Abdelkarim García Cazorla/Identidad Andaluza
Era el tiempo cercano a la fiesta de la Pascua y el de Nazareth subió a Jerusalén. En el atrio del templo, encontró a los vendedores de bueyes para la inmolación que mugían intranquilos al lado de las ovejas, agolpadas unas contra otras como si presintieran el sacrificio y las palomas con su gorjeo, la única ofrenda posible para los humildes. Las voces de los mercaderes, resonaban entre los muros como un eco de muerte antigua y entre las bestias los hombres, comerciaban junto a las mesas de los cambistas, que amontonaban las monedas de oro y plata para que refulgieran y deslumbrarán más y así tentar el alma sucia de la codicia. Ellos contaban con la aprobación de los sacerdotes que consentían la mudanza de la casa del creador en mercado, a cambio de una parte de los beneficios, su apego al lujo y a los privilegios les había corrompido.
Recordó las palabras de Isaías: “ Estoy harto de vuestros holocaustos. La sangre de los novillos no me agrada, no me traigáis estos dones vacíos. Vuestras solemnidades y fiestas las detesto, son una carga que no soporto más ¨ Y entonces su corazón fue como una hoguera, una llama de ira le hizo empuñar unas sogas y convertirlas en látigo, ahuyentó a los animales para alejarlos sin causarles daño alguno y derribó las mesas de los cambistas.
Los soldados lo cercaron y lo llevaron a la presencia del Sumo Sacerdote que preguntó cuál era su autoridad para aquella acción.
- Destruid este templo y en tres días yo lo levantaré de nuevo-.Contestó el hijo de María.
-¿Cómo habrías de hacerlo, si tardaron cincuenta años en edificarlo? Se burlaba vanidoso y descreído. Envuelto entre su capa de fina seda y brocados, sólo era un tirano en un reino de baratijas y un mago opresor, hábil para los engaños y desenvuelto en las desdichas.
Jesús no desea explicarlo, queda en silencio rodeado de las lanzas y las espadas. Ahora piensa sobre lo que acaba de suceder y cree que el celo por la casa de su Señor lo devorará . Cómo podría comprender aquella estatua altiva, que el templo de Dios es el cuerpo del hombre, si el mismo arruina su espacio con la ofrenda hueca, con la esperanza en la ganancia y no en la prosperidad verdadera, parece que un velo cubriera a todos los pueblos y oscureciera las nobles virtudes de los hombres.
Le aflige haber sentido la destemplanza de la furia, aún sigue aturdido por la intensidad con la que brotaba su cólera y desea volver con los suyos; aquellos que no fingen sus creencias, ni la aprovechan para el lucro insano, con los que al alba ya están dispuestos a buscar su sustento con el favor de su esfuerzo y la ayuda de su Señor, sobre ellos edificará una nación y mandará una abundancia, fecunda como el rió caudaloso. El gozo y la alegría serán perpetúa y la convicción en la justicia os hará renacer.
El estremecimiento mesiánico de Jesús decepcionado ante la degradación del templo es un signo, una lectura para incitar no a la trasgresión por la fuerza, pues incluso a él mismo le desasosiega su reacción, aunque la percibe como celo por conservar la esencia del espacio agraciado por la bendición del Creador. Por ello rehúsa a emplear violencia alguna con los animales, que reconoce inocentes y arremete contra los hombres, capaces de entender que el conocimiento del Señor llenará la tierra como las aguas cubren el mar, pero con la misma facilidad que lo comprenden empiezan a olvidar.
Así el camino trazado con la luz de la sabiduría, lo hacemos tortuoso y nuestro empeño nos lleva hasta la tristeza, una de las argucias del Ángel Caído, que susurra incansable para despertar las más infames cualidades de los hombres, entre las cuales enumero como anecdóticos pero no menos importantes: los atracones navideños, la falsa afectividad y la tontuna tóxica de consumo compulsivo, sin olvidar los mensajes insufribles o chuscos en el móvil.
















