Abdelkarim García Cazorla/Identidad Andaluza
En la sala de interrogatorios de la Comisaría del Distrito Centro de Oslo, Anders Breivik mira las cámaras situada en cada una de las esquinas, nada más entrar allí aparta con sus manos esposadas el flequillo de su frente y busca su mejor perfil. Él está tranquilo, mantiene todo el tiempo una sonrisa desafiante a medio camino entre la locura y la satisfacción de un criminal frio e implacable.
Junto al Sr. Breivik, una abogada asignada por el Estado para su defensa. Es una mujer de unos cuarenta años de pelo blanco que viste un traje de chaqueta azul marino. Mi compañero Theodorus Nielsen, lee sus derechos, Breivik le interrumpe y nos dice que debemos corregir nuestros informes, en la isla de Utoya no murieron 57 personas, sino 59. Ustedes y los equipos de rescate han vuelto a fallar, yo las conté una tras otras, añade Breivik, crecido y altanero. La abogada advierte a su defendido de las consecuencias de su declaración, pero él la ignora y prosigue.
Describe hasta los pormenores más insignificantes de los preparativos de la matanza, se recrea en su habilidad para burlar al inspector que estuvo en su casa el pasado mes de marzo para averiguar que pensaba hacer con las tres toneladas de fertilizantes, que después servirían para fabricar las bombas. Enumera las facilidades que encontró para llevar dos vehículos cargados de explosivos hasta el mismo corazón de Oslo y el sistema para hacerlo estallar mediante control remoto, se jacta de sus logros tecnológicos, de la eficiencia de su hazaña macabra que ha hecho sólo desde principio al fin, según asegura.
Ahora mira sus manos y dice que están consagradas a cumplir un propósito divino y que aunque los cargos que pesan sobre él son los de genocidio, su único juez es su Señor al que sirve como un ángel exterminador. No desaprovecha la ocasión y hace apología de sus teorías; un coctel impregnado de odio racial, desprecio religioso y un batiburrillo de complejos y falsos orgullos supremacistas, que va desgranando como un autómata insolente y vengativo, hasta dejarnos a todos asqueados.
El inspector Theodorus, se levanta y echa unas monedas a la máquina de café y pregunta a los demás si queremos algo, Anders Breivik le pide un capuchino sin azúcar. La abogada y yo no pedimos nada, mi compañero pone el capuchino entre sus manos y como está demasiado caliente se derrama, el café ha debido de quemar su cuerpo y entonces Anders llora al sentir su piel abrasada. Es la primera vez que aparece un gesto humano en su rostro, que tapa con sus manos, no quiere que le veamos llorar y mucho menos que la cámara lo graben así, como un ángel desvalido.
Anders Breivik, mira la máquina del café y descubre en la pared un almanaque con una foto de la isla de Utoya, se recompone y dice que en lo sucesivo nadie hablará de Utoya, todos dirán; el lugar donde Anders ejecutó a 59 personas. Yo le digo que es cierto que él ha cambiado para siempre el nombre de la Isla, pero lo corrijo, sólo fueron 57, hay dos que sobrevivieron y las que olvidaste rematar. Además una de ellas nos ha contado que escupió en tu cara y tuviste tanto miedo de su coraje que no parabas de orinar como un niño asustado.
-¿Es verdad esto Sr. Breivik?
- Abogada, esa pregunta no pienso responderla.

















La prensa sionista italiana,diarios,telediarios,radios y plumìferos al servicio del Imperio,lo dan por loco,inspirado desde luego,en el manual màs antiguo del crimen colectivo…ese manual del Señor,que algunos se empecinan en llamar”antiguo testamento”.
No hay conspiraciòn.Actuò solo.Està con alteraciones mentales.
Y los otros???los asesinos de la Nato,Y los que agreden a los paìses soberanos??No estàn locos???Los Sarkosy,NapoliNATO,Obama OBUSH,el inglès,los sauditas.No son locos criminales patològicos,que siembran el planeta de terror y de muerte???