ALMERIA Y EL MUSEO DEL CHICLE

Abdelkarim García Cazorla/Identidad Andaluza

 

“ Susana Santiago y Felipe Mareses, fueron detenidos por efectivos de la Policía Local la madrugada del pasado lunes, sobre las cuatro horas y treinta minutos. Los vecinos de una céntrica calle de nuestra ciudad alertaron a una dotación de agentes, por la presencia de un hombre de edad avanzada, que con un pico de grandes dimensiones estaba levantando varias losas de la acera. Una vez en el lugar de los hechos y según consta en el atestado de la patrulla municipal, la mujer explicó que no tenían voluntad de causar daño, sólo querían recuperar algunas losas, donde venían pegando chicles desde que se hicieron novios en los años sesenta.”

Según sus propias palabras:” La primera vez que nos besamos , los dos teníamos un chicle en la boca que tiramos al suelo porque nos molestaba, sin querer lo pisamos y aquella masa tomó la forma de un corazón. Fue un buen presagio y el tiempo acabó por confirmarlo “. Cada vez que algo hermoso les sucedió, mascaron la goma y volvieron a besarse como aquel primer día, pegaron otros chicles cuando nacieron sus hijos, cuando compraron su primera casa….. así convirtieron aquella masa informe en un mapa de sus vidas y en una rareza simplona o ridícula, pero en los sentimientos la simplicidad y la ridiculez pasan desapercibidas e incluso son universalmente aceptadas.

Mientras leemos esta noticia que parece inventada, lo que no equivale a improbable, pues podría suceder, pues en cualquier caso es una historia vulgar, es suficiente mirar el suelo de nuestras ciudades, alfombradas por las manchas parduscas de chicles que varias generaciones machacaron entre sus dientes y otras pisaron, aplastaron hasta incrustarlas en el suelo. Mi amigo Luis Orán acierta con su idea de proponer un museo al aire libre del chicle y otros despojos, en él la memoria sentimental de Susana y Felipe debería ocupar un lugar preferente.

Una ciudad de 200.000 habitantes genera un promedio de 136.000 toneladas de desechos cada año. Somos excelentes productores de basura que debemos de destruir a toda costa puesto que en caso contrario el imparable crecimiento infectaría a las urbes haciéndolas ponzoñosos campos de enfermedad o en su caso originarían la desaparición de las calles, plazas y avenidas, sepultadas por el avance incontenible de materia orgánica y despojos pestilentes.

El chicle tiene otra química más dulce y con menos putrefacción, ya los griegos, los pueblos escandinavos y otras muchas gentes conocían la combinación de las resinas de los árboles, su corteza y algo de miel, se mascaba y servía para evitar infecciones en la encías . El chicle es una basura no tan innoble pero muy incomoda de limpiar, crea un desagradable impacto visual y retrata al sucio infractor por su guarrería despreocupada e irresponsable. Corroe el suelo y contamina por la retención de bacterias. Además de todo esto es muy pesado, cuando queda pegado en la suela del zapato y unas lianas pegajosas no dejan que separes los pies del suelo.

Ellos, los chicles, siguen ahí, desafiantes y creciendo como un ectoplasma que arrastra recuerdos, quizás nuestra historia debe de empezar a rescribirse desde las cimas de las montañas, donde cada día miles de camiones de la limpieza, vomitan la suciedad y la inmundicia. ¿ No estará en las bolsas que cada día arrojamos a los contenedores, nuestras biografías, como una herencia o un legado envenenado a la tierra?

¿ Y cómo completaríamos el espacio de ese museo inadmisible, que nadie estará dispuesto a construir? Sólo lo podemos hacer por la autoinculpación y el reconocimiento de nuestra insolencia porcina, hacia el espacio público al que maltratamos y despreciamos, como algo ajeno y secundario.

También habrá de ocupar un lugar de honor la ineficiencia pública, que no sólo se cruza de brazos para impedir la acción incívica, sino que además acepta resignada la propagación de las plastas de goma de mascar, como lunares de cancerosos, un parquet para cochinos y un accesorios patético en los suelos y aceras, que alguien debería ir pensando como arrancar o evitar su profusión incesante.

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