Abdelkarim García Cazorla/Identidad Andaluza
La última mañana que Silverio Santos se miró al espejo, embadurnó su cara con espuma de afeitar y rasuró su rostro con la cuchilla, tuvo una revelación; él ya no era ni el hombre que veía reflejado en el espejo y tampoco él hombre que medio desnudo apoyaba su mano sobre el lavabo, sólo era aquel que otros habían querido que fuera y por tanto no era nada ni era nadie.
No iba a cumplir más con ninguna de las rutinas, con los pasos marcados de las esclavitudes que le ayudaban a subsistir. ¿ Acaso no estaba muerto? Sepultado entre la conformidad de haber renunciado a él mismo. Para morir no hace falta que te cubra la tierra, empiezas a morir, cuando aceptas la primera imposición y prolongas la agonía todas las veces que transiges con ellas y del dolor de acatarlas se va pasando a la indolencia de no poder identificarlas o lo que es peor a la crueldad de participar en lo que no deseas o la cobardía de callar cuando interesa.
La mujer que fregaba las escaleras le dijo buenos días. Ya en la calle encendió el primer cigarro, aún no clareaba, Al entrar en el cajero para comprobar el ingreso de la nomina, tropieza con un mendigo, sigue tumbado en el suelo no despierta, coge su mano y toma el pulso, está muerto. Silverio Santos, saca 50 euros, mientras mira el cadáver y vuelve corriendo hasta su casa, espera no cruzarse con la mujer de la limpieza otra vez.
Abre la puerta, ella sigue dormida, coge el bote de espuma, una cuchilla y las tijeras, regresa hasta el cajero y recorta las greñas, después lo afeita, le desnuda para vestirlo con su traje, deja en su mano la tarjeta del banco y tira al suelo los cincuenta euros y el ticket de la operación bancaria, se asegura que su documentación sigue en el bolsillo interior de la chaqueta.
Nadie lo ha visto, ahora lleva los andrajos de aquel desdichado que apestan, pero él se siente cómodo casi feliz, tira la bolsa con los cabellos y la espuma en un contenedor.
Todo emprendemos un viaje que nos lleva de la vida a la muerte, pero Silverio Santos acaba de empezar el viaje contrario, tenía que estar muerto para empezar a vivir.
Nati, su mujer, reconocería el cadáver pues esto la liberaba de la odiosa hipoteca y su seguro no la hacía rica, pero la ayudaría.
Sonó el móvil, en la pantalla aparece el teléfono del trabajo y Silverio cae en la cuenta del error, tenía que haberlo dejado allí, pero ahora es demasiado tarde. Pasa toda la mañana vagabundeando de un lado para otro, tratar de ordenar las ideas y decide hacerse con un carro de los de las grandes superficies, después lo va llenando de todas las cosas inservibles que encuentra a su paso. Mira sus manos sucias que restriega por la cara y se para unos segundos ante un escaparate, recuerda que hace sólo unas horas, estaba en su casa y ahora no sabe ni donde dormirá esta noche.
Tiene que asegurarse que las cosas van bien, así que hará por asistir a su entierro. A la doce de la mañana siguiente, aparece un coche fúnebre seguido del cortejo de los dolientes, sacan el féretro, recuenta y más o menos no falta nadie de la gente que podía esperar que fuera a despedirlo. Nati lleva el chucho faldero entre sus brazos y viste de azul marino oscuro. Dejó el carrito a la entrada del campo santo y remolonea entre las tumbas, hasta esconderse detrás de unos cipreses cercanos al nicho de la familia.
Todos guardan la compostura un aire de solemne tristeza, cuando el albañil coloca la lapida que certifica su muerte, Valentín, así se llama el chucho, salta de los brazos de Nati y corre ladrando hasta él, que sale huyendo y su jefe, que le conoce desde que era un niño empieza a gritar: ¡¡ Es el imbécil de Silverio, es el ímbécil de Silverio!!.Ahora lo persiguen, tropieza desfallecido y sin fuerzas pues apenas había comido y tampoco dormido, algunos lo insultan, otros se ríen de la ocurrencia.
El jefe ha llamado a la policía, a las pocas horas esta esposado en el Juzgado, la gente pasa por su lado y murmuran . Silverio Santos sale en libertad, quiere volver a la entrada del campo santo para recoger el carro y sus cosas, en apenas dos día ha estado vivo, muerto y otra vez vivo. Pero al menos tiene una historia que contar, aunque resulte ridícula.
















