Carlos de Urabá /Identidad Andaluza
Las cifras no mienten: las defunciones superan con creces a los nacimientos. La catástrofe demográfica es prácticamente irreversible.
España lleva camino de convertirse en un gigantesco geriátrico. Los adultos mayores representan el 31,9 % de la población y en el año 2049, según INE, duplicarán su número. Esto significa que para esa fecha más del 50% de la población lo constituirán personas dependientes. Pero quizás lo más preocupante sea el índice de natalidad que con 9,2 niños por cada 1000 habitantes es uno de los más bajos del mundo. Con estas cifras el reemplazo generacional es inviable. De poco valieron los incentivos que implemento el gobierno socialista para elevar la tasa de nacimientos. Aparentemente, los 2500 euros por engendrar un hijo, no son suficientes para compensar tamaño «sacrificio». Los inmigrantes, a pesar de su futuro incierto, fueron los únicos en contribuir a que hayan más nacimientos que defunciones.
Las parejas españolas no quieren tener hijos, los hijos, como los viejos, causan problemas y coartan la libertad. Y hoy, sobre todo, la mujer, no está dispuesta a renunciar a los privilegios conquistados tras siglos de dominación machista. Es preferible adoptar un perrito, un gato o un canario que al parecer molestan menos. Encima, por causa de la crisis económica y la recesión, millones de jovenes mayores de 18 años aún no se han emancipado y viven en la casa de sus padres. Los contratos basura, la precariedad laboral y el paro son argumentos suficientes para comprender la gravedad del tema. Si quieres formar un hogar es preciso hipotecarse a 30 o 40 años. Sin el visto bueno de los bancos e inmobiliarias los matrimonios están condenados al fracaso.
La caída demográfica tendrá en un futuro no muy lejano efectos devastadores. ¿Cómo mantener el sistema de pensiones? ¿y el estado de bienestar? La fuerza productiva se agota y la única alternativa viable es echar mano de los inmigrantes. Se necesita sangre nueva que revitalice el instinto de reproducción. Basta con salir a la calle y observar en las plazas y los parques el dantesco panorama: no hay casi niños jugando y sólo se distinguen ancianos anquilosados que caminan lerdos apoyándose en sus bastones.
El llegar a viejo, que muchos pueblos primitivos consideran una virtud, en nuestra sociedad es una maldición. La experiencia y sabiduría acumulada durante toda la vida se desprecia pues el producto ha caducado. Pero no sólo el ser humano envejece sino también la naturaleza. La tierra degradada y estéril tampoco da frutos. Tanto se extinguen las especies del ecosistema como los campesinos y la cultura popular. La sociedad de consumo capitalista nos ha convertido en esclavos de la tecnología. Sin la televisión, los computadores o teléfonos móviles no seríamos más que unos seres tristes y aburridos.
A los viejos les hemos colocado una mordaza, nadie les escucucha porque su opinión es irrelevante. Ya no producen nada y no son más que una onerosa carga para la sociedad. Si no tenemos tiempo para nosotros mismos muchos menos para cuidar de nuestros ancianos. Como pierden la vitalidad y enferman lo mejor es encerrarlos en los asilos y residencias donde a base de pastillas y tranquilizantes disfrutarán de una dulce agonía. Nuestra sociedad hedonista sólo admite la belleza y la perfección. Quien no cumpla estos requisitos quedará irremediablamente excluído. Porque envejecer es un pecado imperdonable. Y para quitarnos ese maldito estigma de encima no queda otra alternativa que pasar por el quirófano para rejuvenecer y resucitar eternamente jóvenes y atractivos.
El ingrato suceso acaecido en la residencia de ancianos Vírgen del Consuelo, de Cienpozuelos en el que dos abuelo fallecieron por inanición olvidados en la furgoneta del mismísimo director del centro, no es un hecho aislado, sino que revela que las torturas y el maltrato son una práctica habitual. Se aprovechan del estado de indefección de las víctimas. ¡Al director se le olvidaron en la furgoneta dos seres humanos como quien olvida un paquete de tabaco en la guantera! Humillar de una forma tan cruel a unos pacientes privados por completo de sus facultades físicas y mentales. No hay disculpa que valga. Esta actitud tan cobarde sólo produce asco y repugnancia. En el fondo toda la sociedad, por acción u omisión, es la directa responsable de este homicidio. Algunos, incluso,han llegado a insinuar que a los pobres viejitos les hicieron un favor pues ya no sufrirán más. Como en los campos de concentración: sólo los más fuertes sobrevivirán, los débiles al horno crematorio.
Hace un par de años escribí un relato corto inspirado en una noticia que me dejó estupefacto: « abandonan al abuelo en una gasolinera» Como se iban de vacaciones soltaron el lastre. -Abuelito, vaya a mear al baño y ahí lo dejaron tirado en la cuneta como si se tratara de un perro sarnoso.
LA CARGA
Resignación cristiana y menos mal que Dios vela por nosotros. La edad dorada, el premio a toda una vida de trabajo es como una medalla que le ponen al héroe antes de enterrarlo en el cementerio. Se suponía que ya jubilados íbamos a hacer realidad todos nuestros sueños. Pero que iluso ¿sin dientes, encorvado y dando palos de ciego? Si por lo menos pudieramos hincharnos de comer. Pero nada, a tomarnos la sopita de pollo, el jamón york y una copa de vino porque de lo contario te puede dar un patatús.
Me pasé la vida entera trabajando de gañan en un cortijo. El señorito imponía las leyes y a obedecer porque sino la Guardia Civil te zurraba a garrotazos. Las únicas vacaciones que he conocido son las fiestas de guardar, claro. El campo te hace un esclavo y hay que sembrar y cosechar de sol a sol, darle de comer a las bestias o criar las gallinas y conejos. Sin contar con la familia que eso es harina de otro costal. A las cinco de la mañana ya estaba en pie para cumplir con mis obligaciones como Dios manda. Vamos, que junto a mi mujer tuvimos que sudar la gota gorda para sacar a mis hijos de ese chiquero y hacerlos unos ciudadanos de bien.
La semana pasada tuve que ir al médico pues la cabeza me daba vueltas. La cola de pacientes era larguísima; todos con cara de mansas ovejitas que llevan al matadero. En la sala de espera la misma conversación de siempre: que si la presión alta, el colesterol, el azúcar, ¡ay! el reuma ¡ay! la próstata. En fin, un viacrucis de condenados suplicando el milagrito. Nada más que viejos achacosos, la mayoría hipocondríacos que vienen a desahogarse con el doctor. Si es que nuestro único deseo es que alguien nos escuche porque nuestra verdadera enfermedad es la soledad y olvido. En todo caso, Dios es bondadoso y nos da la vejez para que nos vayamos acostumbrando a la muerte.
Por el día de mi santo o las navidades mis hijos vienen a visitarme a la residencia. Llegan preguntando qué hora es, me dan unas cuantas palmaditas en la espalda y me regalan cualquier bobadita para congraciarse conmigo. Mis nietos no me dicen ni hola, se sientan frente al televisor y sólo cuando quieren que les dé algo de dinero se acercan y mueven la colita a ver si los premio con unas pesetillas. Aunque no lo merezcan se me ablanda el corazón y al final los complazco.
Mis hijos me dicen que no tienen tiempo, que viven muy apurados pues deben pagar deudas e hipotecas y que por eso no me visitan más a menudo. Es una manera de disculparse pero a mi no me importa. ¿será que no les cae bien el ambiente del asilo? o vaya uno a saberlo. El día de mi cumpleaños me regalaron un teléfono móvil, según ellos, para que no esté tan aislado. ¡Qué granujas! Pero si yo no entiendo nada de estos cacharros pues soy un cateto de pueblo que sólo sabe de bueyes y carretas. Incluso no aprendí ni el abecedario pues para arrear las mulas no se necesita ser una lumbrera.
Desde que enviudé mis hijos insistían en que me viniera a una residencia en Madrid, que ellos la pagaban pues no podía estar allí en Castuera alejado de la familia. De puro bruto acepté convencido de sus buenas intenciones. El primer día en la capital casi me da un infarto: no aguantaba el ruido, me deslumbraban las luces y el tráfico enloquecedor me ponía histérico. Millones de personas venga de aquí para allá y todas encerradas en esos edificios peor que una granja de pollos. Cuando estoy deprimido salgo al balcón del asilo a contemplar el atardecer pero ¡qué va! M e estrello contra una muralla de cemento y hormigón Al menos en Castuera me acompañaban los vecinos y me entretenía en el huerto sembrando tomates y patatas.
El Buen Pastor es como un parking de vejestorios, las familias no saben donde meternos, mejor dicho, somos una carga, un estorbo, muebles viejos cubiertos de polvos y telarañas cuyo destino es el trastero.
Para colmo los enfermeros de la residencia viven cabreados y nos tratan a los madrazos -¡Me cago en Dios! ¡me cago en la ostia! Son las expresiones más decentes Y no es para menos pues tienen que limpiarnos la mierda e igual que los bebés cambiarnos los pañales y bañarnos. Algunos abuelos como no están bien de la cabeza les entra el berrinche y entonces se arma la de San Quintín. Todo se repite, un día tras otro: nos levantamos a las nueve y después del desayuno nos vamos al salón a jugar al mus o al domino. Jugar es un decir porque ¿qué se puede esperar de unos viejitos amargados y gruñones? Nada más que peleas y reproches. Se nos acabó la pascua y de buenas a primeras el frío invierno marchitó la primavera. Después de la comida nos sentamos en la sala de televisión a ver alguna película, la corrida de toros o un partido de fútbol. Pero al cabo de unos minutos nos entra la modorra y comenzamos a roncar a pierna suelta.
Si no existiera la televisión, que es nuestra verdadera compañía, no quiero ni pensar lo que sería de nosotros. Sin ese invento ya más de uno se habría suicidado; incluso muchos hablamos con los presentadores de los programas a quienes saludamos como fuesemos amigos de toda la vida.
Como nosotros no teníamos nada, les dimos todo a nuestros hijos. en el fondo son unos niños mimados que sólo piensan en escaquearse y pasársela bien. De nada valen los sentimientos pues el corazón lo llevan en la billetera. A trabajar y trabajar, a ganar dinero y venga a engordar la nómina con horas éxtras los sabados y domingos para luego compararse un coche último modelo o un chalet en la sierra. Se quejan de que no tienen un duro pero mira como sonríen satisfechos al llenar el carrito de la compra en los supermercados.
A las ocho en punto cenamos una tortillita y un yogurt y nos quedamos tan panchos. Luego, algunas beatas rezan el rosario y a la camita donde a lo mejor en el mundo de los sueños podemos hacer realidad todas nuestras fantasías.
Qué raro. Esta mañana me llamó por teléfono mi hijo Justino. -Papá, tienes que venirte con nosotros a Benidorm. Y es que en la residencia en el mes de agosto cobran el triple y no queda más remedio que ahorrar pues la economía es la que manda. A Benidorm, a la playa, por primera vez en mi vida voy a ver el mar ¡qué ilusión! Me puse tan contento que hasta me dieron ganas de cantar una copla. Porque eso de pasar el verano achicharrado en una mecedora no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Además, como todo el mundo se marcha de vacaciones en la ciudad no queda ni el gato. Ahora al menos tendré la compañía de mi familia que es algo que te sube la moral.
Tras cargar el coche de maletas y cachivaches salimos de Madrid muy temprano para aprovechar la fresca. A mi me colocaron atrás junto a mis dos nietos y el perro. Mi hijo Justino conducía el coche mientras su mujer no paraba de llamar por el teléfono móvil. ¡Qué agobiante! tuvimos que aguantar horas y horas de embotellamiento pues justo ese día empezaba la operación salida. Mi nuera encendió la radio y puso a todo volumen esa música diabólica del chun chun pan pun que te destroza los oídos. Mis nietos, venga a jugar con las maquinitas o hacerle gracias al perro. Y yo allí sentado como un monigote contemplando el campo yermo por el estío donde el solazo casi incendiaba la meseta. Qué bellos recuerdos cuando acompañaba a mi padre a segar el trigo. En cuanto se despejó la autopista mi hijo hundió el acelerador y comenzó a correr para recobrar el tiempo perdido. Cruzábamos pueblos y ciudades; uno tras otro a una velocidad vertiginosa, íbamos tan rápido que me entró tal mareo que tuve que abrir la ventana para respirar un poco de aire fresco. A mi lado los niños seguían matando marcianitos en la maquinita y mi hijo bailando al ritmo del chun chun pan pun ese de los cojones. Su mujer, para variar, de juerga en el teléfono móvil. Si por lo menos me hubieran dicho: ¿Abuelo, necesita algo? ¿ tiene usted sed?¿está todavía vivo ?
Antes de comer paramos a repostar en una gasolinera. Miré a mi alrededor y me pareció que estabamos en Castuera. No puede ser, había vuelto a mi pueblo, allí estaba la plaza y hasta la misma iglesia. No cabía de la dicha Me voy al baño a mear,- le dije a Justino-y él ensimismado con la musiquita ni siquiera me prestó atención. Detrás de los servicios había un bosquecillo y como una liebre que huye del cazador me metí entre los matorrales. ¡Qué maravilla! olía a jara y espliego. Acurrucado cerré los ojos y aguardé que se marcharan. Seguro que ni me habrán echado de menos.-pensé en mis adentros. Escarbé la tierra y la froté sobre mi rostro arrugado, más arrugado que esos campos resecos por la sequía y me sentí resucitar. De repente, alguien me llamó ¡pedrito, pedrito! Al instante reconocí la voz de mi padre quien tomándome de la mano me ayudó a levantarme. Se echó a hombros las alforjas -y me dijo- Ala chaval, a faenar que se nos hace tarde acariciándome el pelo me estampó un beso en la frente y yo no pude reprimir una carcajada de felicidad.
Carlos de Urabá 2010
Investigador de Colombia.
















