GINÉS PÉREZ DE HITA Y LAS FIESTAS MORISCAS DE PURCHENA

Pako Manzano

Juegos Moriscos 2008/Foto: Pako Manzano

Juan Guirao García*

A finales de 1597, en la ciudad de Murcia, daba por finalizada Pérez de Hita la segunda parte de sus Guerras Civiles de Granada; un largo cuarto de siglo ha transcurrido desde la conclusión de aquella fratricida y crudelísima contienda que durante tres años enfrentó a españoles contra españoles infundida por la intransigencia, los prejuicios, la intolerancia. Ginés Pérez ha escrito durante este tiempo una crónica fundamentada en la fuerza y el valor de su propia verdad y casi siempre en cuanto había presenciado o lo mucho que había conocido por boca de sus propios derrotados en tanta destrucción lamentable. Tardíamente impreso, fue libro de poco éxito. Todavía hoy es obra no suficientemente vindicada pese a clarificadores o sugerentes estudios (1) y precisaría del que abarcara su total análisis que aún infortunadamente carecemos. Tal parece como si un fatal sino, un anaké desdichado persiguiera por siempre la sobra de su autor, tan menospreciado por la indiferencia y el silencio de sus contemporáneos (2) Un conocido investigador moderno la califica con toda justicia como «historia novelada de mediana calidad». A este aserto tan poco benevolente nos acogemos a las palabras de un notable conocedor de los valores de esta obra Manuel Alvar que nos dice: Frente a la objetividad de un hombre de ciencia, tan rara en un hombre y tan escasa en un hombre de ciencia, Ginés Pérez de Hita se dejó ganar por el bando vencido, y sentir piedad por los derrotados, en aquellos tiempos y después de los amargos días de la milicia, no es la peor creden­cial con que el narrador murciano se puede presentar a  nuestra sensibilidad de hombres del siglo XX.

En el capítulo XIV de este libro el más extenso de los veinticinco que lo componen, con treinta y ocho páginas(3)  Ginés Pérez de Hita describe unas fiestas celebradas en Purchena con la participación de moriscos y turcos que realizan diversas pruebas de fuerza y destreza. Tras el frustrado cerco de Vera (23/25 de septiembre de 1569) por el socorro venido de Lorca y Murcia, Aben Humeya saquea parcialmente la villa de Cuevas destruyendo la hermosa hueta con jardines y estanques que allí tenía el marqués de los Vélez «todo guardado con curiosidad de mucho tiempo para recreación» como nos dice Hurtado de Mendoza, venganza, por cierto, de «fino moro» que sabía el aprecio que D. Luis Fajardo tenía por aquel deleitoso lugar (4). Se retira el Reyecillo Fernando de Válor Muley a la segura Purchena y allí decide se realicen en la ancha y grande plaza «para alegrar a sus gentes y todo su campo» doce juegos entre los que destacan, a tenor de los premios prometidos, las competiciones de lucha, carreras, saltos y levantamiento de peso. La crítica no ha aceptado la historicidad de estas contiendas lúdicas, tan prolijamente descritas por nuestro autor, negando crédito a lo narrado, aun considerando la posibilidad de lo verosímil que subyace en todas ellas. Nuestro intento ahora no es otro que el de volver la mirada a este texto examinando algunos de sus extremos que, por su carácter de aparente ficción, pueden aportar una perspectiva distintas a las celebraciones festivas de los moriscos en el período estudiado.

 

Son parcas las noticias que de sus juegos y divertimentos nos restan. La más conocida y quizás sólo referida a los del Reino de Aragón es la de Pedro Aznar Cardona (5), tan pintoresca como despreciativa: «Eran muy amigos de burlerías, cuentos, berlandinas y sobre todo amicissimos (y así tenían comunmente gaytas, sonajas, adufes) de baylas, danças solaces, cantarzillos, alvadas, paseos de huertas y fuentes, y de todos los entretenimientos bestiales en que con descompuesto bullicio y gritería, suelen y los moços villanos, vozinglando por las calles. Vanagloriavanse de baylones, jugadores de pelota y estornija, tiradores de bola y del canto, y corredores de toros, y de otros hechos semejantes de gañanes». Visión parcial y degradante de quien, como tantos otros de sus contemporáneos, nunca com­prendió por sus fobias de cristiano viejo rancioso la diferenciación de otra cultura, de otros hábitos y costumbres.

 

La primera de las pruebas que Pérez de Hita nos describe de las fiestas de Purchena es la de la lucha entre cualificados capitanes turcos y moriscos Caracacha y el Maleh, Mamiaga y el Jorayque, rotunda de agresividad y fiereza. Los protagonistas, desnudos, inician su pugilato cortésmente saludándose con las derechas manos. El turco ha ungido su cuerpo con aceite para dificultar las presas. El primer combate se concierta a las tres caídas. Sigamos con las propias palabras de Pérez de Hita: A una los dos bravos competidores asieron de las molledis de los braços, con tanta fortaleza en las manos como si fueran unas fortíssimas tenazas, y assí comenzaron a tentarse las duras fuerças el uno al, otro, llevándose a todas partes; unas veces atrás, otras adelante, otras al rededor, assí como si fueran javalís o dos  fórtíssimos toros llenos de rabiosos celos. La presa que hizo el Africano a1 valeroso Español era de más eficacia y fortaleza, respecto que la que hizo el Español fue sobre el aceyte de que el Turco venía untado, y la presa acerca desto no era firme ni fija, porque se le desvaravan las manos a todas partes; y la presa que el turco hizo, como la carnes del Español estaban limpias y enjutas, llenas de vello, lo llevaba como quería a su voluntad. Lo cual sintiendo el bravo Maleh determinó con presteza de remediar aquel daño que le desfavorecía, y para esto dio una gran sacudida a una parte, de tal suerte que aun con gran dificultad le hizo perder la pressa al Africano, la qual tenía con tal fortaleza hecha que al desassir las manos las duras uñas llevaron los pellejos hazia adelante, dexando bañados de sangre los lugares do se avían aférrado.

 

Y continúa relatando con verismo sobrecogedor todo el largo proceso de la lucha; Sería cosa de ver aquel hijadear y aquel dar bufidos, cobrando nuevos alientos, la espuma que les salía por la boca, 1a grande sudor que brotava de sus cuerpos, de tal forma que les era necesario buscar nuevas presas por no perder la victoria; muchas veces, por- no perder la presa hecha hincavan las duras uñas de tal manera que por muchas partes saltava de las uñaradas la sangre viva.

 

Algo más tarde uno de los protagonistas comentará que «el valor de los hombres no se avía de mostrar en lucha, porque era exercicio de brutos salvajes, sino con las armas».

 

Estamos ante un juego salvaje, de bárbaro encarnizamiento, casi de brutalidad, no conocido tal vez en la narrativa española hasta entonces. Lo que presenciamos por las palabras de Pérez de Hita no son sino fases muy cercanas a la primitiva lucha turca «yagli». El «yagli» continúa celebrándose cíclicamente en la isla de Sarayici o Kikpinar, junto a la ciudad de Edirne, como deporte nacional aunque bastante alterado desde la revolucionaria época de Mustafá Kemal hace setenta años. En territorio Hispano sólo otro tipo de similar lucha ocurría en las lejanas islas de Canarias, descrita por cronistas del XV y XVI, y más largamente explayadas por el poeta lagunero Antonio de Viana en su Conquista de Tenerife, dada a la imprenta en Sevilla año de 1604 (6). Pero el tema de pugilatos de parecida índole no era novedoso en la producción literaria de nuestro Ginés Pérez de Hita. Un año antes de que concluyera la segunda parte de sus Guerras Civiles daba por finalizado su larguísimo cuan insufrible poemario de Los diez y siete libros de Dares del Belo Troyano. Allí, aunque con más suaves desarrollo en la plasticidad escultórica de los luchadores, describe el efectuado entre Paris y Hector (7) :

 

Que ya los dos varones se abrasavan

con ímpetu tan bravo orrible y fiero

como quando dos toros se acometen…

así de esta manera los varones

andavan en la lucha peligrosa

poniendo cada qual todas sus fuerzas

por dar a su contrario gran cayda

armando cada qual estrañas tretas

con traveçar de pies y çancadillas

mas Hector que la flor del mundo era

y de la lucha diestro a maravilla

tomó a Paris por medio la çintura

y con inmensa fuerza levantole

de el suelo y firmemente puesto en alto

pretende de abatirlo por la tierra

 

Dejando los olímpicos juegos perezhitescos vamos a los de Purchena. ¿Por qué estas luchas?, ¿pudieron darse como las cuenta el autor? ¿son, como se ha insinuado por algunos estudiosos de Pérez una exaltación viril de 1a españolidad de lo morisco frente a lo turquesco y extranjerizante? ¿Acaso un estilema más de los que tanto gusta Ginés Pérez con esa inamovible fijación por cuanto supone cualquier reto descriptivo de lo lúdico?

 

La vigorosa tensión del relato donde bravosidad palpitante, el nervio y color del mutuo ardimento de los púgiles en un combate donde el tiempo  parece eternizarse, nos hace volver los ojos hacia un tópico, tan manido como español, en el que insiste reiteradamente Pérez de Hita con una imagen taurina: se acometían embistiéndose como dos fuertes y furiosos toros. Dice Ortega que «la furia en el hombre es un estado anormal que le deshumaniza y con frecuencia suspende su facultad de percatarse. Mas en el toro no es un estado anormal, sino su condición más su condición más constitutiva en que llega al grado máximo de sus potencias vitales”(8). Como en tantos otros episodios de la segunda parte de «Guerras Civiles» un sombrío viento de aguafuerte  goyesco nos insinúa el acercamiento a una reflexión que podía explicar alguna clave de este capitulo donde el latido de la guerra cercana continúa palpitando sordamente en su mismo fondo: lo primario de la condición humana cuando la irrefrenable necesidad de supervivencia ganar o morir, aún a costa del ejercicio de la saña y la crueldad, nos arrebata de todo signo consciente.

 

En cuanto a la posibilidad de que estos desafíos pugilísticos se llevaran a cabo en fiestas moriscas de Purchena cabría estimarse dentro de lo probable, considerando algunas circunstancias que enumero sucintamente. No se corren toros ni hay juegos de caña por la ausencia de caballos para tal efecto. Mas aunque los hubiera, los aliados turcos no habrían intervenido en tales ejercicios porque como asevera  Andrés Laguna Cristóbal de Villalón o quien fuese el autor de Viaje a Turquía, «no justan ni tornean porque no usan lanza en cuja». Y si como reitera Diego de Haedo(9) en su Topografía, «ni justan, ni tornean, ni esgrimen ni juegan…” difícil o imposible es su participación en este tipo de ejercicios ecuestres. El turco solo cabalga bien y largo la estradiota que no constan otras habilidades en su monta a caballo. Por otra parte estas pruebas de fuerza son como ya mencionamos antes ejemplarizando el caso del «yagli» sospechosas de origen asiático, quizás egipcio o norteafricano. Nos apoyamos  perdóneseme la disgresión en otro juego de parecido origen que se celebraba anualmente en la zona cartagenera de san Ginés durante el siglo XVII. En la festividad de san Ginés de la Jara acudían, desde todos los lugares de la región murciana, los esclavos berberiscos a su Santuario cercano al Mar Menor para celebrar la fiesta del 25 de agosto. Tenían la creencia de que el venerable eremita, de increíble hagiografía, fue «morabito» (10) y aun «pariente de Mahoma» Dice el autor que nos describe estos juegos, Campillo de Baayle (12), que venían de diferentes partes esclavos moros, tan contentos, como si allí tuviesen su libertad… Por diferentes ranchos manifestaron sus contentos; Juegos hazían desvariados; que el movimiento del regocijo no tiene juizio asentado. Al son de pesados tambores, con ligeros movintientos, se ponían como en una rueda, y buscaba la de su fortuna los dos mas alentados, que saliendo en medio, como en palestra de su desafío, reñían, sin venir a las manos; porque bestialmente con los pies se davan tan terribles golpes, que el que por descuydo, o por menos de valer no resistía, a los pies del otro, tendido en el suelo quedava lastimado, y el grito de los demás levantaba el aplauso de la victoria del vencedor.

 

A las pruebas de lucha en las fiestas de Purchena suceden otras en los que no me extenderé «por evitar prolijidad» que diría el mismo Pérez, haciendo tan solo una síntesis. Levantamiento de ladrillos con una sola mano. Interviene primero Abenayx, cuyo gallardo escuadrón que le acompaña sostenía una rica bandera «en la cual llevaba pintado el Castillo de Cantoria» (bandera que, por cierto, todavía se conserva en el Ayuntamiento de Lorca procedente de la victoria del 12 de noviembre de 1569, cuando las jornadas en socorro a la población de Oria, acción bélica del Corral de Arboleas y ataque final a Cantoria, a las que asistió como soldado Pérez de Hita, según la relación muy probable de su mano, dado el peculiar estilo, que se intitula Libro de Batallas del que existe copia). Seguidamente lo intentan el capitán Caracacha, Puertocarrero, el Maleh, Zarrea, el Gorri, el Derri, Gironcillo. Abonvayle, y Alrrocayme que resulta vencedor al levantar hasta treinta ladrillos que pesaron noventa libras (41,4 Kgr.). A la prueba de sostenimiento de la piedra de mármol acuden catorce capitanes: vencedor Abonvayle. En cuanto a la de quien «más saltase de tres saltos» es Gironcillo, «que era suelto como un pensamiento» el que alcanza el premio al lograr en su triple salto cincuenta pies (13,90 mts); antes el grave y sabio el Havaquí conseguía la no despreciable marca de treinta y nueve pies (10,84 mts). Prosiguen las pruebas atléticas de la carrera de media legua (2.800 mts) con más de cien participantes; del tiro del canto de media arroba (5.75 Kgr) que gana Mostafá, soldado turco; la de tiradores de honda que obtiene Alclayar, moro mancebo de Ohanez…

 

Si la fiesta «es la intensificación de la vida en breve espacio de tiempo» como nos dice Uwe Schultz lo narrado de estos juegos conlleva, en su imponente desmesura, todo el fulgor restallante y arrebatado de una excepcional hipérbole de eclosión. Un proceso fuertemente imaginativo que desemboca en la reelaboración artística de algo sucedido que quizás transmitiera al autor muy posteriormente un morisco espectador del evento. No entraré en la muy bella parte final de las fiestas moriscas las danzas y canciones, los romances y tangias, la sentimentalidad sonora en el recuerdo de las ausencias tan posibles. Ni en este final trágico, premonitorio como una profecía irremediable, tan fatalmente arabizante, de la muerte de la huérfana de el Deyre, venida a Purchena a decir su última canción. Hay acontecimientos que Pérez de Hita eleva «a categoría estética por un designio de idealización. Por eso, la realidad se ve embellecida con una niebla dorada de leyenda. Por tal causa la narración histórica se reviste con una tenue capa anovelada… Pero la historia continúa latiendo en el fondo» (13)

.

LAS OTRAS FIESTAS DE PÉREZ DE HITA

 

E1 día del Corpus de 1564 representa en Lorca una «invención». Es el primer dato que conocemos de su actividad como hombre dedicado a los menesteres de crear o colaborar en fiestas de las tres principales ciudades murcianas. La organización del Corpus codificada «ad exemplum» como una diorama ambulante, con secuencias alternativas de lo profano y lo religioso, precisa de hombres con inventiva para fabricar tramoyas y villancicos, que sepan de pequeños y modestos prodigios suficientes para un ingenuo «engaño de los ojos», la exaltación gozosa mediante pantomimas mu­sicales bien atemperadas o grotescas. Pérez de Hita participará, durante más de treinta años, en muchas de estas festividades solemnes con autos, invenciones, misterios, danzas. El Corpus con su octava es fiesta grande en la Lorca del siglo XVI. El gasto medio anual que el Concejo dedica a su organización se aproxima a los trescientos ducados, cantidad bien estimable para una ciudad que no alcanzaba por entonces las nueve mil almas. En el Corpus Lorquino como en tantos lugares de nuestra geografía de alguna importancia- se da la plena alegría aturdidora de toda una mixtura de elementos convencionales que regocijan, sorprenden y elevan el ánimo desde el deleite sensorial (la quema de incienso. estoraque y menjuí; la picante música de las dulzainas i hasta la admiración. Las danzas de gitanas y gitanos vuelan desde la larga maroma ante el estupor de los presentes, los que salen en zancos y con hábitos disfrazados, gigantes y demonios, diablillos impertinentes que bailan al son de gaitas o de guitarras… Pérez de Hita dirigirá danzas e invenciones tanto en Lorca como en Murcia y Cartagena (14) .

 

Pero la gran fiesta de Pérez de Hita que más tarde repite incansable cada y cuando es solicitado es la que prepara en Lorca con motivo del nacimiento del Príncipe Fernando y que se celebrará en enero de 1572 (15).

 

 Pasados los años, aunque no por entero, la incorporará literariamente, con los más ricos matices de su fantasía, al capítulo décimo de la primera parte de sus «Guerras Civiles». Los desafíos de doce ventureros en un paso honroso ante el carro triunfal de Venus y Cupido; la libertad del rey Alibarte por el esforzado Esplandián «de la verde espada» preso en castillo entre espantables jayanes y demonios en el que aparece el mismo Pérez en rol de perverso mago con abundancia de fuegos y atronadores sonidos; la galera de altas velas que parece navegar por la plaza con remeros vestidos de armilla y bonetes, vuelven a entusiasmar toda vez que nuestro autor la teatraliza en sucesivos años. La repetición del mismo esquema castillo, galera, sierpe, mago, caballeros que juegan alcancías no cansa ni a regidores ni al público anónimo pese a la levedad argumental y los sabidos efectos escenográficos.

 

Caso aparte -igualmente en las fiestas supradichas de 1572- es la dedicada a «moros y cristianos» que adquiere aspectos de otro interés al incorporar, de algún modo a la misma, el coprotagonismo del reciente pueblo vencido. La breve escena del zalá y el «moro santo» (15) pondría un amargo rictus en el semblante a los posibles espectadores moriscos. En un censo de 1571 se cuantifica el número de los que vivían en Lorca por aquellas fecha: ochocientos noventa y seis, entre emigrados y esclavos, casi el diez por ciento de la población. Pasado el tiempo estos mismos moriscos, en su afán de integración, intervendrán con su danzas en las procesiones del Corpus. Son otros tiempos e intentarán, sin fruto, con la protección del rico mercader Luis de Luna Albuhazen obtener su propia cofradía bajo la significativa advocación de Nuestra Señora de la Paz «para hacer cada Martes Santo procesión en memoria de la prisión de Cristo».

 

LAS FIESTAS QUE VIO PÉREZ DE HITA

 

Toros, peropalo, juegos de cañas, sortija y alcancías, alardes, encamisadas, comedias presenció en Lorca por la documentación coetánea que subsiste Ginés Pérez de Hita. Las corridas de toros se celebraban puntualísimamente los días de san Juan, Santiago, y Vírgenes de Agosto y Septiembre con astados procedentes de vaquerías de Huércal, Orce, Alhama y hasta de la lejana Baza. Pérez de Hita, brillante narrador de lides taurinas en el capítulo XII de la primera «Guerras Civiles», sería espectador atento a  estas fiestas tantas veces demandadas por un pueblo , sus reveses y dificultades con un espectáculo  de riesgo entre la suerte y la muerte.

 

En la lidia de toros (de los que viejos  documentos nos aportan sus nombres »Cermeño»,  «Berenguel», «Savoyano», «Francisquillo»…y sus costes) aparece, como igual sucede en los  juegos de caña, la  presencia musical de la «zambra». Se deduce por cuan­to detallan las relaciones de gastos del Concejo, que eran pequeñas agrupaciones musicales compuestas por cristianos nuevos de modo que interpretarían sus sones  festivos ya habituales en celebraciones de sus bodas. En  1524, primera aparición documental de zambreros, con motivos de las alegrías de la elección de Papa, se pagan ocho reales a «los moriscos (sic) que vinieron con unas çambras”. No se dice de donde eran. Más adelante sabremos que en ocasiones provenían de los pequeños núcleos de Antas y Albatera, íntegramente mudéjares. En Antas procedían de la vecina Vera tras su expulsión a finales del XV; en Albatera, cerca de Orihuela en 1597 doscientos treinta y tres vecinos y ninguno era ­cristiano viejo (18). La zambra, nos dice Covar­rubias en su «Tesoro de la lengua castellana» es «danca morisca;  vale tanto como música de soplo o silvo porque al son de dulçainas y flautas». Nos inclinamos porque en las de Lorca solo se tañía la música pero no se efectuaba baile alguno.

 

Igualmente, eran llamados los zambreros para el recibimiento de personalidades a su  paso por la ciudad (19) acompañando con su alegre sonido los marciales alardes que en forma de «moros y cristianos» ejecutaban dos compañías de soldados arcabuceros.  Hita asistirá a otras fiestas como las de San Millán, San Roque o San Nicolás la escogida por estudiantes de latinidad en donde las artes de fuego, cohetes y luminarias «hacen de la noche claro día”.Nacimientos reales (20), paces entre Reyes cristianos, cesación de epidemias, victorias militares… serán  ocasiones propicias para esa «moratoria de la cotidianidad” como llama Marquard a la alternativa alejadora de lo rutinario que es siempre la fiesta.

 

A MODO DE EPÍLOGO

 

Ginés Pérez de Hita ha contemplado desde la madura atalaya de su vida los episodios festivos de Purchena aferrándose axialmente a un concepto propio, no siempre estable, que bordea la dicotomía entre verdad humana y verdad histórica. No falseará lo sustancial de aquel relato transmitido, sin duda, por un morisco. Cuanto aquella fuente informadora pudo comunicarle aparecerá puntualmente escrito en su libro, pero su imaginativa y el abundoso conocimiento de las identidades de aquella étnia oprimida se engarzarán al nudo de lo poético, reelaborando artísticamente las luchas y tradiciones de los juegos purcheneros en asunción y hermanamiento con lo literario. Su desarrollado marinerismo la suntuosidad de lo accesorio y ornamental ocupando el primer plano para sorprender o maravillar al lector dificulta en ocasiones, por su carga apologética, lo creíble de algunos de sus extremos. No nos importa si así fuera. Estas páginas de Pérez de Hita que hemos intentado débilmente resumir serán perdurables para quienes como en el verso de Keats crean cor­dial, vivamente, que algo bello es una alegría para siem­pre.

 

NOTAS

 

(1) Carrasco Urgoiti, M`’ S.: Peri f  del pueblo morisco según Pérez de Hita (Notas sobre «Segunda parte de Guerras Civiles de Granada», en Revista de Dialectología y Tradiciones Populares XXXVI (1981). De la misma autora: La cultura popular de Ginés Pérez de Hita, igualmente en R.D.T.P. XXXIII  (1977) y «The Moonsh Novel. «El Abencerraje and Pérez de Hita», Twane Publish a Division of G.K. Hall & Co, Boston, 1976.

(2) Escasísimos son los comentarios de ambas partes de «Guerras Civiles». El granadino Henríquez de Jorquera lo cita como «libro entretenido» y a su autor como «ingenioso». Mucho más severo con Pérez de Hita es el Dr. Alonso Cano y Urretas que en la dedicatoria de sus Días de jardín, Madrid, 1619, le tacha de parcial en lo referente a su visión sobre el segundo Marqués de los Vélez, con estas agrias palabras: «Fue capitán general en el levantamiento de Granada, y si la pluma que tomó a su cuenta esta historia dexadas otras que le faltaron tuviera dos condiciones de verdad y libertad no le obligara, o la ignorancia, o la pasión, o ambas juntas, a dexir invenciones, y acallar publicidades». La alusión de Cervantes en su «Viaje al Parnaso», dirigida al «zapatero de obra prima» parece indudable se refiera a Pérez de Hita.

(3) Utilizo la versión de paula Blanchard-Demouge, Madrid, Baylle­Balliere, 1915,. Para las fiestas de Purchcna, capítulo XIV, pp. 153­1

(4) Marañón, G.: Los tres Vélez, Madrid, Espasa Calpe, 1962, pp. 108-109.

(5) Aznar Cardona, P.: Eapulsión justificada de los moriscos españoles y suma de las excelencias cristianas de nuestro rey don Felipe Tercero de este nombre, Huesca, 1612. Cito por García Arenal, M.: Los Moriscos, Madrid, Editora Nacional, pp. 231-232.

(6) Nacido en 1578 en La Laguna (Tenerife) su poema Antigüedades de las islas Fortunadas y Conquista de Tenerife, mereció los elogios de Lope de Vega. Existe edición reciente en Ed. Interinsular Canaria, Tenerife, 1986. En su Canto I V se describen fases de lucha, que por su paralelismo, merecen atención respecto a las de Purchena: Salen luego a la lucha (los mancebos , briosas, bien dispuestos y valientes ,desnudos, mal dispuestos los tamarcos por bien de honestidad a la cintura.  Demuestran lucios los nervosos brazos  derechos muslos, y vellosas piernas  untados con manteca, porque siendo aislados y apretados con las manos  resbalasen, mostrando más sus fuerzas.  Eran los dos gallardos luchadores el uno Rucadén, otro Caluca.  Midense a brazos , hacen firmes presas,  garran las uñas en la untada carne  y exponen con os dedos la manteca, los nervios hinchan de los fuertes miembros  armanse el uno al otro zancadillas;  dánse enviones, vueltas v revueltas;  soplan casi gimiendo los anhelitos  o, por mejor decir; medio bramando.  Vierten los secos labios de sus bocas  amarga espuria de encendida cólera.  Afirma Rucadén el pie siniestro;  carga sobre el cuerpo de Caluca,  tuércele un poco, v con el diestro brazo  le arroja en tierra de una gran caída, admira a los presentes su bra­veza, queda mantenedor en el terreno…  Hacen temblar la tierra si se mueven; l las carnes garran con las fuertes manos; cubre el sudor de los abiertas poros… Igualmente hay testimonios de otros cronistas de los siglos XV y XVI sobre este tipo de lucha, posiblemente anterior al período de la conquista de las islas Canarias, como Fray Alonso de Espinosa o Leonardo Torriani.

(7) Manuscrito de B.N. de Madrid, signado con el número 9.847, folios 66 v° y 67 r°. Tiene un lejano antecedente en una novela latina de los siglos V o VI a. C. titulada Daretis Phygli de excidio troiae historia. Fernández Galiano, M.: Introducción o Homero, Madrid, 1963, pp. 131-132.

(8) José Ortega y Gasset, en «Borrador del epílogo para Domingo Ortega», 1955. Vid La caza y los toros, Austral, Espasa Calpe, Madrid, 1962, p. 134.

(9) haedo D. de: Topogafía e Historia general de Argel…, Valladolid, 1612. Reedición de Bauer y Landauer, S.B.E. Madrid, 1927. Tomo I, p. 76.

(10) Huélano, Fr. M.: Vida r milagros del glorioso confesor Sant Ginés de la Xara, Murcia, 1607. A1 folio 40 v°: «No quiero pasar el silencio, lo que no se puede oyr sin risa, y es, que las Moras Africanas, y Berberiscos que hay en Murcia y Cartagena, y por esta tierra (y aún en parte de Africa) tiene por cierto, que San Ginés fue de su tierra. Y aun dicen ellos que fue morabito…».

( I I ) En una curiosa carta del Guardián del franciscano convento de San Ginés, fray Alonso Alcorissa dirigida al Corregidor de Lorca en 26 de julio de 1667 se dice lo siguiente: «Concurren también mu­chos Moros, hombres, mugeres y niños (al Santuario) que ay año que llegan a 400 moros, obligados de un herror, como otros de su secta, que San Ginés es pariente de Mahoma… aquí se vandaliçan, con unos juegos y luchas que hacen, de donde an salido alunas veces muertos; el tiempo que aquí están que son tres días, no cesan de dar gritos, de día y de noche …». En Archivo Municipal de Lorca. Legajo de Cartas «Misivas» signado con cl n° 131 de Sala II.

(12) Castillo de Bayle, Lcdo Ginés: Gustos -v disgustos del Lentiscar (le Cartagena. Existe facsimil de su segunda impresión valenciana, de 1691, en Biblioteca Murciana de Bolsillo. Real Academia de Al­fonso X el Sabio, Murcia, 1983.

(13) Morales Oliver, L.: La novela morisca de tema granadino, Universidad Complutense de Madrid. Fundación Valdecilla, Madrid, 1972. p. 262.

(14) Muñoz Barberán, M. y Guirao García, J.: De la vida murciana de Ginés Pérez de Hita. Biblioteca Murciana de Bolsillo. Real Aca­demia de Alfonso X cl Sabio, Murcia, 1987.

(15) Espín Rael, J.: De la vecindad de Pérez de Hita en Lorca desde 1 568 a 1577, Lorca, pp. 21-25.

(16) Respecto al «moro santo» puede referirse a personaje que des­empeña un papel remedando las ceremonias de un alfaquí o tal vez la de la costumbre de los «torbacos», de influencia oriental, asiática. Pedro de Urdemalas relator en el «Viaje a Turquía» nos habla de este tipo de actuación: «un viejo de ochenta años que haga de santo, y adoranle como tal, y muchas veces habla mirando al cielo cosas que dice ver allá, y a grandes voces dice a sus discípulos: ‘Hijos míos, sacadme presto de este pueblo, porque acabo de ver en el cielo que se apareja un gran mal para él’ y ellos fingen quererle tomar a cuesta, y el vulgo les ruega con grandes dádivas que por amor de Dios no les lleven aquel santo de allí, si no que ruegue a Dios alce su ira, pues tan bien está con él, y él comienza a ponerse luego en oración, y aquí veréis que la gente no se da manos a ofrescer…»

( 17) Jiménez Alcázar, J. F.: «Moriscos de lorca. Del asentamiento a la expulsión ( 1571-1610)», en Arcas, n° 14, Murcia, 1993, pp. 117­140.

(18) Vilar, J.B.: Los Moriscos del reino de Murcia y Obispado de Orihuela, Biblioteca Murciana (le Bolsillo. Real Academia Alfonso X el Sabio, Murcia, 1993, p. 108.

(19) Visitas de los obispos Siliceo (1547), Manrique(1.583) ó Ssan cho Dávila (1592). Del nombrado presidente de la Chancillería de Granada D. Jerónimo de Roda (1578) del tercero Marqués de los Vélez (1584), etc.

(20) Cuando Isabel de Valois da a luz la que sería Isabel Clara Eugénia (agosto de 1.566) en Lorca se ordena que por tal motivo haya procesión general con toda la clerecía, luminarias en las ventanas y puertas de las casas, repique de campanas, disparos de arcabucería, por la noche los caballeros saldrán con hachas encendidas para un juego de quinientas alcancias, etc.

 

*Director del Archivo Municipal de Lorca

 

3 comentarios

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3 Respuestas a GINÉS PÉREZ DE HITA Y LAS FIESTAS MORISCAS DE PURCHENA

  1. Liamadme

    ¡Que se devuelva la bandera de Cantoria a Andalucía! ¡Murcia solo sabe robar a Andalucía!

  2. Reverter

    Y Andalucía ¿debe indemnizar a todas las poblaciones campesinas que arrasó Almanzor en su época? ¿Quién indemnizará a los bereberes vencidos en las guerras de conquista del Norte de África con los que los árabes vencedores hicieron montañas de cabezas cortadas? ¿Quién indemnizará a las iglesias y monasterios que fueron quemados y sus hermosas y pequeñas bibliotecas fueron expoliadas para formar la “gran” biblioteca del “culto” o mejor coleccionista califa cordobés, amén de hacer de Córdoba un mercado libre de libros expoliados a monasterios e iglesias tanto dentro de Al-Andalus como fuera? ¿Quién indemnizará a los descendienes de las poblaciones costeras de Almería, Málaga, Granada o Cádiz que fueron cautivados por los corsarios y piratas, muchos de ellos moriscos expulsados y emigrados voluntariamente, y llevados al Norte de África donde a base de palizas, malos tratos y trabajos forzados se los coaccionaba a convertirse al Islam contra su voluntad y millares murieron en esas penosas condiciones de vida?