Bodoc estuvo recientemente en Mar del Plata, invitada para participar de las jornadas de literatura infantil y juvenil que organiza todos los años la asociación civil “Jitanjáfora”. Aquí visitó escuelas, firmó ejemplares y se sorprendió del andar que tuvo esta compleja historia en el seno de las aulas. “Pasaron cosas impresionantes con este libro -dijo-. Vengo del colegio Illia, donde me trajeron montones y montones de libros para firmar. Y había un grupo que me pedía que pusiera debajo de la firma ‘Y después Vieja Kush (uno de los personajes centrales) repartió el pan’. Al cuarto o quinto libro pregunté ‘¿qué es esto?’ y ellos me dijeron: ‘Somos los viejakushenses’. ¡Y no sé quiénes son los viejakushenses!”.
-La punta del ovillo, y en esto me gusta ser absolutamente clara, fue la lectura de Tolkien (autor de “El señor de los anillos”), hecha muchos años atrás, lectura sin la cual jamás seguramente hubiese pensado o hubiese tenido las herramientas quizá para escribir “La saga de los confines”. El maestro inmediato, al menos en lo genérico es Tolkien. Uno lee a Tolkien y realmente se hace de una familia. Si te tengo que hablar del contenido de la saga me tengo que apartar de Tolkien y en cambio acercarme más a los escritores latinoamericanos, García Márquez, Rulfo y Alvaro Muti. De estas dos vertientes, la anglosajona y el contenido latinoamericano, nació la saga.
-Creó personajes entrañables en esta saga, por ejemplo Vieja Kush. ¿Cómo fueron apareciendo?
-Partieron, en realidad, de una familia original, estos husiwillkes, que son Vieja Kush con su hijo viudo y sus nietos. Este fue el germen a partir del cual se fue abriendo el árbol genealógico de la novela, de cualquier forma cada pueblo de la saga tiene un referente antropológico y sociológico histórico real, los husiwillkes son, con todo el cuidado que hay que tener, los mapuches. Los zitzahay son los mayas y los señores del sol los aztecas.
-Se nutrió de todo lo precolombino…
-De todo lo precolombino y de hecho la misma conquista de América, que es el disparador de la saga: estos dos mundos que se encuentran y que se combaten.
-¿Y la corriente musulmana, de la que usted es adepta, influyó en la historia?
-Yo no soy musulmana por herencia familiar, yo me convertí al Islam o abracé al Islam cuando ya era una mujer grande. Fue una elección de esta naturaleza y me parece que la saga está teñida de otros amores más primordiales, más viscerales, más de antes, por ahí lo musulmán aparece en otras novelas, aunque sí aparece en alguna medida la necesidad de la trascendencia, la necesidad de no terminar en la piel de uno, la necesidad de pensar que alrededor nuestro, que arriba, que abajo, que a los costados, que adentro y que afuera hay algo que nos nuclea y que nos aglutina y que de alguna manera nos supera porque nos tiene a todos, que lo podemos llamar Alá o Dios… en realidad, la trascendencia a mi me resulta indispensable para vivir.
-Justamente, la muerte está representada en el libro no de manera trágica.
-La presencia de la muerte es vertebral. A veces me dicen qué bueno pensar así (de una manera que no sea trágica), pero yo digo no, ojalá yo pudiera pensar verdaderamente así todo el tiempo frente a una tragedia familiar, me parece que la lucha es por intentar ver a la muerte como un paso natural y necesario para que la vida continúe, pero del dicho al hecho…
-¿Por qué es viudo el personaje central?
-Yo te voy a decir por qué es viudo: si leés toda mi obra, que no es tanta pero ya es bastante, creo que no vas a encontrar un solo hijo que tenga a sus padres, ninguno, nunca, porque yo no los tuve y no es que me jacte de mi orfandad. Pero te juro y se lo puedo jurar a cualquiera que tenga acá adelante que soy incapaz de imaginarme verosímilmente una familia con papá y mamá, no me sale bien.
-¿Es la impronta de su infancia?
-¿Por qué a los jóvenes les gusta tanto el género épico?
-La épica le propone al lector, de cualquier edad que éste tenga, un mundo completo por recorrer, pero completo significa, en realidad, incompleto. Uno tiene un mundo real y uno sabe que un mundo real por muy viajero que sea va a ocultar siempre montones de rincones, montones de lugares y con la épica nos pasa un poco lo mismo, tenemos un mundo muy conocido, muy recorrido pero no, pero no, sabemos que hay un montón de espacios misteriosos a los que nunca vamos a poder acceder y me parece que ahí se genera un interés particular.
-¿Ese gusto de la juventud por el género tendrá que ver con que es una etapa de muchos ideales y la épica se encarga de marcar dónde está el bien y dónde el mal y los pone en pugna permanentemente?
-Pero sí. Yo creo que indudablemente más allá de cualquier ingenuidad y más allá de que uno entienda la complejidad del mundo y que uno entienda que no hay un abracadabra para que en este preciso instante ningún niño en el mundo entero tenga más hambre, que sería lo lógico, más allá de que uno pueda entender, si es que se puede, que esto no es tan fácil de lograr, me parece que en el trabajo de muchos artistas hay como una profesión de querer que esto suceda alguna vez. Y en la saga hay un machacar en eso, porque debe ser que en algún lugar de mí misma creo que eso es posible.
-¿Le parece que es posible cambiar este mundo?
-Es posible cambiar este mundo y es posible deshacernos de injusticias tan, pero tan estruendosas, y de diferencias tan escalofriantes, porque no se trata de que yo tenga siete pulóveres y vos seis. Se trata de que vos tengas un imperio y que yo me caiga al piso por hambre, a mí eso me parece que es una realidad que se debe poder revertir.
-En ese sentido, la saga es una metáfora del mundo actual.
-Absolutamente y una metáfora del mundo soñado.
-¿Desde cuándo la persiguen estos ideales?
-Desde muy pequeña, eso sí.
-¿Los ideales se aprenden?
-La verdad es que estos ideales estuvieron en mi casa todo el tiempo, un abuelo cantando la Internacional, porque era socialista. Era un albañil siciliano. Y después mi papá también transitó toda una militancia de izquierda, con todos los errores que eso tuvo y que los tuvo y a la vista están, pero sin embargo la justicia social fue una constante en mi casa, eso de mirar al otro. Tenía 17 años cuando fue el golpe de Estado (de 1976). Mis hermanos me decían que yo eran una lumpen, más hippie que ellos, que eran militantes cuadros. Yo andaba con actores, con linyeras, con trasnochadores, mi mundo era más marginal. Esa cosa de la disciplina partidaria no me venía, no me caía en gracia. Por eso es que no llegué a ser nunca militante, en todo caso milité con mi trabajo literario.
-¿Se puede militar desde la literatura?
-La saga de los confines tiene mucha magia. ¿Cómo hizo para inspirarse viviendo en un mundo como éste, en el que uno podría apresurarse a decir que no tiene magia?
-Sí, pero uno se apresuraría. Me parece que sí la hay, que está resguardada, me gusta ser muy clara: la magia como todo tiene su versión malversada, tiene su versión peligrosa, incluso. Por ejemplo: yo no quisiera que un niño con apendicitis lo llevaran a un curandero y se muriera, no, que lo lleven al hospital. Yo hablo de la magia como pensamiento creativo, de la magia que es comprender otra dimensión de este mundo, otras conexiones. Yo quiero sacarme de encima, como te lo juro que me la saqué de encima, a la palabra casualidad, porque ya la vida me enseñó a esta altura que de verdad la casualidad no existe. Solamente un brujo es capaz de ver el entramado enorme y complejo que lleva de un lado al otro, pero para mi de verdad no existe.
-¿En qué momentos descubrió eso?
-Lo fui descubriendo en lecturas, muy especialmente en lecturas que me fueron acercando al chamanismo americano, pero también en el quehacer diario. Me pasó una cosa en mi casa en Mendoza cuando a mi hijo le estaba dando un ataque de neumotórax, mientras estaba en el subte de Buenos Aires, no una vez sino dos veces, el mismo día, un 24 de junio, a la misma hora. Y vos decís, “ché qué casualidad”. Y no, no, había cosas que yo tenía que ver de mi hijo y de la salud y había cosas que mi hijo tenía que ver de mi.
-¿Todas las vidas se rigen por estas conexiones?
-¿Por qué eligió la religión musulmana?
-Creo que por un movimiento de síntesis, yo le doy esa explicación. Mi madre, con lo poquito que la conocí, me dejo una fuerte herencia católica y mi papá es un ateo militante, como todo socialista. El dice “yo sé que Dios no existe”. Esa es su frase de cabecera. Frente a esos dos discursos muy pesados, porque el de mi mamá quedó como el discurso de un fantasma y por eso mismo muy poderoso, yo opté por una cosa que no fuera ni el catolicismo ni el ateísmo. Yo no puedo con el ateísmo, no puedo, me asustaría vivir sin la idea de Dios, no lo tolero, no puedo decirle “chau” a mi hijo que se va a Colombia sin decirle “chau y que Dios te bendiga hijo”. No puedo decirle “chau y que Marx te acompañe”. Como para no traicionar a ninguno o traicionar a los dos, si querés, me hice musulmana.
-¿Cómo es esta religión por dentro? El islamismo tiene mala prensa y sobre él pesa un gran desconocimiento.
-Es una religión monoteísta que, como cualquier otra, tiene una rama fundamentalista, si no ¿cómo llamás a la Inquisición? De esa rama muchísimos musulmanes mayoritariamente nos despegamos. Lo que pasa es que hay un discurso mediático apuntando a esos musulmanes que se inmolan. La musulmana es una religión muy de avanzada, por ejemplo al no tener fetichismo ninguno, al no poner imágenes. No hay más Dios que Dios, que no engendró ni fue engendrado, no tiene ni hijos, porque Mahoma no es hijo de Dios y Dios no tiene forma humana. Esto filosóficamente me parece un poco más avanzado (que en el Catolicismo). Porque los cincuenta mil santos hacen acordar mucho al politeísmo. Y respecto a la mujer, hay mucho qué hablar, mucho qué pensar y mucho qué ganar en estas instancias.




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