UN GRAFITERO EN MANOS DE LA INQUISICIÓN

Grabado de la Torre de la Inquisición en SevillaJ. Félix Machuca

 

No hay nada en la vida de Domingo Vicente que brille con la fuerza que irradian los personajes ineludibles. Es más: no sabemos mucho de su vida. Solo que, por vez primera, en el auto de fe de 1623 celebrado en Sevilla, se le castigó por profesar la religión mosaica. Soportó doscientos latigazos con tralla de cuero. Que recibió, uno tras otro, en brutal pago por abrazar un credo tan inoportuno en aquella Sevilla del Setecientos. Mario Méndez Bejarano, catedrático de Literatura y político sevillano (1857-1931) se hace eco de su existencia en la «Historia de la Judería de Sevilla”. Y lo describe como: “mulato berberisco de Sevilla».

 

No corrían buenos tiempos para la libertad religiosa. Un año más tarde, en un auto de fe que algunos consideran como el más solemne de los celebrados en España, muchos judaizantes se la tuvieron que ver con las severas autoridades de la Inquisición local. Fue sonado aquel auto de fe de 1624 porque, además de los hebreos, la Santa redujo a churrasco las carnes mortales de los «Alumbrados», secta local que tuvo en el padre Méndez uno de sus más activos valores. Además de estos católicos erráticos y desviacionistas merece la pena reseñar que el médico Antonio Fonseca, gallego o portugués residente en Sevilla, cayó en aquel ejercicio inquisitorial porque su delito fue «hacerse la barba a punta de tijera, recitar los salmos sin el “Gloria patri” y respetar el sábado…» Le cayó la perpetua, le confiscaron los bienes y le dieron sambenito.

 

Baste estos ejemplos para aproximarnos a oler la brutal chamusquina que despedía el aire viciado de una Sevilla en plena decadencia. Parece que se intentara ganar el cielo a costa de lo que la ciudad había perdido en los negocios de la tierra y del mar. Y cualquier fogata alimentada con la leña religiosa de alumbrados, mosaicos, musulmanes, brujos, hechiceros y trastornados mentales tuviera como fín el congraciarse con los mejores designios del cielo. La mínima aventura del mulato Domingo Vicente cobra toda su valiente dimensión inmersa en un escenario religioso tan intenso, convulso y mortal.

 

Lo que sabemos, como digo, lo refiere, en dosis homeopáticas casi, el erudito sevillano Méndez Bejarano que, hasta ahora, pese a la pezuña indomable del vandalismo, gozaba de glorieta vistosa y floreada en el Parque de Maria Luisa, aunque sin rotular. Bejarano sostiene que nuestro hombre no se corrigió con los doscientos furibundos cueros que le abrieron la piel de su espalda tras el auto de fe que lo condenó en 1623. Porque, tan solo dos años más tarde, vemos al tenaz mulato Domingo Vicente yendo del corazón a sus asuntos. Corría la noche del 27 de noviembre de 1625 y, con todo su coraje y reprimida rabia, se fue hasta la iglesia de San Isidoro, la que lucía frente a la calle de la Caza. Una vez allí, delante de sus muros, buscó sigilosamente un lugar apropiado para colgar su descarga religiosa. Se cercioró de que todas las esquinas de San Isidoro eran francas y libres de sombras sospechosas. Y desplegó un pasquín como, muchos años después, grafiterán en los viejos muros fabriles de la ciudad, los más bragados luchadores del mundo obrero, pidiendo justicia, libertad y salario para los trabajadores. Domingo Vicente no pedía nada de eso en el pasquín que ahora comenzaba a desenrollar con una mezcla precisa y reconfortante de ansiedad y satisfacción. El papel decía: «Viva Moisés y su ley, que lo demás es locura».

 

¿A qué exponerse de ese modo en una Sevilla que mandaba a galeras al primero que le hiciera ascos al tocino? ¿Obraba el mulato con autonomía propia o, por el contrario, formaba parte de una secta criptomosaica que respondía así, clandestinamente, a la presión insoportable de una religión intolerante? ¿Era esclavo o liberto? ¿Si era esclavo y obraba por su cuenta y riesgo, por qué sabía escribir, por qué andaba en disputas religiosas? ¿Aprendió a escribir, a leer y a orientarse en los vericuetos exigentes de la ley mosaica en Sevilla, quizás en casa de sus amos? ¿Eran sus amos judíos y, por tanto, benefactores ocultos del valiente mestizo que solo desempeñaría en el escenario el papel de agente activo? ¿Y si era un hombre libre, un descendiente de morisco, que vengó el rencor de los de su raza tras la limpieza étnica de la Alpujarra, saboteando la noche de las iglesias sevillanas con exaltaciones de la ley mosaica?

 

Encierra la vida indescifrable del mulato Domingo Vicente todo los arcanos de la época, de la condición hebrea y de la Sevilla que se empecinó, de la mano de la Inquisición, en seguir cualquier pista, verdadera o falsa, que la llevara a la caza del marrano. A Domingo Vicente lo esperaron otra noche. Otra noche en la que el mulato, empujado por su fe o su rabia, o por ambas cosas a la vez, se decidió a firmar otra locura. Y la firmó la noche siguiente a aquella otra en la que colocó en la iglesia de San Isidoro su Viva a Moisés…Lo estaban esperando. Las cuatro esquinas de la iglesia no estaban francas. La noche se había cubierto de sombras aunque el judío no las viera. Cuando Domingo Vicente fue a colocar otro pasquín para el escozor de la Sevilla católica, lo prendieron y hubo forcejeos, gritos y postillones de puertas que se descorrían. Fue condenado a permanecer durante una hora con «la mano derecha levantada y arrimada a la pared con una argolla, sobre un tablado que debía levantarse a la puerta de la iglesia donde había cometido el delito». Luego le cayeron cuatro años de galeras. Y una perpetua en la cárcel donde, quizás, en alguna de sus paredes, volvería a escribir un Viva a Moisés…

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