LA EXPEDICIÓN DE LOJA

Loja

Loja

César Giró

El 17 de diciembre de 1923, en su casa de la calle Parra de San Cecilio, moría Ramón Maurell y López, uno de los más importantes personajes de la historia contemporánea de Granada, que entre otras muchas cosas fue vicepresidente del cantón federal granadino, al tiempo de la I República. Por tanto, se cumplieron ochenta y seis años de su desaparición, muy sentida por la sociedad granadina del momento.

 

Ramón Maurell es un personaje aún por descubrir en toda su plenitud. Su biografía, aún por terminar de escribirse, descubre aspectos excepcionales que permiten descubrir una atrayente personalidad, que desde su juventud anduvo enredada en revoluciones, iniciativas, acciones, dirigidas siempre a lograr una sociedad más igualitaria. Maurell, en un artículo firmado por él y, publicado en la edición de El Defensor de Granada el día 16 de enero de 1911, se define como un «socialista cantonal, librecambista, enemigo de los monopolios y federal discípulo de Proudhon». Maurell fue siempre un irredento buscador del progreso general de la sociedad.

 

Principios cantonales

 

Granada proclamaba la república federal el 29 de junio de 1873 y apenas veinte días más tarde, el 20 de julio, se constituía el cantón federal granadino, sobre la que ya hemos tratado en esta serie de curiosidades granadinas. Las primeras medidas de aquella época tan convulsa como extraña se concretaron en un programa que se apoyaba en cinco puntos principales: Imponer una contribución de cien mil duros contra los ricos. Derribar todas las iglesias; fundir todas las campanas y acuñar moneda con el bronce de éstas; Incautarse de la Administración de Hacienda y de todos los bienes del Estado; y dejar cesantes a todos los magistrados de la Audiencia de Granada y confiscar los títulos y fondos de la Universidad Literaria.

 

Sobre estos principios programáticos, a los pocos días se elaboró un proyecto de constitución cantonal de Granada en la que el Comité de Salud Pública, del que Maurell era su vicepresidente y personalidad más influyente, impuso la separación de la Iglesia y el Estado, la prohibición de todo culto externo, se impuso un empréstito de seis millones a los más ricos de la ciudad, abolía el Registro de la Propiedad, el juego de la lotería y suprimía el tratamiento jerárquico, requisando los fondos del ciudadano arzobispo -el vehemente Bienvenido Monzón-, al que le cargarían todos los gastos derivados del derribo de los templos granadinos. Así las cosas, explicable es la convulsión social que se vivió en la ciudad y en toda la provincia realmente, en aquellos días. Sin embargo, la principal preocupación, acaso, de las autoridades cantorales, fue el control militar, exhortándose el día 22 de julio al general Ripoll que mandaba el ejército de Andalucía, «para que reconociese la independencia de las Andalucías y se pusiese a disposición de los cantones», destituyéndose a renglón seguido a los militares que no declararon expresamente su lealtad al Comité de Salvación que se había declarado, lógicamente, soberano y única autoridad de la provincia, que fue aceptada por todos los municipios excepto Baza y Loja, ciudad esta última en la que además, se dio cobijo a los magistrados de la Audiencia de Granarla.

 

“La larga marcha”

 

Los Voluntarios de la República, milicia popular armada, afianzada desde la abdicación de la Reina Isabel II a comienzos del Sexenío Revolucionario constituyeron la irregular fuerza que dio sostén al cantón, pero también su elemento más incontrolado y perturbador del mismo y única `organización’ capaz de hacer frente al ejército Federal, que al mando del general Pavía fue movilizado y enviado por el gobierno republicano a someter los movimientos cantonalistas del Sur y el Sureste del país. Esta medida determinó a los distintos cantones provinciales a unir sus milicias de voluntarios, emulando la Junta de Andújar de 1835, y enfrentarse al ejército gubernamental, concentrándose todas las milicias en la localidad cordobesa de Montilla. Granada decidió colaborar con el envío de una columna formada por dos batallones, el 1° de Ligeros y el 2° de Línea, comandados por los ciudadanos Diego de la Cruz Quesada y Ramón Maurell y López, que tras una breve instrucción partieron el día 23 de julio de 1873 camino de Loja, a la que tenían intención de someter llegado el caso, continuando para Montilla, tal y como había sido acordado, poniendo las fuerzas bajó el mando del general Salvochea que debía enfrentarse a Pavía.

 

El día 23 de julio, bajo: un sol abrasador y unas temperaturas próximas a los 40° grados, desde la estación Partieron los batallones granadinos. Si bien al tiempo de la partida el mejor ánimo reinaba entre los voluntarios,18horas después el caos reinaba en los destacamentos.

 

Sin alpargatas

 

La fatalidad hizo que el batallón llegase demasiado tarde a Loja; a una hora qué imposibilitó tomar raciones y conseguir alojamiento para todos los expedicionarios, teniendo la mayor parte de los voluntarios que recibirlos en el Ayuntamiento de la localidad.

 

Los disgustos comenzaron por la falta de algunos pares de alpargatas, pues el ciudadana Loizaga que iba al mando de la columna en ese momento; carecía del dinero suficiente para atender las necesidades de la fuerza que se le agregó, debiendo esperar hasta el día siguiente, 24 de julio, a recibir mil duros más. El hecho de que comenzara a correr el rumor de que la línea de tren estaba interrumpida más allá de Loja por una fuerza militar considerable y que los comandantes Cruz y Maurell que marchaban destacados habían sido detenidos, impulsó a determinados efectivos del batallón de 1º de Ligeros a pedir explicaciones del por qué de la marcha y a manifestar que no continuaban camino de Sevilla volviéndose nuevamente para Granada, una decisión que se tomó por los milicianos  de manera más o menos asamblearia.

 

Seguidamente los Voluntarios de la República huyeron hacia la capital, descalzos, hambrientos y faltos de sueño. La noche del día 24 y durante todo él día 25 se presentaron en la ciudad ante la mirada atónita y el desconsuelo de los ciudadanos enfervorizados con el cantón. De lo sucedido en Loja se culpó por los ciudadanos Cruz y Maurell, según las explicaciones que ofrecieron al Comité de Salud Pública, en la sesión celebrada el 26 de julio: «A los reaccionarios que había enrolados de manera oculta en las filas de los voluntarios, que habían impedido que los batallones de Granada cumplieran con su deber de morir defendiendo la República Federal.

 

El día 10 de agosto el general Pavia -y Rodríguez de Alburquerque- era recibido en Loja en medio del júbilo y dos días más tarde, sin pegar un tiro, entraba en Granada acabando con los deseos independentistas de los federales granadinos, que, advertidos de su llegada, se habían refugiado con la intención inicial de resistir, en los barrios altos de la ciudad.

 

De esta manera tan poco ‘heroica’ concluía la corta experiencia del Cantón Federal de Granada, del que Ramón Maurella fue uno la personalidad más significativa.

 

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