Hermano menor de Miguel Lafuente, no emprendió una empresa tan ambiciosa –o al menos, tan voluminosa- como la “Historia de Granada” de éste, pero se entregó a una intensa y constante labor de investigación, realizando compilaciones, traducciones e interpretaciones de textos árabes, y poniendo a punto un material de trabajo de gran utilidad para historiadores posteriores. Para ello se sirvió en particular de labor de su hermano, entre los escasos investigadores andaluces o españoles, pero sobre todo de la obra original y los documentos que desempolvaron arabistas extranjeros como el holandés Reinhart Pieter Dozy, cuya “Historia de los musulmanes en España hasta la conquista de Andalucía por los Almorávides”, aparecida en 1861, marcó un hito en los estudios occidentales sobre Al-Andalus.
Poco hay que resaltar de la vida de Emilio Lafuente, centrada de manera absorbente en el trabajo de investigador, que quedó tempranamente truncado, al morir el 3 de junio de 1868, a los 43 años de edad, en su pueblo natal, Archidona. En enero de 1863 había ingresado en la Academia de la historia, de la que anteriormente fuera miembro su hermano Miguel, y fue director de la Biblioteca de San Isidro.
De su obra destaca el “Cantonero popular, colección escogida de seguidillas y coplas”, publicada en 1865, trabajo bastante sistemático y que vino a cubrir un importante vacío, Antes había publicado en Madrid, en 1859, “Inscripciones árabes de Granada, precedidas de una reseña histórica y de la genealogía de los reyes Alhamares”, que contiene la traducción e interpretación de las inscripciones, poemas y versículos entremezclados en la increíble filigrana que ornamenta el interior de la Alhambra; y en 1862 se había encargado de realizar el “Catálogo de los códices arábigos adquiridos en Tetuán por el Gobierno de Su Majestad”, adquisición ésta –la de Su Majestad, que tuvo curiosamente tanto de expolio colonial de Marruecos como de recuperación cultural para Andalucía Hizo también Emilio Lafuente la traducción de un clásico árabe anónimo del siglo XI, “Ajmar machmua”, publicado en 1867 en edición bilingüe, y finalmente en 1868 se editaba “Relaciones de algunos sucesos de los últimos tiempos del reino de Granada”.
EN EL PAÍS DE LOS CIEGOS… Para poder apreciar hoy la trascendencia que en su momento tuvo la obra de Emilio Lafuente, es preciso recordar el desolado panorama y la ignorancia supina que reinaban sobre todo lo relacionado con la historia y cultura andaluzas en el ya de por sí escuálido mundo cultural decimonónico español. Las hogueras inquisitoriales, las expulsiones y persecución de todo posible disidente, y la fabricación de una seudomemoria histórica postiza en torno a las ideas-mito de España, su unidad católica y la Tronquista, habían convertido cualquier ensayo de Historia española en un auto de fe. Las publicaciones de viejos testimonios y documentos así como la introducción de nuevos puntos de vista, por limitados y parciales que fueran todavía, abrió inevitablemente brechas en esa representación de nuestro pasado como eterna cruzada contra los infieles.
Y esto a pesar incluso de los presupuestos del mismo Emilio Lafuente que no llegaba a cuestionarse la versión oficial recibida. Es revelador de ello su discurso de ingreso en la Academia de la historia, en el que abundó en latiguillos como “La ocupación sarracena” y los sectarios de Mahoma”, y donde a los Reyes Católicos les dedicó ditirambos así de delirantes: “otro rey enérgico y la reina inmortal, que meditaron así de delirantes y dieron fin a las dos obras más grandes que la civilización española exigía: la extinción de los últimos resabios del feudalismo y la conquista del reino de Granada”. Ni que decir tiene que nadie, entre aquellos académicos, tan leídos, tan vitalicios y tan varones todos ellos, salió a advertir al recién llegado que difícilmente podían extinguir los Reyes Católicos aquello que, precisamente con la conquista del último reino andaluz, estaban apuntalando en toda la Península, mientras daban pasos acelerados para establecer aquí entre nosotros uno de los más terribles reductos feudales de Europa.
Pero más revelador aún sería el discurso de respuesta de Antonio Cánovas del Castillo, encargado de dar la alternativa oratoria a Emilio Lafuente. El político conservador calificó de “sorpresa para muchos “ –para él el primero- las “novedades” aportadas por el nuevo académico que, siguiendo a Dozy, explicó que, árabes”, así como numerosas luchas y contradicciones internas. La sorpresa debió todavía ser mayor cuando a Lafuente se le escapó un par de veces el término de “españoles” referido a los moros andaluces. ¡De modo que no eran una amalgama informe de enemigos de la Santa Cruz e invasores de España!. Con sus birretes académicos y un poco más de tripa, Canovas y sus colegas debían andar a la misma altura mental de El Guerrero del Antifaz.
No es casualidad que los hallazgos, tímidos pero apreciables de Emilio Lafuente, fueran coetáneos del surgimiento del primer movimiento cultural andalucista moderno, en torno al diario sevillano La Andalucía (1860) y a la personalidad de su director, Francisco María de Tubino. En vísperas de los grandes movimientos populares que darían lugar a la Gloriosa y a la Primera República, iba germinando una corriente multiforme de revalorización nacional andaluza, de recuperación lenta y progresiva de señas de identidad, de nueva lectura de etapas decisivas de nuestra historia. Un proceso ya difícilmente reversible, aunque el clima social y político de la Restauración lo frenara temporalmente.

















