Félix García Gámez*
Los estudios de los padrones que sobre la población mudéjar se hicieron a finales del siglo XV-durante los años inmediatamente anteriores a la conversión forzosa, demuestran que la población mudéjar tenía una escasísima importancia demográfica en el conjunto de la población de la Andalucía Bética.
Las cerca de 400 familias mudéjares que habitaban la Andalucía Bética suponían un exiguo 0,5 por ciento de la población total, concentrándose fundamentalmente en los ámbitos urbanos. Así, en este período final, las aljamas existentes eran: Palma del Río, Córdoba, Priego de Córdoba, Archidona, Sevilla, La Algaba y Écija. Sin embargo, conviene señalar que la aljama más numerosa, la de Palma del Río, nació en la segunda mitad del siglo XIV con la llegada de mudéjares procedentes de la zona burgalesa de Gumiel de Izán, y la siguiente en importancia,la de Priego de Córdoba, apareció alrededor de 1485, al instalarse musulmanes granadinos de Montefrío. También las de Ecija yArchidona corresponden a la llegada de granadinos. Esta población mudéjar estuvo sometida a condiciones de marginalidad legal, aunque quizá menos desde una perspectiva social, ya que su escaso peso poblacional y las actividades económicas que desarroban no originaron actitudes de rechazo por parte de los cristianos, no existiendo prácticamente conflicto. Los oficios a los que se dedican los mudéjares eran casi todos de carácter urbano, destacando la construcción (alarifes y albañiles), seguida de la carpintería (sobre todo la relacionada con la construcción), la tesanía textil y del cuero, del hierro, el pequeño comercio y los servicios», siendo escasas las referencias a hortelanos o labradores (aunque muchos de ellos tenían en propiedad o en arriendo alguna huerta o viña en el extrarradio de las ciudades). Estas actividades permitían a los mudéjares llevar una vida humilde, aunque modestamente desahogada. Podemos hablar, por lo tanto, de una integración social, aunque no cultural, de los mudéjares.
Entre 12 y 14 de febrero de 1502 se pregonó en la Andalucía Bética la expulsión del Reino de Castilla de todos los musulmanes que no se convirtieran al cristianismo. Esta medida fue consecuencia directa de la grave revuelta que se produjo en el Reino de Granada entre 1499 y 1501. No fue en rigor un decreto de expulsión, ya que ésta era la pena que se impondría a aquellos mudéjares que no quisieran convertirse. En cualquier caso, los mudéjares de la Andalucía Bética no se vieron soprendidos por la medida, pues en los últimos años se habían hecho más severas las medidas de segregación (intentos de concentrarlos en las aljamas), de control y vigilancia. Prueba de ello fue el padrón realizado en abril de 1501 en Sevilla y el recuento y posterior secuestro de los bienes de su mezquita por orden de los Reyes Católicos. La conversión fue previamente pactada entre la Corona y los mudéjares sevillanos, que obtuvieron de esta manera una serie de garantías en lo que se refería a contratos, sucesiones, matrimonios y otros asuntos. Ignoramos la reacción de los mudéjares ante el decreto de conversión, pero es bastante probable que la gran mayoría se convirtiesen sin poner objeciones. A partir de ese momento se planteó la necesidad de una asimilación cultural y religiosa total y sincera, concretada en una serie de prohibiciones de costumbres (atuendos, sacrificio de animales para la alimentación, lengua, etcétera) y prácticas religiosas.
La llegada de los moriscos granadinos tras la guerra
El período que abarca los años que van entre el decreto de conversión y el levantamiento morisco en el Reino de Granada de 1568, prácticamente no nos ha dejado evidencias sobre la población morisca. Sólo podemos señalar que los moriscos andaluces siguieron las mismas pautas descritas para la etapa mudéjar: exigüidad demográfica, quizá debida al envejecimiento -hasta la casi completa desaparición-, mantenimiento de un modo de vida urbano y actividades mayoritariamente artesanales. Esta situación cambió al llegar a las tierras de la Andalucía del Guadalquivir una parte importante de los granadinos que fueron expulsados durante el levantamiento de 1568-1570. En total, los moriscos que se establecieron en la región fueron unos 20.000. El plan inicial de expulsión de los moriscos granadinos estaba concebido en tres fases: primera, de reunión y agrupamiento de los moriscos en sus localidades de origen y, luego, en núcleos señalados para tal efecto; segunda, de envío de grupos muy numerosos hacia Albacete y Sevilla, por tierra y por mar; y tercera, de dispersión por Castilla con el fin de alejarlos lo más posible de la costa mediterránea y del Reino de Granada. Este plan se fue abandonando debido a las dificultades materiales para su ejecución, las condiciones climatológicas-un temporal en el Mediterráneo impidió los trasbordos-, y la precipitación con que se llevo la deportación de los moriscos. Esto último obligó a las autoridades locales; como el concejo sevillano, a improvisar medidas para repartir y vigilar a los recién llegados en los núcleos de población, atender a los enfermos en los hospitales, buscarles una ocupación y velar por su conversión.
La primera oleada de exilados se produjo entre mediados de 1569 y mediados del año siguiente. Unas doscientas familias se asentaron en la ciudad de Jaén y su término. A Córdoba llegaron más de mil.
De mayor magnitud fue la diáspora que se inició a finales de noviembre de 1570 y que podemos dar por finalizada un año más tarde. En el Reino de Jaén, los contingentes mayores se instalaron en la capital (2.255), Úbeda (1.000), Baeza (2.000) y Andújar (800). En Alcalá la Real el número de inmigrantes forzosos fueron unos 1 .000 y en Martos, 1.500. Una buena parte estaba formado por esclavos, muchos de ellos niños. AI Reino de Córdoba llegaron más de 12.000, de los cuales más de 7.000 continuaron camino hacia Extremadura. La distribución de los restantes fue, por orden de importancia del grupo, 3.825 en Córdoba v su campiña, 2.000 en Priego y su tierra v no más de 500 en el norte del reino. De esos más de 6.000 moriscos asentados en Córdoba, un tercio aproximadamente eran esclavos. De los 11.500 moriscos que salieron por mar desde Almería v Vera desembarcaron en Sevilla a finales de noviembre de 1570 unos 5.500. Los restates se perdieron entre naufragios, enfermedades y otras vicisitudes de la travesía. Ya en los primeros días de estancia en la capital hispalense escaparon unos 1.200, quedando según el recuento de las autoridades, unos 4.300. En Sevilla se instalaron unos 3.000 y el resto repartidos por los pueblos de su jurisdicción, formando pequeñas comunidades de 40 a 150 individuos. También hay constancia de la llegada de moriscos granadinos a Carmona y Écija.
El largo trasiego que habían sufrido los moriscos granadinos provocó que muchos de ellos llegaran a su destino en un estado lamentable, extenuados y enfermos. Entre los Ilegados a Sevilla se propagó el tifus y muchos de ellos, gracias a la protección de los padres jesuitas, fueron hospitalizados. La enfermedad y la pobreza no les facilitó una buena acogida y en algunas ciudades trataron de desembarazarse de ellos. No es de extrañar que el balance de muertes fuera alto.
Todavía a las autoridades les quedaba la preocupación de la distribución final de los moriscos en el territorio y su movilidad. La distribución no les pareció satisfactoria, al estar demasiado concentrados en las grandes ciudades andaluzas y encontrarse todavía cerca de las costas mediterráneas y de los Reinos de Granada y Valencia, lo cual posibilitaría su huida. A finales de noviembre de 1571 se hizo público un edicto por el cual varios miles de moriscos, quizá unos 10.000, fueron obligados a abandonar Andalucía con destino hacia la Meseta. Esta nueva redistribución corrigió en parte la realizada el año anterior, pero aún quedaron grandes comunidades moriscas en Sevilla y Córdoba, consideradas por las autoridades reales como potencialmente peligrosas. Al mismo tiempo, se produjo el regreso clandestino de granadinos a sus lugares de origen, sobre todo desde los núcleos cercanos al Reino de Granada, en particular desde Jaén.
,A ello se añadía que las autoridades locales intentaron durante toda la década evitar la marcha de los moriscos alegando razones económicas. Las actividades productivas de los recién llegados se asemejaban a las del período mudéjar, aunque con algunas diferencias. En primer lugar, muchos moriscos se vieron abocados a trabajar por cuenta ajena en oficios poco cualificados como mano de obra barata, tanto en el campo como en las ciudades, con un aumento de las actividades de servicio doméstico y esclavitud. Su situación económica era bastante pobre, aunque se conocen casos de moriscos que, con el tiempo, consiguieron mejorar, establecerse por su cuenta y comprar pequeñas fincas. Otros, incluso, alcanzaron cierta relevancia en el comercio, sobre todo en Córdoba. En general, son escasos aquellos que se dedicaron a la agricultura, mientras que la mayoría continuaron ejerciendo sus tradicionales actividades artesanales, aun cuando encontraron fuertes obstáculos por parte de las organizaciones gremiales autóctonas.
La política de asimilación que se puso en marcha tenía como objetivo la absorción de las comunidades moriscas y descansaba en dos presupuestos básicos: el estricto control ejercido por las autoridades locales y el relevante papel de la iglesia en el adoctrinamiento religioso.
La Iglesia promulgó en 1571 una Instrucción para los moriscos en la que se percibe una doble faceta de adoctrinamiento y control: obligación de los curas de confeccionar padrones de los moriscos de su parroquia y vigilar las actividades de sus feligreses, por si aparecían desviaciones; necesidad de nombrar clérigos que les enseñaran la doctrina cristiana; multas por la falta de asistencia a misa; y, por último, severo control de la administración de la eucaristía. Estas medidas se reforzaron posteriormente, en 1586 y 1609. Fuera del ámbito meramente eclesiástico, la sociedad civil también tenía la obligación de ayudar al adoctrinamiento de los granadinos. Así se constata en las normas de reparto de las autoridades sevillanas, en las cuales se recurrió al sistema de la encomienda, ya conocido en América, según el cual el morisco hospedado por un cristiano trabajaría para él a cambio de recibir instrucción cristiana. Igualmente se comprueba en la obligación de los propietarios de niños moriscos esclavos a bautizarlos y educarlos en el cristianismo.
La sociedad cristiana adoptó posturas contrapuestas ante la presencia de los moriscos granadinos. En conjunto, la aristocracia y los grupos oligárquicos les mostraron su apoyo y defensa, motivados por intereses económicos. Por el contrario, los artesanos y los trabajadores no cualificados veían en ellos rivales que les podían hacer la competencia en el plano laboral. Por su parte, los moriscos manifestaron una aparente recepción al proceso de aculturación, presumiblemente ficticia, y se mantuvieron, sobre todo en los núcleos urbanos, fuertemente cohesionados. Ejemplos de esto último fueron la endogamia matrimonial, la constatación por fuentes inquisitoriales del uso de la lengua y so -brenombres arábigos y la persistencia en las prácticas religiosas islámicas. El fracaso en el adoctrinamiento llevado a cabo por la Iglesia se observa también en la reiteración de instrucciones por parte de las autoridades eclesiásticas durante todo el periodo.
En este ambiente no debe extrañar que la convivencia entre cristianos viejos y nuevos estuviera marcada por una tensión profunda difícilmente larvada, caracterizada, de una parte por la sospecha continua de sedición -en ocasiones infundada- y de otra por la esperanza de liberarse del yugo castellano, maxime cuando las relaciones entre los moriscos y el Imperio Turco y sus correligionarios berberiscos habían sido rotas. Puntos álgidos de esa tensión fueron la falsa noticia de regreso al Reino de Granada de los hermanos Lorenzo y Melchor Berrio, moriscos granadinos afincados en Toledo, que removió las esperanzas de los exilados, y los brotes de bandolerismo morisco en las comarcas de Úbeda y Sevilla.
Pero el suceso más grave fue el intento de levantamiento de junio de 1580, rápidamente abortado por las autoridades castellanas. Fue este un complot urdido en Sevilla, con ramificaciones en Córdoba, Écija, Jaén y otras ciudades andaluzas y dirigido por Fernando Enríquez, también conocido como Fernando Muley, que preveía un desembarco procedente de Berbería. En caso de fracaso, los conspiradores pensaban huir a Portugal o a las montañas de Granada con el fin de pasar al norte de África. Las autoridades militares no le prestaron mucha atención y no fueron muy graves los castigos para los cabecillas. No obstante, la población morisca padeció las consecuencias en sus bienes y personas. Aumentó, asimismo, la vigilancia y el recelo que sobre los moriscos se tenía. La inquietud de los cristianos les llevó a sospechar, seguramente sin fundamento, de inminentes estallidos de revuelta y conspiración en 1581, 1596 y 1598.
La expulsión
Las tensiones entre ambas comunidades culminaron con la publicación del bando de expulsión definitiva de los moriscos andaluces el 10 de enero de 1610. Ésta no fue tan dramática como la realizada en Valencia, ya que constituían una minoría dispersa, en su mayoría no sujeta a señores y, salvo casos especiales, poco lesiva a grandes intereses económicos. Los moriscos andaluces ya conocían de antemano cuál iba a ser su suerte y estaban resignados. Salieron unos 30.000 moriscos de Andalucía. Con respecto al bando dado en Valencia, existían dos diferencias sustanciales: primero, podrían vender libremente sus bienes, excepto los raíces, y con el beneficio adquirir el dinero para el viaje y mercancías no prohibidas para comerciar; la segunda diferencia concernía a los menores de siete años de edad, que deberían ser abandonados por sus padres, si viajaban a territorio cristiano, para continuar así con su adoctrinamiento en España. Esto último obligó a algunos a dar un gran rodeo por Francia para llegar a sus destinos en Berbería o a renegociar con los patrones de los barcos para que les llevasen a Berbería. Los puertos de embarque principales fueron Málaga y Sevilla, y su destino las tierras norteafricanas, en particular Marruecos y Túnez, donde ya existían importantes colonias andalusíes procedentes de anteriores diásporas y cuya llegada resultó muy beneficiosa para su desarrollo económico.
Los efectos negativos en Andalucía se acusaron en aquellas localidades con mayor densidad de población morisca. En el ámbito económico se perdió una mano de obra laboriosa y barata. Sin embargo, Domínguez Ortiz señaló que fue en Andalucía donde permanecieron más moriscos, ya fuera por la gran extensión de la esclavitud, ya fuera por las peticiones de los concejos municipales de eximir de la partida a su población morisca, alegando motivos económicos, ya fuera porque demostraron estar sinceramente cristianizados.
*IES «La Mojonera», Almería
















