Marcos González Sedano/Identidad Andaluza
La ciudad empezaba a ocultar al Sol mientras los niños jugaban en la Plaza de la Concordia. Para mí sus sonidos: gritos, carreras y susurros, eran como una nana que, sentado en aquel banco de hierro fundido y mientras leía “El hombre que calculaba”, me llevaba hacia los brazos de Morfeo.
Somos fruto de las historias que nos cuentan a través de los años. Historias y sueños.
Recuerdo a José el hebreo, que interpretaba los sueños del Faraón. Yo también tuve mi sueño. Paseaba por la Plaza de la Encarnación cuando el Ángel Caído aun no había emponzoñado ese espacio de hormigón. La enfermedad me comía y las fieras que llevaba dentro salían al exterior para morderme donde más me dolía. Al sentir la primera dentellada, de la inmensa soledad de la plaza surgía junto a mi una cachorra de can que en posición agresiva gruñía a las fieras hasta que éstas, inexplicablemente, abandonaban el lugar. Entonces ella saltaba a mis brazos con una sonrisa de mujer.
Mientras los niños jugaban intentaba imaginarme cómo serían los sueños de los demás. Cómo explicar desde aquí, desde la opulencia, los sueños de los que cogieron el cayuco, la barca o la patera en busca de una vida más dulce y nunca llegaron. Cómo explicar desde aquí, desde la capital del reino de Andalucía, sin convertir el texto en un panfleto, cómo serán los sueños de los seiscientos veinte mil andaluces en paro. ¿Cuántas barcas, cayucos o pateras están varados en estos momento en nuestra tierra?
Los padres empezaban a recoger a los enanos al mismo tiempo que las bolsas de El Corte Inglés. La resistencia de los niños a irse se convertía en llanto.
La brisa de la noche empezaba a mecer las copas de los pocos árboles que quedan en esta ciudad. Yo intenté esa noche soñar que mi sueño era de ida y vuelta y que en un sueño colectivo pesaba más lo humano que la cuenta de intereses.











