Abdelkarim García Cazorla/Identidad Andaluza
Fue al principio de la década de los 80, en las salas de cine de toda España se proyectaban la primera parte de “La Guerra de las Galaxias”, la película de Spielberg que marcó nuestras vidas, hablo de Elías Taylor y yo mismo.
Elías que siempre fue el líder de nuestra pandilla, estaba tan fascinado por aquella épica guerrera que discurría entre los desiertos de una tierra irreconocible o las noches oscuras y estrelladas del Universo, que tuvo la idea de crear un club. Sólo un mes después su padre mandó desde EEUU, las espadas de luz de los guerreros Yedais, sus capas, máscaras y más armas supersónicas.
Nuestra felicidad no conocía limites, era desmesurada como la admiración que sentíamos hacia Elías, conseguidor y carismático. El grupo fue creciendo, cohesionado bajo la batuta de nuestro jefe, incluso las bellas gemelas Jiménez, nos agasajaron con su presencia inquietante y sus rostros herméticos como los de la realeza intergalácticas.
Pasaron los años y el fervor galáctico perdió fuelle, Elías Taylor dejó el mundo oscuro por las ideas verdes y un ecologismo militante, que decreto ridícula y trasnochada toda aquella quincalla espacial. Llegó la primera escisión, los sublevados juraron besando sus espadas que seguían fieles a su causa. Elías rehuyó la confrontación, gracias a su nuevo credo pacifista y dejó aquel grupo que carecía de líder a la deriva.
Así que pasamos de las tapas de lomo del bar frente al Club, a cultivar pepinos ecológicos, hacernos vegetarianos estrictos, pasar la mayor parte del tiempo desnudos incluso cuando montábamos en bicicleta.
Las cosas iban mejor que bien, en el Cortijo del Valle de Los Lobos, nuestros huertos repletos de estiércol, rendían y eran la envidia de muchas comunas peor organizadas. Un día el destino llevó hasta nuestra puerta a Hanna, una budista melosa de ojos verdes, que llevó a Elías Taylor al éxtasis amoroso, gracias a las perlas de sabiduría y algún truco tántrico de alcoba.
El nuevo giro, no gusto a nadie y a los fieles galácticos que languidecían bajo las cuatro paredes de nuestro antiguo club, se sumaron los nudistas radicales, los vegetarianos ateos y los antinucleares cárnicos.
Sólo yo guardé lealtad a Elías, aunque tenía mis dudas al verlo tan absorto en Hanna, una reinona, bajo la túnica color azafrán que usaba de disfraz. Ella había invitado a su maestro al cortijo y exigido a Elías, que la concurrencia fuera abundante.
Yo tuve que pactar con los soldados de las galaxias, podrían llevar sus espadas encimas de las túnicas naranjas. A los nudistas le aseguré que el gurú de la India aparecería desnudo, como lo trajo Dios a este mundo, prometí una hamburguesa de Kilo en la cena y fue suficiente para los antinucleares cárnicos, pero con los irreductibles vegetarianos ateos no hubo acuerdo.
Llené un autocar de dos plantas con los antiguos adeptos, cogimos carretera y manta. Al llegar al cortijo en el Valle de Los Lobos, Hanna y Elías no habían vuelto, el tren del lama no llegaba hasta las ocho. Cada grupo guardaba las distancias con el otro, como si un muro de desprecio los separara.
Prudencio desnudo y con sus ciento cuarenta kilos, daba la espalda a la puerta por la que entró Hanna acompañada del maestro. Seguro que ninguno de los dos esperaba encontrarse con este recibimiento, tampoco que los guerreros Yedais hicieran un pasillo con su espadas fluorescentes en alto para recibirlos.
Hanna clavó sus ojos verdes ensangrentados de ira en mí como dos puñales, tiro de la mano del maestro hacia la puerta y acusó a los presentes, incluido a Elías de pandilla de pirados infantiloides. Cuando ellos se fueron, Elías se derrumbó por primera vez, lo encontramos débil y perdido, las gemelas Jiménez lo abrazaron y besaron para consolarlo y yo le pregunté, que podemos hacer por ti.
-Seguir así tan pirados e infantiles, es lo mejor- Dijo Elías.

















La pelicula no es de Spilberg es de George Lucas Ignorante