubilai en Janbalig es indiferente. El hecho es que se trata de: 1) esfera armilar o dat al-halaq; 2) puede tratarse de una dioptra o del trique trum; 3) y 4) dos variantes de relojes de sol, rujama, para horas iguales y desiguales. La descripción del texto chino hace sospechar que introducía en los mismos las modificaciones de Abu-l Hasan Alì a1-Marrakusi; 5) globo celeste o kurat al-sama ;6) globo terrestre o kurat al-ard. La cita de este último instrumento es importantísima pues implica el conocimiento que los persas tuvieron de los mismos (Argún, 1289) y Alfonso X, y 7) el astrolabio. Por otra parte Julio Samsó demuestra en un trabajo en prensa que un aparato similar a cuadrante sennero de Alfonso X se utilizó también en Maraga.Pero la determinación exacta de la hora de los contactos de la sombra de la Tierra con el disco luminoso de la Luna —ya que partimos del supuesto de que éstos fueron utilizados para la determinación de las longitudes— exigía un reloj nocturno que funcionara con gran exactitud. Y ninguno de los hasta aquí enumerados permitía alcanzar una aproximación capaz de medir los10’ de arco que era el valor máximo a que podían aproximarse los astrónomos de la época (40S tiempo). Por ello hay que pensar que en de terminadas circunstancias se podían «poner en hora» clepsidras de gran precisión, por ejemplo, las instaladas por Azarquiel en Toledo y cuya descripción conservamos gracias a al-Zuhrí (fi. c. 1147) y al-Maqqari. El texto reza:«Lo que hay de maravilloso y sorprendente en Toledo, tanto que no creemos que haya en todo el mundo habitado ciudad alguna que se le iguale en esto, son dos recipientes de agua (al-billitan) que fabricó el célebre astrónomo Abu-1-Qasim b. Abd al-Rahman conocido con el nombre de Azarquiel (bi-l-Zarqal). Cuentan que este Azarquiel oyó hablar de cierto aparato que hay en la ciudad de Arin, en la India (y del cual dice al Masudi que señalaba las horas por medio de unas aspas o manos, desde que salía el Sol hasta que se ponía), y se propuso construir un artificio parecido por medio del cual supiera la gente qué hora del día o de la noche era y pudieran conocer la edad de la Luna. Para ello construyó grandes estanques en una casa, en las afueras de Toledo, a orillas del Tajo, cerca del sitio llamado Puerta de los Curtidores, haciendo que se llenaran de agua ó se vaciaran según el crecimiento y menguante de la Luna.
»Si durante este ciclo de aumento y disminución del agua alguien extraía parte de ella, aumentaba el flujo de las tuberías de abastecimiento de tal modo que no se alteraba el ritmo del ciclo. Lo mismo ocurría en el caso de que alguien aumentase el caudal de los estanques, pues lo que sobraba salía inmediatamente. De tal modo que el aparato de Azarquiel superaba en maravilla al de la ciudad de Arin porque en esta ciudad las noches y los días son siempre iguales.
»El despiece y la destrucción de la misma tuvo lugar el año 528 de la hégira (1134 d.C.) y el causante del daño fue el astrónomo judío Hamis b. Zabara… pues solicitó al Rey que fuera él el encargado de desmontar la clepsidra a fin de estudiar su artificio y poder mejorarlo, llenándose de día y vaciándose de noche, prometiendo volver a instalarla; pero luego no supo y quedó uno de los relojes inutilizado.»Hemos visto cómo en los siglos XII-XIII se habían cultivado en el mundo andalusí dos tipos de matemática: la innovadora, representada por los maestros y discípulos de Avempace, y la tradicional representada por Ibn Badr. El gran transmisor de la primera había sido Averroes seguido de Maimónides por las polémicas suscitadas con sus comentarios a las obras aristotélicas, en especial a la Física y al De cielo y como éstas habían llegado a Oriente a través de Ibn Aqnin. En el mundo cristiano estas cuestiones habían penetrado rápidamente a través de las traducciones latinas y en el mundo hebraico-español parece ser que fueron desarrolladas por un Moisés ha-Leví de Sevilla (?) y, sobre todo, por rabí Abner de Burgos que se convirtió al cristianismo con
el nombre de Alfonso de Valladolid (1270-1350) y es el autor, muy probablemente, del libro conservado en hebreo titulado Meyasser Aqab (Rectificación de las curvas; versión rusa, Moscú, 1983).
Al guadijeño Muhammad b. Ridwan b. Arqam al-Numayri (m. 657 / 1269) se debe la introducción (Roser Puig) en Al-Andalus del astrolabio lineal inventado por Saraf al-Din al-Tusi (m. 609 / 1213) y en la construcción de instrumentos astronómicos se distinguieron los Ibn Baso, padre (m. 716/ 1316) e hijo (m. 709 / 1309).
Alrededor del siglo XIII encontramos una surtida serie de escritos alquímicos en latín puestos a nombre de Geber al cual se le añade el calificativo de latino para no confundirlo con Yabir b. Hayyan ni con Yabir b. Afiab. Del estudio de sus obras se desprende que vivió en España, conoció bien el árabe y adaptó numerosos manuscritos alquímicos del árabe al latín o bien los amplificó con una serie de observaciones que faltan en los originales árabes conocidos. Entre sus obras se encuentran el Liber misericordiae o la Summa perfectionis magisterii. Esta última presenta numerosos paralelos con el Ayn al san a wa-awn al-san a del químico bagdadí al-Kati (fi. 425 / 1034) que debió entrar en el mundo latino a fines del siglo XIII ya que ni San Alberto Magno ni Rober Bacon la citan. En las obras de este Geber se encuentra la descripción de cómo se obtiene el oro por copelación; del ácido nítrico; del agua regia, etc. sin que se pueda afirmar hasta qué punto son hallazgos de Geber antes de haber estudiado mejor la gran cantidad de manuscritos árabes, como el Rutbat al-hakin (cf. pág. 77) que conocemos aún de modo muy deficiente.
Entre los médicos se encuentra Muhammad b. Ahmad al-Riquti al-Mursi, políglota que al ser ocupada Murcia por Alfonso X (664 / 1266) le construyó una madraza para que enseñara a la vez a musulmanes, cristianos y judíos, le colmó de honores e intentó convertirlo al cristianismo. Pero al-Riquti se negó, comentando luego en secreto entre sus amigos: «—Ahora sólo sirvo a un Señor y no alcanzo a cumplir mis deberes con El. ¿Qué ocurriría si adorase a tres, conforme me piden?» Más tarde Muhammad II al-Faqih se lo llevó a Granada, donde dio clases de medicina.Discípulos suyos fueron los futuros médicos de corte Ibn Sacada al-Umawi (m. 728 / 1328) y Ahmad b. Muhammad al-Karni (c. 690 / 1291), quien tuvo por discípulos a Abu Abd Allah b. Salim (m. 717/ 1317) e Ibn Sarray (654/ 1256- 730 / 1330). Muhammad al-Safra de Crevillente fue médico del sultán de Guadix, Nasr (m.722 / 1322). Luego emigró al norte de Africa para volver a morir en Granada.El visir astrónomo y médico judío Ibrahim b. Zarzar tuvo como discípulos a Muhammad b. Súda y al propio Ibn a1-Jatib (m. 776 / 1374) en Granada e Ibn Jatima en Almería (m. 770 / 1369). Ejercieron la medicina durante la gran peste bubónica de 1348-1351, cuya naturaleza infecciosa y alguna de las causas del contagio conocieron. Los estudiantes de medicina pusieron un celo especial en aprender y aplicar bien la Urjüza fí-l-tibb de Avicena. A esta misma época se debe la fundación del hospital de Granada por Muhammad V (767/ 1356) y la madraza (750/ 1349) por Yusuf I.
En el Libro de las maravillas de la India (siglo x) se nos cuentan dos anécdotas curiosas: el patrón Muhammad b. Babisad que va desde Sumatra hacia Omán, tiene una discusión con su piloto, cuando se encuentra a unos 2.400 kilómetros de su destino, acerca del punto en que tocarán tierra. Este opina que será a unos trescientos kilómetros de Reisut (Hadramawt) y aquél que en el propio Reisut o, como máximo, a unos seis kilómetros de distancia. Acierta el patrón, lo cual demuestra su capacidad y sus conocimientos técnicos para mantener el rumbo. Que lo hiciera con instrumentos o a estima, como operó Colón para fijar su latitud el 3 de febrero de 1493, es una cosa secundaria en este momento.
En Oriente la dioptra debió pervivir en la forma popular del kamal, que se compone de un paralelogramo de madera de unos 5,0 x 2,5 cms. y tiene una cuerda fija en el centro del mismo en la cual se encuentran nueve nudos situados a determinadas distancias unos de otros de tal modo que para tomar la altura de la Polar se sujeta la cuerda con los dientes, se coloca la tabla de modo perpendicular a la vista haciendo coincidir el borde inferior con el horizonte y se alejan, extendiendo el brazo, hasta que el borde superior coincide con la estrella. El nudo que queda entre los dientes da la latitud buscada. La unidad de medida era la isba o dedo. Que los marinos del Mediterráneo y el Indico tenían relación entre sí, es indudable. Lo difícil es establecer el cómo y el cuándo se produjeron.
En el Indico se utiliza como unidad de medida angular la isba, pero esta medida tiene que ver poco, aparentemente, con su homónima andaluza que aparece en el tratado del astrolabio de Maslama de Madrid. Y, sin embargo, no es así: la mayoría de astrolabios occidentales antiguos están graduados en isbas orientales del Indico, tal como sostiene Ibn Mayid el piloto de Vasco de Gama, en su Kitab al-fawa ‘id: «El autor inicial de la observación astronómica por medio del astrolabio es Idris. El es el inventor del astrolabio dividido en grados. Los antiguos transformaron esos grados en isba… y el astrolabio ha sido introducido entre los instrumentos náuticos por marinos distinguidos… ya que los buques navegaban en el gran Mar orientándose mediante observaciones astronómicas…»En realidad lo que hicieron los marineros del Indico fue unificar en un solo instrumento el primitivo kamal con el evolucionado astrolabio al incluir en éste el cuadrado de las sombras. Lo único que ocurre es que las isbas se buscan en los limbos graduados cuando en realidad se encuentran en los cuadrados de sombras de doce dedos conforme se deduce de la lectura atenta del tratado del astrolabio de Maslama, pues éste está pensado para un radio de 144 partes y la isba valdría 4 partes. Idénticamente, en el texto de Maslama aparece la unidad qama (latín status; cf. la voz asta en el Diccionario Histórico de la Lengua Española) como múltiplo del dedo (1 qama = 12 dedos= 19°).
En consecuencia podemos admitir que los marinos del Indico y del Mediterráneo utilizaban ya en el siglo XI el astrolabio como instrumento náutico y operaban con él o con el kamal (que podía ser el kamal propiamente dicho o el cuadrado de sombras del astrolabio), según sus conveniencias. La operación, en todo caso, se basaba en trabajar con tangentes.
Considerando los datos de que disponemos, vemos cómo Muhammad b. Babisab supo predecir, 16 días antes de llegar a puerto, que no tendría una deriva superior a 6 kilómetros, lo cual equivale a una velocidad de 3,37 nudos y una deriva de 8’ 35” 66. En el Mediterráneo Ibn Yubayr (1183) recorre sin deriva sensible su derrota a unos 4 nudos; coetáneamente Ricardo I de Inglaterra (1189-1190) ve cómo sus naves soportan un fuerte temporal tras el cual, y sin ver tierra en varios días, alcanzan las costas de Chipre y Creta; en 534 / 1140 un buque de Trípoli, de Libia, va a Sevilla en ocho días sin ver tierra y llevando a bordo 300 musulmanes y 37 judíos; la derrota debió ser bastante complicada y prueba que el piloto podía orientarse bien por los astros, bien auxiliado por fugaces observaciones de la costa y con determinados instrumentos que entonces empezaban a difundirse.Por ejemplo, el nocturlabio: no hay tratado de astrolabio que no explique el cómo se determinaba la hora del día y de la noche. Pero lo más curioso es que en esa época del medioevo se disponía ya de un reloj de tiempo sidéreo que recibiría, posteriormente, el nombre de nocturlabio. Se emplea con toda seguridad en el siglo XIII pues Ramón Llull describe y explica su uso de modo similar a como en la época de los descubrimientos se hará por Pedro de Medina en el Regimiento de la estrella Polar (Sevilla, 1563) mediante la observación de las Dos Guardas o Duo Fratres (b, Kochab y g, Pherkad de la Osa Menor) o bien alineaciones semejantes ( b,Merak y a, Dubhe de la Osa Mayor). Sin embargo tenemos noticias de la existencia del nocturlabio al menos desde el siglo x: se encuentra representado en el manuscrito Chartres 214 (k 73) escrito en la primera mitad del siglo XII pero que contiene las Sententiae astrolabii de Gerberto. Tal y como Llull lo describe consiste en un disco de cobre con un agujero en el centro; en la periferia tiene dos círculos concéntricos: en uno figuran los meses y en otro las veinticuatro horas del día. El empleo del aparato consiste en visar la Polar (Yudayy o Rukaba a de la Osa Menor) por el agujero central, manteniendo el disco a medio palmo del ojo y de modo inclinado (un palmo hasta la barba y medio hasta la frente). Si se conoce la fecha (mediados de abril) de la culminación superior de Kochab ( b, de la Osa Menor) a media noche, o sea, la fecha en que la hora sidérea coincide con la ascensión recta, se verá que Kochab está en su culminación inferior a mediados de octubre; en el rumbo Oeste, a mediados de julio, y en el Este, a mediados de enero, siempre, naturalmente, a media noche. La subdivisión de estos cuadrantes en tres (diedros de 30 grados = 1 mes: 2 horas) permite, sabiendo la fecha, deducir con el nocturlabio las horas que faltan hasta la media noche o las transcurridas después.
Para conseguirlo, Llull propone abrir veinticuatro perforaciones (como se ven en el manuscrito de Chartres) en la corona de las horas; observar la Polar colocando el segmento que indica mediados de abril (culminación superior) junto a nuestra cabeza: es el lugar más cercano al cenit y al punto cardinal Sur; la opuesta (culminación inferior) a un palmo de la barbilla, que será el punto más cercano al Norte, vecino en nuestras latitudes al horizonte septentrional. El agujero de las horas por el cual se vea Kochab indicará la hora buscada. Evidentemente esta alineación Polar-Kochab puede conseguirse mediante una saeta y este último tipo de nocturlabio es el más antiguo del que conservamos ejemplares. Posteriormente aparecerán aparatos con dos saetas de distinta longitud para enfilar otras alineaciones.
Pero la hora nocturna podía determinarse, prescindiendo de toda clase de aparatos de modo semejante a como hoy nos orientamos (aproximadamente) mientras dispongamos de un reloj de Sol y conozcamos la posición del punto cardinal Este u Oeste en nuestro horizonte. Lo mismo ocurre por la noche en que el Sol es substituido con ventaja por la Polar. Es el método descrito por Pedro de Medina y utilizado por Colón. Aquél explica la posición de Kochab siempre a media noche, a lo largo de quince días de la rueda del año, mediante una cruz. Miremos a la Polar: nuestros pies indicarán la culminación inferior y nuestra cabeza, la superior. Extendiendo los brazos, el derecho señalará el Este y a mediados de julio Kochab estará en esa posición; y ocupará la posición del brazo izquierdo (Oeste) a mediados de enero. El sistema admite, con variantes operar dando la espalda a la Polar, etc.
Más adelante, cuando desde el siglo XI se conocieron en España los almanaques (vg. el de Azarquiel) que contenían las tablas de la declinación del Sol a lo largo del año y las tablas utilizadas por los almuecines —con millares de Cifras- para fijar los momentos de la oración se idearon nuevos métodos para resolver estos problemas. Así se explica que Colón no vacilara en copiar la tabla de declinaciones solares calculada por el astrónomo andaluz Ibn al.-Kammad (siglo XII).Otro grupo de tablas, común al Mediterráne y al Indico, dio origen a la Toleta de Marteiolo y a la cual alude ya Ramón LluIl y que permitía corregir la deriva del buque. Pero para e1lo era necesario que los marineros dispusieran de un sistema para determinar la velocidad del buque en alta mar; de otro, capaz de medir exactamente, el tiempo, y de un tercero que marcara el rumbo que se seguía: la brújula.
La velocidad podía determinarse según Nicolás de Cusa (c. 802 / 1400), echando al agua un objeto pequeño y observando el tiempo necesario para que recorriera una distancia prefijada (vg. un cierto número de filas de remeros).
El transcurso del tiempo se determinaba ya en época de Llull, mediante el empleo de ampolletas o relojes de arena. A pesar de los precedentes clásicos, su introducción definitiva se debe a los árabes que utilizaron el fluir del mercurio o de la arena. Pero para que la ampolleta fuera útil era necesario conseguir un vidrio inalterable en el transcurso del tiempo y cualesquiera que fueran las circunstancias metereológicas a que estuviera expuesta de modo que ni perdiera su transparencia ni se alterara su forma. El secreto para obtener vidrio de estas características sólo lo tenían en el siglo x los egipcios y los catalanes. Hacia el siglo XII divulgado ya el sistema de fabricación y en manos de los venecianos, éstos consiguieron fabricar excelentes ampolletas que rellenaron de arena perfectamente clasificada —que así pasaba a sustituir el mercurio, muchísimo más caro— y pusieron a disposición de los marinos un reloj de muy buen rendimiento.Ya hemos dicho (cf. pág. 37) que la brújula tuvo un origen andaluz. Está íntimamente relacionada con el derrotero y la carta náutica. En lo que sigue entenderemos por periplo la descripción hidrográfica de la cuenca de un mar dado con anotación de distancias pero no de rumbos y si éstos se indican alguna vez es sólo de un modo esporádico; por derrotero, un periplo en el que se indican sistemáticamente los rumbos y, la carta náutica, indebidamente llamada portulano a veces, un mapa de las costas trazado con ayuda de la brújula y en donde aparecen indicados los rumbos.
Los periplos son muy conocidos desde la Antigüedad. Los derroteros, en cambio, sólo inician su aparición en el Occidente cristiano a mediados del siglo XI. Tal, por ejemplo, el fragmento en que Adam de Bremen (fi. 462 / 1069) describe la derrota que desde Flandes lleva a Tierra Santa. Es la primera vez en que rumbo y tiempo (= distancia) aparecen asociados sistemáticamente y su lectura nos hace comprender la navegación en alta mar, lejos de la costa, en el Cantábrico y en el Atlántico, que vemos utilizada un siglo después por la flota de Ricardo Corazón de León desde el Canal de la Mancha hasta su llegada a Lisboa y, aún más allá, doblando el Cabo de San Vicente. Es este tipo de navegación el que se desarrolla de modo extraordinario en el Mediterráneo a mediados del siglo XI como consecuencia de la ocupación de Túnez por las tribus beduinas de los Banu Hilal cerrando el paso a peregrinos y comerciantes por vía terrestre.
Paralelamente, y por esas mismas fechas, dos autores hispanomusulmanes, al—Udri (392 / 1002 – 478 / 1085) y a1-Bakri (m. 486 / 1094), describían muy detalladamente la Geografia de al-Andalus. Desgraciadamente las obras que de ambos nos interesan han llegado a nosotros mutiladas. Al primero se debe una Geografía en uno de cuyos fragmentos conservados se nos describe la pesca de la ballena en aguas de Irlanda con lo cual viene a confirmar el relato recogido en textos franceses de alrededor del 247 / 862 que nos indican que las naves árabes llegaban hasta la isla de Yeu.Al segundo, al-Bakri, se le debe una Geografía general perdida en gran parte pero de la que se nos conservan unos mínimos fragmentos referentes a Europa y la descripción del África septentrional que fue terminada el año 460 / 1068. En la misma se encuentra intercalada una descripción de la costa meridional del Mediterráneo que es un simple periplo muy detallado. Pero al describir las costas marroquíes y españolas nos cita una serie de puertos de África que están en frente de otros tantos españoles. Se pueden establecer las correspondencias biunívocas y comprobar que en la mayoría de los casos los marineros, en medio del mar, no veían a la vez los puertos de origen y de destino durante la travesía. Por tanto las correspondencias aludidas sólo podían establecerlas: 1) por accidentes topográficos de la costa fácilmente visibles, simultáneamente, desde el centro del trayecto; 2) mediante la utilización de la Polar o de observaciones astrnómicas y 3) mediante la utilización de la brújula.
2) El procedimiento astronómico nos daría los puertos alineados en el sentido de los meridianos, lo cual no parece poder admitirse pues todos los situados en la orilla Norte se encuentran al oeste de la costa africana. De haber sido establecidas las correspondencias con la Polar, los errores serían en ambos sentidos.
3) Si se hubiese empleado la brújula todos los rumbos que unían esos puertos estarían afectados por la declinación magnética y tendrían sistemáticamente –como ocurre- la desviación en el mismo sentido. Al ser así hay que admitir que los versos transmitidos por Ibn Idari en su Bayan al mugrib y fechados en el 240 / 854 se refieren concretamente a ese instrumento.La segunda cita árabe occidental que tenemos – es coetánea a las primeras cristianas— es la de Abu Ali Umar b. abi Jalid (anterior a 627 / 1229). Recita, refiriéndose a una brújula de cebo y aludiendo a una botella de vino:
¿Te acuerdas de nuestra alegría en una noche tenebrosa
En que el vino brillaba en la botella?
Cuando el marino se extravía, clava la vista en la botella
Y en las líneas de los rumbos, ve su rumbo.
Dejando aparte estas citas y cambiando de ámbito cultural no estará por demás recordar que Abü Hamid de Granada (473 / 1080-565 / 1169) explica que las caravanas cruzan el desierto guiándose por las estrellas y que las crónicas nórdicas indican que el mismo sistema utilizaban los caballeros teutónicos para no perderse en la espesura de los bosques que rodeaban el mar Báltico.
Por consiguiente no es de extrañar que a partir del siglo XI nazcan derroteros y cartas náuticas de pequeños sectores del Mediterráneo que en el siglo XII se encuentran más o menos bien ensamblados. A mediados del siglo XIII surge el primer derrotero total de este mar que es italiano y en 1270 encontramos la primera cita de una carta náutica del Mare Nostrum, cuando Luis IX, navegando hacia Túnez (1270), se hace mostrar por el almirante en qué punto del mar se encuentra.
Por las mismas fechas el ilján Argún enviaba al genovés Buscarello de Ghizolfi a Felipe IV el Hermoso, rey de Francia. Después de la partida del mensajero (1289) Argún quiso saber en qué punto del mundo se encontraba y qué ruta seguía. Qutb al-Din al-Sirazi —uno de los precursores de Copérnico— tomando un mapa, satisfizo la curiosidad del ilján.La carta más antigua conservada, la Pisana, pertenece al último cuarto del siglo XIII. Pero en la misma época ya existían en el Indico. Marco Polo (m. 724 / 1324) nos dice que Ceilán “era bastante más grande, pues tenía un circuito de tres mil seiscientas millas según está consignado en el mapamundi de los marineros de aquel mar». Como en todo caso el mismo Marco Polo alude claramente a una carta anterior al año 1295 (él llegó a Europa en esa fecha), cabe suponer que las cartas antiguas de los marineros del Indico, en las que el perímetro de dicha isla fuese de tal tamaño, debían remontar a una cincuentena de años como mínimo. Pero esas cartas no estaban, al parecer, trazadas según la brújula sino según un sistema distinto: según una cuadrícula de coordenadas como lo que Ahmad b. Mayid (Malemí Cana) mostró en Melinde a Vasco de Gama, según Juan de Barros (1496-1570): «Una carta de toda la costa de la India, arrumbada al modo de los moros, que era en meridianos y paralelos muy menudos, sin rumbos de viento. Porque como el cuadrado de aquellos meridianos y paralelos era muy pequeño, quedaba la costa por aquellos dos rumbos de norte-sur, este-oeste muy cierta, sin tener aquella multiplicación de vientos de la aguja común a nuestra carta, que sirve de raíz a los otros.»Esta cita implica la existencia de un cañamazo (en el siglo XVI) de coordenadas cuyo origen puede retrotraerse en el pasado. En la época del trazado de la carta del 580 / 1184 se conocía en el Occidente el mapamundi del Idrisí (m. 560 / 1166) —que había estudiado en al-Andalus—. Estaba dividido en «climas» en el sentido de las latitudes y en «secciones» en el de las longitudes. Los «climas» habían sido ideados en Babilonia y con el correr del tiempo llegaron a concebirse como una división de la Tierra en zonas delimitadas por unos paralelos, tales que el día más largo del año en uno de ellos fuera a su vez, también, x minutos más largo que el mismo día en el paralelo que delimitaba el clima inmediato siguiente. En su desarrollo dentro del islam, Birúni (m. 440 / 1048) había hecho algunas modificaciones y se habían añadido dos seudoclimas exigidos por el descubrimiento de nuevas tierras: «lo que está habitado más allá del ecuador» y «más allá del séptimo clima».El origen de las longitudes había quedado ya fijado en la Edad Antigua en las islas Canarias. E Idrisí trazó los once meridianos necesarios para delimitar diez secciones que cubrían la superficie del ecumene. Otros autores, aun admitiendo esta red fundamental, tuvieron cuidado en anotar al lado de cada topónimo, siguiendo así a Tolomeo y a al-Juwarizmi (m.c. 231 / 846) la longitud y latitud correspondientes, pero sin atreverse a trazar un cañamazo lo suficientemente denso que reemplazase la división en climas y secciones. Si nosotros lo suplimos podemos apreciar en seguida que la determinación de las posiciones geográficas mediante la reducción a arcos de las medidas itinerarias no fue, en la mayor parte de los casos, excesivamente afortunada. En cambio, hemos visto (cf. pág. 110) que tenemos mapas de Persia con un cañamazo de meridianos y paralelos con topónimos incrustados muy cerca de la realidad. Los únicos problemas, mejor dicho, el único problema, que se plantea es el de fijar el origen de las longitudes. Por otra parte observamos que ese cañamazo aparece en Persia durante el dominio de los ilján. De aquí que haya que pensar en un posible origen chino del mismo.
Y, efectivamente, se encuentra. El geógrafo Chu-ssu-pen (fi. 1311-1320), con el fin de poder determinar de modo rápido las distancias que separan dos puntos dados en el mapa o bien calcular superficies, tuvo la idea de añadir una cuadrícula que no implicaba en principio ningún sistema de proyección, pero que pudo ser utilizada indebidamente como tal puesto que hasta la latitud de ± 30° los errores cometidos eran relativamente pequeños si se la compara con la posterior de Mercator (1512-1594). Y buena parte de China y de Persia se encuentran incluidas en esa zona. La transmisión hacia Occidente de esta primitiva carta cuadrada plana —llamada así tradicionalmente— pudo correr a cargo de Marino Sanudo, Ruy González de Clavijo, Nicolo da Conti—uno de los principales informadores de P.P. de Toscanelli— o de cualquier otro de los múltiples viajeros, comerciantes y embajadores que a partir de la época mogola recorrían Asia.Por tanto podemos distinguir dos tipos de cartas: la china y la occidental. Estas últimas acaban predominando, al menos numéricamente, en los siglos XIV y XV; junto a las cartas italianas surgen las mallorquinas y una árabe, probablemente granadina, en un momento en que tanto la marina marroquí como la granadina estaban en pleno auge y los almirantes Ibn Kumasa e Ibn Salvador ponían en graves apuros a las flotas cristianas que querían señorear el Estrecho. De aquí la primera descripción árabe de una carta náutica dada por Ibn Jaldun (732 /1322- 808 / 1406) y que no sea exagerado suponer que, al igual como cabe atribuir a los vizcaínos el levantamiento de las costas del Cantábrico, haya que poner en el haber de los árabes de Occidente —granadinos y marroquíes— la reunión en un solo mapa de las costas del Atlántico y del Mediterráneo. Esto explicaría la distorsión de las escalas de leguas que existe entre las que corresponden a ambos mares. Así, cuando los mallorquines y los genoveses se lanzaron a descubrir Canarias tenían ya información previa facilitada por los propios árabes.Entre tanto en las cartas náuticas se introducían nuevos datos: Soler, en la de 786 / 1385, marca la indicación de sondajes descrita literariamente en el Compasso (cf. pág. 142); los primeros portugueses se independizaron pronto de los mallorquines aunque sus políticos no vacilan en embarcar a españoles, como Juan Faras (1500), para que hicieran experimentos a bordo acerca de la navegación astronómica que iba a terminar divulgando el sistema de hallar la latitud gracias a la observación de la altura del Sol a medio día. En todo caso, si se quería fijar la posición de la nave en alta mar había que proceder por estima o fantasía, dada la imposibilidad de fijar la longitud recorrida. Y, además, esas cartas debían tener dibujada la cuadrícula de longitudes y latitudes —eso ya lo intuyó P. P. de Toscanelli— que en el Indico se conocía desde mucho antes y, además, hasta las latitudes de ± 30º permitía trazar la loxodrómica sin excesivos errores. Probablemente en Occidente, antes de añadir la graduación en latitud de modo oficial, se sobrepuso a las cartas corrientes y más si se tiene en cuenta que los primeros intentos de determinar latitudes en el mar se realizaron desembarcando en la costa y tomando la altura del Sol o de la Polar desde tierra firma (c. 1456). Algo después los portugueses Pedro de Reinel (c. 1502) y Nicolás de Caveiro (1505) las introdujeron en sus obras y, muy posiblemente, durante el viaje de Magallanes el piloto español Andrés de San Martín añadiría las longitudes contadas desde Canarias de modo consecutivo: de 10 hasta 3600, con lo cual, las islas Malvinas, en cuyo descubrimiento estuvo presente, quedaron situadas entre 320°-321º al Este, que equivalen a 57°-58° al Oeste de Greenwich, y la latitud en unos 49° 30’ Sur (La guarda).Véase, pues, la mezcla de métodos —muchos de ellos árabes— empleados por los descubridores. Pero la confusión aumenta si pensamos en los siguientes versos de Ibn Mayid (fi. 903 / 1498):
Se dice que en los tiempos antiguos Buques cristianos llegaron a Madagascar. Que también alcanzaron la Nigricia Y la India, según refieren sus autores.
Hay textos árabes que no hemos aducido aquí que muestran la ininterrumpida tradición marinera de los gaditanos desde la Edad Antigua y que fue resumida por Pedro Bosch Gimpera con las siguientes palabras que, probablemente y leídos los versos que preceden, pueden hacerse extensivas a la época musulmana:
«Las navegaciones de los marinos de Cádiz continuaron y llegaron incluso más lejos que en el pasado. Lograron realizar de nuevo la circunnavegación de Africa en sentido inverso al que menciona Herodoto para el tiempo del rey Neco y que fue intentada luego por otros sin éxito. La navegación alrededor de África parece incluso haber llegado a ser cosa normal. Después del tiempo de Augusto se hablaba de los barcos misteriosos de Cádiz que recorrían las costas africanas de Occidente a Oriente para comerciar con Somalilandia y Arabia, viajes que, sin duda, habían sido organizados en un principio para evitar los impuestos de los Ptolomeos sobre las mercaderías procedentes de aquellos países. Eudoxo de Cízico, después del 102 de nuestra era, encontró la playa, al Sur del cabo Guardafuí, una proa de barco que creyó poder identificar con un navío gaditano que había naufragado en aquellos parajes. El mismo ensayó, a su vez, la circunnavegación saliendo de Cádiz y pretendiendo llegar a la India. Pero después de un primer viaje al sur de Marruecos, volvió a Cádiz, no habiendo logrado pasar más adelante, y al intentar de nuevo la aventura, ya no regresó.»












