4 Enero, 2009...10:23 am

NANA PARA UN SOLDADO ISRAELÍ

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Policia israeli Pedro J. García Cazorla/Identidad Andaluza

En el barrio antiguo de Jerúsalem un mendigo estrafalario me pidió un dólar, a cambio prometió revelarme el secreto del final de la guerra. Puse una moneda  en su mano, se quedó absorto, fingía un trance  con ademanes cómicos y dijo sólo dos palabras: sentir asco. Mi compañero le  fotografió, no le gusto, se fue farfullando una maldición en hebreo.

 

Llegué a esta ciudad en la víspera de la firma del Acuerdo de Paz entre Israel y Palestina, el próximo día uno de Enero de 2011. La cadena de televisión para la que trabajo, mandó un equipo de cinco personas, entre periodistas y reporteros gráficos. Las expectativas que este acuerdo había suscitado, eran inmensas y hasta los más escépticos ya hablaban de la paz definitiva y el fin de la violencia.

 

Algo parecía haber cambiado creíamos que en esta ocasión era posible. El odio el rencor producen cansancio y agotan, ahora podría ser el momento de terminar con todo esto, después llegaría el perdón.

 

Hace ahora algo menos de un año una filmación del ejército israelí se filtró a los medios. Mostraba como unos tanques se disponían a invadir la Zanja de Gaza, en las Navidades del año 2008, tras una incursión devastadora de la aviación. A poca distancia la silueta de cientos de edificios aún humeantes y destruidos, daba a las imágenes un vigor trágico y una verdad de estragos y dolor. Fue entonces cuando aparecieron en aquel descampado, cientos de niñas de muy corta edad y vestidas con sus uniformes colegiales, que huían despavoridas algunas de ellas en dirección a los tanques, que proseguían su marcha, nadie se explicaba que estaba pasando.

 

De pronto el  más adelantado de los tanques se detuvo, se abrió la escotilla y un soldado salto, fue corriendo hasta coger entre sus brazos a una de aquellas niñas. El cámara tomo un primer plano de ese momento, el militar que daba su espalda al objetivo, levantó la pequeña del suelo hasta que su cabeza reposó en su hombro, y aquellos ojos negros cambiaron en pocos segundos de expresión, del terror al consuelo de un abrazo. Aquel hombre  siguió andando hasta desaparecer entre la ruinas de la ciudad de Gaza.

 

Estas imágenes que no duraban más de tres minutos, se repitieron hasta la saciedad durante meses, eran ahora una especie de nuevo icono universal, como antes lo fuera el ataque a las Torres Gemelas. Sirvieron para terminara de pudrir  la mala conciencia de muchos y propiciaron la firma de este acuerdo, después tanta sangre derramada y una hostilidad que nunca tocaba su fin.

 

La historia de Laila, así se llamaba la niña que tomó entre sus brazos el soldado, ya era sobradamente conocida; estudiaba en una escuela de educación primaria cercana a la frontera con Israel que fue atacada por los aviones, las maestras la llevaran hasta el patio, donde una bomba derribó uno de los muros, salieron corriendo como en una estampida.

 

Benjamin Glusmaan, fue sometido a un Consejo de Guerra, al que no acudió para defenderse y expulsado del ejército por confraternizar con el enemigo, tratado como desertor y  traidor. Ahora una vez  rehabilitado, era una celebridad, el Tratado de Paz llevaría su nombre.

 

La prensa de todo el mundo lo andaba buscando, desde aquel mismo día permanecía desaparecido, todo eran especulaciones; unos decían que fue abatido por las milicias de Hamas, otros que vivía en Estados Unidos, ni tan siquiera su familia podía dar pistas sobre su paradero. Llegó a ser portada  de la Revista Time que tengo entre mis manos, mientras escribo en la habitación del hotel, me fijo y tiene una mancha azulada en su cuello, no parecía natural, era como el borrón de un tatuaje.

 

Tenía la sensación, que faltaba un parte de la historia por contar, que la desaparición de Benjamin Glusmaan, la dejaba abierta, expuesta a conjeturas y explicaciones inciertas.

 

Me vino a la cabeza el encuentro con el mendigo, tenía un presentimiento y le pedí al fotógrafo su cámara, era él, Benjamin Glusmaan. Esa mancha inconfundible en el cuello lo delataba. Pase más de tres días tras su rastro, recorriendo palmo a palmo Jerúsalem, no logre encontrarlo.

 

Aquellas dos palabras “ sentir asco “, eran suficientes, para que seguir buscándolo. La guerra, la destrucción terminó por qué alguien empezó a sentirse sucio a tener náuseas por lo que hacia, y ese sentimiento se contagio, terminó por propagarse como un virus y ya nada pudo detenerlo.

 

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