Francisco Bejarano/Diario de Jerez
El papa Gregorio XIII, famoso por su reforma del calendario juliano en el siglo XVI a instancias de los científicos, y que había sido legado en España, instituyó para hoy la fiesta del Triunfo de la santa Cruz en la batalla de las Navas de Tolosa. La Cristiandad había hecho gran duelo veinte años antes por la pérdida de Constantinopla, ganada por los invasores turcos, y quiso premiar la lucha de la nación española durante siglos para expulsar al África, su tierra natural, a la morisma invasora de Hispania. Los reinos infieles divididos (llegaron a ser 23, la envidia de los nacionalismos modernos), decadentes y arruinados, llamaron a los bereberes merínidas, los benimerines, última invasión norteafricana de la Península, para contener a los reinos cristianos en auge, unidos a Europa por el Camino de Santiago y en franco ascenso cultural y económico. Julio de 1212 fue el principio del fin de Al-Ándalus.Alfonso VIII ajustó paces con los príncipes cristianos viendo propicio el ir “contra una nación bárbara, que amenazaba continuamente con la extirpación del nombre cristiano.” No sólo los reinos de España se aliaron contra el moro, sino que los de Europa enviaron refuerzos al mando de señores principales y el Papa ordenó penitencias y rogativas, además de conceder las mismas indulgencias que a los cruzados, pues toda Europa estaba amenazada por una probable alianza entre los turcos, musulmanes no moros, y el islam de España. El propio Inocencio III participó descalzo en una procesión en Roma para dar ejemplo. Lo propio se hizo en numerosas ciudades europeas. Las naciones de Europa miraban a España con fe, pues “es dificultoso que haya otra en quien se haya manifestado el brazo de Dios, ni más benéfico para los suyos, ni más terrible para los enemigos de su santa religión y adorable nombre.”
El resultado de la batalla es conocido de todos: el desbaratamiento de las tropas africanas invasoras. Al final de aquel mismo siglo sólo quedó, aislado, superpoblado, ensangrentado por guerras civiles y en ruina económica, el reino de Granada. Grandísima alegría hubo en toda la Cristiandad y celebraciones solemnes y populares. Las campanas de ciudades muy alejadas del lugar de la victoria repicaron varios días. La imaginación feliz de la época había visto ángeles guiando a los ejércitos cristianos por atajos y vericuetos de Despeñaperros desconocidos para el enemigo. El arzobispo de Toledo, que participaba en la batalla, vio una gran cruz en el cielo que espantó a la morisma, y el obispo de Narbona a Santiago auxiliando a los suyos. Europa respiró en paz y se entregó segura a la construcción de las admirables catedrales góticas, a la fundación de monasterios que preservaran la cultura clásica y a gestar la derrota de los nazaríes, la confusión del turco y el triunfo del Renacimiento.



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