EL NOMBRE CRISTIANO DE LOS MORISCOS

Bautismo forzoso de moriscos

Bautismo forzoso de moriscos

A. Miguel Ángel Ladero Quesada

“… Así somos informados que algunos de los nuevamente convertidos se llaman nombres y sobrenombres de moros; mandamos que de aquí adelante no se lo llamen, y si alguno de ellos tiene agora nombre o sobrenombre que suene a moros, lo quite y no se lo llame más y tome otro nombre de cristiano...” (1). Con estas inequívocas palabras, la Congregación reunida en Granada en diciembre de 1526 para examinar el problema morisco aborda la cuestión del nombre. En los años 1560, otras dos asambleas se expresan en los mismos términos; en 1561, la que preside Francisco de Navarro recomienda a los moriscos valencianos que no les pongan nombres musulmanes a los recién nacidos (2); en 1565, la Junta de Madrid prohíbe el uso de nombres o sobrenombres musulmanes (3).

No sólo al aspecto formalista de los textos -se dirían decretos- se debe el carácter terminante de estas órdenes. Es sabido que las autoridades españolas no dejaron nada al azar en la lucha que mantuvieron con la comunidad morisca durante todo el siglo XVI; persiguen toda práctica, toda costumbre que se aparte de la norma. He tenido ya ocasión de examinar los esfuerzos desplegados por la Corona para romper la solidaridad familiar tradicional (4). En este contexto, el apellido y el eventual sobrenombre de origen árabe se hallaban amenazados. Pero la identidad musulmana pasa también por el nombre, por lo que los legisladores ven la necesidad de ocuparse muy especialmente de que éste desaparezca. Su objetivo es borrar la conciencia musulmana del morisco.’

Pero ni el nombre cristiano ni el musulmán se imponen en circunstancias fortuitas. La imposición del nombre coincide con la consagración del niño a Dios. De ahí que las autoridades civiles y eclesiásticas españolas tengan imperiosas razones para interesarse por un fenómeno aparentemente poco importante. Dada la estrecha relación existente entre nombre y bautizo, no cabe la indecisión o la indulgencia; todo aquel que no tiene nombre cristiano o no lo utiliza, no es cristiano. Por ello ponen mucha insistencia en que los niños moriscos sean bautizados y que sus padrinos sean cristianos viejos. Una cédula de 20 de junio de 1511 (5) hace obligatoria esta última disposición, confirmada en repetidas ocasiones a pesar de las protestas de la comunidad morisca, de la que Francisco Núñez Muley se hace portavoz en 1523 (6). Semejante política es naturalmente intolerable para los moriscos, conscientes de que su identidad y su fe están amenazadas.

Así pues, hay múltiples y fundamentales razones, es mucho lo que está en juego tras esa lucha permanente en torno al nombre. Pero antes de examinar el aspecto cualitativo de la resistencia morisca y de hacer un balance de la oposición de ambos antagonistas sobre este punto concreto, sería interesante proceder a un estudio cuantitativo de los nombres cristianos impuestos a los moriscos. Para llevarlo a cabo es necesario establecer varias comparaciones dentro de una misma comunidad, examinándola, por ejemplo, a principios del siglo XVI, cincuenta años después y en vísperas de la expulsión de España. Este tipo de investigaciones nos permitirá saber si existe alguna particularidad morisca, ya sea que esta minoría tenga una especial preferencia por ciertos apelativos, ya que les sean impuestos sistemáticamente determinados nombres; o si, por el contrario, los nombres de los cristianos nuevos no se diferencian particularmente de los que llevan los cristianos viejos.

Sin pretender dar aquí respuesta a todas las preguntas, me dispongo únicamente a presentar los resultados de algunos sondeos y a formular algunas hipótesis. No podrán obtenerse conclusiones definitivas antes de haber examinado varios millares de partidas de bautismo, que se hallan en los registros de parroquias repartidas geográficamente por los reinos de Granada, Valencia, Aragón, etc., es decir, por todas las zonas donde había una importante población de cristianos nuevos. Y estas tendrán que ser comparadas con otras tantas partidas de bautismo de cristianos viejos, tanto de aquellos que vivían en contacto con los moriscos como de los que ignoraban por completo a la comunidad musulmana. El estudio de esta documentación ha de centrarse al mismo tiempo en el nombre y en los padrinos, que pudieron tener un papel decisivo en la elección de éste.

Por el momento, me limitaré a presentar una muestra deliberadamente heterogénea. Por un lado, aunque la parte más importante de los documentos utilizados concierne al Albaicín de Granada, he efectuado sendos sondeos en dos pueblos de la huerta de Valencia, Carlet y Benimodo, partiendo de las confesiones que en 1574 hicieron sus habitantes ante los inquisidores (7). Por otro lado, las fuentes granadinas están escalonadas en el tiempo. La más antigua es una lista de las conversiones de 1503 (8); la segunda, el libro de bautismos de San Juan de los Reyes entre 1556 y 1565 (9); la tercera, el censo de la parroquia de San Salvador en 1561 (10). Podrá advertirse que hemos utilizado con más frecuencia los censos que los registros parroquiales, a pesar de la mayor riqueza documental de estos últimos sobre el tema que nos ocupa. Pero es indispensable recurrir al documento de 1503, el de la conversión masiva y forzosa, ya que da una fiel imagen de la situación al comienzo del proceso y constituye la referencia obligada de los sondeos posteriores. Los datos valencianos son también de inestimable valor,”porque proporcionan a la vez, así como el censo granadino de 1503, el nombre musulmán y el nombre cristiano. Por último, he recogido los nombres de los habitantes de la parroquia de San Cecilio, de Granada, para establecer una primera comparación con una zona de cristianos viejos (11).

La relación así constituida comprende 5.175 nombres, que se distribuyen del modo siguiente:

 
     
   
 
Hombres Mujeres Total  
Albaicín (1503) 439 585 1.024
San Juan de los Reyes (1556-1565) 388 372 760
San Salvador (1561) 586 684 1.270
Carlet (1569) 128 207 335
Benimodo (1569) 58 52 110
San Cecilio (1561) 818 858 1.676
  2.147 2.758 5.175
 
 
 
 

 

Los elementos que componen este conjunto son cualitativamente desiguales. Los que conciernen al reino de Valencia son escasos y los hemos introducido sólo con el fin de iniciar una primera comparación. El conjunto de datos granadino, mucho más importante, tiene además un mayor interés por estar compuesto de sondeos efectuados sobre diferentes fechas. Así, comprobamos que el fondo antroponímico se va enriqueciendo con los años. En la conversión masiva de 1503 se utilizaron solamente 43 nombres; sesenta años después, entre los descendientes de los primeros moriscos granadinos podemos contar de ochenta a noventa nombres, es decir, aproximadamente el doble. Con todo, se trata de una diversificación algo limitada, ya que los habitantes de San Cecilio, cristianos viejos en su mayoría, disponen de una lista aún más variada: 132 nombres, aún cuando el tamaño de la muestra, en este caso mayor, acentúe anormalmente el fenómeno. Queda claro que, si bien el abanico de nombres cristianos de los moriscos tiende a parecerse al de los cristianos viejos, continúa siendo más pobre.
 
La proporción de nombres más utilizados confirma este doble fenómeno. El 87,67% de las 585 mujeres residentes en el Albaicín en 1503 se llaman Leonor, María, Isabel o Catalina, y el 69,69% de los 439 hombres, Juan, Francisco, Alonso o Hernando. Hay pues, en este primer sondeo, una notable concentración en ocho nombres. La situación cambió bastante a mediados del siglo XVI, ya

 

que los cinco nombres femeninos más frecuentes suman menos de dos tercios del total y los cinco primeros nombres masculinos solamente del 40 al 50% del total de apelativos. Carlet y Benimodo se diferencian de las parroquias granadinas por unos porcentajes más altos, que quizá se explican por la inferioridad numérica de la muestra.

Con todo, parece subsistir una ligera diferencia entre las parroquias con mayoría de vecinos moriscos y San Cecilio, parroquia de cristianos viejos, sobre todo en lo que se refiere a los nombres femeninos. Es particularmente notable la concentración que se produce en María, Isabel y Lucía en San Juan de los Reyes y sobre todo en San Salvador. Ahora bien, San Salvador es la parroquia morisca por excelencia, mientras que en San Juan de los Reyes hay una minoría de cristianos viejos, así como en el territorio de San Cecilio vive un grupo de moriscos. La concentración en unos pocos nombres masculinos es menos acusada, pero hay que señalar que diez antropónimos suman el 65,18% en San Juan de los Reyes y el 68,24% en San Salvador (el 65,89% en San Cecilio). Ocho de los diez nombres son comunes a las tres listas y nueve (Juan, Alonso, Miguel, Diego, Francisco, Luis, Pedro, Sebastián, Lorenzo) pertenecen a las de San Juan de los Reyes y San Salvador.

Estas observaciones nos llevan a preguntarnos si hay nombres específicos de los moriscos. La lista de los 46 nombres más utilizados, 21 femeninos y 25 masculinos, no revela ninguna particularidad importante. Ningún nombre es privativo de los cristianos nuevos. Es sabido, por ejemplo, que, en la tradición popular, el origen del nombre de Benilda, actualmente muy extendido en Carlet y Benimodo, se remonta a una santa morisca oriunda de uno de estos dos pueblos (12). Ahora bien, hacia 1570 no hay ningún morisco con este nombre. Igualmente, seria de esperar que se utilizasen con frecuencia nombres no procedentes de santos, como Melchor, Gaspar y Baltasar. Gaspar, el más usado de los tres, sólo aparece 49 veces, 18 de ellas en la parroquia de San Cecilio. Figura sólo en el puesto decimotercero de la lista de nombres masculinos de todas las parroquias juntas, excepto la de San Cecilio y en el decimoprimero de esta última. Comprobamos que Miguel, García y Lorenzo por una parte, Brianda y Ángela por otra, parecen ser más corrientes, por escaso margen, entre los cristianos nuevos que entre los viejos.

El nombre morisco, lejos de ser original, es característico de la sociedad de la época. Así, los nombres de Jesús y todos los derivados de María no aparecen en nuestro sondeo, aunque existe un María de la Paz en San Juan de los Reyes. Añadamos algunos casos aislados que concier­nen a otros nombres pero relacionados con el mismo fenómeno: encontramos un Aldonza de la Cruz en San Juan de los Reyes, un Ana de la Isla, un Ana de los Reyes y un Andrea de la Cruz en San Cecilio. Lo cual no es mucho. Hay, no obstante, una notable excepción, el nombre de Esperanza. No sólo una mujer residente en San Salvador y otras dos de Benimodo responden a este nom­bre, sino que lo lleva una de cada tres mujeres en Carlet.

Como ocurre entre los cristianos viejos, son escasísimos los nombres compuestos: sólo 12 de 5.175. Enumerémoslos: en 1503, Catalina Leonor y Pedro Gonzalo en el Albaicín; Gil Agustín, Juan Esteban y María Magdalena en San Juan de los Reyes; Juan Ambrosio y Juan Alonso en San Salvador; Rodrigo Alonso y Juana Bautista en San Cecilio; Juan Pere, Jerónimo Matía y Jerónimo Agustín en Carlet. En definitiva, queda claro que el conjunto de nombres estudiados refleja la influencia de las modas locales ó regionales. No es raro que los moriscos de Carlet se llamen Cosme, Nofre, Vicente o Galcerán, nombres desconocidos en Andalucía, poblada en cambio de Alonsos, Lorenzos o Álvaros, nombres ignorados en la huerta de Valencia. El mundo castellano y el catalán se oponen claramente.

¿Quién escoge el nombre? Cuestión fundamental y delicada a un tiempo que es necesario abordar si queremos empezar a comprender la distribución de los nombres cristianos entre la población morisca. Hemos visto que las autoridades españolas exigían que los padrinos de los moriscos fuesen cristianos. Estas disposiciones reflejan la voluntad de no dejar libertad de acción alguna a los padres del recién nacido y de controlar la ortodoxia del bautismo. Pero, ¿fueron efectivas?.

He recogido, a título de ejemplo, el nombre de los 134 padrinos y madrinas de los 67 niños bautizados en 1555 en la parroquia granadina de San Nicolás (Albaicín), habitada casi exclusivamente por moriscos (13). Sólo encontramos un patronímico que delate la presencia de una madrina morisca, el de Catalina Patoya. Tras los 133 restantes parece haber otros tantos cristianos viejos, aún cuando es menester observar una extrema prudencia en este tema. Pero existen otros indicios de la estricta aplicación de las cédulas reales. La lista de padrinos y madrinas que nos ocupa sólo contiene en realidad noventa nombres, porque varias personas reaparecen varias veces durante el mismo año. Esteban Rebel y su esposa Francisca de Alarcón son padrinos en ocho ocasiones, Alonso Ruiz y su mujer Francisca de Velasco en siete, Diego del Castillo y su mujer, tres veces. Algunos de los matrimonios que vigilan a las familias moriscas son agentes locales de la política real. Sin duda alguna, son ellos quienes imponen el nombre.

Casi con toda seguridad, los padrinos desempeñaron un papel importante ya durante la conversión masiva de 1503; todo indica que la elección estuvo a su cargo. Por desgracia, los documentos nada dicen sobre su identidad. Aunque nos veamos reducidos a exponer meras hipótesis, no es aventurado pensar que altos funcionarios, quizá incluso personajes allegados al rey, presidieron bautismos colectivos. Así se explicaría la profusión de nombres de miembros de la familia de los Reyes Católicos: Isabel y Fernando, Juan -nombre del heredero muerto en 1497- Juana. Otros antropónimos, Alonso, Gonzalo, Álvaro, García por una parte, Leonor, Inés, Mencía por otra, delatan el probable origen castellano de los padrinos. Estos nombres dominantes relegan a los demás, a excepción de María, claro está, y de Francisco, nombre entonces en boga, signo de la influencia de los Franciscanos al filo del siglo XVI.

Sesenta años después hay mínimas modificaciones en Granada. Algunos nombres, sobre todo Leonor y Hernando entre los más utilizados, perdieron el favor de antaño, pero la mayoría se mantienen y son escasos los que emergen: Lucía y Beatriz, Lorenzo y Luis no transforman los primeros datos. Para ser más precisos, habría que saber si la elección de los nombres impuestos a los moriscos responde a criterios diferentes de la simple boga o popularidad de uno u otro antropónimo entre la sociedad de la época. Dado el estado actual de las investigaciones, sólo puedo precisar que los niños moriscos raramente llevan el nombre de su padre o de su madre, o los de sus padrinos (¿qué ocurre con los abuelos?). El sondeo efectuado en la parroquia de San Juan de los Reyes en 1556-1557 es muy limitado, por lo que sería abusivo generalizar. De 80 niños, solamente nueve -cinco Marías, dos Alonsos, un Francisco y un Luis- responden al mismo nombre que uno de sus padres. Además, uno de los dos Alonsos es con toda seguridad cristiano viejo. Sería asimismo interesante estudiar las posibles relaciones entre el nombre musulmán y el nombre cristiano.

¿Existía la voluntad de dar nombres que pudiesen evocar el primitivo apelativo musulmán, o se intentaba por el contrario eliminar cualquier reiminiscencia? He iniciado el examen de esta cuestión comparando los nombres musulmanes y cristianos declarados por los habitantes de Benimodo ante la Inquisición en 1569. En 58 nombres masculinos aparecen 48 combinaciones diferentes y 36 en los 53 nombres femeninos. La falta de relación, pues, es evidente, salvo en el caso de Meriem-María, que aparece en nueve ocasiones, reforzado por dos Meriem-Mariana. Hay asimismo cuatro Fátima-Angela, pero también dos Fátima-Isabel, dos Fátima-Jerónima, un Fátima-María, un Fátima-Clara, un Fátima-Luisa. De este puñado de primeros resultados obtengo la impresión, a confirmar o no, de que el nombre cristiano impuesto a los moriscos está desligado casi por completo de la fe musulmana y de la herencia familiar. Se intenta conseguir el olvido de los moriscos.

Pero los cristianos nuevos no olvidan. Al no tener ningún ascendiente sobre ellos un apelativo que les es absolutamente ajeno, rechazan el nombre cristiano. Basta con leer algunas confesiones de los habitantes de la huerta de Valencia para convencerse de ello. A la hora de indicar el nombre de los’ miembros de sus familias, son muchos los que dudan de un modo muy elocuente. Así, Catalina Payot, de Carlet, declara que su hija se llama “Futey y de cristiana no sabe el nombre y luego dixo que se llama Esperanga de quatorze meses” o María Marahuí, que tiene un hijo “Homaymad Pardillo y de cristiano no lo save el nombre y cree se llama Nofre de seys años”. Se cuentan por docenas los que no recuerdan en absoluto el nombre cristiano, si es que alguna vez lo hicieron. Miguel Bambala, que declara la identidad de sus padres, de sus cuatro hermanos y hermanas, de su mujer y de sus seis hijos, es decir, de trece personas, da sólo los nombres de dos de ellos, los de su padre y su hija mayor. Juan Pellizo, de treinta años, no conoce los nombres cristianos de sus padres, de sus dos hermanos y de sus dos esposas, pero es capaz de indicar los de sus tres hijos, quizá porque son aún de corta edad. Y aún tiene que rectificar cuando cita a su hija “Nuzeya y de cristiana María y luego dixo Esperança”. Pere Xeric no es más prolijo ante los inquisidores: ignora los nombres de sus padres, de sus cinco hermanos y hermanas y de sus tres hijos. Ignoramos la causa de que no le sea desconocido el nombre de su esposa, Zozayar-Esperanza. Pero acaba de delatarse cuando declara a su última hija, que acaba de nacer: “dixo que a siete días que le nació una hijuela que no sabe qué nombre le pusieron en la yglesia y que no le a puesto nombre de mora”. Habría que poner en duda esta última afirmación, producto de la más elemental prudencia, pero no deja de ser significativo que un morisco, al cabo de pocos días, olvide el nombre que le pusieron a su hija en el bautismo. Los habitantes de Benimodo no les van a la zaga: Leonor Pillim ignora el nombre cristiano de los cinco miembros de su familia, y Luisa Alazarach el de sus padres, su marido y sus siete hijos.

Ocurre a veces que el inquisidor, agotado, le pide al cristiano nuevo que vuelva para facilitar los datos que faltan. Es el caso de Ali Boyet “luego pareció el dicho e dixo que el nombre que tiene de cristiano es pedro” o el de Gualit Meller: “… fue le mandado que luego el nombre de cristiano le trayga dixo que assí lo hará e luego dende a poco dixo que se llama juan”.

No todos los ejemplos apuntan en la misma dirección. Juan Mofferrig, vecino de Benimodo, que puede citar los nombres cristianos de seis familiares (esposa y cinco hijos), llega a afirmar que él no tiene nombre musulmán. Este caso excepcional es anecdótico. En cambio, la situación es algo diferente en Benimuslem. Seis de los 45 declarantes pretenden no tener nombre musulmán. Además, la mayoría de las personas interrogadas conocen los nombres cristianos de los miembros de su familia. Y a veces ignoran el nombre musulmán. De nuevo conviene ser prudente sobre esto ya que puede tratarse de un olvido calculado y hábil. Lo cual no impide que a tenor de estos signos, que muchos otros parecen confirmar (por ejemplo, la práctica de la circuncisión, menos extendida que en otros lugares) me incline a pensar que en Benimuslem el Islam está más debilitado que en Carlet y Benimodo. Encuentro una prueba más de esto en el hecho de que, cuando dan su identidad, las mujeres casadas y los niños reaccionan de manera opuesta en cada pueblo. Cada mujer precisa quién es su marido y los menores quién es su padre. En Benimodo 31 mujeres y diez niños dan espontáneamente el nombre musulmán, diez mujeres y seis niños el nombre cristiano. En Benimuslem se invierte el fenómeno: dieciseis mujeres y tres menores indican el nombre cristiano, cinco mujeres y un niño solamente el nombre musulmán.

A pesar de estas relativas reservas, tengo la convicción de que el uso del nombre musulmán permaneció muy arraigado en la comunidad morisca de la huerta de Valencia, al igual que en el resto de España. Aquéllos que parecen estar en gran medida aculturados, pero que tienen una clara conciencia de su pertenencia al Islam, le prestan un valor especial al nombre musulmán. Miguel Amena, de doce años, habitante de Carlet, protestó en un primer momento de su fe cristiana y dijo tener sólo nombre cristiano. Pero es evidente que sólo conoce los nombres musulmanes de los miembros dé su familia. Acaba por confesar que ” lo que ha hecho de moro es haverse nombrado de moro que es çaad amana y haver nombrado a sus padres y hermanos nombres de moros……”. Mariana, mujer de Luis Petralui, labriego de Benimuslem, ignora el nombre musulmán de su marido y de dos de sus tres hijos. Sin embargo, su declaración no está exenta de elementos contradictorios. Por ejemplo, confiesa que “… lo que ha hecho de mora… es haverse nombrado nombre de mora y nombrado a otros nombres de moros con intención y creencia de mora…… Nos proporciona un ejemplo particularmente revelador Pedro-Çaad Machiri, de veinte años. Este joven reconoce que siempre ha llamado a los suyos por sus nombres musulmanes y añade que “es cosa común en el dicho lugar de Carlete que todos se llaman nombres de moros…’:
Las autoridades no se dejan engañar. Saben por muchos cauces que el uso del nombre musulmán sigue siendo la norma y son conscientes de que deben extirparlo si quieren imponer el nombre cristiano. Bartolomé de los Ángeles, misionero acusado de haber sido demasiado benévolo con los moriscos, declara durante su proceso en 1554 que los habitantes de Mizlata (huerta de Valencia) “… se llaman nombres de moros” (14). Miguel Jerónimo, sacerdote de Chiva, testigo en el proceso de Cosme y Joan Abenamir, notables moriscos residentes en Benaguacil, relata en 1567 que “al dicho don Joan, cuando viene a Chiva le llaman Alí…, y ansí mesmo a don Cosme le llaman nombre de moro, no se acuerda si le llaman Amet o Abrahim” (15). Y Martín de Salvatierra, ,obispo de Segorbe, se dirige al Rey en términos inequívocos en cuanto a la cuestión de los nombres: “… todos los dichos moriscos hombres y mugeres y niños, así del Reyno de Valencia como del Reyno de Castilla y Aragón, usan de nombres de moros en sus casas y en sus comunicaciones secretas, los quales toman después de ser baptizados en la iglesia cathólica con el agua del baptismo, y esto es así notorio a todos los cristianos viejos que tratan con los moriscos y pruébase evidentemente porque si con disimulación preguntan a las mugeres y niños los nombres que tienen de cristianos no los saven decir…” (16).

Se entiende que las autoridades, con conocimiento de causa, multiplicasen las medidas tendentes a eliminar el empleo del nombre musulmán. Vano esfuerzo. La propia frecuencia de las cédulas reales que hacen referencia a ello testifica su fracaso. Hay que distinguir las apariencias de la realidad profunda. Hemos visto que, entre los quinientos moriscos de Carlet, Benimodo y Benimuslem, cuyas confesiones de 1574 tenemos, sólo hay dos que no pueden facilitar de entrada su nombre cristiano. Es probable que al niño morisco le advirtiesen seriamente sus padres de que debía acordarse, durante toda su vida, de este apelativo. El doble juego que se practica con los dos nombres es una manifestación patente de la tagqiya, de una necesaria concesión a la sociedad exterior con objeto de poder conservar lo esencial. Tras la fachada del vergonzante nombre cristiano, se oculta el uso generalizado del nombre musulmán, manifiesto signo de adhesión al Islam.
 
(1) A. GALLEGO BURÍN y A. GAMIR SANDOVAL, Los moriscos del reino de Granada según el sínodo de Guadix de 1554, Madrid, 1968, p. 171.
(2)   P. BORONAT y BARRACHINA, Los moriscos españoles y su expulsión, Valencia, 1901, vol. 1, p. 526.
(3) A. GALLEGO BURÍN y A. GAMIR SANDOVAL, op. cit., p. 204.
(4) B. VINCENT, “La famille morisque”, Les mentalités dans la péninsule ibérique et en Amérique ¡atine auz XVIe et XVIIe siécles. Histoire et problématique, Tours, 1978, pp. 86-101. Se ha publicado otra versión en Historia, Instituciones, Documentos, 1978, pp. 469-483. Incluido en este volumen con el título “La familia morisca’.
(5) A. GALLEGO BURÍN y A GAMIR SANDOVAL, op. cit., p. 171.
(6) Id., p. 190.
(7) Archivo Histórico Nacional, Inquisición (Valencia), leg. 556, (caja 6), expediente n.’ 22, que completa la consulta de un documento perteneciente a una colección particular.
(8)  El documento original se encuentra en la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid. Miguel Ángel Ladero Quesada ha tenido la amabilidad de proporcionarme una copia.
(9)  Archivo parroquial de San Pedro y San Pablo, libro de Bautis­mos de San Juan de los Reyes n.° 1.
(10) Archivo General de Simancas, Cámara de Castilla, leg. 2150.
(11) Archivo parroquial de San Cecilio, libro de Bautismos n’ l.
(12) Me ha proporcionado esta información Dolors Bramon.
(13) Archivo parroquial de San José, libro de Bautismos de San Nicolás n’ 1.
(14) P. BORONAT y BARRACHINA, op. cit., vol. 1, p. 489.
(15) Id., p. 543.
(16) lbid., p. 620.

 

 

5 comentarios

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5 Respuestas a EL NOMBRE CRISTIANO DE LOS MORISCOS

  1. Mansur

    Muy interesante el artículo. Es importante que recuperemos los nombres andalusíes para nuestros niños. Que no olviden su pasado y a qué pueblo pertenecen.

  2. Alí

    Algunos andaluces de hoy no aceptamos la pragmática castellana del año 1526 donde a los andaluces se nos prohibia la utilización de nombres islámicos, obligándonos al bautizo con nombres cristianos.
    Como acto de rebeldía e insumisión, desde finales de los años 70 algunos andaluces de conciencia decidieron cambiar su nombre cristiano por otro andalusí. hay que romper las cadenas, comenzando por las psiquicas y por aquellas que la costumbre las hace invisibles.
    Tahia Al-Andalus Horra

  3. marwan

    Que casualidad del nombre Amana es el nombre de familia de mi abuela, que los Andalusis los nombres son una sena de identidad y de la no uniformidad que siempren han querido haser creer a la gente hay tantos moriscos y familias que no saben que lo son, el querer saber la historia de los Andalusis es el mejor legado que pueden dejar a los ninos.

  4. Mohammed

    Qué artículo tan interesante y revelador del proceso de hegemonización castellano y cristiano. Como parte de ese proceso la corona transfirió masivamente población morisca a áreas predominantemente cristianas y envió a AL Ándalus pobladores del norte para diluír el carácter árabe musulmán del Ándalus. Salam desde Argentina.