NACIÓN Y ESTADO-NACIÓN
Dicen que una verdad a medias es la mayor de las mentiras. Esta afirmación resume la falseada acepción y conceptuación que suele darse a las naciones. El significado y la explicación mayoritariamente aceptada con respecto al hecho nacional es que este es hijo de las revoluciones burguesas del XVIII-XIX, y consustancial al de Estado. Esta afirmación es una verdad no solo discutible sino que constituye un trascendental error tanto histórico como analítico. Y éste error parte del confusionismo originado por la no discriminación entre la nación misma y el Estadonación.
Es esa verdad a medias de la equiparación de la nación y el Estado-nación la que lleva a la equivoca conclusión de que la nación es un invento burgués y, consecuentemente, que todo nacionalismo está intrínsecamente unido a sus intereses y en contradicción con los de los trabajadores. En esta confusión equiparadora entre los estados-nación y las propias naciones se haya el origen y los porqués de las posturas de rechazo frontal de las reivindicaciones nacionales y sus bases populares, por parte de sectores de la izquierda revolucionaria.
Durante el antiguo régimen, las élites dominantes occidentales basaban y justificaban su poder en derechos de cuna. Existía una división clasista basada en la sangre que determinaba la casta en la que cada individuo quedaba encuadrado automática y permanentemente.
La clase social a la que se pertenecía. Cada una de esas castas desempeñaba un papel concreto, exclusivo e inalterable, dentro del conjunto social.
Era pues el nacimiento, la ascendencia familiar, la predeterminadora inexorable de posiciones y funciones sociales. Esta división se creía instituida por la deidad y, por ello, resultaba incontestable, debiendo ser aceptada resignadamente como “natural”. Esta filosofía, instaurada y propagada por las élites guerreras y sacerdotales para justificar y asegurar su poder sobre las clases populares, les posibilitaba el gobernar naciones y poblaciones “por la gracia de Dios”, o por meros derechos de conquista y herencia, ya que poseían ese monopolio a decidir “sobre vidas y haciendas”.
Dentro de este esquema de poder, el hecho nacional, la existencia de diversidad de pueblos y naciones, no poseía la más mínima trascendencia.
En la mayoría de los casos un mismo “Señor” lo era, a la vez, de varios territorios, incluso geográficamente inconexos, y los límites fronterizos y administrativos de cada reino o imperio eran solo el resultante de la suma de naciones y pueblos sobre los que detentaba su poder. La existencia de esa diversidad de naciones y pueblos bajo su dominio no era algo a combatir, negar ni ocultar. Por el contrario, era un hecho subrayado con beneplácito. A más naciones y pueblos gobernados, mayor gloria para él. Ser el “Señor” de muchos era signo de su propia importancia. De ahí el que les complaciera el que se les citara añadiendo el listado de sus dominios y los hiciesen referir tan pormenorizadamente.
Cuando a partir de finales del XVIII las burguesías comienzan a sustituir en el poder a las aristocracias, se encontraron con que el concepto de casta constituía un obstáculo para sus propósitos. Los burgueses no podíanargüir derechos de cuna para controlar pueblosy naciones. Tampoco esperar, por esta razón, que las clases populares los aceptasen como sus nuevos señores con la misma “naturalidad” que a los anteriores. Para lograr el poder tenían que sustituir las antiguas justificaciones por otras.
Además, los sectores populares eran necesarios como elementos de choque para destronar a los señores y era imprescindible un aparente protagonismo popular. Pero para poder levantar a los pueblos y utilizarlos como arietes contra la aristocracia había que manejar y basarse en sus propios sentimientos y aspiraciones, de ahí que la libertad, la justicia o la igualdad, se conviertan en reivindicaciones de aquellas revoluciones.
En este nuevo contexto, el hecho nacional, de la intrascendencia anterior pasará a ser uno de los elementos fundamentales sobre los que se construirá la nueva estructura de poder. Juntos a los derechos sociales, los nacionales constituirán la base para destronar a los aristócratas y conformar su base de dominio por las burguesías. Este será el origen histórico de las democracias occidentales y de los estados-nación. Pero en muchos casos, con la toma del poder, las burguesías accedían al control de diversidad de territorios y poblaciones, correspondientes a los diversos dominios arrebatados a aristócratas o clérigos. No los sustituían como señores en una sino en varias naciones. Mientras que en el caso de hacerlo en una bastará con superponerle a esta la superestructura estatal, reconvirtiéndola en Estado-nación para monopolizar el poder, tergiversando sentimientos nacionales en patrioterismo estatalista, poniendo así a los sectores populares a su servicio, en el caso de una multiplicidad de naciones, la diversidad lo imposibilitaba. El sentimiento nacional, mientras que en el primer caso constituía una posible herramienta de manejo de las clases populares, en este otro se convertía en enemigo que amenazaba con impedir el asentamiento del Estado como estructura de dominio, único y unificado, sobre esas diversas tierras y pueblos.
Esa es la razón de que mientras en aquellas situaciones en que las burguesías locales se hacían con el control de una nación, estas se limitasen a desviar los sentimientos identitarios populares hacia concepciones del hecho nacionalfavorables al logro de sus intereses de clase, en el otro caso, el de la acumulación de control sobre varias, se dedicasen a anular y erradicar sistemáticamente los sentimientos nacionales de las diversas poblaciones, intercambiándolos por un patriotismo estatalista basado en las sustitución de las naciones por otras fabuladas que abarcasen las fronteras estatales e idéntica invención identitaria única con respecto a sus habitantes.
Era imprescindible destruir las identidades y fundirlas en una sola población indiferenciada e identificada con el Estado. Pero, en ambos casos, sea manipulando identidades o destruyéndolas y sustituyéndolas por otras falseadas, cambiarán los patriotismos populares originarios por ese nuevo patrioterismo estatalista. Se pasa de la madre tierra al padre Estado, ya sea equiparando nación con Estado o convirtiendo a los nuevos estados en límites de inventadas patrias y pueblos. Un único Estado, una misma nación, un mismo pueblo.
Consecuentemente, habrá no solo que distinguir sino que separar conceptualmente la noción de nación de la de Estado, particularmente de la de Estado-nación. Naciones y pueblos son realidades preexistentes al XVIII y el XIX. Al capitalismo y a las sucesivas revoluciones burguesas. Igual que ocurre con otros sentimientos populares como los de libertad, justicia o igualdad, los identitarios no son creaciones burguesas sino realidades instrumentalizadas por ella. Por contra, los estados y estados-nación, con independencia de que estén restringidos a una nación o se conformen sobre la negación de varias y su sustitución por otra imaginaria que abarca los límites estatales, sí que constituyen un invento burgués. Son los estados y los Estado-nación, no las naciones, lo que surge a partir el dominio capitalista, y va intrínsecamente unido a sus intereses de clase, necesidad de control social, unificación de mercados, etc. La burguesía no inventa la nación sino el Estado. Las naciones las utiliza como medio de justificación y asentamiento del Estado a través de los Estadonación.
Nacionalismo burgués y totalitario es el que crea, defiende o potencia el Estado. La patria burguesa y totalitaria es patrioterismo estatalista y su patriotismo patrioterismo institucionalista.
Los viejos pensadores revolucionarios europeos, siempre distinguieron y diferenciaron a los pueblos y a las naciones de los estados y los estados-nación. Si analizamos en su integralidad, sin descontextualizar, los textos en los que se amparan algunos para argüir un pretendido anti-nacionalismo en ellos, veremos cómo sus críticas se dirigen no contra naciones y pueblos sino contra estados. Atacan y niegan naciones y patrias en tanto que estados y estados-nación.
Bakunin expreso esta dicotomía cuando por un lado proclamaba que “toda nación débil o fuerte, pequeña o grande, toda provincia, toda comunidad tiene derecho absoluto a ser libre, autónoma de existir”, mientras que por otro afirmaba que “el Estado no es la patria, es la abstracción, la ficción metafísica, mística, política, jurídica de la patria”. También por eso Marx y Engels, en el Manifiesto Comunista, afirmarían que “los trabajadores no tienen patria”, para, a continuación, en el mismo párrafo, decir que el proletariado “debe constituirse a sí mismo en nación”, porque es “hasta este punto nacional en sí mismo, aunque no en el sentido burgués”.
ESTADO-NACIÓN VS PUEBLO-NACIÓN
El concepto real de nación hay que situarlo en una relación de interdependencia con el de pueblo y, a su vez, el de pueblo con el del hombre mismo como ser social. Entre las múltiples divisiones posibles entres los seres vivos hay una básica entre aquellos cuya existencia transcurre en solitario y aquellos otros que los hacen agrupados. Entre estos últimos se encuentran los seres humanos.
Los hombres siempre han vivido agrupados porque forma parte de su naturaleza. La sociedad humana, los pueblos, son versiones sublimadas y perfeccionadas de la manada. Sus diversas circunstancias y necesidades solo han determinado tipologías de agrupaciones, de sociedades y pueblos. Por otro lado, al de agrupación hay que unir otro hecho compartido con gran parte de seres vivos, el de territorialidad. Para subsistir, se requiere de un espacio vital imprescindible.
Una zona geo-ecológica propia de la que extraer elementos necesarios no sólo para pervivir sino para ser. Ese espacio no sólo les permite existir sino que les moldea. Sería en este contexto, junto con el de agrupación, en el que habría que colocar el concepto de nación y el de pueblo. Los distintos pueblos serían aquellas agrupaciones sociales
específicas cuya geo-ecología territorial, más el tiempo y sus coyunturas vitales, han conformado.
Una nación sería el resultado de la interrelación entre una sociedad humana, o sea un pueblo, su territorialidad y circunstancias.
Con respecto a los propios pueblos, cabe destacar dos interpretaciones contrapuestas e igualmente erróneas, la esencialista y la accidentalista. La primera será aquella que considera que poseen una inmutabilidad existencial. Como realidades atemporales, definidas y conclusas en lo esencial, que apenas han sufrido modificaciones a lo largo del tiempo, más allá de cuestiones concretas secundarias y accesorias. Los segundos consideraran a los diversos pueblos como unos meros accidentes circunstanciales de la historia.
Unas realidades coyunturales inconexas, surgidas como consecuencia de circunstancias temporales concretas, estando determinados y conformados por ellas en su temporalidad, al extremo de conllevar su inexistencia más allá de las mimas. El debate entre esencialistas y accidentalistas recuerda aquel otro mantenido por los presocráticos con respecto a la propia realidad, ejemplificada en las distintas vivencias del rio. Unos, a partir de la tesis de la inmutabilidad, basada en la obviedad visual de un rio que siempre parecía ser el mismo, lo concebían como algo estático y perenne. Otros, a partir de la antítesis de una naturaleza basada en la mutabilidad permanente, del rio y su observante, lo consideraban inexistente, aquel “nadie se puede bañar dos veces en el mismo rio”. Entre ambos extremos, surge la síntesis dialéctica de Heráclito que mantenía que “En un río entramos y no entramos (en el mismo rio), pues somos y no somos (los mismos)”. Tanto el propio río como el observador serían y no serían, a un tiempo, los mismos. Los componentes de ambos están en constante evolución y modificación, pero hay también, al unísono, una continuidad de conjunto en ellos.
Tan errónea es la postura de los que defienden la existencia de pueblos como realidad conclusa e inmutable como la de quienes la niegan partiendo del constante cambio y las continuas diferencias circunstanciales. Aplicando el mismo axioma dialéctico, cabe concluir que los pueblos, como los individuos, son y no son los mismos a lo largo del tiempo. Mutan y permanecen indistintamente.
Las vicisitudes existenciales hacen que el hombre, individual y colectivamente, esté en permanente evolución sin que conlleve discontinuidad. De ahí que Blas Infante, en referencia a Andalucía y los andaluces, dijera que “el espíritu de un mismo pueblo ha flotado, flota aún, en esta tierra”, afirmando así, a un tiempo, variación y permanencia. La multiplicidad y profundidad de diferencias habidas entre los andaluces a lo largo de los distintos periodos históricos son obvias, pero, más allá de ellas, hay un mismo hilo conductor, un mismo “espíritu”, un mismo conjunto étnico-cultural que ha permanecido como constante poblacional.
Además, esa constante es el resultado de la interrelación evolutiva del hombre con su medio y vicisitudes. Por eso cabe sostener que Andalucía ha hecho a los andaluces en el mismo grado que los andaluces a Andalucía, existiendo una relación simbiótica ente ellos. Los seres humanos, en contraposición a lo que nos ha inculcado la cultura occidental burguesa judéocristiana, no somos “reyes de la creación”. No constituimos entidades al margen y por encima de la naturaleza, limitándose esta última a ser algo que solo posee valor utilitarista, como un objeto de uso y aprovechamiento en nuestro beneficio. Los hombres formamos parte de ella.
Estamos no solo condicionados y determinados sino globalmente conformados por la misma, como le ocurre a todos los seres vivos. Y, como sucede con el resto, también en el hombre se ha producido una interconexión e interacción entre él y su naturaleza circundante, lo que ha producido y conllevado transformaciones bidireccionales. El hombre ha moldeado su naturaleza y su naturaleza le ha moldeado a él. De la misma forma que la actividad humana ha supuesto una alteración sustancial de geografías, ecosistemas, etc., esas mismas características ambientales, geológicas, etc., han hecho al hombre y, por tanto, a los pueblos. Tipologías economías, rasgos étnicoculturales, etc., están condicionadas por las características de los territorios habitados. Este conjunto simbiótico, mutuamente moldeador, de pueblo más territorio, unido a sus circunstancias, constituye la nación.
Dado que nación y Estado no son equivalentes, que el Estado-nación no es la forma natural ni primigenia de las naciones, su origen y la razón de su existencia, sino una falseada y tergiversada versión de la misma utilizada por la burguesía para facilitar el logro de sus intereses socio-económicos, que las naciones realmente son el resultado de esa interrelación entre los pueblos, sus medios y coyunturas, a la conceptuación capitalista de la nación como Estado-nación habrá que contraponer el popular de Pueblo-nación. Todas las negatividades que tradicionalmente se les suele atribuir a la nación son achacables al Estadonación.
Las fronteras, agresiones, exclusivismos, racismos, superestructuras, opresiones, ocupaciones, represiones, explotaciones, etc., no deberían ser computables en el haber de las naciones sino de los Estados, de la misma forma y por las mismas razones que no son achacables a los propios pueblos sino, en exclusividad, a sus diversas élites dominantes. Siguiendo idéntica lógica, tampoco hay contraposición entre nacionalismo e internacionalismo, igual que no hay entre individualidad y colectividad. La contraposición objetiva está entre estatismo e internacionalismo, como lo es entre individualismo y colectivismo. Es el Estado el hecho a negar y el enemigo a batir, no las nacionalidades e identidades populares.
ANDALUCÍA COMO NACIÓN Y PUEBLO-NACIÓN
Andalucía constituye un arquetipo de nación desde la perspectiva de Pueblo-nación.
Si tuviésemos que escoger un territorio y sociedad específica, capaz de ejemplificar esa conceptuación integral y natural de nación y pueblo, sería Andalucía y los andaluces. Nuestra tierra y nuestro pueblo forman un obvio caso de interrelación y moldeamiento mutuos, dentro de una territorialidad definida y particular. Vivimos en una geografía concreta y claramente delimitada.
Andalucía es un territorio perfectamente visualizable en su conjunto e integralidad. Una amplia planicie, abierta hacia el suroeste, surcada por un gran río navegable y otros menores, rodeada de unos sistemas montañosos que la circundan y demarcan al norte y al este, y que al sur y oeste confluyen con el mar. Su orografía y ecología la diferencia y singulariza con respecto al resto de la península. De hecho, es la misma intrincada geografía peninsular la que ha supuesto la existencia de grandes disparidades climatológicas y de ecosistemas, poblados por la correspondiente diversidad étnico-cultural y una multiplicidad de pueblos y naciones. Pueden apreciarse tres grandes bloques, concordantes con las tres tipologías base de ecosistemas existentes. Uno el de las zonas norte y noroeste, otro el de las zonas sur y este, y un tercero el de las zonas interiores.
Cada una de las tres diferenciadas realidades geo-ecológicas están habitadas, a su vez, por unos conjuntos poblacionales étnico-culturales propios: uno atlántico, otro mediterráneo y un tercero mesetario.
Los pueblos que habitan el Sur y el Este peninsular, desde los primeros asentamientos humanos prehistóricos, han formado parte de un conjunto mayor, el de los pueblos mediterráneos.
Históricamente, los grandes ríos, lagos y mares interiores, han sido las primigenias y principales vías de comunicación y comercio. Resultaba más fácil el transporte a través del agua que por vía terrestre. En el caso andaluz, a la facilidad de accesos y traslados por río y mar, se une la complejidad orográfica que aumenta enormemente la dificultad de hacerlo atravesando los sistemas montañosos internos y, sobre todo, aquellos otros que nos delimitan con respecto al resto de la Península. Consecuentemente, las relaciones e intercambios andaluces se han orientado siempre hacia el mediterráneo y el ámbito de su entorno geográfico. Siempre se han dirigido y han procedido del sur y la cuenca mediterránea, no del interior peninsular o europeo. Las mal llamadas “influencias orientales” son el resultado lógico de esa interconexión e interrelación entre andaluces y resto de pueblos del mare nostrum. El mediterráneo siempre nos ha determinado, tanto a nivel económico y comercial, como con respecto a formas de vida, de subsistencia, idiosincrasia cultural o caracterología social. Su climatología, ecología, geografía, etc., nos han moldeado. Y es éste hábitat natural andaluz el que ha conllevado el que hayamos vivido de cara al mar y de espaldas al interior. El que ha tejido una tupida y extensa red de similitudes y concordancias con el resto de pueblos de la cuenca mediterránea. El que ha ocasionado que poseamos más afinidad con un pueblo mediterráneo situado a miles de kilómetros que con otro del interior continental o peninsular que se encuentre a mucha menos distancia lineal.
El españolismo y el europeísmo siempre han intentado obviar y ocultar estos hechos para justificar mitológicas unidades peninsulares y continentales que nunca han sido realidades naturales. Más allá del plano estrictamente geográfico, ni Europa y ni la Península han poseído ni conllevado nunca otras tipologías de unicidad, sea social o étnico-cultural. El que varias poblaciones compartan espacios geográficos no conlleva imprescindiblemente conformar un sólo pueblo o cultura. En el resto de continentes y penínsulas conviven diversas realidades poblacionales. Es esta diversidad la que ha producido el fracaso de intentos “unificadores”. El que las unidades políticas siempre fuesen realidades forzadas e impuestas, y, por ello, insostenibles y frustradas a largo plazo. Europa y España, más allá de una denominación geográfica, como entidades políticas, sólo han sido dos nombres que embozan y amparan la conquista y opresión de los pueblos mediterráneos por parte de las élites dominantes del interior continental y peninsular.
Siempre han sido sinónimo de imperialismo. La expansión imperialista europea y española no comenzó realmente con la colonización de otros continentes, sino con la colonización de los pueblos del norte del mediterráneo. El imperialismo occidental se inició con la apropiación de sus tierras, recursos, e incluso culturas y conocimientos. Con la religión como pretexto y las cruzadas como medio, dichos pueblos serán invadidos, ocupados y esquilmados. Sobre esta base, la de la opresión, robo y explotación del Sur, se levantará el primer “progreso” europeo y español.
Andalucía y los andaluces, incluso a partir de definiciones clásicas y estereotipadas, son catalogables de nación y pueblo singularizados. Desde estas ópticas se afirma que un requisito para adjudicar esta calificación a un territorio y una colectividad social, es poseer límites territoriales definidos. A lo largo de milenios nuestras fronteras apenas se han alterado, coincidiendo fundamentalmente las de la época tartésica, romana o andalusí con las actuales, Otro condicionante es la posesión de una historia propia. En los siguientes capítulos veremos que no solo la hemos detentado sino que han sido precisamente esas etapas las que han conllevado para nuestro pueblo mayor grado de prosperidad y bienestar. También se suele argüir que otro requisito es la posesión de una lengua particular. Evidentemente no es nuestro caso, en un sentido estricto del término, pero también otras muchas naciones y pueblos adolecen de esta carencia y, sin embargo, lo son. No obstante, fuera aparte el idioma específico hablado encada periodo, a todos ellos les hemos aplicado semejante fonética y fonología, ese “deje” propio y característico. Viajeros romanos o árabes citaban esas peculiaridades que aún hoy nos caracterizan. El idioma es circunstancial, en cambio el “acento” es causal, obedece a nuestro propio ser caracteriológico. Otra condición es constituir una comunidad cultural. Basta la observación para concluir que la cultura andaluza no es una realidad solo actual sino que hay unas características comunes y particulares que siempre han sobrevivido y aflorado, por encima de épocas y modas. Por último, se suele señalar la necesidad de la existencia de un común de vida económica.
Esto también es una obviedad en nuestro caso. Aparte de formas económicas coyunturales de explotación, las bases agrícolas, ganaderas y mineras, han permanecido a lo largo del tiempo, así como el hecho de que hemos constituido un mercado interno propio.
Pero para entender nuestra historia habrá que aclarar dos cuestiones determinantes. La historia que se enseña en nuestras facultades y que se puede leer en los libros de los “especialistas” no es “La Historia”, sino sólo una versión adulterada de la misma en conformidad con las necesidades e intereses del imperialismo español y europeo.
Y, además, habrá que sopesar que aquí se han conjugado dos realidades singularmente entrelazadas. Por un lado el que formamos parte de uno de esos fabulados estados-nación y, por otro, el ser un territorio ocupado y colonizado. Si la construcción de todo inventado Estado-nación, a partir de la unificación artificial y forzada de nacionalidades preexistentes, requiere la negación de las identidades de cada pueblo y su sustitución por una mitología nacional adjudicada al resultante, en el caso de las colonias se trata de combatir esas identidades hasta erradicarlas, sustituyéndolas por la identidad, los “valores” y el pasado del invasor, para facilitar así la asunción del yugo colonialista. En Andalucía se unen ambas situaciones, entrecruzadas de forma inusual y novedosa.
Como veremos en su momento, en el siglo XIX convergen dos procesos políticos, el final de un clásico Imperio del antiguo régimen y la sui géneris adaptación a los nuevos tiempos de sus restos.
Andalucía venia soportando una típica política colonial derivada de la conquista castellana, que poseía la particularidad de no limitarse a someter y utilizar a nuestro pueblo, sino que absorbía nuestro territorio como parte del suyo y forzaba a la población a la asimilación. Esto explica el que nos aplicasen técnicas de anulación psicológica colectiva, y políticas de terror de Estado, incomparables con otros territorios peninsulares también ocupados. La Andalucía del XIX-XX es fruto de ese genocidio físico e identitario de siglos, más la irrupción del imperialismo capitalista. Cuando los restos peninsulares e insulares del Imperio Español son transformados en fabulado Estadonación, como consecuencia del pacto entres parte de la aristocracia castellana y la naciente gran burguesía externa, con el consiguiente predominio de esta, el resultado es particular y único, puesto que, en el caso andaluz, los intereses de ambas élites no son antagónicos sino complementarios, a ambas les interesa mantener nuestra condición colonial, subordinada y subdesarrollada. En la Andalucía de los últimos siglos se superponen ambos hechos, y ahí se encuentran los porqués de nuestra situación actual, el mantenimiento de la estructura agraria heredera de la conquista feudal y el encauzamiento de nuestra economía hacia fines extractivos y explotadores típicos del imperialismo capitalista en toda posesión colonial burguesa.
En próximos capítulos intentaremos mostrar, a grandes rasgos, aquellos periodos históricos fundamentales que constituyen hitos de un pasado ocultado, tergiversado y menospreciado, que, además, son respuestas a los porqués de nuestro presente. Ahí radica su mayor importancia.
Nuestra Andalucía, el actuar Pueblo Trabajador Andaluz, no es sólo una realidad reciente, es también consecuencia de ese pasado. Volviendo a la dialéctica de Heráclito, habría que concluir afirmando que a cada tiempo, proceso y circunstancia, corresponde una Andalucía y un pueblo andaluz concreto, pero no como compartimentos estancos y deslavazados, sin relación entre ellos, sino conformando una trama que confluye en esta realidad. Somos la suma del hoy y el ayer. Es a esa tipología dialéctica, mezcla de especificidad y de continuidad, a la que Blas Infante mencionó como “el espíritu de un mismo pueblo” en la Andalucía de todos los tiempos.
Fuente: Revista Independencia nº54

















