José Luis Navarro/Melilla Hoy
La conocida imagen del niño judío en el campo de exterminio nazi de Treblinka al que un soldado alemán apunta con su mauser me sigue causando tanta indignación y espanto, tanto desasosiego y perplejidad también, como la de ese otro en Gaza al que, con su sofisticado fusil, apunta un soldado israelí. La misma mirada terror en ambos, su misma angustiada pregunta al mundo: ¿Por qué? La mal llamada incursión del ejército israelí en la franja de Gaza llega a su fin, o al cierre de un capítulo de una historia interminable que, una y otra vez, volverá a repetirse. Un regalo de bienvenida a Obama, sin duda. ‘¿Ves -le dicen y dicen a todos los apáticos gobiernos de Oriente y Occidente- como no somos tan malos como el mundo nos pinta? Si hemos arrasado un pueblo, un país soberano, bombardeado sus casas, mezquitas, escuelas y hospitales sin importarnos que tras sus muros se resguardasen cientos de inocentes, es porque sospechábamos que entre ellos se ocultaba un miliciano. Es una buena razón, ¿verdad? Además, con ello sólo cumplimos con el histórico precepto sionista que es nuestra guía: expandirnos y aniquilar al vecino.’ Del Holocausto a hoy, de aquel asustado niño de Treblinka al asustado niño de Gaza, ha pasado más de medio siglo, pero por lo que se ve, por que estamos viendo, los mandatarios de Israel, ese otro tenebroso Reich, aprendieron de él cómo asesinar impunemente y desviar sus atrocidades a una justificada (sic) razón de autodefensa y limpieza étnica, precisas para crear la Gran Sión. Aunque las comparto, no son éstas palabras mías, sino de cientos de analistas, intelectuales o simples hombres de bien, que han ido volcando en los medios el repudio que tal actitud les provoca. Una actitud criminal y desproporcionada en la que la muerte de cuatro colonos judíos justifica la matanza, quema y heridos con armas vedadas por las Convenciones Internacionales de más de tres mil inocentes, por más que entre los muertos hubiera algún que otro combatiente, resistente diría mejor. Hoy en Gaza, entre los cascotes de sus arruinadas ciudades, hay enterrados 300 niños con pijama a rallas; niños idénticos, como lo son todos, al pequeño, inocente y asustado niño de la conocida novela de John Boyne, hecha película, que muchos hemos leído o visto. Niños cuyas historias no llegarán a las librerías y pantallas porque para contar o filmar su miedo y muerte no hay lobbies que lo patrocinen. Niños de los que, en poco, nos olvidaremos, porque nuestra conciencia occidental es tan lasa y está tan agobiada por ridículos problemas de acomodo que cualquier Champion tapará su recuerdo. Pero sus cuerpecitos fríos están ahí, bajo los cascotes de la masacrada Gaza. Y son 300 o más.

















“rayas”, por favor, con “y”, no con “ll”. Y ¿no querrá decir “laxa”, con “x”?
en que pelicula lloraste mas? ¿?