Fermín Pérez
“Andalucía Soberana constituida en democracia republicana” Blas Infante (“La verdad sobre el complot de Tablada…”)
“Revolución a todo trance contra el régimen capitalista“. Blas Infante (“La Dictadura Pedagógica”)
El próximo 10 de Agosto, todos aquellos que tienen a Blas Infante como referente de lucha por la liberación de nuestra Nación, volveremos a escuchar, a esa variopinta tribu que se auto reclama como “andalucista”, el reiterativo panegírico de un “Padre de la Patria” que, como el agua destilada, resulta incolora, inodora e insípida. Una caricatura esquemática y tergiversada del hombre y sus ideas, hecha a imagen y semejanza de ellos mismos, al objeto de justificar sus propias contradicciones ideológicas y actitudes pusilánimes frente al ocupante. Ese Infante regionalista y españolista con respecto a Andalucía, y tímida y moderadamente reformista en lo social, es no solo reflejo de sus propios posicionamientos, sino de la labor de alienación identitaria realizada por el españolismo durante siglos. Esa versión edulcorada es resultado del condicionamiento social padecido por nuestro Pueblo.
Desde los comienzos de la conquista de nuestra Nación, haya por 1212, hasta nuestros días, la actuación del españolismo, el amo que le puso Europa a Andalucía, en palabras de Blas Infante, puede sintetizarse en un proceso de desenraizamiento forzado de los andaluces para facilitar su control. El exterminio del Pueblo Andaluz, antes que físico, que también lo fue, era y es psicológico. No se trataba de acabar con nosotros sino con nuestra identidad, como medio de posibilitar y perpetuar nuestro encadenamiento y sometimiento. Hubo matanzas y expulsiones, claro que sí. Cientos de miles de nuestros compatriotas fueron, perseguidos, masacrados y arrojados de su tierra, pero, utilizando un símil médico, siempre se trataron de operaciones quirúrgicas: selectivas. No se pretendía acabar con los andaluces sino de dominarnos mediante nuestra “domesticación” psicológica. Lograr que olvidásemos lo que éramos y habíamos sido, convenciéndonos, a un tiempo, de nuestra inferioridad y dependencia.
Para comprender la relación entre España y Andalucía hay que remontarse a la antigüedad clásica y, en concreto, al ejemplo espartano. La aristocracia castellana poseía las mismas intenciones con respecto a nosotros, que Esparta con respecto a los ilotas. Mientras Esparta estaba situada en un terreno agreste y poco productivo, Helos, más al sur, se encontraba en una fértil campiña. Lo ilotas Fueron conquistados y sus tierras, junto con ellos mismos, repartidos entre la élite guerrera. A cada uno le correspondía una cantidad de tierra junto con la población autóctona necesaria para cultivarla. Los ilotas eran esclavos imprescindibles para proporcionar riqueza a sus amos. De nada servía la posesión de ricas tierras sin unas manos que las trabajasen. Pero los ilotas eran muchos y los espartanos pocos. Su capacidad guerrera les había posibilitado la conquista, pero era insuficiente para asegurar la situación indefinidamente. De ahí que la política espartana pasase, no por hacer desaparecer a la población, sino por erradicar cualquier idea o posibilidad de levantamiento. La Castilla, medieval estaba gobernada también por una élite guerrera aventurerista que, al igual que la espartana, basaba su poder y riqueza en una agresiva política expansionista. En el fértil Valle del Guadalquivir veían un territorio capaz de de suplir la escasez material y humana mesetaria. Andalucía significaba abundancia en tierras y en siervos. Aquella élite ya poseía los gérmenes ideológicos del españolismo: la conquista, opresión de los pueblos para su esclavización y explotación.
Ese era el proyecto, desde su entrada por Despeñaperros, con respecto a nuestro País y nuestros antepasados. Mientras el resto de cruzados europeos invasores solo pretendían el botín, retornando, una vez obtenido, a sus respectivas poblaciones, la tradicional razia practicada por todos en aquella Península como medio habitual de financiación, la aristocracia castellana entró para quedarse. Andalucía era su particular Helo. Esas fértiles tierras del sur que les proporcionarían la riqueza y vida añoradas. Y nuestros antepasados sus ilotas. La mano de obra local, sometida y utilizada, que las trabajarían para su provecho. La escasamente poblada Meseta era incapaz de proporcionar el número de súbditos necesarios para sustituirnos. Además, poseíamos unos conocimientos agrícolas de las que ellos carecían. Por tanto, los andaluces éramos no solo necesarios sino imprescindibles. De ahí que, como en caso de los ilotas, no se tratase de hacernos desaparecer, sino de erradicar de nosotros cualquier sentimiento insurreccional e imposibilitar cualquier oportunidad de ponerlo en práctica. Se trataba de hacernos dóciles, sumisos y laboriosos trabajadores. Es en éste hecho fundamental en el que no solo se encuentra el origen de los “señoritos” latifundistas ociosos y de los “resignados” jornaleros sin tierras, sino el de gran parte de las peculiaridades políticas y socioculturales contemporáneas de nuestro Pueblo.
En todo lugar y situación, los seres humanos han sido dominados mediante una política de condicionamiento basamentada en la utilización de dos elementos simultáneos: terror y despersonalización. Y este segundo aspecto es el determinante. El terror paraliza, pero la despersonalización incapacita. El miedo produce un sometimiento forzado y, por ello, apreciable y desquitable. La despersonalización logra una tipología de sometimiento interiorizado e inadvertido y, por ello, asumido con “naturalidad”. Consecuentemente, la política del ocupante tuvo como características primordiales: la extirpación de toda resistencia, mediante el exterminio de los irreductibles, y la “reeducación” y “amansamiento” del resto. Ambas estaban destinada a un mismo fin: nuestra utilización como mano de obra, dúctil y barata. Si la razón de la conquista era económica, deshacerse de unos trabajadores especializados e insustituibles carecía de sentido. Vivos éramos útiles. Muertos o ausentes no. De ahí el que nuestro completo exterminio o expulsión hubiese sido contradictorio con sus propios intereses. La diferencia real entre moros/ moriscos y cristianos nuevos/vi e jos, en aquella Andalucía, era solo una gradación de resistencia o asimilación. De “utilidad” o “inutilidad”. Ni el “moro” vino de Arabia, ni el “cristiano” de Burgos. A excepción de la propia élite y unos pocos miles de vasallos que les acompañaron, aquí no había más que andaluces. Moros eran los andaluces libres, moriscos los conquistados. Cristianos nuevos los forzados a la asimilación, viejos los ya asimilados. El desenraizamiento de nuestro Pueblo, realizarle una especie de lobotomía colectiva, fue y es el leitmotiv, el porqué último, de las distintas acciones españolistas. Medio de asegurar su dominio.
Blas Infante era plenamente consciente de esta situación y de sus repercusiones sociopolíticas en la Andalucía de su tiempo. Del hándicap que conllevaba para ponerla en pié: “El único centro conspirador, verdaderamente eficaz, es la conciencia de un País“. (“La verdad sobre el complot de Tablada…”). De ahí, se deduce no solo la razón de su insistencia en la necesidad de un renacimiento identitario o del carácter pedagógico con el que quería envolver toda acción política del andalucismo, sino el que dicha consciencia constituía, para él, una guía determinante, no solo de su propia actividad sino de la que inculcada a sus correligionarios. “Piensen ustedes., restauradores de
Andalucía, que tienen que empezar hasta por notificar, aún, a gran parte del Pueblo Andaluz, el hecho mismo de su propia existencia, hecho enterrado entre las tinieblas de la ignorancia (…) que por fuerza despiadada o ineluctable impuso a Andalucía la bárbara conquista europea y el terrible proceso de asimilación”. (“Fundamentos de Andalucía”). Era conocedor, no solo del grado de alienación y aculturización alcanzado, sino de las consecuencias sociales y psicológicas que habían
conllevado y que permanecían incrustadas en las mentes de sus contemporáneos. Y La primera de ellas era la propia incomprensión de un discurso nítidamente soberanista. Si aún hoy dicho condicionamiento está tan arraigado, tanto en la inmensa mayoría de nuestros compatriotas, como incluso en el seno de gran parte del propio nacionalismo andaluz, intentad imaginar cual no sería su influencia en la Andalucía de principios del siglo XX.
Esa es la razón de que decidiese optar por una táctica gradualista en lo ideológico y oportunista (en su sentido etimológico, de oportunidad, no en el peyorativo) en lo político. La vida de Infante, como intelectual y hombre de acción, está marcada por esa adaptación a las circunstancias de cada momento. Ese es el origen de la supuesta “evolución” o “contradicciones” existentes tanto de su pensamiento como en su actividad política. No era fruto de la improvisación o de los cambios de parecer, sino del convencimiento en la necesidad de cierto “camaleonismo”. De mostrar y subrayar unos aspectos y ensombrecer o subordinar otros, dependiendo del grado de absorción y rebelión de cada momento. El mismo así lo reconoce en sus últimas obras: “El criterio rigurosamente pragmatista que ha venido presidiendo o dirigiendo el desarrollo de nuestra ya larga labor (…), nos acredita de prudentes con exceso, según ajena calificación. Tanto hemos amado nuestra obra, que a cada tiempo hemos puesto su cautela, temerosos de que una precipitación pudiese llegar a retardar su lento avance, haciéndonos perder por un salto impremeditado, lo ganado con tanta paciencia”. (“La verdad sobre el complot de Tablada…”). “Pocos somos pero menos seríamos si al principio de nuestra campaña hubiésemos resuelto exponer de un modo directo el contenido total de nuestra ideología. Nuestros auditorios y nuestros lectores eran gentes absolutamente sumergidas en el ambiente lógico y afectivo, español y europeo, y hubieran huido de nosotros como de locos de atar“. (“Fundamentos de Andalucía”).
Su mensaje y su estrategia, consecuentemente, se van dosificando, de menos a más, de forma premeditada, a lo largo de los años, según va considerando que puede ser no solo captada y aceptada popularmente, sino aprehendida por sus seguidores. Fue en sus últimos años cuando considero llegado el momento de mostrar ideas y metas en su integralidad, sin tapujos. Creyó entonces suficientemente madura la situación como para permitir comenzar a destapar las partes más “problemáticas” de sus ideas y, al propio andalucismo, como movimiento político de liberación nacional y social. “Teníamos que aguardar a mejores tiempos, coincidentes con la quiebra de aquellos criterios y normas enemigos, cuyo proceso de descrédito se desarrollaba a la vista nuestra. Y esos tiempos han llegado. (…) vamos a poder venir a comunicar, de un modo más completo, nuestra verdad (…) No envejeció nuestra ideología, sino su capa, el eufemismo. La timidez natural de los tremendamente y secularmente castigados. Nuestra renovación ideológica ha de consistir, principalmente, en ofrecer desde ahora nuestras aspiraciones al desnudo”. (“Fundamentos de Andalucía”).
Pero al igual que el marxismo, el andalucismo ha tenido que enfrentarse a intentos “reinterpretativos” por parte de reformistas parapetados en supuestas necesidades de “actualización”. Es más, como en el caso del socialismo, también la “oficilialidad” y la mayoría de sus seguidores están hoy poseídos por mentalidades revisionistas. Y ambos revisionismos tienen los mismos orígenes y fines. En Andalucía, nacen y se alimentan del mundo intelectual pequeño-burgués, el sector más condicionado, que, como consecuencia de su propia caracterología de clase, permanecen eternamente miedosos de toda transformación y ansiosos por la aceptación del Sistema y su propia inclusión en el. Centrándonos en el andalucismo, tras el final abrupto que conllevó para la propia ideología el asesinato de Infante, pues nadie pudo y supo sustituirlo, continuando y profundizando en el proyecto, cuarenta años después renace, un sucedáneo del mismo, en manos de profesionales urbanos que solo habían asimilado sus ideas de forma parcial y superficial. No son nacionalistas y ni revolucionarios, apenas unos regionalistas socialdemócratas. He ahí el porqué de su revisionismo. En su ascendencia de clase y sus raíces urbanas, formando parte, por ambas causas, del sector poblacional históricamente más desenraizado y controlado por el españolismo.
Blas Infante, siempre había considerado que la base social del andalucismo, aquellos llamados a encabezar la liberación nacional y social, era el Pueblo Trabajador Andaluz, no la burguesía, o “clases medias” como las denominaba, a las que consideraba los menos andaluces entre los andaluces. Y en aquella Andalucía agraria, donde la industria era anecdótica, la inmensa mayoría de ese Pueblo Trabajador, eran los “felahmengu”, los “flamencos”, “los labradores huidos o expulsa
dos” por los conquistadores, como él traducía su significado. Los trabajadores jornaleros del
campo. Estos eran considerados por él, en contraposición a la burguesía urbana, los herederos naturales de nuestros antepasados. Los andaluces más genuinos: “El pueblo andaluz, puro o auténtico, es el distribuido por las zonas rurales: campesinos con o sin campos, en los cuales, relativamente, no existe la mezcla de sangre andaluza con sangre extraña que vino a operarse en los grandes centros urbanos” (“Orígenes de lo Flamenco…”). Hay que aclarar, para los desconocedores de su obra, que Infante era ajeno a las teorías raciales o racistas. El concepto de “sangre” tiene en su pensamiento un significado exclusivamente socio-cultural y étnico. En cuanto al término “jornalero”, para él englobaba a la totalidad de la clase obrera: “En la clase jornalera podemos incluir: trabajadores del campo, oficiales artesanos, obreros de las industrias, desde luego estos en las capitales y grandes poblaciones, en los demás pueblos, apenas si existen” (“El Ideal Andaluz”). “Jornalero” es sinónimo tanto de asalariado de la tierra, como también de todo obrero “a jornal”.
Como decíamos, la mentalidad pequeño-burguesa se caracteriza por su miedo a los cambios radicales y sus ansias de “orden” e integración en el Sistema. Eso que resumen en vivir “bien” y “tranquilos”. Estas mismas características, lógicamente, son igualmente las que sintetizan el revisionismo del “reformismo” andalucista. De ahí su sus intentos de hacer aparecer a Blas Infante y su pensamiento lo más aceptable para el Sistema y lo más españolizado posible. Los que le asesinaron, el nacionalismo estatalista militante que dio la orden para fusilarlo, era, en cambio, plenamente consciente del contenido soberanista y revolucionario de sus ideas y pretensiones. Por ello fue eliminado. Si se hubiese tratado de un mero regionalista federalista, además de meramente sensible a las carencias de los más desfavorecidos, no hubiese constituido un peligroso enemigo a batir. La sentencia que, a posteriori, justifico el crimen, expresaba con absoluta nitidez las causas de su condena. Por un lado: “formó parte de una candidatura de tendencia revolucionaria”. Por otro: “se significó como propagandista para la constitución de un partido andalucista”. Esos eran los riesgos que suponían su prédica y existencia. Le asesinaron por anticapitalista y nacionalista.
Esta forma de apreciar su figura y su obra por parte del españolismo, no constituía, por otro lado, una apreciación errónea. Curiosamente, era infinitamente más correcta que la que hoy poseen de ambas muchos de los que se autocalifican de “andalucistas”. El mismo había dejado por escrito, de forma inequívoca, cual era su aspiración última con respecto a nuestra Nación: “Si, nosotros aspirábamos y aspiramos, y seguiremos aspirando, a la elaboración de un Estado Libre Andaluz. (…) Pues nosotros no tenemos, por ahora, otras denominaciones que las de República Andaluza o Estado libre o autónomo de Andalucía para llegar a expresar aquella Andalucía Soberana, constituida en democracia republicana”. (La verdad sobre el complot de Tablada…”). Y también con respecto a nuestro Pueblo y su futuro: “Yo jamás me adjetivé de revolucionario, no obstante haber defendido siempre los mismos principios esenciales económicos y políticos”. (“La verdad sobre el complot de Tablada…”).
Sin embargo, muchos de los que ahora se proclaman andalucistas y sus herederos ideológicos, suelen “olvidar” este tipo de afirmaciones, incluso padecen una curiosa amnesia selectiva con respecto al contenido de la propia sentencia, recordando solo la parte en que se le acusa y declara culpable de propagar el andalucismo. Lo de la “candidatura revolucionaria”, suelen ignorarlo y excluirlo. Pero, aunque intenten silenciarla, su ideología anticapitalista y antiimperialista queda clara en su obra: “Amigos y soldados fervorosos seremos siempre de todos los poderes revolucionarios, enemigos de la Dictadura Plutocrática o Burguesa, hoy casi universalmente extendida”. (“La Dictadura Pedagógica”). Al igual que el revisionismo marxista hace un constante y deliberado ejercicio de “selección” de la obra de Marx, destacando aquellos aspectos que, descontextualizados, pudiesen ser susceptibles de una interpretación acorde con una ideología “conciliadora” y pactista con respecto al Sistema, estos “andalucistas” realizan una auténtica obra de reinterpretación, cortando aquí y tapando allá, hasta lograr desnaturalizar sus ideas. Ambas tendencias poseen, además, una comprensible predilección por las primeras obras de ambos autores y una alergia indisimulada por las últimas. Interesa sobremanera el Marx joven o el Infante de los primeros escritos. Por el contrario, reniegan o silencian los de los últimos años. El periodo de mayor madurez de ambos y en el que más clara e indiscutiblemente dejan patentizadas, sin lugar a dudas, tanto en textos como actuaciones, esas metas “radicales” de las que el pequeño-burgués huye.
El Blas Infante que escribió aquellos primeros textos, como “EL ideal Andaluz”, era el más lastrado por esa praxis practicista y prudentista autoimpuesta. Por eso, de esa primera obra, tan del gusto revisionista por su aparente regionalismo, pro españolismo y mero reformismo económico, él mismo renegó posteriormente. No obstante, escarbando la superficie, también en ella se le encuentra entre líneas. Tampoco es representativo aquel joven fisiócrata tan del agrado reformista por supuestamente conciliador en lo social y moderado en lo económico, aunque, evidentemente, forme parte innegable de su trayectoria. El Blas Infante real, es el que comenzó a mostrar su ideología sin “eufemismos”, como el denominaba a la etapa primera, fue el hombre maduro y madurado de los últimos años. El de obras como “El complot de Tablada” o “Fundamentos de Andalucía”. El que renegaba cada vez más abiertamente de Europa y España, hablando, cada vez más frecuentemente, de revolución. El compañero de comunistas y anarquistas, defensor de los felahmengu, de aquellos obreros-jornaleros a los que animaba a tomar el Poder. El que denomino a su agrupación socio-política “liberalista”, con lo que subrayaba el qué era y el para qué existía el andalucismo.
Éste término encierra y engloba todo lo expuesto en el presente artículo. Es un juego semántico de ambigüedad calculada. Procede de “libertad”, al igual que liberal o libertario. Pero basta con leerla en su contexto, para comprender que no hace referencia a un conjunto de ideas sino a una actitud, a una motivación de la actividad. Liberalista era el adjetivo del movimiento. Junta Liberalista de Andalucía su denominación completa. “Junta” es sinónimo de unión. Y las personas se juntan con un propósito. En este caso la pretensión es “liberalista”, o sea liberadora. Y el objeto de la liberación es Andalucía. Era una Unión para la Liberación de Andalucía. Vemos que, por un lado se habla de liberar pero, al mismo tiempo, usando una terminología suavizada. “Liberalista”, en lugar de “liberadora”. La denominación acuñada refleja esa “prudencia” que creía obligada. Pero muy posiblemente, si el Golpe de Estado fascista, no hubiese truncado su vida y la trayectoria del movimiento, los siguientes años hubiesen sido testigos de un cambio sustancial, no en el mensaje sino en las formas de transmitirlo, dado que pretendía iniciar una etapa caracterizada por el abandono de esa “prudencia”, considerando que el momento y las circunstancias eran proclives a ello. “Esos tiempos han llegado”, afirmaba en “Fundamentos de Andalucía”. No hay duda que, tanto él como su organización, se hubiesen destapado, poco después, mostrándose ideológicamente como lo que su “ideal andaluz” siempre fue y significó: la liberación nacional y social del y para el Pueblo Trabajador Andaluz.
Es obvio que Blas Infante era un revolucionario, el mismo lo dijo, aunque no al uso. Nunca se definió como marxista o libertario, y sería absurdo pretender encorsetarlo en uno de esos parámetros, al menos en sus conceptuaciones más ortodoxas. Pero, es igualmente cierto que muchos de sus textos traslucen concordancias con ambos. Hay incluso quienes sostienen su adscripción oculta y ocultada al Islam. Lo indudable son las raíces y metas independentistas y socialistas que sostenía y pretendía para nuestro País. Podremos discutir acerca de la tipología estructural o de alianzas que quería para esa venidera “Andalucía Soberana”, pero no sobre el hecho de que aspirase a ella. Es lícito también debatir cual era su tipología de posicionamiento revolucionario, si sus bases sustentadoras eran más cercanas a concepciones leninistas, bakunistas o islámicas, pero no su visión comunitaria o colectivista, comunista, de esa sociedad andaluza futura. Rescatemos y reivindiquemos al verdadero Blas Infante, al soberanista y revolucionario, al margen de que partiese desde posiciones marxistas, libertarias o musulmanas; de alguna, ninguna o de todas ellas al unísono, pues las tres son ideologías defensoras de la justicia, la igualdad, la libertad de los pueblos, así como profundamente anticapitalistas. Lo trascendente es que desbaratemos el estereotipo artificial e interesado de un “padre de la Patria” veleta y aséptico, mostrando al Blas Infante autentico. Al luchador comprometido, al extremo de ser capaz de dar su vida por la liberación nacional de su tierra y la liberación social de su pueblo. Aquel al que asesinaron mientras gritaba: ¡viva Andalucía libre!
Fuente: Revista INDEPENDENCIA Nº49













5 comentarios
30 Septiembre, 2009 a las 9:26 am
Me alegra enormemente que se saque a Blas Infante de esa carcel regionalista en la que le habian metido. Ya es hora de hablar de ese Infante Independentista y revolucionario, el Infante auténtico, el de la madurez política, el que definió Andalucía como nadie. Enterremos al Blas Infante del “Ideal andaluz” y resucitemos al del “Complot de Tablada”, “La Dictadura pedagógica” o “Fundamentos de Andalucía”.
30 Septiembre, 2009 a las 10:28 am
¿Es cierto que los ineditos más interesantes de Infante están “secuestrados”por el biografo oficial y por parte de la familia porque su contenido podria ser explosivo y romperia con la imagen aceptable que se quiere dibujar de él?
Me llamo mucho la atención que en su biografia el autor dedicara un capitulo entero a especular sobre si Blas Infante se habia confesado con un cura. Es un boton de muestra de el intento de forzar un perfil aceptable y politicamente correcto.
De todas maneras dicrepo de la idea del articulo de que Infante tuviera planificado desde el principio un progresivo desvelamiento de sus ideas, más bien me da la sensación de que estuvo buscando toda su vida, que intuyo más que encontro, que a veces estuvo muy solo e incomprendido y que intento abarcar lo que en otros pueblos que buscan y construyen su identidad hace una generación entera. Esto no desmerece su obra sino que la enmarca en un contexto concreto, intento realizar una labor titánica que en otras naciones elaboran lingüistas, antropologos, historiadores, politicas, sindicalistas, …
No dejo de ser un hombre que intuye, busca y evoluciona constantemente en su pensamiento. Creo que su obra se debe tomar como punto de partida más que como dogma inamovible. Las hagiografias alejan a Infante del pueblo y huelen a naftalina.
Me gusta mucho del articulo la idea de recuperar al Infante más revolucionario porque ese nos puede servir para contruir la Andalucía del siglo XXI, pero seamos muy criticos con un un Infante de cartón piedra.
30 Septiembre, 2009 a las 12:01 pm
Totalmente de acuerdo contigo lixar.
Según el Padre Iniesta, hay más de dos mil documentos inéditos -es decir, sin publicar- y que se encuentran actualmente -los originales- en unas dependencias de la Junta de Andalucía, en uno de los sotanos que tiene en Sevilla. Nadie quiere publicarlos, y mucho menos el Padre Iniesta, que los conoce y tiene copia. Tampoco quieren oir hablar de ellos en la Fundación Blas Infante -a su hija se le ponen los pelos de punta si le hablan del tema-. Enrique Iniesta ya dijo en una ocasión que nos hacia un favor -no se a quién- con ocultar esos documentos porque la imagen de Blas Infante se veria dañada. Supongo que lo que se veria dañada seria la imagen que el y los suyos han tratado de transmitir: Un Infante bueno, cándido, soñador…reformista y regionalista que nunca intentó subvertir el orden establecido, además de un Infante católico
30 Septiembre, 2009 a las 12:41 pm
No sé por qué (pregunta retórica), lo que hay publicado de Blas infante no son más que extractos que ciertos “seleccionadores” se empeñan en hilvanar sin lograr que se le noten los costurones. Circula cierto libro en el que el condecorado autor afirma que los que reivindican el Islam de Blas Infante sólo quieren “desprestigiarle”. Estas son las lindezas que podemos encontrar en las librerías, pero del Infante auténtico nada; Les conviene que permanezca así; modosito y respetuoso con España; ¿Lo hubieran matado los fascistas si este hombre no se hubiera comprometido con la liberación de nuestro pueblo?. Ya sabemos, la historia la escriben los que ahorcan a los héroes, como decían en “braveheart”
30 Septiembre, 2009 a las 12:42 pm
sigue…
Católico aunque un tanto crítico con la iglesia -según Iniesta-, es decir un defensor de la ortodoxia cristiana frente a la curia romana.
La manipulación que Iniesta ha hecho de Infante resulta ridícula; la exageración de los rasgos que le interesaban para dar el perfil buscado dentro de lo políticamente correcto han configurado un Infante desconocido para cualquiera que lea su obra.
Iniesta ha sido un servidor del régimen, básico para que el gobierno socialista de la Junta -y la oposición del PP- digiriera a Infante. Esto no hubiera sido posible sin ese trabajo de “filtro” que ha hecho Iniesta.
Mientras no se publiquen los inéditos de Infante -para que todos los andaluces conozcamos su obra sin intermediarios y sin nadie que nos la quiera interpretar-, Iniesta será para mi un impresentable y un manipulador.
Y ahora que le den la medalla de Andalucía. Desde luego que aquellos que la conceden se la deben por el favor que les ha hecho. La manipulación debe tener su premio.