Juan Vernet
Si la guerra civil fue fatal para el estado andalusí, afectó en cambio poco a su desarrollo científico. Incluso lo favoreció. Muchos sabios cordobeses, hartos de la inseguridad que dominaba en la ciudad, buscaron refugios más tranquilos, y discípulos de Maslama, de Abulcasis y otros personajes de renombre huyeron hacia Sevilla, Toledo, Zaragoza, Valencia, etc. llevando consigo sus bienes —«Objetos de mucho valor y poco peso» según frase proverbial árabe—, su sabiduría y, si podían, sus libros. En alguno de estos lugares se formaron grupos nuevos de trabajo como el de Toledo en torno del cadí Ibn Sa’ y en Zaragoza un grupo de hebreos iniciaron la traducción de textos árabes a su lengua. En la misma ciudad un discípulo de Maslama, al— Qarmani, introducía las Epístolas de los Hermanos de la Pureza y continuaba la colaboración sin trabas con las gentes de las tres religiones, pues sólo a fines de siglo empieza a despertarse, en los musulmanes, una suspicacia especial hacia los dimmíes. En esta época sí. El avance de las conquista cristiana despierta recelos y el alfaquí sevillano Ibn Abdun (fi. 493 / 1100) escribe «que no deben venderse a judíos ni a cristianos libros de ciencia, salvo los que tratan de su ley ( ¡luego los musulmanes disponían también de ellos!) porque después traducen los libros científicos y se los atribuyen a los suyos y a sus obispos, siendo así que se trata de obras musulmanas». El que se prohibiera vender libros implica que se vendían (no se prohíbe algo que no se hace) y no parece muy atrevido pensar que los musulmanes ayudaran a leerlos, si era necesario, a sus clientes.
En todo caso, este texto marca ya un cambio notable en las relaciones de musulmanes y dimmíes. Los cristianos, en lo sucesivo, al hacer mayor número de prisioneros musulmanes entre los que figuraban, cómo no, algunos científicos y técnicos, forzaron a éstos a enseñarles los secretos recónditos de su ciencia: en el siglo XII un prisionero almeriense tiene que instruir al obispo que le capturó de sus conocimientos matemáticos; en el siglo XIII Ramón Llull estudiará con un esclavo suyo sarraceno y así sucesivamente. En otros casos —Alfonso X el Sabio— serán los judíos los mozárabes los que servirán —y muy voluntariamente— para realizar el trasvase cultural. Pero no ocurrirá lo mismo con al-Riquti musulmán, como veremos más abajo
A) ENSEÑANZA PRIMARIA:
1) leer y escribir evitando tener buena caligrafía pues si es así «el hombre dedica su vida a cometer injusticias o a redactar documentos que llevan firmas falsas y que se llenan de mentiras y falsedades;
2) aprender el Corán de memoria para alcanzar el título de zafi o «memorión».
B) ENSEÑANZA MEDIA:
1) gramática y poesía;
2) matemáticas y agrimensura, estudiadas según los Elementos de Euclides;
3) astronomía elemental (pero no astrología, a la que refuta);
4) lógica, botánica, zoología y etnología e historia.
C) ENSEÑANZA SUPERIOR:
1) Ciencias del Corán;
2) tradiciones del Profeta;
3) jurisprudencia y
El grupo de Toledo se consagró especialmente al estudio de la astronomía y de la botánica aunque parte de su producción tuvo lugar en tierras andaluzas ante el avance continuo de la conquista cristiana. En el primer campo, la astronomía, los resultados obtenidos tanto desde el punto de vista teórico como el práctico pueden considerarse como sensacionales e influyeron en la evolución de esta ciencia hasta la época de Kepler. El reyezuelo de la ciudad, al-Ma’mun, quería emular a su homónimo oriental del siglo IX y protegió a un grupo de sabios que se reunían bajo la presidencia del alcadí Ibn Sacid (410 / 1029 – 462 / 1070). Ibn Burgut, cAli b. Jalaf y sobre todo Azarquiel (420 / 1029 – 493 / 1100): revisaron los trabajos de sus antecesores, idearon hipótesis y, posiblemente, construyeron nuevos instrumentos de observación.
Azarquiel había iniciado su vida científica como simple artesano que construía los aparatos que se le encargaban. Su habilidad y su ingenio natural pronto le transformaron en el jefe del cenáculo y cuando cayó Toledo en manos cristianas, continuó trabajando en Andalucía. Probablemente se le debe una serie de instrumentos de observación de los cuales conservamos bien el texto de la descripción original en árabe, bien la traducción hebraica y, la mayoría de las veces, la versión castellana medieval mandada hacer por Alfonso X el Sabio en Los libros del saber de astronomía. En algunos casos tenemos también ejemplares medievales de los mismos.
El astrolabio, conocido desde mucho antes, presentaba como mínimo dos inconvenientes: la escasa aproximación dado lo exiguo de sus dimensiones, y su peso, aún notorio, que le hacía poco apto para transportarlo. Para salvar el primer escollo se recurrió a la construcción de instrumentos gigantes y para el segundo se buscaron sistemas de proyección. Tal, por ejemplo, el ideado por el andaluz Ali b. Jalaf con su lámina universal que consistía en la proyección estereográfica sobre un plano normal a la eclíptica y que la corta según la línea Cáncer—Capricornio y la azafea de Azarquiel de la cual conocemos dos variantes: la ma‘müniyya, así llamada por haberla dedicado al rey al-Ma’mun de Toledo y la abba-diyya ofrecida a a1-Mutamid b. Abbad de Sevilla. El instrumento consiste en la proyección estereográfica de la esfera celeste sobre el plano normal a la eclíptica, según la línea solsticial Capricornio—Cáncer, proyectándose media esfera sobre el coluro de los solsticios desde Libra y la otra media sobre Aries. En el trazado de la faz su inventor vaciló ante pequeños detalles sin importancia y así surge la azafea Sakkziyya (Samsó, Puig). En el dorso de la zarqaliyya se describe un cuadrante en el que se trazan las líneas de los senos sexagesimales mientras que los otros tres contienen series de semielipses que se confunden con los meridianos de una proyección ortográfica. Este cañamazo se encuentra tal cual en la azafea de Muhammad. b. Muhammad b. Hudayl conservada en el Observatorio Fabra de Barcelona y fechada en 650 / 1252.
Otro aparato ideado en esa época es el ecuatorio destinado a mostrar didácticamente el movimiento de los planetas y, a la postre, el poder conocer la posición de éstos en un momento dado sin necesidad de cálculos. Tenemos pocas descripciones y menos ejemplares del mismo pero, mientras lo contrario no se pruebe, es un invento andalusí realizado en el siglo XI o antes. En efecto: todos los ecuatorios conocidos —excepto el de Kasi (819 / 1416)— son occidentales y los tres más antiguos, de autor español: Ibn al-Samh (fi. 416 / 1025); Azarquiel y Abu Salt (c. 1110). Siguen luego los de Companus de Novara (1264)… y Francisco Sarzosio de Huesca (932 / 1526).
Los dos más antiguos se encuentran descritos en los Libros del saber de astronomía exponiéndose primero el sistema de Ibn al-Samh (una lámina para cada planeta) y luego el de Azarquiel (una lámina para casi todos los planetas). Mercurio constituía la excepción ya que se le dedicaba lámina especial cuyo deferente tenía forma de óva1o. Idea parecida —aunque no idéntica— a la que tuvo Kepler antes de concebir que Marte y los demás planetas giraban en tomo del Sol siguiendo órbitas elípticas.
La cantidad de datos reunidos por Azarquiel fue enorme. Ellos le permitieron construir las Toledanas, estudiadas por Toomer. Fueron de la primera redacción de las Tablas alfonsíes. Las primeras estaban tan acreditadas que incluso fueron traducidas al griego —a partir del latín naturalmente— alrededor del 1340. Otra obra, del mismo autor y reconstruida también por Toomer, es la Suma referente al movimiento del Sol y que recoge el fruto de veinticinco años de observaciones.
El problema general que se quiere resolver con todas estas obras es doble: el calendérico que afecta a la concordancia de las datas utilizadas por los distintos pueblos del mundo en aquel entonces conocido (cristiano, musulmán, judío, etc ) y el del calculo de la posición de un planeta o estrella cualquiera para un momento dado. Pero como los movimientos celestes son mucho más complejos de lo que a primera vista puede parecer, la cantidad de hipótesis superfluas y errores que se cometieron fue crecido aunque hay que reconocer que en el reconocimiento de esos mismos errores los astrónomos de la época encontraron nuevos caminos para acercarse cada vez más a la verdad.
La alquimia conoce ahora un gran momento de esplendor. Un discípulo de Maslama —al que no hay que confundir con éste a pesar del nombre—, Abu Maslama (fl. c. 448 / 1056), es autor de dos libros importantes. El Gayat al-hakim mandado traducir al español por Alfonso X el Sabio en 653 / 1256. Alcanzó una gran difusión en Occidente con la versión latina atribuida a un tal Picatrix, nombre que posiblemente es una corrupción de Hipócrates, a quien en la España musulmana se le atribuiría indebidamente la paternidad de la misma, al igual que determinados conocimientos astronómicos. La obra es significativa puesto que conserva oraciones destinadas a los planetas muy parecidas a las que utilizaban los sabeos en Harrán y una serie de procedimientos astrológico-mágicos que muestran su origen pagano y de moral absolutamente distinta a la islámica y a la cristiana, pero que está muy acorde —y justifica la traducción— con la mentalidad de la época, atormentada por los terrores milenarios, que creía en la eficacia de las ciencias ocultas. Así, por ejemplo, la anécdota en que se explica que un muchacho picado por un escorpión se curó gracias a un sello de bezoar cuyas propiedades terapéuticas fueron ampliamente estimadas hasta el siglo XVIII.
Desde el punto de vista alquímico tiene más importancia su Rutbat al-hakim, (Peldaño del Sabio ), que consta de cuatro partes. La primera habla de las ciencias exactas como fundamento de 1ª alquimia y recomienda el estudio de Euclides; del Álmagesto de Tolomeo y de la lógica aristotélica tal como fue dada a conocer en el mundo árabe por al-Kindi. A continuación deben estudiarse las ciencias naturales, cuyos principales autores son Aristóteles, Demócrito, Hermes y Apolonio de Triana. Son libros fundamentales el De coelo et mundo, Degeneratione et corruptione, Meteorológica, Physica auscultatio, De Anima y De causis. En caso de no tener a mano las obras de Aristóteles el estudiante puede suplirlas con el Qanün al de Apolonio.
La Rutba, sin embargo, pretende independizar a1 lector de gran parte de la bibliografia anterior y, sobre todo, enseñar a sus contemporáneos cómo se comportan los cuerpos metálicos, sus características y sus reacciones, a pesar de que muchas estas cosas son más conocidas por los artesanos que por los científicos. El químico debe ser un hombre práctico para realizar correctamente los experimentos, ser intuitivo y tener capacidad de reflexión para comprender lo que observa, y, llegado el caso, no debe vacilar en consultar a las autoridades en la materia: Hermes, Demócrito, Ostanes, Agathodemon, María la Copta, Aristóteles, Platón, Zósimo, Yabir b. Hayyan, al-Razi, etc. Hay que subrayar que en las citas de autores científicos que Abu Maslama nos da en distintos pasajes de su obra no figura Avicena, lo cual parece indicar que las obras de éste no habían llegado aún a España en el momento de la redacción de la Rutba.
Sigue una discusión de tipo lógico-formal acerca de la posibilidad de la alquimia que resulta favorablemente remitiéndose al Kitab al-itbat de al-Razi y cree encontrar una prueba de la posibilidad de la transmutación al ver los cambios que ocurren cuando se funden juntos dos metales que dan origen a un tercero, ya que éste nada tiene que ver en sus características con aquellos dos que le han dado vida. De todo ello parece deducirse que los metales imperfectos son oro impuro. Al fin de este tratado se expresan las razones que hacen suponer que los talismanes actúan como catalizadores de los procesos alquímicos.
El segundo tratado muestra que Abu Maslama se inclina por la existencia de un único elixir. Este tiene una acción triple que se corresponde con la triple acción del espíritu, del alma y del cuerpo. Según al-Razi en su Libro del elixir, éste es una substancia de cuatro naturalezas y tres poderes; es insoluble en el agua e incombustible; se presenta de dos formas: el rojo y el blanco. El elixir rojo es caliente y seco y se parece al oro, mientras que el blanco recuerda a la plata. Según él contienen oro y plata, respectivamente, pero Abu Maslama no está de acuerdo.
Quien desea transformar el cobre en plata o la plata en oro o «reforzar» el estaño o coagular el mercurio debe averiguar, en primer lugar, qué plata es necesaria para convertirla en oro; qué cobre para ser plata; qué estaño resiste el calor del horno y qué mercurio puede ser coagulado ( ¿inicios de una alquimia cuantitativa?). Si conoce esto, entonces conoce las propiedades de la sustancia necesaria para efectuar estos cambios, o sea, que es capaz de colorear la plata de amarillo, de blanquear el cobre y de «reforzar» el estaño. Lo cual implica el que estos tres poderes están reunidos en el elixir. Y, en este caso, ya es posible la transmutación, pues, aunque los metales difieran el uno del otro, la sustancia o materia prima es la misma. En este último aspecto se cita a Yabir, quien afirma que la piedra filosofal es única puesto que contiene los poderes de la transmutación de modo esencial y no accidental.
En el tercer tratado se observa que la Naturaleza siempre actúa de modo invariable y que nunca realiza la misma cosa por procedimientos distintos. En consecuencia, el alquimista debe esforzarse en imitar a la Naturaleza a la cual sirve del mismo modo que el médico. Este último establece diagnósticos, prescribe los remedios, pero, a fin de cuentas, es la Naturaleza la que actúa. Alude luego a la génesis de los metales según la doctrina azufre-mercurio y expone una notable experiencia realizada por él y que muestra hasta qué punto creía que el alquimista debía ser un hombre práctico:
«Tomé —dice— mercurio líquido natural, libre de impurezas, y lo coloqué en un recipiente de vidrio en forma de huevo. Coloqué a éste en una cazuela (al baño maría) y puse todo el aparato a calentarse a fuego lento. Mantuve la cazuela a una temperatura suave, de modo que podía tocarla con la mano. Calenté el conjunto día y noche durante cuatro días, después de las cuales lo abrí. Vi que el mercurio, cuyo peso original era de un cuarto de libra, se había convertido por completo en un polvo rojo, suave al tacto, pero conservando el mismo peso original.»
El cuarto tratado trata fundamentalmente de los enigmas que presentan los alquimistas. Hace referencia a varios de ellos que vivieron en la antigüedad y afirma que el príncipe omeya Jalid b. Yazid fue el primero en mandar traducir libros de alquimia al árabe y, en unas cuantas pincelas, despacha a los principales cultivadores árabes de esta disciplina demostrando su gran admiración por Yabir, «del cual me separan ciento cincuenta (sic) años, pero, a pesar de ello, me considero como un verdadero discípulo suyo a causa de mi gran admiración por sus trabajos, todos los cuales he recopilado y he dado sus títulos en mi Historia de los filósofos árabes». Siguen a continuación una serie de procedimientos químicos que permiten separar el oro y la plata de las gangas que los acompañan.
Has fecundado mi espíritu; recoge, pues, los [frutos primerizos.
Los frutos de la palmera son de quien la ha [polinizado].
Noé escogió la paloma. Y la idea de que ella tenía era equivocada, pues le llevó buenas noticias.
Yo, por tanto, le confiaré las cartas que te destino: ahí las tienes, situadas en una de sus plumas remeras.
Y el poeta judío Yehudá ha-Leví (m.c. 1167) recibía correspondencia literaria por este sistema, todo lo cual apunta al precio reducido (que conocemos) de este sistema de transporte.
Ibn Wafid y sus sucesores leyeron directa o indirectamente a los siguientes autores clásicos: Demócrito, seudo-Aristóteles, Teofrasto, Anatolio, Casthos, Filemón, Virgilio, Varrón y Columela. Este último parece que fue conocido íntegro y ejerció una fuerte influencia en ellos. Las aportaciones orientales están representadas por la Agricultura Nabatea (escrita en 291 / 904) y el Libro de las plantas de Abú Hanifa al-Dinawari (m. 282 / 895), conocido en España a mediados del siglo X ya que el farmacólogo Ibn Samayun (m.c. 390 / 1000) lo cita y además fue objeto de un comentario en sesenta volúmenes por parte del almeriense Ibn Uit Ganim.


















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