1 Julio, 2009...12:22 pm

UNA LECCIÓN DE GEODESIA EN EL LIBRO DE ROGER

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Al-Idrisi

Al-Idrisi

Mario Ruiz Morales*

 

La obra más conocida de al-Idrisi es el Libro de Roger, un tratado de geografía descriptiva dedicado al rey normando de Sicilia Roger II, su protector. El contenido del mismo, de sobra conocido entre el reducido grupo de los especialistas, presenta algunas singularidades que no han sido suficientemente divulgadas: el protagonismo cartográfico del citado rey y el globo terráqueo de plata que mandó construir son dos ejemplos sobresalientes. La confección del modelo espacial de la Tierra no es una cuestión baladí si se piensa que a esas alturas de la Edad Media no estaba aceptada universalmente su esfericidad, permaneciendo aún el recuerdo de que, siglos atrás, era declarado hereje el que defendiera semejante despropósito. El artículo que aquí se presenta trata, precisamente, de subsanar esa desinformación, incidiendo sobre todo en las aportaciones geodésicas del geógrafo ceutí, que aunque limitadas forman parte de la historia del conocimiento de nuestro planeta.

Es probable que el interés de los primeros eruditos musulmanes por la Cosmografía se despertara con la lectura del Corán, ya que desde sus primeras redacciones recomendaba la necesidad de observar el cielo y la Tierra para encontrar en ellos pruebas a favor de su fe. La relación de esa rama del saber con la práctica de su religión era también evidente, pues gracias a ella se podía determinar el mes del Ramadán, las horas de sus oraciones y la Qibla(1), es decir la dirección en que se debía encontrar la Kaaba en la Meca. Las fuentes documentales en que se apoyaron en un principio fueron los textos procedentes de Babilonia, India, Egipto y, sobre todo, los griegos de Hiparco y Tolomeo. Hay una imagen curiosa que debe considerarse como la representación alegórica de la citada recomendación. En ella aparece un cielo azul oscuro salpicado de estrellas blancas, además de la Luna llena con rostro de mujer y partido en dos por uno de sus diámetros. El cuadro astronómico presenta también dos cumbres montañosas, una en primer término de color verde y con abundantes flores y otra más atrás de tono rosáceo. En su frontera aparecen cuatro personas expectantes con turbante, por encima de otros cinco, vestidos al uso musulmán, situados al pie de la primera y cuyo protagonista principal es precisamente Mahoma. La cabeza del profeta figura envuelta por una aureola de fuego, señalando con los dedos índice y corazón de su mano derecha la Luna. La alegoría se hace aún más patente cuando se contempla el velo que cubre el rostro de tan sagrado personaje, que dificultaría en gran medida su observación lunar y la pretendida división de nuestro satélite.

Mahoma dividiendo la Luna

No obstante, el estudio sistemático de la Cosmografía no empieza a hacerse patente hasta la creación de la Casa de la Sabiduría (Bayt al-Hikmah) en Bagdad, por iniciativa de su califa Abd Allah al- Mamun; siendo allí en donde se realizó el primer mapamundi(3) entre los años 813 y 833. La Institución, que contaba con una buena Biblioteca, se transformó con el tiempo en una Escuela de Traductores, siendo permanentes las versiones árabes de las obras de autores tan clásicos como Euclides, Aristóteles, Arquímedes, el ya citado Tolomeo, y Apolonio. Las traducciones fueron realizadas tanto por eruditos cristianos y paganos, como por los propios sabios musulmanes. En ese mismo periodo se construyeron, contando con el mecenazgo de al-Mamun, dos observatorios principales: uno en Bagdad, anejo a la Casa de la Sabiduría, y otro en las proximidades de Damasco. Los astrónomos(4) no tardaron en lograr excelentes resultados que les permitieron mejorar los previos de Tolomeo y corregir las coordenadas astronómicas de las estrellas por los efectos de la precesión equinoccial, buena muestra de ello son las tablas que al-Farghani añadió a sus Elementos de Astronomía en el año 848 y el gran catálogo estelar formado por el al-Battani en el periodo comprendido entre los años 880 y 881.

Es evidente por tanto que las propias necesidades religiosas obligaban al estudio de la Geodesia, puesto que sin ella no se podían conocer con exactitud las coordenadas geográficas de la Meca y del Mihrab de las mezquitas, que habían de construir, para así obtener la qibla; obviamente daban por supuesta la esfericidad terrestre, un asunto nada baladí pues en el oriente cristiano habían llegado a tildar de hereje al que osara defenderla. En cualquier caso sus inquietudes científicas fueron mucho más allá de la praxis religiosa, ya que muy pronto abordaron la difícil cuestión de medir la Tierra, y más concretamente su perímetro, siguiendo la metodología griega; una mezcla de operaciones topográficas y astronómicas puesta en práctica antes y después del gran Eratóstenes de Cirene, aunque sea él el más conocido por sus mediciones entre las ciudades egipcias de Siena y Alejandría.

Precisamente fue durante el califato de al-Mamun cuando se efectuaron las observaciones más señaladas, a ese respecto, tanto a propósito de las convencionales medidas de grado como con ocasión de las novedosas medidas del horizonte sensible efectuadas desde lugares de altitud conocida. Todo apunta a que fue entonces cuando se calcularon por primera vez, de manera más fiable, las coordenadas geográficas de la Meca y cuando se realizaron varias mediciones de un grado de meridiano en el desierto de Sinjar, entre los ríos Tigres y Eúfrates, para validar los cálculos efectuados por los griegos. El desarrollo del arco se evaluó mediante cuerdas debidamente alineadas sobre un terreno plano y sensiblemente horizontal, mientras que la amplitud angular del mismo, coincidente con la diferencia de latitudes de sus extremos, se determinó probablemente observando las alturas meridianas del Sol en tales puntos, o bien obteniendo en cada uno de ellos la altura del Polo sobre el horizonte.

Las unidades lineales empleadas, en esos primeros trabajos geodésicos de la Edad Media, fueron el farsakh, de origen persa (equivalente a unos 5916 m), la milla árabe y el codo; la milla tenía 4000 codos y tres de ellas se correspondían con el farsakh. No obstante hay que recordar la falta de acuerdo al fijar el valor métrico de tales unidades. Sirva de ejemplo el codo negro (≈54.04 cm) introducido justamente en Bagdad por al-Mamun, bien diferente del antiguo codo babilónico de 49.3 cm. Consecuentemente, el valor del desarrollo del grado terrestre, y por ende el del radio de la Tierra y el de su perímetro, dependerá de la fuente consultada, aunque la cifra de 56 2/3 de milla se base aparentemente en las primeras(5) mediciones efectuadas en el siglo IX; son varias las obras que respetan el valor anterior: al-Farghani, al-Hasib y al-Biruni, entre otros. Finalmente se estimó que la longitud asignada a la circunferencia máxima de la Tierra, a su perímetro en definitiva, era de 22422 millas; cometiendo un error próximo al 3.6 %, similar al de Eratóstenes, pero mucho menor que el 30 % de Posidonio, luego transmitido por Tolomeo.

La brillante actividad geodésica desarrollada en el califato tuvo una prolongación, no menos destacada, merced a la ingente labor del gran al-Biruni, el mayor genio de la civilización musulmana junto a Avicena. Gracias a él se midió en el siglo XI el radio de la Tierra por un procedimiento tan ingenioso como novedoso, tras desechar, por falta de apoyo, el intento de hacerlo de acuerdo con el canon tradicional. En su conocido Tahdid explicó con todo detalle el método seguido: cálculo trigonométrico previo de la altura de una montaña, seguido de la medida de la depresión del horizonte sensible observado desde su cumbre. Los resultados logrados, según él, fueron parecidos a los obtenidos en la época del califa al-Mamun, aunque acto seguido aceptase que aquellos fueron más ajustados a tenor del instrumental empleado. La magnitud del radio de La Tierra dado por al-Biruni fue de 12851369 codos, resultando 224388 para el grado; un valor equivalente a 56 millas, de ahí que resultasen un total de 20160 para la circunferencia de la Tierra. Digamos a modo de conclusión de esta breve aproximación cronológica, que en tiempo de al-Biruni la cosmografía árabe estaba en todo su apogeo, integrando en sus textos la literatura, los relatos de viajes y hasta consideraciones filosóficas. Ese ambiente tan proclive para el desarrollo del conocimiento científico fue en el que se educó al-Idrisi, de forma que si a ello se le une su innegable talento y sus dotes de observación, el resultado no podía ser otro que su brillante obra.

Idrisi en la corte de Palermo

Abu Abd Allah Muhammad al-Edrisi, o simplemente al-Idrisi, debe ser considerado con todos los merecimientos, el mejor cartógrafo andalusí, ya que aunque naciera en Ceuta (ca.1100) su bagaje intelectual lo adquirió en Córdoba y su familia era malagueña y de ascendencia real(6), de hecho su bisabuelo fue rey de taifas en Málaga con el nombre de Edris II. La elección de la capital de al-Andalus fue la mejor de las posibles, pues aunque ya no tuviese el esplendor de cuando era la capital del califato si conservaba todavía su importante legado(7), una herencia que continuaría vigente durante la estancia de Idrisi y se haría aún más rica, años después de su llegada, con las aportaciones de Muhammad ibn Rushd (Averroes) y de su alumno Musa ibn Maymun (Maimónides). Finalizada su estancia en la península emprendió diversos viajes, que le permitieron solidificar sus conocimientos geográficos y adquirir una visión del mundo de primera mano. Pronto logró el prestigio suficiente como para ser envidiado y hasta perseguido, aunque quizás estribase ahí el éxito al que estaba llamado. En efecto, el rey Roger II de Sicilia no tardó en ofrecerle su protección (en torno al año 1138 o 1139), aunque sea obligado reseñar que su mecenazgo no era del todo altruista, ya que es probable que el rey pretendiera apoyarse en él para facilitar así sus pretensiones de conquistar al-Andalus, como había hecho con algunos enclaves norteafricanos.

Sea o no cierta esa posibilidad, lo que si es seguro es el interés de aquel rey normando por la ciencia, el propio Idrisi llamó la atención acerca de los instrumentos metálicos con que contaba para calcular la latitud y la longitud. Roger lo puso al frente de un equipo encargado de hacer la recopilación de la información geográfica necesaria como para hacer un mapa del mundo, acompañado del correspondiente texto descriptivo. Su título, un tanto poético, fue Nuzhat al-musthaq fi´khtiraq al-afaq(8), aunque el mismo Idrisi prefiriera el más breve de al-Kitab al-Rujari (el Libro de Roger). El trabajo que debió ser ímprobo, a tenor de los más de quince años que duró, se le presentó al rey en el mes de enero del año 1154, justo unos meses antes de que falleciera. No obstante, Idrisi siguió al servicio de su hijo y sucesor Guillermo I, para el que compuso, al parecer, una obra aún mayor, de la que solo se conservan fragmentos. Cerca del final de sus días Idrisi regresó a suciedad natal, falleciendo allí en 1165.

El Libro de Roger es en realidad un manual de geografía descriptiva en el que se da cuenta de un mundo dividido en siete climas, cada uno de ellos se subdividió, a su vez, en diez secciones. Los textos abarcaron los aspectos culturales, físicos, políticos y socioeconómicos de todas las regiones(9). El libro se iluminó con 70 mapas regionales, en los que se aprecia una clara influencia, prácticamente exclusiva, de aquellos que fueron atribuidos a Tolomeo. Asimismo se ilustró el original con una bello mapamundi circular centrado en la Meca y dibujado de acuerdo con una especie de proyección acimutal, rodeado todo él por un océano periférico, fiel reflejo del río amargo dibujado siglos atrás en Babilonia. S. Maqbul Ahmad (Cartography of al-Sharif al-Idrisi)(10) hizo una relación de los manuscritos conservados, de entre los cuales me permito destacar uno, sin mapas, realizado en Almería durante el año 1334, que se encuentra depositado en la Biblioteca Nacional de Francia (M. S. Arabe 2222. Suppl. MS. Arabe 893) y que fue usado por P. Jaubert para hacer la primera versión francesa del libro de Roger (Géographie d´Edrisi); ese ejemplar tiene la particularidad de tener como anexo, en sus dos últimos folios (236-38) un texto de al-Biruni (Tarikh al-Hind).

El estudio de la Tierra en el libro de Roger

Aunque el contenido del libro de Roger sea conocido por el reducido grupo de especialistas, se ha divulgado sobre todo su componente meramente descriptiva(11), en detrimento del estudio global de la Tierra, que figura igualmente tratado en tan importante obra, la mejor geografía de la Edad Media (empleando la terminología actual). El estudio geodésico de la Tierra se aborda en el prólogo, que comienza de acuerdo con las directrices del Islam, esto es alabando a Alá y a su profeta: “En el nombre de Dios el Clemente y el Misericordioso. Que Dios bendiga a nuestro señor Mahoma y a su familia…Alabado sea Dios, que es grande y poderoso”. Idrisi, que no poseía sólidos conocimientos astronómicos, se limita a dar una versión demasiado simplificada y religiosa de esa ciencia, considerándola como un simple hecho milagroso, estas fueron sus palabras: “

 

Entre sus milagros, ha creado los cielos y la Tierra. En cuanto al cielo, repujó sus límites, ordenó sus partes y lo embelleció con las estrellas; él colocó la Luna y el Sol, dos maravillas que iluminan la noche y el día, y nos informan mediante su curso de la sucesión de las épocas y de los siglos”.

De la Tierra si ofreció una visión mucho más detallada, aunque llena de poesía, afirmando que Dios colocó las montañas en su lugar, hizo brotar el agua, concedió los bienes terrenos y guió a los hombres, por mar y tierra, por caminos fáciles y difíciles. Más adelante añadió que las cualidades humanas como potencia, sagacidad, organización, voluntad y decisión son solo un reflejo de la potencia divina.

Lógicamente, el prólogo dedicó un espacio considerable a subrayar las virtudes del rey normando: “súbdito del imán de Roma y de la religión cristiana, superior al emperador de Bizancio por la extensión y el rigor de su poder”. Según al-Idrisi a su fuerza espiritual y moralidad, unía la claridad de sus juicios, la solidez de sus opiniones, sus dotes de organización y su perspicacia. No obstante, la manifestación más interesante es la que hace referencia a los conocimientos científicos del rey: “En cuanto a las ciencias matemáticas o aplicadas que conoce, no tiene límites, sobresaliendo en cada una de ellas”. Tampoco deja de citar al-Idrisi su faceta de diseñador instrumental: “Inventor e innovador excepcional de instrumentos como ningún otro rey”, para añadir a continuación “No obstante, si tuviéramos que describirlos y enumerarlos, quedaríamos atónitos ante las maravillas por él inventadas, ya que su significado es tan milagroso como su potencialidad ¿Pero quien ha llegado hasta el final contando los granos de arena?”.

Idrisi pone de relieve, acto seguido, una prueba más de las inquietudes intelectuales de su protector, ya que mostró especial interés por conocer con suficiencia y exactitud todos los territorios que gobernaba, basándose para ello en informaciones fiables y debidamente verificadas. Quería saber, concretamente, los límites de sus reinos, sus rutas marítimas y terrestres, el clima en el que se situaban, sus mares y sus golfos. Igualmente pretendía tener constancia de que países se encontraban en cada uno de los siete climas previstos por los autores clásicos(12). Conviene hacer en este momento un paréntesis para aclarar algo más la cuestión de los climas, espacios con un significado geométrico preciso: la zona esférica limitada por dos paralelos consecutivos. Su límite superior lo situó al-Idrisi enlas proximidades del Círculo Polar Ártico, siguiendo así las ideas de los geógrafos griegos(13). El primer clima llegaba al paralelo de 18º de latitud, el segundo tenía una amplitud de 9º y alcanzaba por tanto los 27º de latitud. El tercero era el comprendido entre el paralelo anterior y el de 34º 30´ de latitud, el cuarto llegaba al paralelo 40. El quinto tenía una amplitud latitudinal de 5º, es decir que alcanzaba el paralelo 45, el sexto llegaba hasta los 53º de latitud y el último a los 64º.

El paréntesis lo cierra la decisión real de recabar información geográfica enriquecedora y complementaria de la que pudieran proporcionar las fuentes documentales con las que ya contaban en su corte. Este es el relato de al-Idrisi:

Al comprobar la situación de estancamiento, hizo averiguaciones en todas las ciudades para hacer venir a los hombres experimentados en la materia y con hábito viajero. Después les pidió información, por medio del traductor correspondiente, uno a uno. De lo que parecía seguro por sus relatos, tomaba nota y de lo contradictorio hacia caso omiso. Ese proceso de recopilación duró alrededor de quince años, sin interrupción alguna, sin dejar de estudiar esa disciplina y sin dejar de investigar hasta llegar a la verdad. De inmediato quiso asegurarse de la exactitud de los datos concordantes, a propósito de la latitud y de la longitud de los diferentes países”.

De la importancia que tuvo ese trabajo de recopilación da idea la serie de cifras que se aportan: más de 4000 topónimos urbanos, cerca de 440 nombres de detalles hidrográficos (ríos y lagos) y otros cien con los que identificar detalles orográficos (montañas y picos aislados). Sin embargo, contando la totalidad de los nombres citados en el libro resultan una cantidad todavía más alta, superior a 5000. Casi el 58% de los topónimos se localizaron en los tres primeros climas, los más meridionales, y en el extremo oriental del cuarto. La imposibilidad material de verificar tan ingente información se vio reflejada en la existencia de muchos errores, achacables principalmente a la prisa con que se hizo la captura de los topónimos. La subjetividad del procedimiento también queda de manifiesto en las numerosas calvas que se observan y en las abundantes confusiones.
A continuación entra el relato en una fase especialmente interesante, pues se hace evidente la faceta cartográfica del rey Roger y la confección de un globo terráqueo, un hecho muy singular y casi excepcional en la literatura árabe conservada, en la que si figura todo lo relativo a los globos celestes. El globo es el posible origen del conocido mapamundi centrado en la Meca y que ilustra la mayoría de los manuscritos de esta obra de al-Idrisi. Para dar mayor rigor al trabajo, el rey

se procuró un tablero para dibujar un mapa y comenzó a verificar, poco a poco, los datos con la ayuda de un compás de hierro y teniendo en cuenta las observaciones extraídas de las fuentes documentales y de las informaciones verosímiles proporcionadas por los viajeros; prestando su atención a ese conjunto de datos hasta que se establecía la verdad. El ordenó entonces que se fundieran para él una esfera precisa, grande e inmensa de plata pura. Ella pesó cuatrocientas libras italianas, cada una de las cuales equivale a ciento doce dirhams. Cuando estuvo hecha, el rey ordenó a los artistas que grabaran una representación de los siete climas con sus condados y sus países, sus costas y sus campos, sus golfos y sus mares, sus cursos de agua y la desembocaduras de sus ríos, las zonas habitadas y las zonas desérticas, todas las rutas frecuentadas que conectaran entre si los diferentes territorios, con las distancias en millas, los itinerarios frecuentados y los fondeaderos conocidos. Todo ello de acuerdo con el modelo que Roger había proporcionado a los artistas, sobre el tablero en que había dibujado el mapa. Nada dejaron de lado y llevaron a buen término esa realización y la representación, conforme a lo que él había trazado para ellos”.

Tanto el mapa como el globo terráqueo no eran más que el soporte plástico del proyecto, pues casi al mismo tiempo se fue preparando el pertinente texto descriptivo, contando igualmente con la participación directa y la supervisión final del propio rey. Su contenido debía ser multidisciplinar, ya que además de dar a conocer las características de las diferentes regiones y tierras del mundo habitado, se tendrían que estudiar:

la naturaleza orgánica e inorgánica, los lugares, su configuración, sus mares y sus montañas, las distancias, los espacios cultivados, las cosechas, las construcciones y sus clases, las especialidades y las disciplinas que se practicaban, los productos fabricados que se vendían, las mercancías que se exportaban e importaban, las maravillas propias de cada zona. En todos los casos se debería comentar el clima en que se encontraban tales cosas y hacer la descripción de sus habitantes, su apariencia, sus costumbres, sus vestidos y sus lenguas. Finalmente el rey ordenó que su título fuese: “Entretenimiento para los que desean recorrer el mundo”, lo que se hizo en el transcurso de la primera década de enero, que corresponde al mes de shawal del año 548 H (1154)”.

Idrisi terminaba el párrafo anterior afirmando que en todo momento obedeció las órdenes del rey y siguió sus grandes líneas maestras. Hacia la mitad del prólogo de nuevo se refiere al-Idrisi a la Tierra, no solo para tratar de su figura y de su centralidad, como ya hizo Tolomeo en su celebrada Geografía, sino también para hacer unos interesantes comentarios sobre su campo gravitatorio y magnético, aunque evidentemente no empleara esa terminología:

Nosotros decimos que del discurso de los filósofos, de los sabios ilustres y de los que observan los cuerpos celestes, que la Tierra es redonda como una bola y que el agua se adhiere a ella y permanece quieta sobre su superficie gracias a una estabilidad natural que no experimenta variación alguna. La tierra y el agua se localizan firmemente en el espacio como la yema está en el huevo y su posición es central. El aire les rodea por todos lados y los atrae hacia los cuerpos celestes o les repele. Dios es el que sabe más sobre la verdad de tales hechos. La Tierra está instalada permanentemente en el centro de los astros celestes en razón de la gran velocidad de estos últimos. Todos los cuerpos creados están sobre la superficie de la Tierra. El aire atrae a los ligeros, mientras que la Tierra hace lo propio con los pesados, con la misma fuerza que el imán atrae el hierro”.

La descripción geodésica y geofísica de la Tierra se complementa con el texto en el que se refieren sus dimensiones. Si el nivel de los conocimientos astronómicos de al-Idrisi era bajo, el de los geométricos no era mucho más elevado, a tenor de los datos tan disparatados que aportó, llegando a suponer que el desarrollo del grado terrestre podía ser del orden de las cien millas, cometiendo así un error relativo, por exceso, superior al sesenta y cinco por ciento; no deja de ser sorprendente que no estuviera al tanto de que cientos de años atrás se había fijado el valor anterior en unas sesenta millas. Otra muestra palpable de la debilidad de sus conocimientos geodésicos es la afirmación, repetida, que hizo acerca de que Tolomeo eligió como origen de longitudes y de latitudes las Islas Canarias, cuando obviamente midió las latitudes desde el ecuador. Es evidente por tanto que el equipo redactor del libro de Roger consultó pocas fuentes y desde luego no las más adecuadas, así han de considerarse las referencias indias, no concretadas, por al-Idrisi y por supuesto la medida efectuada por el personaje mitológico(15). He aquí la traducción de lo que escribió, a ese propósito, el gran geógrafo ceutí:

La Tierra está dividida en dos partes separadas por la equinoccial que la corta de Este a Oeste: es allí en donde la longitud de la Tierra es la línea más larga que existe en una esfera, al igual que el zodiaco es la línea más larga que existe en los cuerpos celestes. El largo de la Tierra a nivel de la línea equinoccial se divide en 360 grados, midiendo cada grado veinticinco parasangas(16), cada parasanga doce mil codos, cada codo veinticuatro dedos y cada dedo seis granos de cebada ordenados y colocados uno junto al otro. Si se sigue su equivalencia, la circunferencia de la Tierra mide ciento treinta y dos millones de codos, es decir once mil parasangas. Tal es el cálculo de los indios. Pero a partir de que Hermes midiera esa circunferencia, y de que la dividiera en partes de mil millas, tendría treinta y seis mil millas, o doce mil parasangas. Del equinoccio a cada polo, se cuentan 90º, midiendo cada grado un tanto de lo que ya se ha dicho”.

Inmediatamente después describe al-Idrisi el ecumene, siguiendo las pautas establecidas por los filósofos griegos:

Sin embargo, la Tierra habitada se extiende 64 grados a cada lado del equinoccio, mientras que el resto es desierto, a causa de la intensidad del frío y del hielo. La totalidad de la población habita en la parte septentrional del globo: En cuanto a la parte meridional, que está por debajo del equinoccio, no está habitada ni explotada a causa de la intensidad del calor que existe de continuo. Las aguas de allí se secaron y los animales están ausentes, al igual que las plantas por la falta de humedad. Los animales, como las plantas, no pueden, en efecto, vivir sin agua ni humedad“.

De nuevo incide al-Idrisi sobre la figura de la Tierra al hacer su descripción global:

La Tierra es esencialmente redonda, pero no con una redondez perfecta, ya que sobre su superficie existen depresiones y elevaciones, discurriendo las aguas desde los puntos más elevados hacia los más bajos: El océano circundante recubre la mitad de la Tierra, sin solución de continuidad, siguiendo su forma redonda, de modo que solo aparece una mitad de la Tierra. Su aspecto se parece por tanto al de un huevo metido en el agua contenida en un recipiente. De la misma manera, la mitad de la Tierra está en el mar y rodeada del aire que atrae y rechaza esos dos elementos como ya quedó dicho”

La descripción de los climas sigue también el patrón marcado en la antigua Grecia:

La parte habitada de la Tierra fue dividida por los sabios en siete climas, cada uno de los cuales se extiende de Oeste a Este, paralelamente al equinoccio, y siguen líneas que no son naturales, pero si delimitadas y establecidas gracias al conocimiento de los astrónomos. En cada clima hay un gran número de ciudades, de plazas fortificadas, pueblos y gentes que no se parecen entre ellos. Se encuentran además altas montañas, llanuras que se extienden hasta el infinito, fuentes, cursos de agua, lagos que se estancan, minas, plantas y animales diversos. Más adelante detallaremos esas cuestiones, con la ayuda y el sustento de Dios. Esos siete climas están atravesados por siete mares, llamados también golfos. Seis de ellos se comunican entre si, solo hay uno que se encuentra aislado”.

La penúltima parte del prólogo se centra en la descripción sucinta de esos mares y golfos, dando asimismo su extensión. En primer lugar se refiere al mar de China, India, Sind y del Yemen; situando su comienzo por encima del ecuador y a 13º de latitud, su extensión la fijó al-Idrisi en 4500 parasangas: “De ese mar de China deriva el golfo verde que es el golfo pérsico y de al-Ubiulla. Se extiende de Norte a Sur. Este mar mide 440 parasangas…Tiene una profundidad entre 70 y 80 codos y cuenta con nueve islas, habitadas o desiertas, de las que hablaremos más adelante, con la ayuda de Dios que sea alabado”. Llama poderosamente la atención que se haga mención de la profundidad en una época en la que la preocupación por la correcta evaluación del relieve, marino o terrestre, era un asunto de importancia menor. El texto de al-Idrisi continuaba en los siguientes términos:

De este mar de China deriva también el golfo del mar Rojo: comienza en Bab al-Mandab, allí en donde termina el mar de la India. Se extiende hacia el Norte, inclinándose un poco hacía el occidente…Mide 400 millas y la mayor parte de su fondo está cubierto de bancos de arena sobre los que encallan los barcos… El segundo mar vasto, conocido con el nombre de mar de Siria(17), tiene su origen en el Océano Tenebroso(18) que está al occidente. Comienza en el cuarto clima, en donde toma el nombre de Mar del estrecho de Gibraltar, porque su anchura es de dieciocho millas. La distancia de Tarifa a Algeciras(19) es de dieciocho millas igualmente…prosigue a lo largo de Palestina…hasta llegar a al-Suwidiyya, el extremo de este mar. La costa se curva enseguida hacia el Oeste, y el largo mar de la zona de Antioquia comunica con el estrecho de Constantinopla, al cruzar la península del Peloponeso y Obrante, en donde empieza el golfo de Venecia. Desde allí continua hacia el estrecho de Sicilia, la zona de Roma, Savona y Narbona; sigue a lo largo de los Pirineos(20), después hacia el oriente, al-Andalus y enseguida hacia el Sur de la península…la longitud del Mediterráneo, desde uno a otro extremo es de mil ciento treinta y seis parasangas.”

Como ha quedado dicho, al-Idrisi hizo suyos muchos de los mitos que se habían ido transmitiendo de generación en generación. Uno que aún llama la atención es el relativo a la formación del estrecho de Gibraltar, que indirectamente atribuyó a Alejandro Magno, restando así protagonismo al mismo Hércules. La descripción pormenorizada de tan singular acontecimiento geológico la realizó al comienzo del texto que dedicó a la sección primera del cuarto clima, indicando que el conquistador macedonio proyectó la conexión entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo, cuando este era un lago aislado; en la descripción señala que él mismo había visto con sus propios ojos uno de los diques que habían sido construidos a tal efecto. Refiriéndose a Alejandro, manifestaba al-Idrisi lo siguiente:

“El hizo venir artesanos e ingenieros para que se establecieran en el lugar del estrecho, que entonces estaba en tierra firme. Les ordenó medir su nivel y el de la superficie de cada uno de sus mares. Estos comprobaron que el nivel del mar mayor era un poco superior al del Mediterráneo. Se trasladaron las localidades del borde del Mediterráneo, desde abajo hacia arriba. Alejandro ordenó, a continuación, que se quitase la tierra que separaba Tánger de al-Andalus, y que se prosiguiera con ese desmonte hasta alcanzar las montañas más bajas. Allí, se construyó sin dificultad un dique de piedras ligadas con cal, de una longitud de doce millas, distancia igual a la que separaba los dos mares. Enfrente, es decir del lado de Tánger, se construyó un segundo dique, de manera que la separación entre los dos fue de tan solo seis millas. Cuando se acabaron las obras, se continuó desmontando del lado del mar más alto, hasta que el agua, por su pendiente y fuerza natural, pasó entre los dos diques y entró en el Mediterráneo. Se produjo entonces una inundación en el transcurso de la cual se destruyeron varias de las ciudades situadas en las dos orillas y un gran número de sus habitantes perecieron ahogados, ya que las aguas se elevaron alrededor de once codos por encima de los diques. La construcción del lado de al-Andalus, es todavía perfectamente visible, durante las mareas bajas, en el lugar llamado al-Safiha(21). Ella se extiende en línea recta y al-Rabi la midió. Nosotros hemos visto con nuestros propios ojos y hemos marchado a todo lo largo del estrecho sobre esta construcción, que los habitantes de la península llaman al-Qantara(22) y cuya mitad está a la altura del lugar denominado Hajar al Iyyal(23), sobre la costa. En cuanto al dique que se encuentra del lado de Tánger, como las aguas pasaron por encima excavaron el terreno que se hallaba detrás. El agua se extendió por tanto hasta las montañas de los dos lados.

La longitud de este estrecho, conocido con el nombre de Zuqaq(24) es de doce millas. En su extremo oriental, se ve la ciudad de Algeciras y del lado occidental la de Tarifa, enfrente a la cual, sobre la orilla opuesta, se encuentra Qasr Masmuda. Enfrente de Algeciras, sobre la misma orilla, está la ciudad de Sabta(25), a dieciocho millas de distancia. Entre Tarifa y Qasr Masmuda, la distancia es de doce millas. El flujo y reflujo tienen lugar dos veces al día en este mar, y ello constantemente, por la voluntad del que es todo poderoso y sabio”.

La descripción de los mares la culmina al-Idrisi con la de los dos que derivan del Mediterráneo y con la del mar Caspio. El primero es el golfo de Venecia (mar Adriático) con una longitud estimada de mil cien millas. El segundo tiene su origen en el estrecho de Abydos (“El ancho de este último en su embocadura es de un tiro de piedra”). La longitud asignada desde allí hasta su extremo más remoto se cifró en mil trescientas millas. La última descripción, realizada en esta parte del prólogo, se refiere al mar aislado de Jurjan y de Daylam, “bordeado al Este por la tierra de los turcos(26), al Norte por el país de los Khazars, al Oeste por Azerbaiyán…”. Su longitud es de mil millas y su anchura es de seiscientas cincuenta millas.

Idrisi finaliza el prólogo esbozando las líneas maestras del índice del Libro, con estas palabras:

Hemos terminado la descripción sucinta del aspecto de la Tierra, de su división en climas, y la de sus mares, de los que hemos fijado su principio, final y extensión, así como la de los países y pueblos que los bordean. Vamos a comenzar por tanto a describir los siete climas, las regiones, los pueblos y las maravillas que contienen. Mencionaremos los reinos que se encuentran, las rutas y las vías, las distancias en parasangas, millas y jornadas de navegación. Describiremos sus ríos, la profundidad de sus mares, las costumbres de sus habitantes, sus desiertos, con toda claridad y con precisión en los detalles, con una aplicación y celo extremos. En Dios reside el éxito, el sostén la fuerza y el poder“.

El colofón del prólogo se recrea en contar las excelencias del soporte cartográfico del libro, que por su interés(27) se transcribe íntegramente:

Cuando hemos querido dibujar el emplazamiento de las ciudades en los climas, sus rutas, y las gentes que las habitan, hemos dividido la longitud de cada clima en diez secciones delimitadas a lo largo y a lo ancho. Para cada sección dibujamos las ciudades, los distritos, los cultivos para que el observador vea lo que se le escaparía a su vista o entendimiento, o los lugares a los que no podría llegar, porque las rutas no podrían llevarlo o porque las gentes se oponen por su diferencia. La percepción visual de la gran cantidad de imágenes con que contaba aseguraba la verdad de lo que se avanzaba. Los setenta dibujos no tienen en cuenta los dos extremos de la Tierra que son, de una parte el límite del ecumene al Sur, ya que en gran parte es un desierto a causa de la intensidad del calor y de la falta del agua, y de otra parte el límite del ecumene al Norte, porque es en gran parte un desierto a causa de la intensidad del frío. Gracias a lo que mencionaremos y describiremos, el observador contemplará en las ilustraciones las zonas evocadas, su verdadero emplazamiento y su forma real. Pero les quedaría por conocer las características de los reinos, la apariencia externa de sus gentes, sus cualidades y sus vestidos, las rutas y los caminos en millas y en parasangas, las maravillas de los países a partir de los testimonios de los viajeros, sus relatos y los textos que aportaron. Es por ello por lo que hemos creído bueno el recordar después de cada ilustración lo que es necesario y conveniente al emplazamiento que corresponda en el libro, a tenor de los conocimientos disponibles y de los lugares. Dios es el que ayuda y el que no tiene otro señor“.

 

* Ingeniero Geógrafo del Estado/Universidad de Granada y Real Sociedad Geográfica

 

NOTAS:

 

1 La Qibla es realmente el acimut del arco de círculo máximo formado por el observador y la Meca. Su cálculo analítico es un sencillo ejercicio de trigonometría esférica, en el que los vértices del triángulo son los dos puntos anteriores y el Polo terrestre. Los datos de partida son las coordenadas geográficas del observador y de la Meca.

2 La imagen es una acuarela que ilustra un libro persa de profecías (Falnameh. Pp: 73-74), datado a finales del siglo XVI, que llegó a Viena en torno al año 1700, durante la guerra con los turcos. El supuesto milagro de dividir la Luna en dos (creciente y menguante) es atribuido a Mahoma; comentándose la cuestión en el Corán, verso 54: 1-2. Entre algunos musulmanes existe la creencia de que la Luna volverá a dividirse cuando llegue el juicio final. El manuscrito es uno de los llamados Tesoros de Dresde (Saxon State Library: From Faraway Lands)

3 Otra de las aportaciones cartográficas de la Casa de la Sabiduría fue la reducción de la longitud del Mediterráneo, realizada por al- Khawarizmi, la cual se fijó en 52º en lugar de los 62º que propuso Tolomeo.

4 El apretado resumen cronológico de la astronomía musulmana sería incompleto si se deja de citar una obra maestra titulada El libro de las estrellas fijas, cuyo autor fue Abd al-Rahman al Sufi, ilustrado con bellas láminas de las constelaciones y acompañado de tablas estelares en las que se incluyeron tanto coordenadas como magnitudes. Otro ejemplo que conviene traer a colación se sitúa en la Córdoba califal, un centro de irradiación cultural análogo al que surgiría luego en Toledo, que llegó a eclipsar al célebre de Bagdad. No obstante, el representante más genuino de la astronomía de al-Andalus fue sin duda al-Zarqalluh o Azarquiel, el cual pasó a la posteridad por sus famosas tablas, preparadas por encargo del rey de su Toledo natal. Las tablas son conocidas con el apelativo de toledanas por haberse elegido como meridiano de referencia el de aquella ciudad.

5 De la trascendencia de esas operaciones da idea el hecho de que tuvieran que pasar más de 600 años para que se realizaran en Europa medidas similares a las ordenadas por al-Mamun. 6 Idrisi pertenecía a la familia de los Hamudíes, de ahí que también fuese conocido con el sobrenombre de al-Sharif (el Noble).

7 Recuérdese por ejemplo, que la Biblioteca del califa al-Hakan II contenía, al parecer, decenas de miles de volúmenes.

8 Una posible traducción podría ser la siguiente: El placer de los que desean viajar a través de las regiones del mundo. En el año 1192 apareció una versión simplificada y corregida de su obra, conocida como el pequeño Idrisi.

9 La principal aportación del Libro de Roger, con relación a las obras homólogas previas, es la inclusión de la descripción de Europa, una circunstancia que lo convierte en la primera geografía europea. De hecho se editó en el año 1999 una versión parcial del mismo con un título bien elocuente: Idrisi, la première géographie de l´Occident. (G. F. Flammarion)

10 The History of Cartography. Volume Two. Book one. Cartography in the Traditional Islamic and South Asian Societies. The University of Chicago Press. 1992.

11 Un botón de muestra es la traducción al español que hizo Antonio Blázquez en el año 1901: La Descripción de España por Abu Alla al- Edrisi; sobre la cual me voy a permitir hacer unos breves comentarios. Es sorprendente que la imagen literaria que ofreció de la ciudad de Granada, al-Idrisi, fuese tan simple y pobre, en comparación con las del resto de las poblaciones relevantes del Sur de al-Andalus: «Esta villa está atravesada por un río llamado Darro. En medio corre el río de la nieve, que se llama Genil y que tiene su origen en la cadena de montañas llamadas Salair o montañas de la nieve». Una posible explicación podría ser la de su conocimiento personal de ciudades como Almería, Córdoba o Málaga, de las que si canta sus excelencias. No obstante, parece obligado hacerse preguntas tales como ¿No conocería Granada? ¿No habría recabado información suficiente sobre la misma? ¿Le pesaría demasiado el agravio sufrido por su padre, cuando se tuvo que refugiar en Ceuta tras conquistar Málaga el rey de Granada? Creo que no es muy aventurado suponer que las difíciles relaciones de su familia con los monarcas granadinos pudo mediatizar su pensamiento, evitando cualquier tipo de alabanza, aún siendo conocedor de todos sus encantos, bien por sus visitas, si es que las hizo como a tantos otros lugares de la península, o por los relatos de viajeros, a los que tanto recurría.

12 Idrisi aprovecha la ocasión para citar los autores en que se apoyaría después para hacer su descripción actualizada del ecumene: al-Masudi (Libro de las Maravillas), el astrónomo al-Masudi, Claudio Tolomeo, Orosio y el granadino ibn Said al-Maghribi, entre otros.

13 Las medidas que se indican se obtuvieron a partir de los mapas regionales del Libro de Roger y de un supuesto conocimiento de las latitudes citadas por Tolomeo en su Geografía. Sin embargo los anchos de los climas son diferentes de los que figuran en el pequeño Idrisi y de los propuestos en su momento por al-Khawarizmi: 16º 27´, 7º 33´, 6º 22´, 5º 38´, 5º, 4º, 3º y una zona ártica hasta el paralelo de 63º. El pequeño Idrisi presentaba además la novedad, con relación al grande, de incluir un octavo clima al Sur del Ecuador.

14 Idrisi, al contrario de lo que hizo Tolomeo en su Geografía, no incluyó en su texto descriptivo ningún listado con la posición geográfica de las ciudades más señaladas. De hecho J. S. Trimingham afirmó que en el Kitab no se dan las coordenadas astronómicas de ciudad o montaña alguna.

15 Otra posibilidad, menos negativa para el geógrafo, es que mencionara a Hermes en sentido metafórico, tratando de personificar en él a los geómetras egipcios y griegos, que observaron, midieron y calcularon diferentes magnitudes relacionadas, de una u otra forma, con la figura y el tamaño de la Tierra.

16 La parasanga era una medida itineraria de origen persa, cuya equivalencia decimal puede cifrarse en 5250 metros. Su relación con otras medidas lineales antiguas depende de las fuentes consultadas: variando entre los 30 y los 60 estadios. Una parasanga de 40 estadios equivalía exactamente a la milla romana, siempre que el estadio en cuestión tuviese 125 pasos geométricos. La parasanga de kilómetro y cuarto tenía por tanto 250 metros menos que la legua castellana.

17 Mediterráneo, Bahr al-Shami.

18 Idrisi hace referencia evidente al Océano Atlántico, conservando el concepto de río amargo y periférico que envolvía la imagen del mundo que ofrecieron los babilonios. La tenebrosidad se extendió siglos después a todo el Mar Mediterráneo, a tenor de los mapas casi místicos que dibujó el monje, de la corte de Avignon, Opicinus de Canistris. Idrisi recogió en su obra imágenes mitológicas, que desplazó hacia la periferia, en contraposición con la fidelidad del centro. Ejemplos al respecto, son los hombres sin cuello de Noruega, el país fétido, el valle misterioso y sobre todo las naciones de Gog y Magog, encerradas tras las puertas de Alejandro; estos últimos personajes figuraban aún en el Atlas de Cresques (1375).

19 Jazirat al-Khadra, la isla verde.

20 Rabat al-Burtat “La montaña de los puertos”.

21 La calzada.

22 El puente.

23La roca del ciervo.

24 La callejuela.

25 Ceuta.

26 Ard al-Aghzaz.

27 El mapa fue desde luego el punto de partida de esta obra. Aunque su fiabilidad geométrica no fuera suficiente como para poder medir ángulos y distancias sobre el mismo, si proporcionó un precario soporte geodésico y astronómico con el que se consiguió dar una idea de la imagen global del supuesto mundo habitado. En el siglo XIX K. Miller hizo una composición cartográfica muy meritoria pero con importantes defectos: deformación ostensible en el cálculo de las longitudes, que le daba al mapamundi (Tabula Rugeriana) un aspecto demasiado rectangular. Ese hecho, que puede explicar la singularidad de que costas, ríos y cadenas montañosas se dibujaran a lo largo de los paralelos, no es más que la herencia de las imágenes previas de Tolomeo: su ecumene medía 180º de largo, casi un 23% más de lo debido, por 63º de ancho. La imagen presentaba también una clara desorientación hacia el Este, a causa de las malas determinaciones de la latitud efectuadas por los astrónomos griegos. Es claro por tanto que al-Idrisi hizo caso omiso de las reducción de 10º de al- Khawarizmi, o bien no la conocía. Un mapa más acorde con la realidad ha sido publicado recientemente (1999) en la obra ya citada: Idrisi, La première géographie de l´Occident, una reedición de la traducción realizada por Jaubert, e impresa entre 1836 y 1840. El mapa, realizado por E. Leéis, H. Brésc y A. Nef, está dibujado usando la proyección cilíndrica y directa de Mercator, su escala es demasiado pequeña pero es legible.

 

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