Abdelkarim García Cazorla/Identidad Andaluza
Aunque jure no volver a pisar más las calles del pueblo, tuve que regresar obligado. El Ayuntamiento cobraba otra vez un recibo de la contribución, mi casa fue subastada dos años atrás y adjudicada al banco con el que firmé el préstamo, pero para la oficina municipal esto carecía de importancia.
Antes de llegar pasé por los miles de adosados construidos cerca del pantano, seguián abandonados, daba un no sé qué atravesar estas urbanizaciones , donde los letreros de “Se Vende” , martilleaban con resentimiento en aquel espacio vacio.
Dejé el coche, un modelo desvencijado con más de quince años de vida, alejado de la casa consistorial y fui andando hasta la plaza. A mitad de camino cruce mis pasos con los de Saturno Juarez, al que todos tomabamos por el tonto del pueblo. Él empezó a seguirme como si fuera mi sombra, acostumbraba hacer esto desde que eramos unos niños.
En la fachada del Ayuntamiento una enorme cartel anunciaba una jornada de huelga de los funcionarios. Nada más entrar vi muchos empleados municipales con chandals, colchones inflables y almohadas debajo del brazo. Algunos repartían octavillas; les debián la extraordinaria de Julio, Saturno seguía a mi lado, simulaba leer el panfleto.
Pregunté a un vedel, viejo amigo del colegio, que rellenaba una primitiva por Jacinto, el alcalde, antes concejal del PSOE, despues del PP y ahora regidor independiente.
-Está en su despacho haciendo huelga de hambre- repuso el conserje, sin levantar la cabeza de aquel papel, en el que cifraba su fortuna.
Mi sombra y yo traspasamos las puertas, estaban abiertas, entramos sin llamar, Jacinto se asomaba en ese instante a la ventana y sostenía en su mano derecha una tripa de longaniza y en la izquierda un buen trozo de pan, que ocultó atropelladamente cuando se percató de nuestra presencia. No sé si fue por la sorpresa o por una mala digestíón, el caso es que le entró hipo y despues le dío por eruptar.
Nos dijo que esperaba a unos periodistas de la televisión, la huelga de hambre era para llamar la atención y que él no tenía la culpa que el Ayuntamiento estuviera en la bancarrota. Iba a ser bastante difícil que los doscientos empleados cobrarán su nóminas los próximos meses.
-¿Cómo puede haber doscientos empleados si el pueblo no tiene más de tres mil habitantes ? Pregunté sorprendido.
-Mira todos los que llegamos a la alcaldía colocamos a unos cuantos, que remedio las familia empuja mucho – Decía Jacinto.
Entonces el mismo vedel de la primitiva, asomó la cabeza para avisar a Jacinto, debía inagurar la fiesta de bienvenida a los turistas y darse prisa el catering estaba servido.
Cuando Jacinto llegó hasta la Plaza los funcionarios se habían comido todos los canapés y bebido hasta la última cerveza, siguiendo las consignas sindicales. Al fin y al cabo tampoco este año llegaron turistas.
Después de los visto decidí regresar, pero Saturno Juárez cogío mi mano y tiró de ella hasta que llegamos al río, alli de entre los juncos sacó dos cañas de pesca y unas lombrices que tenía escondidas. Enganché una en el anzuelo y lancé el sedal, recordé las sanguijuelas negras y orondas, que recorrían a la espera de una víctima, el cauce fangoso. Nada había cambiado, seguían allí.Una se enganchó en mi pantorilla para darse un atracón de sangre, otras se habían metamorfoseado en una nueva especie, muy astuta y sibilina.

















Las otras sanguijuelas en las que se suelen amparar las anteriores y con las que todo el mundo se manifiesta con sordina e inquietud… Cuando no encubriéndolas o desviando la atención hacia otro lado. Como siempre desde hace 500 años.
Así nos luce el pelo.
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