LA VIDA ERRANTE DE UN PARAGUAS

Abdelkarim García Cazorla/Identidad Andaluza

A la 1.01 alertados por una llamada, nos trasladamos hasta las afueras de la ciudad. Llegamos a una zona residencial de casas con jardín, de esas que habitan la gente con dinero pero discreta. Junto a una cancela de hierro labrado, espera un hombre. Dice que la luz de la casa de su vecino permanece encendida desde hace tres días y que según sopla el viento un  tufo a podrido llega hasta su vivienda.

Mi compañero saca de su bolsillo una ganzúa y abre la verja. El jardín bien cuidado tiene un sendero iluminado por antorchas que funcionan con placas solares, unas de las bifurcaciones del sendero nos lleva hasta los ventanales de un comedor. Un perro, raza pastor turco, permanece inmóvil a los píes de un cadáver que yace tumbado en el suelo boca arriba, con un paraguas cerrado clavado en el pecho.

Rompemos el cristal y una bocanada a muerte densa y pestilente nos hace retroceder. El perro se levanta y no olisquea sin demasiado interés, alrededor del cuerpo un costra de sangre seca atrae a varios moscardones, su abdomen verde metalizado parece que estuviera a punto de reventar por el festín mortuorio que aquel infeliz le ha ofrecido.

Un pañuelo hace de mascarilla improvisada; en uno de los bolsillos de la americana, encuentro su cartera: Silvio Lucerna Valero, nacido el diecisiete de junio de 1959 en Zamora, hijo de Silvio y María, unas cuantas tarjetas bancarias y una foto en blanco y negro de una mujer que puede ser su madre.

Han pasado dos semanas y seguimos sin pistas, los rastros se pierden en la vida anodina de Silvio Lucena, un empresario del negocio funerario, sin pasiones conocidas, sin vicios secretos y sin enemigos. El móvil del robo o la extorsión no cuajaban. Castelar insiste en su idea del paraguas, que es raro, a Silvio le pega un paraguas negro y este reproducía un cuadro llamado Las Amapolas de Claude Monet, pintor impresionista francés y ese paraguas lo trajo aquí el asesino. Fue fabricado el Londres y comprado por una cadena de tiendas libre de impuestos y vendido en el aeropuerto de Barajas, hace cosa de un año y medio.

Llamé a la mañana siguiente a un compañero y confirmó que aún podía visionar las cintas de las cámaras de seguridad. Recomponiendo una imagen de aquí otra de allá, sabíamos que el comprador del paraguas voló a Almería el nueve de septiembre de 2008, bastaba con el listado de pasajeros de vuelo de 20.00 horas para identificarlo.

Es Klaus Ghantel, astrofísico del Observatorio de Calar Alto, podemos ir a su casa esta misma tarde, le informamos de nuestra investigación y dice que el paraguas lo olvidó hace más de un año en el despacho de su abogado y no tuvo ganas de volver a recuperarlo.

Le pregunto porque escogió  este paraguas y dice que Monet buscaba la luz y la atmósfera a través de la pintura y yo pegado a un telescopio. El abogado tenía coartada, lo dejo en la consulta del médico y este y su enfermera lo confirmaba, ella misma lo dejo olvidado en casa de una hermana, que se lo prestó a un amigo de su hijo que vino a merendar. Su madre recordaba a duras pena que lo olvidó en la peluquería. El dueño de la peluquería al ver la foto de paraguas se puso tenso, perdió por unos segundos la compostura y no quiso colaborar.

-Tenemos que seguirlo, Castelar pide al juez que le pinché el teléfono. Oye tenías razón.

Fue coser y cantar, el vecino de Silvio Lucerna, el hombre que nos llamó y el dueño de la peluquería tendría que responder una pregunta.

¿Cúal de los dos mató a Silvio Lucena? .Preguntó Castelar a bocajarro y con el paraguas homicida colgado de su brazo derecho, para estas cosas era un maestro. Un silencio angustioso, mortificaba a los dos acusados por aquella pregunta. El peluquero dijo que no hablaba hasta que llegara su abogado, pero el buen vecino dijo, con lágrimas en los ojos, que el perro de Silvio llevaba toda la vida meándose a la entrada de su casa, aquella noche no pudo aguantar más.

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