Carlos de Urabá/Identidad Andaluza
Con todas las fuerzas de mi alma deseaba resucitar, encontrar un alivio a tantos años de desolación. ¿Qué podía hacer? Me dediqué a tomar cañas y cubatas en los bares los fines de semana a ver si entre alucinaciones se me aparecía la virgen. Pero tras el éxtasis naufragaba siempre en la maldita resaca.
Mi trabajo en la fábrica era insoportable, todo el día como un autómata apilando cajas, una tras otra, horas y horas en la misma rutina. ¿Qué remedio? Luego, al salir por la tarde, me iba deprisa con dirección al metro con unas ganas locas de llegar a mi piso en el barrio de Aluche.
Yo era un hijo más de los suburbios de Madrid donde mis padres emigraron desde un pueblito de Andalucía en busca de la redención. Parece mentira pero en ese entonces llegaron a la capital con una mano delante y otra atrás ¿Qué más se podía esperar de una familia de gañanes y jornaleros del campo? No eran los únicos pues hacían parte de una gran oleada de desterrados procedentes de las regiones más deprimidas de España.
Estaba con la soga al cuello: las deudas, la hipoteca del pisito de 30 metros cuadrados más todas las responsabilidades; papeles del banco, los servicios, cuentas y más cuentas. Y si uno no se porta bien, embargado y santas pascuas.
Realmente necesitaba evadirme y desconectar por completo con la realidad. Ya no podía aguantar un minuto más este limbo de asfalto y de cemento.
El invierno apenas comenzaba y el único consuelo que tenía era acurrucarme en el sofá y ponerme lo más cerca posible de la estufa de butano abrazado a mi almohada, mi fiel amante. Cruel castigo para los solterones empedernidos. Sin el calor de una mujer, lo único que calmaba mis instintos básicos era devorar bocatas de calamares con pimientos fritos, ah, sin olvidar la clásica litrona, por supuesto. Por culpa de la gula había engordado tanto que ya casi pesaba 90 kilos.
En mi desesperación, llené mi biblioteca de los libros más dispares con el afán de hallar una filosofía salvadora que aliviara mi desasosiego: de Herman Hesse pasando por Khalil Gibran hasta el famoso Paulo Coelho. Pero con tantas preocupaciones no lograba sacarle jugo a ninguna obra. Apenas leía unas páginas y aburrido, me sentaba frente a la tele. Echado en el sofá tomaba el mando a distancia y cambiaba una y otra vez los canales en un vano intento por elevarme a los cielos. No habían más que malas noticias: La economía se va a pique y la amenaza de la recesión se ciñe sobre Europa. ¡Vaya titulares! Lo más jodido: los cuatro millones de parados. Qué desgracia ¡cuatro millones! Y encima debía darle gracias a Dios porque al menos yo tenía un puesto de trabajo, mal pagado pero al fin y al cabo un puesto de trabajo, casi un tesoro para los tiempos que corren.
Mi angustia existencial me traía por la calle de la amargura. Quizás si me tirara a las vias del metro sería solución más rápida para librarme de este maldito yugo. Aunque me resultaría humillante claudicar sin dar la pelea y consumar la venganza.
El fin de semana, pasaron por la tele un reportaje sobre esos tipos que se van de peregrinos al Camino de Santiago. ¡Increíble! Recorrer a pie cientos de kilómetros sólo para ir a arrodillarse ante la tumba del apóstol de España. Esos sí que es tener fe. No estaría mal unirme a ellos a ver si me gano el cielo. Pero viajar por el norte con el frío que hace. ¡ni de broma! En el fondo añoraba la vida primitiva y salvaje, siempre deseé convertirme en un campesino o un cabrero por los campos y montañas. Quizás sería feliz con un zurrón, pan, queso y vino ¿Quién sabe? Al final todo se quedaba en meras ilusiones pues de puro cobarde no me atrevía a saltar al abismo.
¿Huir al sur? claro, a la tierra de mis padres, donde la sangre bulle, en procura del sol que bronceé este cuerpo pálido y mortecino. ¿Y si visitara a mis familiares en Casabermeja, allá en la sierra de Málaga?. Hacía años que no sabía nada de ellos ¿se acordarán de mí? Rompemos las amarras que nos atan a nuestros seres queridos y en el momento menos pensado, desaparecen en el pozo del olvido.
Fue un viernes cuando en la cadena de producción, empacando las bombillas, una caja y otra y otra más, y venga y venga, me puse cardiaco y dije: ¡Se acabó esta parodia! De la rabia pegué un manotazo sobre la mesa, tan fuerte que por poco la parto en dos. El próximo mes iba a cumplir cuarenta años y entraba en el umbral de la terceraq edad. Un impulso atávico y primitivo hizo que mandará todo al carajo. ¡Por cojones me largo de aquí!, y sin siquiera decirle adiós a mi jefe, me marché. Me sentía un pájaro que se había escapando de la jaula, caminaba más liviano que nunca ¡Qué locura! Recordaba mi niñez cuando jugaba en la playa haciendo castillos de arena, soñando con ser un gran guerrero, soñando en conquistar una princesa.
El bramido bronco del tren me fue alejando lentamente de las fauces de la gran urbe. Después de unos minutos comencé a recuperar la lucidez. Por la ventana contemplaba la estepa frígida, esa tierra ocre y grisácea, desnuda, se incendiaba en el ocaso. Pasaban los pueblos y ciudades, los viajeros entraban y salían en las estaciones. Sin parpadear mantuve la mirada fija en el horizonte hasta que ya muy tarde, arribamos a Córdoba.
Acompañado por la luna llena, lo único que deseaba era caminar, perseguir a mi propia sombra. Aunque el frio me atenazaba, a los pocos minutos entré en calor. Avanzaba en contravía y los faros de los coches me deslumbraban. Al cabo de unas horas de marcha ya estaba en el campo abierto navegando entre un bosque de olivares.
A la vera del camino se hallaba un cortijo donde unos hombres preparaban la cena en un fogón de leña. Yo les saludé y ellos amablemente me invitaron a pasar. Eran jornaleros que trabajaban en la recogida de la aceituna, casi todos inmigrantes africanos, marroquíes, ecuatorianos o rumanos que se apretujaban en una desconchada habitación. Allí dormían en el piso, encima de unos colchones de paja, sin luz y sin servicios. A pesar de que no había mucho espacio, ellos me brindaron un rincón para que descansara. Mientras nos bebíamos una botella de vino surgieron los interrogantes y tuve que contar mi historia de fugitivo. Luego, un marroquí confesó que él había llegado a España a bordo de una patera. Me preguntó porqué yo, teniendo un trabajo fijo y hasta un piso, lo había dejado todo. Intenté explicarle mis razones, pero ni yo mismo las entendía. ¡Qué vergüenza! Si lo mío parecía la pataleta de un adolescente.- Tío, yo era cabrero en las montañas del Atlas y me jugué la vida para venirme a España, me dijo a modo de reproche. Acostado en el suelo meditaba: ¡qué paradoja! unos que quieren entrar en el sistema y yo intentando huir despavorido.
Al otro día me levanté bien temprano en el mismo instante que los jornaleros se preparaban para iniciar la faena. Me despedí agradeciéndoles su hospitalidad. El sol acarició mi rostro, igual que lo hacía mi madre al despertarme para ir al colegio. Los pajarillos cantaban y el aire puro refrescaba mis pulmones. Agarré un puñado de tierra y me lo restregué en la cara. ¡Qué alegría! estaba vivo. Con la mochila al hombro continué mi camino y tras unos kilómetros me topé con la carretera nacional donde un letrero señalaba la dirección de Sevilla y Málaga. Había que decidirse: ir donde mis familiares o dejarme llevar por los caprichos del destino. Bueno, si me presento en Casabermeja así de andrajoso seguro que me mandan al carajo. Y me quedé parado en el arcén con la mano extendida haciendo dedo a ver si alguien me recogía. Pasaban las caravanas de coches, pero nada de nada. Por los campos me cruzaba con los campesinos, algunos arreaban sus burros cargados con los aperos de labranza y otros en sus tractores se alistaban a labrar la tierra . Al verme venir con esa pinta de vagabundo me saludaban con un gesto de asombro. La sociedad continuaba con su rutina diaria, todos disciplinados, esperando una recompensa. Y yo, hecho una bala perdida.
De repente frenó un vehículo y un hombre me hizo señas para que subiera. Por fin alguien se apiadó de mi orfandad. Era un camionero andaluz que iba hacia Marruecos a recoger mercancías. ¡Qué personaje más simpático y dicharachero! Se puso a contarme sus historias y anécdotas que me hacían llorar de la risa. Estaba tan a gusto que perdí la noción del tiempo y en un santiamén cruzamos la serranía de Ronda. Enseguida vinieron a mi memoria los veranos que pasé junto a mis padres allá en Casabermeja: el cortijo de mi abuelo, el montar a lomos de su borrico o comer el pan cateto con ajo y aceite de oliva. ¡inolvidable! Pobres, mis viejos, jamás quisieron volver a su tierra pues guardaban amargos recuerdos de ese pasado de explotación y miseria.
Justo cuando el hombre me narraba sus infidelidades entramos en el campo de Algeciras y ante mí se presentó una visión sobrecogedora: el mar Mediterráneo repintado de azul turquesa y el peñón de Gibraltar que se erigía como un coloso de piedra en medio de la bahía. Y lo mejor de todo: la temperatura primaveral que me devolvió el alma al cuerpo. Algeciras más bien parecía un barrio de Madrid, el tráfico pesado por sus avenidas y bulevares, los centros comerciales, esos edificios y los mismos hoteles que en la capital. Algo tan decepcionante que no pude disimular una mueca de espanto.
El camionero me dejó en la aduana del puerto donde cientos de autos se preparaban a embarcar en los ferrys. Los emigrantes de todas partes de Europa regresaban a sus casas para disfrutar de las fiestas navideñas. Aunque realmente, según supe después, volvían a celebrar el ramadán, el mes sagrado de ayuno y oración. Había colas interminables de camiones, y un maremágnum de autos cargados hasta los topes de maletas y mercancías. Las familias al completo se aprestaban a cruzar al otro lado del estrecho. ¿Que habrá al otro lado?, al igual que la cara oculta de la luna, un enigma indescifrable.
No supe bien porqué quise dar el salto. Simplemente una corazonada o quizás por matar la razón y la lógica. Sin que me temblara el pulso y con el poco dinero que me quedaba compré un pasaje con destino a Tánger. Se vinieron a mi pensamiento las imágenes de esos pobres diablos que se escondían entre los camiones o se embarcaban en las pateras clandestinos como el marroquí del cortijo, arriesgando sus vidas con tal de alcanzar una quimera: besar la bandera azul de estrellas doradas, la bandera de los euros y las oportunidades. Y yo mientras tanto, golpeando la puerta de África, el continente del hambre, las guerras y las enfermedades.
El barco estaba tan abarrotado que creí que se iba a ir pique. Esa nave me conducía a otra dimensión. ¿Qué más da? yo me sentía un apátrida, rompiendo el cordón umbilical que me unía a un ingrato pasado. Imaginaba la fiebre de la navidad, el frenesí en las calles de Madrid, las carrozas de los reyes magos o el papá Noel, los abetos adornados con sus lucecitas de colores, y la gente abarrotando los grandes almacenes con el único afán de llenar la cesta de la compra.
Parado en la cubierta del barco levanté la mano como queriendo despedirme de alguien. Pero no había más que gaviotas que jugaban con el viento. En el suelo los pasajeros con las piernas entrecruzadas conversaban, compartían la comida todos en el mismo plato, y a manos llenas, disfrutaban del almuerzo.
Uno de esos inmigrantes al verme tan despistado me hizo señas para que me acercara. Salam aleikun, me saludó amablemente, invitándome a compartir la comida. Se llamaba Zacarías y trabajaba en los invernaderos del Ejido, y fanático del Real Madrid y la selección española. Empecé a degustar ese delicioso cuscús con pollo y ciruelas pasas sin más cubiertos que mis propias manos.
La gente intrigada me preguntaba que adónde iba. Seguro se habrán creído que era un español más de esos que se bajaban al moro. Por complacerlos les respondí que partía con dirección al desierto, fue lo único que se me ocurrió. Y ellos impresionados no se lo podían creer ¿al desierto? Tú debes estar colgao tío con lo bonito que se ve Madrid iluminado en la navidad, joder.
A lo lejos se iban recortando las montañas de Marruecos, aunque eran tan parecidas a las de Andalucía que hubiera podido jurar que no habíamos salido de Algeciras. Inesperadamente sonó la sirena del barco y entonces apareció como por arte de magia la ciudad de Tánger. Incrustada en una colina con sus casas encaladas, resplandecía con luz propia.
Arrastrado por la jauría tomé mi equipaje y me apresuré a desembarcar. Me estamparon el sello en el pasaporte y al salir a la calle volví a encontrarme con aquellas personas que me convidaron al cuscús. De pronto un niño me quitó mi mochila, se la echó a su espalda, e hizo una señal para que lo siguiera. No pude preguntarle ni adónde íbamos y confiado, lo seguí. Como si se tratara de una obra de teatro, comenzó el espectáculo: las gentes envueltas en túnicas vaporosas, cientos de chiquillos jugando en las plazas, las calles completamente invadidas por marejadas humanas, todo el mundo hablaban en voz alta gesticulando palabras ininteligibles. Para mí era como revivir los pasajes del cuento de Ali Baba que mi madre me leía de pequeño antes de dormirme.
Caminamos en dirección a la antigua ciudad que se encontraba encaramada en las faldas de un cerro. Se parecía tanto al pueblo de mis padres que en un momento dado tuve la sensación que ellos saldrían a recibirme.
En el interior de la medina las calles trazaban laberintos inescrutables, era como penetrar en un mundo irreal. El mejor sitio para perderse o quizás para encontrarse a sí mismo. Las macetas de geranios y enredaderas de jazmines adornaban las casas, mientras en los balcones las cascadas buganvillas amenazaban sepultarnos vivos. Las paredes desprendían tal blancura que hubiera podido jurar que no estaban pintadas con cal sino cubiertas de nieve.
El devenir de las muchedumbres no se detenía, las mujeres tapadas de pies a cabeza dejaban tras de sí una estela de perfumes exóticos, aparecían y desaparecían en el empedrado geométrico. Subimos por una empinada escalera que nos llevó hasta la muralla que protegía la antigua ciudad. Al lado de una de sus torres se encontraba la casa de Zacarías. Su familia me recibió con los brazos abiertos. Un viejo, vestido con una túnica blanca, me estampó dos besos en cada mejilla como si fuera un hijo prodigo. Después, me instalaron en una habitación situada en lo alto de la terraza que utilizaban de gallinero. Desde allí tenía una vista privilegiada del mar Mediterráneo donde la costa española se difuminaba entre las nubes. Más tarde la madre de Zacarías y las hermanas nos sirvieron una suculenta cena con harira, tajin, berenjenas y garbanzos, y de postre un té de menta con pasteles de hojaldre y miel. Un inmerecido homenaje a un forastero, a un cristiano renegado amante del vino y el cerdo. ¡Qué profanación!
No podía creer lo que estaba viviendo, su hospitalidad me abrumaba, pocas veces me había sentido tan alagado. Un hogar, por fin un verdadero hogar y no ese panteón donde yo vivía, en el que no entraban ni los gatos. Mis anfitriones se aprestaban a festejar la víspera del Ramadán y decidieron adoptarme.
Al atardecer se escuchó un canto, o tal vez una oración. Alguien me tomó de la mano y volvimos a penetrar por esos estrechos callejones con dirección incierta. Una vez más se desató la algarabía de los comerciantes que pregonaban sus productos: los frutos secos, las aceitunas y almendras, las frutas y legumbres, habían cabezas y pezuñas de de carnero desperdigadas por el suelo. Los sacamuelas en el mismo andén atendían a los pacientes y los ciegos suplicaban una moneda. Cautivado por las visiones atravesamos un callejón oscuro donde unas campesinas con sombreros de esparto y rostros tatuados vendían higos chumbos, uvas pasas y ciruelas. Los artesanos hilaban, trabajaban el cuero, el metal, la madera. En los cafés la gente conversaba sentadas en las terrazas deleitando un té o un café. Sorbo a sorbo consumían el tiempo sin angustia y por todos sitios una música sensual invadía el ambiente. Este no era mi país, no sabía hablar, ni tan siquiera caminar por estas calles, pero me embargaba una dicha indescriptible.
Marchábamos detrás de una multitud que se agolpaba en torno a una gran puerta de cedro con relieves de hojas de acanto. Nos descalzamos y al traspasar el umbral contemplé una larga hilera de arcos de herradura. ¡una mezquita!. Yo, hacía años que no había pisado una iglesia y me sentía absorto. Porque desde mi adolescencia me volví ateo, nunca más tomé una biblia entre mis manos o me postré de rodillas ante un altar.
Junto a la familia de Zacarías nos sentamos sobre una gran alfombra donde se apretujaban los devotos. En voz alta un anciano venerable leía los pasajes del Corán. Contagiado por el misticismo reinante cerré los ojos y recapacité. Había frotado sin querer la lámpara de Aladino y el genio estaba cumpliendo todos mis deseos. Unos días antes sólo pensaba en suicidarme y ahora le daba gracias a la vida. Enceguecidos por los prejuicios despreciamos lo que nos es ajeno, hasta que al meter el dedo en la llaga nos damos cuenta que el mundo es una caja llena de sorpresas.
Esa noche descansando en mi cuarto me puse a observar en el cielo los astros y las constelaciones. En mi vida nunca había visto tantas estrellas, millones de estrellas que me hipnotizaban. En mi piso Aluche, la única ventana por donde entraba la luz era la del televisor.
Me reía de mi mismo, tocaba una puerta y se abrían cinco o seis con miradas complacientes, sonrisas y manos tendidas: una humildad abrumadora. Zacarías y su familia, habían convertido en príncipe a un triste peón de la cadena de montaje. Tras arrojarme al abismo mi recompensa era ese oasis de miel y de ternura.
Antes del amanecer Zacarías golpeó la puerta de mi cuarto. Traía entre sus manos una chilaba que me entregó como presente Paco, Ramadan Mubarak. No sé si era como decir feliz navidad, pero bueno. Lo abracé, le di las gracias y presuroso me vestí. El ramadán estaba a punto de comenzar. La familia en pleno se aprestaba a desayunar antes de que saliera el sol. Cuando me vieron aparecer con mi nueva imagen todos aplaudieron al unisonó. Emocionados me lanzaban piropos. ¡Alah uakbar! ¡Mashalah! ahora era uno más de ellos o quizás siempre había sido otro más, vaya uno a saberlo. Mis facciones me delataban, mis ojos negros, mi piel morena, mi cabello ensortijado…
En la mesa, compartiendo el desayuno; saboreando el pan, la miel, los dátiles y un vaso de té, comprendí el secreto. Las dos orillas del estrecho nos eran más que un espejo en donde nos vemos reflejados.
Sin mayores pretensiones, comulgando en esta extraña ceremonia, como un niño que balbucea sus primeras silabas, sin mascaras ni apariencias y con el corazón en la mano, me dejaba llevar por los designios divinos. Ya era hora de romper el capullo de la crisálida y transformar mis brazos en alas y volar muy muy alto para nunca más regresar.
* Investigador de Colombia.











